jueves, 12 de septiembre de 2024

Los que nacen dudando (Taller Bremen)

 


  Hay en todas las mesitas de noche un no se qué inquietante, se diría que un cierto desasosiego. Velar esa suma de cansancios, ese poso de olvidos, ese lento e irreversible descalabro que, día tras día, se mete entre las sábanas para ir desdibujándonos, tal vez explicaría, de forma confusa, el motivo. La que está a un lado de la cama de la hija que nunca tuvo sostiene una lámpara encorvada que vierte por la habitación brochazos de luz lenta, envejecida, como algo profundamente cansado de ser lo que es. Desahuciada por casi todo menos por la vida, el único atrevimiento, la única obsesión perseverante de Mercedes Zambrano, es contarle un cuento antes de acostarse a esa niña que la vida no quiso darle. Esa noche quiso que fuera esta la historia.


  -Había una vez un lobo desconcertado, un lobo sin manada ni esperanzas, un lobo de esos que vagan por el bosque sin más destino que la noche. No era malo, dado que para ser eso también es necesario ser algo, sólo se trataba de un malentendido con forma de lobo; se diría que la feroz e intimidante apariencia de un infinito desamparo. 


  El tedio, al que ningún animal es inmune, y el desasosiego que provoca el hambre cuando se enquista, le llevaron hasta la puerta de una casucha destartalada rodeada por algo que, hacía ya mucho tiempo, quiso ser un jardín y ahora apenas era una verde y sombría anarquía. La mujer que yacía en la cama era una anciana cuyo rostro no habían dulcificado los años. Todo en ella era peor de lo que cabía esperar. Su voz agrietada, sus ojos de reptil expectante, su olor de armario abandonado hacía que cualquiera -incluso un lobo-, se estremeciera a su lado.  

  

  De buen corazón, dispuesto siempre a no defraudar a todos los que se empecinan en saber qué es un lobo y qué se supone que debe de hacer, el pobre animal, cerrando los ojos,  se la comió de un bocado, sin apenas masticar, como algunos niños engullen las temidas acelgas, y se acostó en la cama para digerir a esa bruja que nadie, excepto él, se hubiese atrevido a zamparse.


  Como era de prever, acudieron puntuales las pesadillas. Una risa viscosa se escurría por la boca desdentada de la vieja bruja; sus ojos rasgados, como vencejos enloquecidos, se multiplicaban y revoloteaban hasta oscurecer el cielo; los retorcidos y resecos sarmientos de sus brazos le oprimían el pecho y en lugar de un aullido, de la garganta apenas se le escurrían leves estertores que parecían anunciar la inminente llegada de la agonía.


  Quiso el azar, que no siempre es cruel y desconsiderado, sacarle de todo ese horror onírico, y unos suaves golpecitos en la puerta lo despertaron. Rodeada por el esplendor de una mañana recién puesta estaba lo que hasta hace poco tal vez fue una niña y ahora era un hermoso abismo. La capucha de su sudadera era de color rojo, como también era rojo el color de sus labios, el de sus uñas y el de su ropa interior que, a trasluz, los asustados ojos del lobo podían entrever desde el borde de la sábana por el que se asomaban. 


  La puerta se cerró; el tiempo, que a veces sabe comportarse como es debido, miró hacia otro lado. 


  -¡Qué ojos más bonitos tienes!- apenas le dio por balbucear a la temblorosa fiera.  


  -Son para cegarte mejor.


  -¡Y qué voz tan suave!


  -Es para contarte dulces y hermosas mentiras, esas que cualquiera juraría que son verdad.


  -¡Qué boca tan húmeda y hermosa, mi querida niña!


  -Es para empujarte al precipicio sin que acudan esperanzas ni recelos.


  Ni que decir tiene que nada quedó del pobre cánido; que fue confundido y devorado de tal modo que dejó de ser definitivamente cualquier cosa que pueda nombrarse; incluso lo que él, durante tanto tiempo, creía haber sido: un lobo.


  Has de saber, querida, que historiadores, cuentistas y todo ese tropel de farsantes que pululan por los siglos, han hecho todo lo posible por tergiversar esta historia. Sólo algunos niños perspicaces, esos que ya nacen dudando, intuyen el engaño e intentan -a decir verdad, nunca con demasiado éxito-, alejarse todo lo posible de las feroces caperucitas.


  Buenas noches, cariño, y felices sueños.


jueves, 18 de abril de 2024

Los siete magníficos...idiotas (Taller Bremen)

 



  Sentados uno al lado de otro en la espaciosa sala pintada de un color tan deslucido -tan nada- como ellos,  se van intercambiando sonrisitas de conejo como si los siete quisieran certificar una estupidez que podría considerarse transnacional, transcultural, transoceánica, e incluso, si lo prefieren, transcendente, pero en absoluto transitoria. En un despacho contiguo, Mónica -la responsable del casting- y el productor de la película siguen discutiendo de forma acalorada.


  -¿Pero tú los has visto, Luis? Si son incapaces de pestañear sin equivocarse.


  -Lo sé, Mónica -balbucea el hombre-, pero las consignas del director son muy claras, y tú sabes tan bien como yo que los intentos para convencerlo de que esa decisión era arriesgada, por no decir absurda, no han servido para nada. Quiere que su idiota lo sea a tiempo completo, no que lo parezca o que sepa cómo interpretarlo a la perfección. Quiere un idiota que haga de idiota y punto. 


  -Tú sabes mejor que nadie, Luis, que nos jugamos un montón de pasta –insiste Mónica, consciente de que se trata de una batalla perdida-; y eso por no hablar de las ganas que le tienen algunos críticos después de su última “gran película”; esa “genial” coproducción en la que no se le ocurrió mejor idea que inventarse a ese reputado profesor de filosofía que por las mañanas da clases en la universidad, y por las tardes hace de actor en películas porno. Aun recuerdo, en mis peores pesadillas, algunas escenas, como esa en la que va citando a Heidegger entre jadeos y espasmos; vamos, que un horror.


  -Pues tengo entendido que fue un éxito de taquilla.


 -Todo lo que tú quieras, Luis, pero para verla era necesario ingerir, previamente, tres o cuatro anfetaminas y hacerlas bajar con una botella de Rivera del Duero.


  Ni que decir tiene que todo este proceso le estaba siendo muy difícil a Mónica. Ya desde el principio, cuando hubo de proponer el texto para la convocatoria del casting en la prensa, todo habían sido problemas. Hasta cuatro veces tuvo que rectificar dicho texto. El primero se limitaba a decir lo que se podría considerar normal en estos casos: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad.” El director dijo que no era eso lo que él quería. La segunda propuesta fue la siguiente: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No es necesaria experiencia como actores”. Que no, que no reflejaba lo que él había pensado, insistió de nuevo el director. La tercera redacción ya rozaba la falta de respeto: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No han de ser actores ni tener estudios. Tampoco es necesario que tengan ideas propias, sepan bailar, ni hacer cualquier otra cosa que pueda considerarse de un mínimo interés.” Pues aun que les pueda parecer increíble, tampoco ese texto le pareció suficientemente explícito, quedando definitivamente la cosa de la siguiente forma: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. Se valorará, exclusivamente, la estupidez”. A pesar de lo explícito y desagradable del anuncio, hay que decir que se presentaron más de doscientas personas; quien sabe si algunas pensando que era broma, otras por pura necesidad y tal vez un puñado de ellas por absoluto convencimiento de que se ajustaban a la perfección al requerimiento.

 

  -No perdamos más tiempo, Mónica, y veamos a esos siete idiotas “finalistas- le dijo un Luis agotado  y metido ya de lleno entre las cosas de un cierto nerviosismo.


  El primer candidato fue rápidamente descartado en el mismo momento que confesó haber leído, cuando tenía trece o catorce años, “Platero y yo”. 


  El segundo parecía realmente un perfecto idiota, pero lo que motivó el descarte fue que, con la cabeza levemente inclinada hacia las rodillas y con un hilo de voz confesó, al final de la entrevista, ser consciente de ello. Mónica y Luis se miraron y, sin decir palabra, se pusieron inmediatamente de acuerdo: sin duda se trata de un falso idiota, ya que sabe que lo es.


  El tercero se creía muy listo, cosa que les hizo creer que habían encontrado a su hombre. Todo lo sabía y en nada acertaba. Vamos, que a punto estuvieron de informarle de que era el elegido. Pero tuvo un pequeño desliz que lo delató. Como el que no quiere la cosa, cuando le preguntaron qué opinaba de la política les dijo, enmarcada la frase entre dos grandes sonrisas aparentemente idiotas, que si fuera por él hubiese hecho jefe de estado vitalicio a Groucho Marx. Le faltó tiempo a Mónica para despedirlo de malos modos, recriminándole que les hubiese hecho perder el tiempo.


  El cuarto y el quinto eran amigos desde pequeños. Ambos parecían compartir una idiotez equilibrada, digamos que una estulticia natural que no requería ser alimentada diariamente por los medios de comunicación. Hacían siempre lo que cualquier idiota suele hacer, sin sobreactuar ni llevar a cabo intento alguno de camuflaje. Si eso fuera posible, se diría que trataba de dos idiotas mellizos a los que no les fue necesario que, ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad en general, contribuyeran activamente a configurar su idiotez. Mónica y Luis, una vez escuchadas las sinrazones de los dos amigos, se quedaron en silencio un largo rato, envueltos en una duda lenta como miel en un reloj de arena. Les pidieron que aguardaran un momento. Luis le hizo una señal a Mónica y ambos salieron del despacho. En la sala contigua, Luis telefoneó a su amigo Jesús, catedrático de filosofía en la Universidad Ramón Llull, para exponerle el caso. Este le escuchó pacientemente antes de darle su opinión.


  -Os habéis equivocado. La idiotez no está en los genes, querido Luis, sino que se trata de un estado que requiere una gran dedicación, un laborioso trabajo, día a tras día, hasta conseguir ese grado de excelencia idiota; eso por no hablar de la necesaria colaboración de todo aquello que nos rodea. Resumiendo, que habéis confundido la idiotez con la candidez, pudiéndose dar en esta última -eso si, muy ocasionalmente- rasgos de una inteligencia digamos que innata, o “natural”.


  Descartados los sencillos, que no idiotas, solo quedaban dos candidatos sentados en la desapacible sala pintada de ese color del que, por indiferente, nadie sabría decir su nombre. Luis, visiblemente inquieto, miró fijamente a los ojos verde charca de Mónica y le preguntó: -¿Cómo coño se llega a reconocer al verdadero idiota?


  Mónica, que siempre fue una de las alumnas más inteligentes de la clase (sólo su amiga Merceditas la superaba; tan lista era esta que, cuando se hizo mayor, no quiso servir para nada, y mucho menos para nadie), se quedó un par de minutos en silencio hasta que dio con una sorprendente y brillante propuesta.


  -Ya lo tengo, Luis. Les daremos un espejo a cada uno y les diremos que se tomen su tiempo antes de contestar que ven en él.


  Al principio Luis, que sin ser idiota ni mucho menos, si que en ocasiones parecía merodear por los alrededores de dicha condición, le confesó no entender nada.


  -Déjame a mí. Luego te explico.


  -Ya estamos aquí de nuevo -dijo una sonriente Mónica con los dos espejos del lavabo en las manos.- Ahora van a coger un espejo cada uno. Quiero que se miren en él, tomándose todo el tiempo que crean necesario, y luego nos digan que es lo que han visto. Los dos candidatos se coordinaron para, al unísono, abrir un poco la boca y dejar de parpadear por unos instantes. Pasado un tiempo prudencial, Mónica dio por finalizado el ejercicio y les preguntó lo que habían visto.


  El primero en ser preguntado, digamos que el idiota perfecto, el sin fisuras -ya les anticipo que el candidato elegido- dijo rotundamente que al otro lado del espejo se veía a él. El otro, haciéndose el listillo para parecer lo más idiota posible, afirmó exactamente lo mismo, pero al decirlo un leve temblor en el párpado izquierdo lo delató. Mónica lo presionó con dureza y acabó confesando, con los ojos un poco humedecidos, que ese que le había estado observando durante diez minutos en realidad podía ser cualquiera, incluso él.


  Para los que siempre les gusta saber un poco más de lo necesario, les diré que la película fue un gran éxito de taquilla. Más de dos millones de espectadores la vieron; aunque algunos críticos, esos que casi siempre andan perfeccionando envidias y maldades, afirmaron que, sin duda alguna, la mayoría de ellos debían de estar generosamente dotados para la idiotez.





 

viernes, 5 de abril de 2024

Como juncos despellejados (Taller Bremen)

 


 La noche, aunque generosa en estrellas y esquinas, se diría que arrastraba un poco los pies. Era una de esas noches que parecen cansadas de serlo; esas que transcurren como un barco abandonado y a la deriva.  Metidos en toda esa desganada oscuridad, cimbreándose los dos como juncos despellejados,  resiguiendo a trompicones calles que los sabían ignorar con una asombrosa precisión, andaban Ernesto y Federico cogidos del brazo. Una vieja amistad y un más que precario equilibrio justificaban -casi exigían- esa leve y morosa ternura.

 

 - Alejémonos, Federico, que esa farola se tambalea.


 - A mí también me ha parecido hace un rato que las cosas cabeceaban, como si nos quisieran dar la razón. Si es que en esta mierda de ciudad ya nada es lo que debería de ser, Ernesto. Ni las papeleras se limitan a ser lo que son; a la que te descuidas, ahí las tienes, dándote su opinión como si alguien se la hubiese pedido. Anda, dame otro trago de eso que tú llamas coñac y que yo todavía ignoro lo que es.


 - Pues que coño va a ser, Federico, coñac del bueno, lo que sucede es que, desde que me dijo el farmacéutico que para los huesos es un complemento cojonudo,  le suelo echar unas cucharadas de magnesio, colágeno y vitamina C.


 - No quiero inquietarte, querido Francisco…


 - Federico, si a la cogorza que te acompaña no le importa.


 - Perdona, Federico; decía que no es mi intención desilusionarte, pero de aquí a un cierto tiempo (me temo que escaso) ten por seguro que tus huesos y los míos van a compartir esperanzas, sentido del humor, e incluso forma de vestir y, para ser sincero, dudo mucho que vengan a abrazarte, agradecidos, por todo el puto colágeno que les diste. El que sí se fortalece, aunque no los huesos sino las finanzas, es Luisito, que, desde esa cueva de ladrones con forma de farmacia que regenta, parece decidido a abolir la muerte en el barrio a base de “complementos”.


 Un silencio, sólo perjudicado por el resuello que iban dejando los dos como si de caracoles asmáticos se tratase, disolvió casi inmediatamente en el olvido la acerada reflexión de Ernesto.

 

 - Estate quieto por dios -dijo de pronto Federico-, que oscilas más que un péndulo. Parece que me estén hablando tres o cuatro y en estéreo.


 - Eso es la mierda de brebaje que te has traído, que me está dando una cierta inestabilidad.


-Pues entonces devuélveme la botella, que para ser tan asqueroso lo que contiene me ha parecido ver que no le das respiro.


 - ¡Cuidado! Me cago en su árbol genealógico. Has visto a ese imbécil, por poco nos atropella. 


 - Ernesto, que estamos cruzando con ese enano luminoso en rojo.


 - Ni enano ni mierda, a ver si uno no puede charlar tranquilamente con un amigo sin que tenga que estar pendiente de todas esas lucecitas de los cojones.


 - Tranquilízate, Ernesto. Anda, tomate un trago y devuélveme de una vez la botella. Además, no se porque te pones así, si por lo que tengo entendido tú eres un mil hombres y no le temes a nada, y mucho menos a la parca, aunque esta se presente en forma de atropello quebrantahuesos.  


 Otro silencio, esta vez casi sonoro, como un do sostenido en un instrumento desafinado, les permitió a los dos acomodar un poco las ideas y, al unísono, percatarse de que se habían perdido en un trayecto que habían hecho mil veces.


 - Menos cachondeo, mi querido pusilánime -retomo de nuevo el hilo Ernesto-. Aunque tengo que admitir que, en esta ocasión y sin que ello sirva de precedente, tienes toda la razón. Anda, dime, ¿por qué motivo debería causarte espanto el dejar de saludar para siempre a tu cuñado?

¿Qué horror crees que supone prescindir eternamente de la sonrisa del innombrable José María Aznar? ¿Quién te ha metido a ti en la cabeza que es algo terrible dejar de ver a ese que, cada mañana, con esa cara de cuyo diseño los dioses deberían avergonzarse, nos mira desde el espejo sin entender en absoluto quién es y para qué coño sirve? Seguro que no has visto nunca a un vendedor de seguros dando la vara en el cementerio.  Entonces, ¿por qué todo ese desasosiego, todos esos temblores? Toma tu líquido infernal y dale un tiento, haber si se te quitan un poco tus queridas inquietudes.


 La calle se iba empinando de forma casi imperceptible. La noche también. Lo que se iban diciendo Ernesto y Federico importaba poco; lo que silenciaban entre jadeo y jadeo algo más. Los dos escenificaban, desde hacía tiempo y de forma distinta, aunque con idéntica minuciosidad, unos entremeses a medio camino de la ternura y el descalabro. Se mentían de puro cariño; se emborrachaban casi todos los viernes por la noche para darle un rodeo a la vida; para demorar, en la medida de lo posible, el encontronazo con el sinsentido. No siendo malos, procuraban evitar el fácil consuelo de la bondad.


 - Ten cuidado, Federico. Por poco pisas esa mierda de perro. Ya ves, se ufanan de haber llegado a la Luna y a pesar de ello seguimos tan guarros como sin duda lo debieron ser los medio monos de nuestros antepasados, esos que pintaban animalitos en sus cuevas para aliviar sus prehistóricos domingos.  


 - Tienes razón en eso, Ernesto. No parece que la historia de la humanidad sea algo como para estar orgullosos.


 - ¿La historia de la humanidad, dices? Ese despropósito es como la cabrona de la próstata; con el paso del tiempo se va dilatando sibilinamente con la única intención de no darnos respiro. Eso si no se viene arriba y nos liquida sin más. La verdad,  no creo que haya nada más patético que un libro de historia. Anda, dame un trago de ese matarratas con colágeno a ver si esta noche consigo escabullirme por un rato de la “historia” de la humanidad.


 - A veces no consigo entenderte, Ernesto. Has estado cuarenta años explicando historia a cientos -tal vez miles- de alumnos y ahora la comparas con tu próstata y te quedas tan ancho.


 - Mi querido inocente, adentrarse en eso que llamamos historia es el camino más rápido para lograr la más absoluta desesperación. Si, es cierto, he estado más de media vida enseñando una disciplina en la que no creo a gente que no le importaba una mierda. Ahora me duele la espalda y no recuerdo por donde se va a mi casa. A muchos no les costaría ningún esfuerzo referirse a todo ello como un fracaso rotundo, sin matices,  pero, si quieres que te diga la verdad, yo no me considero un fracasado sino más bien un genio incomprendido y contradictorio; algo parecido a un cruce de elefante y colibrí que le ha tocado vivir rodeado de amebas.


-  Sigo sin entenderte y creo que estás un poco más borracho que de costumbre. Para un momento, que tengo que mear. ¡Maldita sea! 


 ¿Qué te sucede?


 - ¡Pues que no consigo bajarme la jodida cremallera!


 - No te preocupes, Federico. Por lo que veo ya no es necesario que esa puta cremallera ceda a tus requerimientos. Lamento sinceramente el tener que comunicarte que te has meado encima. Es lo que te decía, la historia es como la próstata: hace que todo se precipite de forma absurda, dejándonos con los pantalones meados hasta las rodillas. Perdona que me ría un poco, mi querido amigo, pero es que estás hecho un cromo. Confiemos en que este airecillo te aliviara un poco antes de llegar a tu casa y tener que dar unas explicaciones que sin duda tu mujer no se va a creer.


 - !Mierda¡ Por lo menos a ti no te espera nadie y puedes llegar meado hasta los calcetines.


 - Tienes razón, Federico, alguna que otra ventaja tiene la soledad.


 El portal era oscuro. La borrachera campaba a sus anchas. Los dos ya no sabían cuantos eran ni que hacían allí. Las bolsillos se multiplicaban incesantemente y en ellos las llaves no aparecían. De pronto apareció una que quiso abrir. Ernesto y Federico se abrazaron justo en el momento que empezaba a clarear. Ernesto entró en una casa que no sabía estarse quieta. No conseguía reconocer los muebles ni los cuadros, cosa que atribuyó a la mierda de coñac de Federico. Se acostó y le pareció que alguien musitaba un: “Ya era hora”. Él, creyéndose en un sueño vulgar, sólo atinó a pronunciar un buenas noches que intentó, sin demasiado acierto, que fuera levemente culposo. Se despertó cuando en el campanario del convento de las Hermanas Clarisas daban las tres del mediodía. Desde la mesilla de noche le observaban, metidos en un marco plateado, Federico y su mujer. Se vistieron, confusos y con algún recelo, él y la resaca. Cruzó el comedor cabizbajo y le soltó a Rosario, la paciente y dulce mujer de Federico, un "buenos días, espero que hayas descansado bien". Salió a la calle. Entró en el bar de Manolo.  En la mesa de siempre le esperaba su amigo. 


 - ¿Sabes? -le dijo Federico- esta noche nadie me ha dicho nada por llegar borracho ni por haberme meado los pantalones. Y por cierto, cámbiate ese puto colchón que parece pensado para albergar el descanso de un faquir.


 Aun les dio tiempo a los dos de tomarse un par de cafés -procurando no mirarse a los ojos y demorándose en un silencio que se diría minucioso- antes de descojonarse de risa.




martes, 12 de marzo de 2024

Los dioses sabrán el motivo (Taller Bremen)


  Es vana, y de alguna forma deplorable, la tarea de inquirir el por qué los dioses nos castigan con tanto acierto y perseverancia. Tal vez algunos ociosos (esos que disponen de casi todas las tardes -y no pocas mañanas- para iluminar los entresijos de este mundo que azotamos desde hace milenios) hayan llegado a la conclusión de que son esas infinitas horas que no cesan, ese tedio inconcebible de lo que siempre ha sido y será lo mismo, ese lunes eterno, lo que lleva a esos divinos seres a infligirnos todo tipo de penalidades.


  Cabe pensar que otros, para aliviarse un poco de lo que no saben ni sabrán, dirán que el motivo de esos recurrentes castigos no es ese, sino  que los dioses están de nosotros hasta sus metafóricos cojones. Estos argumentarán -no sin cierta lógica-, que miles de años de estupidez severa, de una recurrente maldad -la nuestra-, pueden socavar la paciencia de cualquier padre, por muy divino que este sea.


  Ni que decir tiene que, estas especulaciones y cualquier otra que se les quiera añadir, son poca cosa más que entretenimientos, minuciosas orfebrerías con las que nuestra ignorancia se solaza.


  De todas formas, no es el propósito de este apresurado e insustancial escrito el indagar en lo que nunca nos será dado conocer, sino más bien relatar algunos casos, perfectamente documentados, en los que las penas infligidas fueron inusualmente generosas en creatividad y horrores. No se trata aquí de los vulgares sucesos que nos suelen acaecer; esas desgracias que, por comunes, nos debería avergonzar quejarnos al padecerlas; sino de esos castigos inauditos, refinados; esos padecimientos digamos que con un “plus” de excelencia en lo que a su divino diseño se refiere.


  Sin más preámbulos, paso a esbozarles algunos que, por su extrema crueldad, recuerdo que me llenaron de inquietud y desasosiego.


  A mediados del siglo XVI, sor Teresa de Maderuelo andaba metida   -como tanta otras- en estricto celibato en el pequeño Monasterio de San José. Según se refleja en algunas crónicas, era menuda y sencilla, con una de esas bellezas serenas que la hacía destacar entre la general fealdad circundante. La terrible pena que le sobrevino no fue otra que siete embarazos -casi consecutivos- del mismísimo Espíritu Santo, dada la evidente ausencia de hombres en aquella humilde y santa casa.  Cuatro niños y tres niñas, todos ellos muy parecidos (nariz prominente y orejas de soplillo), hecho que permitió, a los que siempre están dispuestos para la burla y la crueldad, afirmar que esos deberían de ser los rasgos predominantes de ese divino representante de la Santísima Trinidad. 


  Como era de prever, y al intuir demonio en toda esa desbocada natalidad, la Santa Inquisición, a instancias del Obispo de Segovia (hombre vivaz, enjuto, de nariz prominente y orejas de soplillo), abrió causa y la pobre sor Teresa, a pesar de haber concebido sin aparente pecado, fue entregada al suplicio de la hoguera. Poco a poco se fue restableciendo la calma en el Monasterio de San José; las siete criaturas fueron discretamente ingresadas en el orfanato de las Madres Purísimas; el obispo se pudo incorporar de nuevo a sus ardientes quehaceres, y el Espíritu Santo -ya apaciguada su paternal obsesión- regresó a su divino mandato.


  Otro de los casos -este mucho más reciente- creo haberlo leído en el libro “Historias ciertas que tal vez sucedieron” del historiador inglés D.H.Waugh. En él se relata el terrible castigo que padeció, a mediados del siglo XVIII, el eminente hombre de estado Peter Chever. Según parece, al pobre desgraciado (después de muchos años forcejeando desde las bases de su partido hasta conseguir alcanzar un importante cargo en la Cámara de los Comunes inglesa) le sobrevinieron unas extrañas fiebres y, a partir de ese fatídico momento, fue absolutamente incapaz de decir una sola mentira. Estuviese con quien estuviese, hablase de lo que hablase,  ese hombre no podía decir cosa alguna que no fuese verdad.


Se entenderá que unos pocos meses fueran más que suficientes para que se cebaran en él todas las variantes del escarnio y el fracaso. Dilapidados todos los cargos y honores que con tanto esfuerzo había ido acumulando, ignorado por todos los que, hasta ese momento, formaban su extensa corte de aduladores, e incluso abandonado por su familia cuando les tuvo que decir la verdad de lo que pensaba de todos ellos, no le quedó otra al infeliz que usar el puente de Westminter para buscar, en las indiferentes aguas del Támesis, el definitivo consuelo. Ni en su lápida quiso dejar un postrer engaño, y por ello en sus últimas voluntades dejó reflejado el que tendría que ser su epitafio: “Créanme, no les miento, si les digo que aquí yace Peter Chever”. 


 Por lo demás. muchos fueron los casos de castigos -a cuál más terrible- que con el paso del tiempo conseguí recopilar. Algunos recuerdo que incluso me hicieron sonreír, como el del ermitaño que, después de pasarse veinte años en una cueva en el desierto para encontrar a Dios, Este se le presentó una noche estrellada y el pobre hombre no supo ni qué decirle, ni qué preguntarle, cosa que lo precipitó a la más absoluta desesperación; pero ninguno de ellos llegó a perturbarme como el que, Yng Chen, filósofo budista que vivió allá por el siglo VI, relata en su libro: “La rueda cuadrada.” Se cuenta allí la historia de Wao Chen -según parece, primo hermano suyo- que al nacer quedo atrapado en una sola hora. Nunca pudo salir de ella, y todos sus anhelos, esperanzas, amores, miedos, recuerdos, inquietudes, vejez y olvido; todo aquello que en un ser humano se expande a lo largo de sus años, a él le fue dado el horror de vivirlo en esos inconcebibles sesenta minutos. Unas angosturas, una comprensión, un arrebujarse unos con otros todos los aconteceres, que hicieron de esa hora en que, Wao Chen, todo lo vivió, un auténtico e inconcebible infierno.


No sigo. Me detengo aquí para no añadir un castigo más -el de que tengan que seguir escuchándome- a esa infinita y cruel lista de divinos castigos.