domingo, 19 de enero de 2020

Duelo en la calle San José (Taller Bremen)



Para mi amigo Luijo, (pistolero de tan legendaria rapidez desefundando que le permite batirse en duelo consigo mismo), por la idea.

  El tiempo aguardaba, sobre las mesas y haciendo compañía al polvo y a la mugre habitual, a que las pistolas le dieran la orden de transcurrir de nuevo. El reflejo de la culata del Colt 45 tal vez fue lo último que la vida quiso enseñarle al pobre diablo que, con las piernas un poco separadas y sin apenas futuro en la mirada, le gritaba a John Wesley que se levantará si era un hombre. John, casi indiferente y aun con las cartas del desacuerdo en la mano, movía muy despacio los labios, como indicándole a la bala que aguardaba en la recámara que, un poco antes de matarlo, le hiciera saber a ese hombre que ya estaba muerto. Casi al unísono se escuchó el disparo, la bala del calibre cuarenta y cinco cumplió solícita el encargo y el hombre, con los ojos muy abiertos,  se dio por informado y cayo de lado, como buscando alguna explicación y consuelo en el suelo de la cantina.
  Todo eso se llevó sin saberlo el ladrón de ese banco en el que, anclado en el aire frío del parque como un barco que se hubiera olvidado de cómo navegar, alguien trazaba destinos de soledad, olvido y revolver. 
  Esparcido sobre la cama, en un cuartucho que se asoma sin ganas a la calle San José, en el gaditano barrio de El Mentidero, está el magro botín. Un cajetilla de tabaco, caramelos para la tos sin azúcar, un Mobil al que ningún mercadillo consentiría darle acogida y una libreta con las tapas negras en la que, de alguna manera, John Wesley aguarda, ahora ya de pie y en silencio, a que alguien decida si los cuatro hombres que aun quedan en la cantina aguantándole la mirada se avienen a vivir como cobardes o, como el pobre diablo que aun con los ojos muy abiertos yace entre las sillas, deciden aventurarse entre las cosas normales de la muerte y de los muertos.
  Tal vez en la calle alguien discutía, o tal vez eran los ruidos que la noche hace cuando se arrebuja en Cadiz, pero sin duda fue entre esa duda y la luz cansada de las primeras farolas que, obedeciendo a un extraño impulso, al ladronzuelo le dio por leer la libreta en la que aun se podía oler la pólvora del disparo. Con su caligrafía hebria, dando tumbos entre los callejones en los que iba depositando las palabras, y sin que él ni nadie que se lo propusiera pudiera explicar el porqué, tumbado en el viejo catre del cuartucho que se asoma sin ganas a la calle San José, escribió el modesto bandido de parques y jardines hasta que el amanecer le impuso el sueño.
  Según dejó escrito tres fueron los que salieron a la calle sucios de burlas y miedo, y solo uno apuró el baso de whisky y aun le quedó tiempo para el insulto, para notar el regusto de sangre en la boca y para afearle a la cantina que perdiera tan súbitamente las luces y las formas. Luego John Wesley buscó despacio a la calle, subió a su caballo y sin alejarse demasiado de la culata de su revolver salió del pueblo rumbo a ese destino que aguarda a los que desenfundan rápido y saben que la soledad tiene los ojos verdes y hermosos; ese destino que se adhiere a los que nunca les importó el destino.
  No fue ninguna sorpresa que forzaran la puerta del cuartucho que empobrece las tardes de la calle San José y que otro rufian de medio pelo se llevara lo que nadie iba a reclamar: algunas latas de cerveza, unas botas que nunca fueron nuevas, una navaja sin sangre que contar y una libreta con las tapas negras en la que ya nadie escribió cómo fue el engaño, ni la noche, ni el destello cobarde que buscó por la espalda el corazón de John Wesley para decirle que se diera ya por leyenda y también por muerto.





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