sábado, 29 de junio de 2019

Tal vez la mejor novela no escrita (Taller Bremen)



  Una palabra sabe esperar, prueba de ello es que esta  llevaba veinticinco años haciéndolo, en la más rigurosa soledad, abandonada en la esquina de un folio en blanco. Delante de ella se extendía, como un paisaje inédito, inabarcable y paciente, tal vez la mejor novela no escrita de las últimas décadas. El reencuentro no fue casual -los más inquietos diran que nunca lo son- y tampoco fue feliz, si tenemos en cuenta el vértigo y la desazón con que Josep Nán abrió, muy despacio, el cajón del escritorio donde incomprensiblemente le seguía aguardando, en una vieja carpeta, ese genial libro al que solo le quedaba, para su exitosa publicación, el irrelevante detalle de ser escrito.
  El interior de ese círculo que ahora, despues de cinco lustros, parecía que se iba a cerrar, lo ocupaba un solo motivo con sus innumerables atajos y esquinas: escribir es, en el mejor de los casos, el  éxito de un clamoroso fracaso; nadie puede escribir de la forma en que un pájaro vuela. Eso fue lo que llevo a Josep Nán a postergar, se diría que para siempre, la  segunda palabra de la que, probablemente, sea la mejor novela no escrita de las últimas décadas.
  Entretuvo ese generoso intervalo en el engaño de estar de acuerdo con las cosas tal y como son; en el sonreir y hacer ver que nada sucede más allá de los sucesos; en mirar intentando no preguntarse qué es eso que miraba; en fin, en vivir en modo meseta, disimulando en lo posible esa curiosa caída, distinta  sin duda, que permite el descalabro desde la más absoluta inmovilidad.
  Ahora, la que tal vez era su última oportunidad parecía observarlo, si es que un folio en blanco con una sola palabra escrita es capaz de hacer semejante cosa, desde la mesa del escritorio. La pluma, cargada con una complicidad de color azul brillante, esperaba sus instrucciones. También la noche, dispuesta a colaborar, le hacía un hueco.  Nada ni nadie parecía dispuesto a impedirle que se subiera a esa forma de postergar el olvido, a esa inmortalidad a plazo fijo, a ese carrusel de reconocimientos y admiraciones que le esperaban. Apoyo el plumín en el papel y lo que tuvo que ser una palabra, la segunda de la que sin duda es la mejor novela no escrita de las últimas décadas, acabo siendo un punto azul, hermoso en su nítida determinación. 
  Guardó el folio en la carpeta y esta en el cajón del escritorio. Se puso el abrigo y salió a la noche despacio, como demorándose sin motivo. Una mujer cruzó la calle. Le dio tiempo a Josep Nán de observar que en uno de sus tobillos tenía una mariposa tatuada. Pensó que no sabría cómo describir esa maravilla. Sonrió al reconocer algo parecido a un amago de felicidad.

sábado, 1 de junio de 2019

Un samurái en Cuenca (Taller Bremen)



  Feliciano Trijueque era un samurái, a pesar de que los orígenes de casi toda su familia habría que ir a buscarlos a San Lorenzo de la Parrilla, una inercia, un cierto cansancio con forma de pueblo al que únicamente el sol sigue visitando con incomprensible regularidad. Ni que decir tiene que era un samurái distinto, sin épica, katana ni caballo; un guerrero cuya única posibilidad de abatir a cualquier enemigo sería de un feroz ataque de risa. A los diecinueve años, cansado de despertar cada día entre tanta nada, Feliciano Trijueque no se fue a Tokio, ni a Okinawa, ni a niguna de esas lágrimas que, según se dice, alguna diosa aquejada de tedio infinito transformó en lo que, para entendenos, llamaríamos Japón, no, Feliciano Trijuque se fue a Cuenca con la esperanza de que la vida lo esperaría en algún pisito con vistas de esa Nueva York castellana, minimalista y esencial.
   Instalado en una habitación que compartía con un primo hermano que no era samurái pero que en casi todo lo demás era muy parecido a él, se sumergió en el vigoroso mercado laboral de Cuenca con una inquietud muy parecida a la ilusión. Como era de esperar, no aprendió ningún oficio ni realizó trabajo alguno que conllevara la más mínima dignidad, pero si que, en apenas unos meses, aprendió a estar triste sin conocer el motivo. 
   A su confusa manera, muy pronto se percató de que en Cuenca no solo colgaban las casas sobre el río Huécar, sino que tambien lo hacían las horas, las sombras, las esquinas y casi todas las esperanzas. Cuando las interminables jornadas dedicadas a esa mierda revestida de destino llamada trabajo se lo permitían, se acercaba a la ciudad encantada para pasear un rato, él y sus cada vez más vagas ensoñaciones, entre las rocas que a la naturaleza, a falta de otra cosa mejor que hacer, le había dado por moldear. Era evidente que los dioses y sus secuaces -el sol, el aire y el agua- preferían entretener los siglos esculpiendo algo parecido a un perro  en una piedra que prestando a Feliciano la más mínima atención. 
   Con los restos de todo ese abandono, con los materiales de todo ese desconcierto, quiso el destino crearle una obsesión. La Torre Mangana, también conocida como Torre de las Horas, y un reportaje en la televisión sobre la historia de los samuráis, fueron los curiosos elementos que ese ineludible azar reunió.
  Podía haber sido un amanecer como cualquiera de los que Cuenca   permitía, pero Feliciano Trijueque no lo quiso. Su primo dormía en el camastro del lado, pero a decir verdad en el piso ya no había nada ni nadie con él a excepción de su firme determinación. Se vestió muy despacio, otorgando a  los calzoncillos, los calcetines agujereados, la camiseta negra con el lema Cuenca existe y los tejanos, la misma dignidad y atención que son necesarios para colocarse la armadura tradicional. A falta de kabuto, utilizó el casco de segunda mano que compró en el mercadillo de los jueves a un marroquí que sabía sonreír; por lo que a la imprescindible katana se refiere, tuvo que conformarse con un cuchillo jamonero que les toco en la tómbola de la última fiesta mayor.
   En ese estado de valor, soledad y virtud que solo los guerreros samuráis conocen, bajó las escaleras de los seis pisos sin ascensor para ir en busca de lo que tenía que haber sido un caballo y fue una scooter de 75 cc. El enemigo, arrogante y muy quieto, lo esperaba algunas calles más arriba. Feliciano Trijueque quiso, antes de lanzarse a una batalla que hasta los primeros gorriones de la mañana sabían de antemano perdida, dejar que el aire fresco le diera por unos momentos la razón. Se bajó la visera del casco, sacó del cinturón que le sostenía los tejanos a sus magras carnes el cuchillo jamonero, aceleró al máximo la sufrida cabalgadura y cargó furioso contra el poderoso ejército de las horas comandadas por su sanguinario y cruel general, el tiempo.
   Ni que decir tiene que la Torre ni se inmutó y que del envite apenas le quedaron la sorpresa y algunos leves rasguños. Feliciano no murió en el acto, sino en la ambulancia que lo trasladó a lo que queda del Hospital Comarcal después de los recortes. Según lo que comentó a sus compañeros de urgencias  la doctora que lo atendió, un poco antes de que Feliciano abandonara ese amago de vida por el que transcurrieron sus días le mostró el cuchillo jamonero que incomprensiblemente aún llevaba agarrado con su mano derecha y alzando un poco los ojos hasta hacerlos coincidir con los de ella le pidió, con un hilillo de voz, que si sería tan amable, cuando estuviera definitivamente muerto, de cortarle la cabeza.