Se han abierto espacios. Las cosas han distendido un poco, sin soltar del todo la cuerda, su insondable razón. Podría acudir a las convenciones de instante y luz para nombrar esta tregua, pero el mismo instante y otras luces a menudo establecen alianzas con las fauces sin alimaña del dolor hueco, por lo que tal vez esta tregua sólo se deba a una distracción pasajera, un girar la vista hacia otro lado para atender no se qué rumor de olas.
En los alrededores de esta breve rendición del ejército unívoco, se suceden los afanes y la muerte; los pájaros se regocijan de no saberse, los niños se desaprenden de alegrías entre mentiras y bicicletas; la arena observa, suma silencios -su enorme escepticismo la inhabilita para la más mínima esperanza-.
Luego, sin duda, algo muy leve dará por finalizado el concierto; la última nota, como siempre, será de luz.