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viernes, 5 de abril de 2024

Como juncos despellejados (Taller Bremen)

 


 La noche, aunque generosa en estrellas y esquinas, se diría que arrastraba un poco los pies. Era una de esas noches que parecen cansadas de serlo; esas que transcurren como un barco abandonado y a la deriva.  Metidos en toda esa desganada oscuridad, cimbreándose los dos como juncos despellejados,  resiguiendo a trompicones calles que los sabían ignorar con una asombrosa precisión, andaban Ernesto y Federico cogidos del brazo. Una vieja amistad y un más que precario equilibrio justificaban -casi exigían- esa leve y morosa ternura.

 

 - Alejémonos, Federico, que esa farola se tambalea.


 - A mí también me ha parecido hace un rato que las cosas cabeceaban, como si nos quisieran dar la razón. Si es que en esta mierda de ciudad ya nada es lo que debería de ser, Ernesto. Ni las papeleras se limitan a ser lo que son; a la que te descuidas, ahí las tienes, dándote su opinión como si alguien se la hubiese pedido. Anda, dame otro trago de eso que tú llamas coñac y que yo todavía ignoro lo que es.


 - Pues que coño va a ser, Federico, coñac del bueno, lo que sucede es que, desde que me dijo el farmacéutico que para los huesos es un complemento cojonudo,  le suelo echar unas cucharadas de magnesio, colágeno y vitamina C.


 - No quiero inquietarte, querido Francisco…


 - Federico, si a la cogorza que te acompaña no le importa.


 - Perdona, Federico; decía que no es mi intención desilusionarte, pero de aquí a un cierto tiempo (me temo que escaso) ten por seguro que tus huesos y los míos van a compartir esperanzas, sentido del humor, e incluso forma de vestir y, para ser sincero, dudo mucho que vengan a abrazarte, agradecidos, por todo el puto colágeno que les diste. El que sí se fortalece, aunque no los huesos sino las finanzas, es Luisito, que, desde esa cueva de ladrones con forma de farmacia que regenta, parece decidido a abolir la muerte en el barrio a base de “complementos”.


 Un silencio, sólo perjudicado por el resuello que iban dejando los dos como si de caracoles asmáticos se tratase, disolvió casi inmediatamente en el olvido la acerada reflexión de Ernesto.

 

 - Estate quieto por dios -dijo de pronto Federico-, que oscilas más que un péndulo. Parece que me estén hablando tres o cuatro y en estéreo.


 - Eso es la mierda de brebaje que te has traído, que me está dando una cierta inestabilidad.


-Pues entonces devuélveme la botella, que para ser tan asqueroso lo que contiene me ha parecido ver que no le das respiro.


 - ¡Cuidado! Me cago en su árbol genealógico. Has visto a ese imbécil, por poco nos atropella. 


 - Ernesto, que estamos cruzando con ese enano luminoso en rojo.


 - Ni enano ni mierda, a ver si uno no puede charlar tranquilamente con un amigo sin que tenga que estar pendiente de todas esas lucecitas de los cojones.


 - Tranquilízate, Ernesto. Anda, tomate un trago y devuélveme de una vez la botella. Además, no se porque te pones así, si por lo que tengo entendido tú eres un mil hombres y no le temes a nada, y mucho menos a la parca, aunque esta se presente en forma de atropello quebrantahuesos.  


 Otro silencio, esta vez casi sonoro, como un do sostenido en un instrumento desafinado, les permitió a los dos acomodar un poco las ideas y, al unísono, percatarse de que se habían perdido en un trayecto que habían hecho mil veces.


 - Menos cachondeo, mi querido pusilánime -retomo de nuevo el hilo Ernesto-. Aunque tengo que admitir que, en esta ocasión y sin que ello sirva de precedente, tienes toda la razón. Anda, dime, ¿por qué motivo debería causarte espanto el dejar de saludar para siempre a tu cuñado?

¿Qué horror crees que supone prescindir eternamente de la sonrisa del innombrable José María Aznar? ¿Quién te ha metido a ti en la cabeza que es algo terrible dejar de ver a ese que, cada mañana, con esa cara de cuyo diseño los dioses deberían avergonzarse, nos mira desde el espejo sin entender en absoluto quién es y para qué coño sirve? Seguro que no has visto nunca a un vendedor de seguros dando la vara en el cementerio.  Entonces, ¿por qué todo ese desasosiego, todos esos temblores? Toma tu líquido infernal y dale un tiento, haber si se te quitan un poco tus queridas inquietudes.


 La calle se iba empinando de forma casi imperceptible. La noche también. Lo que se iban diciendo Ernesto y Federico importaba poco; lo que silenciaban entre jadeo y jadeo algo más. Los dos escenificaban, desde hacía tiempo y de forma distinta, aunque con idéntica minuciosidad, unos entremeses a medio camino de la ternura y el descalabro. Se mentían de puro cariño; se emborrachaban casi todos los viernes por la noche para darle un rodeo a la vida; para demorar, en la medida de lo posible, el encontronazo con el sinsentido. No siendo malos, procuraban evitar el fácil consuelo de la bondad.


 - Ten cuidado, Federico. Por poco pisas esa mierda de perro. Ya ves, se ufanan de haber llegado a la Luna y a pesar de ello seguimos tan guarros como sin duda lo debieron ser los medio monos de nuestros antepasados, esos que pintaban animalitos en sus cuevas para aliviar sus prehistóricos domingos.  


 - Tienes razón en eso, Ernesto. No parece que la historia de la humanidad sea algo como para estar orgullosos.


 - ¿La historia de la humanidad, dices? Ese despropósito es como la cabrona de la próstata; con el paso del tiempo se va dilatando sibilinamente con la única intención de no darnos respiro. Eso si no se viene arriba y nos liquida sin más. La verdad,  no creo que haya nada más patético que un libro de historia. Anda, dame un trago de ese matarratas con colágeno a ver si esta noche consigo escabullirme por un rato de la “historia” de la humanidad.


 - A veces no consigo entenderte, Ernesto. Has estado cuarenta años explicando historia a cientos -tal vez miles- de alumnos y ahora la comparas con tu próstata y te quedas tan ancho.


 - Mi querido inocente, adentrarse en eso que llamamos historia es el camino más rápido para lograr la más absoluta desesperación. Si, es cierto, he estado más de media vida enseñando una disciplina en la que no creo a gente que no le importaba una mierda. Ahora me duele la espalda y no recuerdo por donde se va a mi casa. A muchos no les costaría ningún esfuerzo referirse a todo ello como un fracaso rotundo, sin matices,  pero, si quieres que te diga la verdad, yo no me considero un fracasado sino más bien un genio incomprendido y contradictorio; algo parecido a un cruce de elefante y colibrí que le ha tocado vivir rodeado de amebas.


-  Sigo sin entenderte y creo que estás un poco más borracho que de costumbre. Para un momento, que tengo que mear. ¡Maldita sea! 


 ¿Qué te sucede?


 - ¡Pues que no consigo bajarme la jodida cremallera!


 - No te preocupes, Federico. Por lo que veo ya no es necesario que esa puta cremallera ceda a tus requerimientos. Lamento sinceramente el tener que comunicarte que te has meado encima. Es lo que te decía, la historia es como la próstata: hace que todo se precipite de forma absurda, dejándonos con los pantalones meados hasta las rodillas. Perdona que me ría un poco, mi querido amigo, pero es que estás hecho un cromo. Confiemos en que este airecillo te aliviara un poco antes de llegar a tu casa y tener que dar unas explicaciones que sin duda tu mujer no se va a creer.


 - !Mierda¡ Por lo menos a ti no te espera nadie y puedes llegar meado hasta los calcetines.


 - Tienes razón, Federico, alguna que otra ventaja tiene la soledad.


 El portal era oscuro. La borrachera campaba a sus anchas. Los dos ya no sabían cuantos eran ni que hacían allí. Las bolsillos se multiplicaban incesantemente y en ellos las llaves no aparecían. De pronto apareció una que quiso abrir. Ernesto y Federico se abrazaron justo en el momento que empezaba a clarear. Ernesto entró en una casa que no sabía estarse quieta. No conseguía reconocer los muebles ni los cuadros, cosa que atribuyó a la mierda de coñac de Federico. Se acostó y le pareció que alguien musitaba un: “Ya era hora”. Él, creyéndose en un sueño vulgar, sólo atinó a pronunciar un buenas noches que intentó, sin demasiado acierto, que fuera levemente culposo. Se despertó cuando en el campanario del convento de las Hermanas Clarisas daban las tres del mediodía. Desde la mesilla de noche le observaban, metidos en un marco plateado, Federico y su mujer. Se vistieron, confusos y con algún recelo, él y la resaca. Cruzó el comedor cabizbajo y le soltó a Rosario, la paciente y dulce mujer de Federico, un "buenos días, espero que hayas descansado bien". Salió a la calle. Entró en el bar de Manolo.  En la mesa de siempre le esperaba su amigo. 


 - ¿Sabes? -le dijo Federico- esta noche nadie me ha dicho nada por llegar borracho ni por haberme meado los pantalones. Y por cierto, cámbiate ese puto colchón que parece pensado para albergar el descanso de un faquir.


 Aun les dio tiempo a los dos de tomarse un par de cafés -procurando no mirarse a los ojos y demorándose en un silencio que se diría minucioso- antes de descojonarse de risa.




jueves, 29 de septiembre de 2022

Y Dios creó la envidia a su imagen y semejanzas (Taller Bremen)

 


  No se muy bien como explicarlo, pero os aseguro que no miento si os digo que desde hace un rato está lloviendo en lo que ahora escribo. Es evidente que esta lluvia, casi alegre a pesar de su tristeza, no lo sabe -ni tampoco le importa-, pero todo parece indicar que hoy es martes y que van a dar las ocho en ese ojo grotesco e insolente que me observa desde la pared de la cocina. Es lo hora acordada para dar inicio a esa mentira inocente de la soledad en compañía; para hacer ver que ya estamos todos cuando en realidad es obvio que no hay nadie; hora en que las rondas se quedan sin pedir; en que los abrazos se dan al aire; hora de la amistad con minutero, de la cordialidad y el cariño on-line. Son las ocho y no me cuesta nada imaginaros manipulando ágilmente el ratón -enorme rata sedada en mis torpes manos- del ordenador; vuestros dedos saltando de una tecla a otra como niños entre charcos, buscando, aquí y allá, enlaces, instrucciones, mapas, milagros, hasta que de pronto, como un Mesías con caña de cerveza y alguna cosa que picar al lado, os aparece la sonrisa de Antonio y con ella el alivio de existir ni que sea entre las livianas cosas de un taller literario.


  -Buenas noches, ¿cómo andamos?-; y poco a poco se va completando la pequeña y querida colección de estampas cuadriculadas; imágenes que, con gran desparpajo y aún mayor descaro, afirman ser vosotros. Así, de pronto, en una esquina de la pantalla aparece, como de la nada, una barba aromatizada con el sinuoso humo de una pipa, imagen que está pidiendo a gritos la charla, la copa de vino y el paseo -¡hola, querido Carlos!; en la otra  ya se distinguen, como sosteniendo a Nacho por las orejas, unos enormes cascos desde los que -me gusta pensar- tal vez se puedan oir todos los relatos que nos quedan por escribir; al fondo a la izquierda Paloma se ve con claridad pero aún no se la escucha; justo debajo suyo, enmarcada en un inquietante agujero negro,a Ana se la  escucha con nitidez, pero aún nadie la ve. Uno tras otro vais apareciendo: Juan, Luijo, Juan Carlos, todos vosotros, crucigrama siempre incompleto, querida sopa de letras de la amistad. 


  ¡Qué envidia me da veros! A veces pienso que me gustaría ser cualquiera de vosotros, cualquiera menos yo. Y esa envidia crece y me mordisquea los talones al constatar que no sois vosotros los que tenéis que escribir alguna cosa inteligible sobre la envidia -propósito sin duda tan descabellado como querer  atrapar en un relato a una ola o a un limón-. Pero soy hombre de palabra -algo así como un jefe sioux al que Dios, impelido por el infinito tedio, le hubiese gastado una broma de mal gusto haciéndole nacer lejos de las praderas y cerca de Barcelona-, por lo que no me cabe otra que cumplir.


  Lo que os contaré no es una historia, pues adolece de los mínimos que tal cosa exige, sino apenas el vago recuerdo de una charla en un bar, hace ya de ello tanto tiempo que sería lícita la duda sobre si en realidad sucedió. 


  Éramos amigos casi sin querer, una de esas amistades que se nutren del azar y la costumbre más que de cualquier afinidad. Digamos que lo conocí rubio y delgado, y que con el paso del tiempo se fue quedando sin adjetivos que le sentaran bien. Recuerdo que esa tarde se le veía más inquieto que de costumbre -y os puedo asegurar que era mucha la costumbre en la que su inquietud solía retozar-. También recuerdo que al llevarse la taza del café con leche a los labios le resaltó su taciturna palidez de hombre enemistado con cualquier luz que no requiriera interruptor.


  Ante mi pregunta, levemente protocolaria, con la que pretendía indagar si estaba enfermo, y con la mirada perdida en algún lugar que parecía estar muy lejos de aquel bar, me soltó: 


  -Sabes, estoy convencido de que Dios créo la envidia a su imagen y semejanza; no me cabe la menor duda de que en alguna sagrada escritura aún por descubrir queda reflejada esta absoluta verdad.


  Sin saber bien qué contestarle, me limité a sonreír y a hacer ver que no me había percatado de que las ojeras de insomne recalcitrante se desbordaban por debajo de sus gafas redondas como pequeñas y traviesas olas azules. 


  -La envidia -prosiguió ensimismado como si en realidad yo no estuviera allí- és el gran motor del universo. Todo pretende ser algo que no es, todo quiere vehementemente lo que no tiene.


 En realidad, nadie es digno de envidia, creo que lo dijo Schopenhauer-, balbuceé solo por probar si me escuchaba.


  -No sé cómo empezó todo, pero lo cierto -decía casi sollozando y sin dar muestra alguna de haberme escuchado- es que desde hace un tiempo deseo constantemente ser cualquier cosa, cualquier otro que no sea yo. Un árbol, mi cuñado, el Rey de Inglaterra, un oso hormiguero, tú mismo, Dios, todo me suscita una insoportable envidia.


  -Pero tal vez eso no es envidia, sino solo cansancio -me pareció comentarle a su taza de café con leche, dado que era evidente que él ni siquiera me miraba-.


  -Salir a la calle para ir a comprar una barra de pan es un verdadero calvario. Una pareja que se besa, un perro que levanta la pata para mear en una farola, la portada de una revista en la que se ve un pastor con sus ovejas, la mujer del panadero, cualquier cosa no hace sino aumentar hasta lo insoportable mi angustia, mi imperiosa necesidad de tener eso que no tengo, de ser eso que estoy viendo.


  Nada parecía poder sacarlo de ese bucle por lo que me limité a colgar de mi cara una falsa sonrisa de amigo que entiende la situación, que comprende lo que le pasa,  y a mirar de reojo el ventilador del bar mientras esperaba el momento oportuno para dejar caer cualquier excusa y largarme de allí.


  La alarma del teléfono en la que me recordaba mi visita al urólogo programada para el próximo viernes me permitió, casi al unísono, mentirle, levantarme, pagar la consumición,  y, al mismo tiempo, constatar que nada iba a canviar por el hecho de que yo no estuvisie, dado que él, totalmente absorto y aguantándose la cabeza con las manos, seguía musitando palabras cada vez más inteligibles.


  A decir verdad, dejarlo en esa situación me creó unos diez minutos culposos que conseguí aliviar, creo, comiéndome un croisant de xocolate y pensando que era otra de las extravagancias con las que a menudo se presentaba ante los amigos, extravagancias que el infeliz solía olvidar con una buena borrachera y con la efervescencia obsesiva de otra nueva rareza. Reconozco que me equivoqué, y esta vez la sensación de culpa recuerdo que me duró algo más de diez minutos. Según me contaron, un par de semanas más tarde esperó a que pasara el tren de las ocho y veinte, el que va de Paseo de Gracia a Sitges, y se plantó delante como el que saluda desde un balcón. 

En la breve nota que dejó escrita se refería a una visita que recientemente había hecho al cementerio de Montjuic y a la insoportable envidia que le había provocado todo ese silencio, toda esa eternidad, todos esos muertos. Puestos a zarandear lo inexplicable, no me extrañaría que su desdicha persista y que ahora, a su manera, sienta alguna de las formas de la envidia agravada con el desconsuelo de no poder ser contada. 

domingo, 28 de junio de 2020

Su innumerable Quién (Taller Bremen)



Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios / este más vivo que aquél) es un hombre / (tan fácilmente uno se esconde en otro; / y no obstante, cada uno, siendo todos, no se escapa de ninguno) / tumulto tan vasto es el deseo más simple: / tan despiadada mor- tandad la esperanza / más inocente (tan profundo es el espíritu del cuerpo, / tan lúcido eso que la vigilia llama sueño) / tan solitario y tan nunca el hombre solo / su más breve latido dura un año terrestre / sus más largos años el latido de un sol; su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven. / ¿Cómo podría ese que tanto se llama a sí mismo Yo / atreverse a comprender su innumerable Quién? 


-Edward Estlin Cummings- 


  Astutas, sin duda, las verdades suelen ser invenciones que han hecho todo lo posible para no acordarse, ni ellas ni nadie, que lo son. Es por ello que esta historia no puede ser verdad, aunque lo que en ella se cuenta sucediera en el centro penitenciario de Lladoners entre Joan Balcells, independentista catalán condenado a siete años por sedición, y Pedro González, condenado a muchos más por diversos atracos a mano armada. 


  La mañana del doce de abril, un par de semanas después de que Joan ingresara en prisión, la lluvia impidió la habitual salida al patio y también quiso estar al corriente de la primera mirada entre ambos, revestida de recelos, curiosidad y burla. Esa mañana, hurgándose un poco en algo que andaba a medio camino de la tristeza y el orgullo, Joan miraba por la ventana mientras se olía en las manos la misma colonia -tal vez excesivamente cara para alguien que acumulaba diversas inquietudes sociales- que hace pocos meses esparcía entre las bancadas de la oposición en las interminables sesiones del Parlament Català. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y el pelo de que disponía en la cabeza era ya apenas un escaso y vago recuerdo de lo que había sido una juventud que osciló entre las manifestaciones y los escarceos políticos y el piso amplio y soleado que, a dos pasos del Passeig de Gracia, años después heredó de sus padres. 
  En lo que se refiere a Pedro, lo cierto es que nunca supo con exactitud la edad que tenía. Según lo que decía su madre, que murió de un resfriado mal curado hacía ya más de veinte años, ahora debería de tener cuarenta y siete, pero en todas las fichas policiales constaba que tenía cuarenta y nueve. El insistía que tenía más de cincuenta, aunque es probable que solo lo dijera para intentar acortar la pena que le quedaba por cumplir. De padres emigrados de un pueblecito tan nada que ni siquiera permitía el recuerdo -un lugar como tantos otros del que hasta los piojos procuraron marcharse-, era el mayor de tres hermanos, aunque solía decir que desde hacía mucho tiempo era el mayor, el menor y el mediano de tres hermanos, dado que a los otros dos la heroína les había dado un excesivo anticipo en lo que a la cifra total del olvido se refiere. 
  Generaría un fácil consenso afirmar que Pedro nunca fue guapo, aunque siempre gustó a las mujeres; hombre contradictorio, sin duda, si se tiene en cuenta que tampoco nadie le había visto sostener un libro entre sus manos y a pesar de ello siempre sabía qué decir. 
  Con esos dos guiones tan dispares, con esas dos biografías casi irreconciliables, sería una enorme decepción -también una vulgaridad-, que hubiese sido cualquiera de las infinitas perspectivas del amor a lo que esa primera mirada diera comienzo, pero si que fue el inicio de una desazón del todo irrazonable. No empezaron a desearse el uno al otro, cosa que suele suceder con frecuencia en las cárceles y también en las colas para pagar de los supermercados, sino que, algo más infrecuente, a partir de esa mañana lluviosa ambos quisieron de dejar de ser lo que eran para ser el otro. Aunque les pueda parecer inverosímil, desde ese instante Joan quiso ser Pedro y Pedro se propuso ser Joan. 
  Poco a poco empezó uno a frecuentar la pésima biblioteca de la prisión para leer -huelga decir que apenas sin entender nada- todo lo que caía en sus manos, mientras el otro se ejercitaba en el aguantarle la mirada a los más inquietos, cosa que le permitió ingresar siete veces en la enfermería con la cara mejor o peor partida. Todo les interesaba del otro, pero no por amis- tad o cariño, sino para fagocitarse, para apropiarse de una vida completamente distinta a la suya, esa que ambos habían decidido contradecir. 
  Una forma como cualquier otra de rebelarse contra el destino que los había llevado a interpretar un solo papel; tal vez la forma de aliviar la mala conciencia de haber sido siempre el mismo, la insoportable sensación de no haber sido otro distinto; en el fondo un contundente desacato a ese carcelero que desde niños se acostó todas las noches con ellos. 
  Firmemente aislados por un círculo de desconcierto, tal vez protegidos por el atávico y vago respeto que la sospecha de la locura provoca, lo cierto es que a nadie se le ocurría merodear por lo que estaba pasando. Sus largas conversaciones, sus interminables y circulares paseos por el patio de la prisión no parecían importar a nadie. 
  Con absoluta atención escuchaba Pedro como los fascistas fusilaron a Lluis Companys en el Fossar de Las Moreras de Monjuich; con idéntico interés Jordi atendía los detalles de cómo se ha de hacer correctamente el mantenimiento de una pistola automática de 9mm. Si uno se esforzaba en entender las diferencias básicas entre una república y una dictadura, el otro tomaba notas precipitadas de como suelen ser las medidas de seguridad de una oficina bancaria. Si al principio Pedro dejaba perplejo a los guardias dándoles los buenos días, aún más confusos les dejaba ver como Joan acumulaba castigos por todo tipo de desacatos y altercados. 
  Lo que les deparó ese despropósito no podía ser muy distinto de lo que suele ser habitual cuando creemos haber logrado configurar cualquier futuro: un total descalabro. 
  Joan, en su primer permiso, intentó atracar la sucursal de La Caixa ubicada en la calle Mallorca, pero sin querer lo hizo en catalán, cosa que no solo le restó casi toda la credibilidad (intenten ustedes decir: “mans enlaire, això és un atracament, que ningú es mogui o li esbotifarro el cap d’un tret” i verán lo difícil que és mantener un mínimo de seriedad), sino que facilitó de inmediato que uno de los cajeros le reconociera e incluso que llegara a musitar, muy flojito, un “Visca la República”. Un par de horas más tarde -eso fue exactamente lo que le duró su vida de delincuente en libertad- fue detenido. En lo que se refiere a Pedro, consiguió una importante reducción de pena por buena conducta y bien poco le faltó para sacarse la carrera de abogado por la Universidad a Distancia. Desgraciadamente, cuando le faltaba solo un curso para licenciarse, lo atropelló mortalmente un sueco con un patinete precisamente en la calle Mallorca, esquina con la calle Girona.  Por lo demás, es natural que los amigos y la familia de Joan poco a poco dejaran de visitarlo -los de Pedro no fue necesario, primero porque no tenía y segundo porque estaba muerto-. 

jueves, 14 de mayo de 2020

Lo tenía todo, absolutamente todo (Taller Bremen)



  Lo tenía todo, créanme, absolutamente todo. 

  Fue la grosera lluvia de una tarde de abril la que quiso sentarnos en dos mesas contiguas de un bar sin épica de lo que antes fue un barrio, la Barceloneta, y ahora ya nadie sabe exactamente qué es. Tal vez no es del todo cierto si les digo que nunca podré olvidar sus ojos, tan azules  que parecían estar al corriente de algunas cosas del mar -para que se me perdone ese tal vez les diré que con cada parpadeo parecía romper una ola y que esa tarde, al salir del bar, el sol los buscaba para ponerse tranquilamente en ellos.

  Muy pronto supe de su risa, que a pesar de que siempre andaba un poco a destiempo, como al que de pronto le duele el pisotón que le han dado en el metro hace tres días,  era lo más parecido a destapar el teclado de un hermoso piano de cola. Los dientes de arriba cómplices con los de abajo, blancos como pequeñas paredes recién encaladas; ni grandes como los de un castor enflaquecido, ni pequeños como los de un ratón sobrealimentado.  

  También era evidente , para todo el que quisiera fijarse, que su belleza paseaba de la mano con una inteligencia digamos del tipo "puzzle tercer nivel" (como es sabido, el primero, el más común entre la clase política, consiste en saber abrir la caja; el segundo ya permite agrupar las piezas, lo que se diría cohesionar y relacionar con agilidad cualquier caos, y el tercero, muy poco habitual excepto en algunos talleres literarios, suele ser el responsable de propiciar razonamientos y decisiones deslumbrantes).

  Pues bien, como les decía, ya desde muy pequeña, según pude constatar al enseñarme algunas fotografías, esquivó con acierto cualquier desarmonía, y todo gracias a una genética cómplice que le permitió ubicar cada cosa en su sitio e incluso cada sitio en su cosa. Recuerdo que me dijo -y yo la creí- que en el colegio de las Madres Escolapias donde fue niña, rubia y con trenzas durante al tiempo habitual, anduvo siempre oscilando entre la segunda y la tercera más lista de la clase, desistiendo de cualquier otra ambición por pura prudencia al constatar las distintas fealdades que solían encarnizarse con las primeras. 

  Entenderán que con todos esos atributos, a lo que habría que añadir la incomprensible decisión de gustarle yo, empezamos a salir de la forma en que lo hacen casi todas parejas que empiezan a salir. Es decir, exigiéndoles a las mañanas que fuesen más hermosas, obligando a las noches a no desfallecer, forzando a los camareros a un plus de alegría, fatigando a las rutinas para convertirlas en genialidades, en fin, quemando con rapidez las distintas etapas que los deslumbramientos exigen.

  Ni que decir tiene que en la cama, como en el despacho de abogados donde ejercía, también lo hacía todo bien (hasta mi espejo recuerda cómo se pintaba los labios, primero uno y después el otro, nunca los dos a la vez). Es decir, resolvía los distintos conflictos y situaciones que se planteaban entre sábanas con agilidad y rapidez, aunque a decir verdad siempre follábamos con un leve regusto a expediente abierto, a caso activo, a eficaz análisis de pruebas y alegaciones. Un juicio más o menos rápido del que, a pesar de salir siempre absuelto, hacía que abandonaras la sala sabiendo que ese amor, de alguna u otra manera, estaba condenado. 

  Es por ello que no tardó mucho el tiempo en quitarnos la razón que nunca tuvimos, en deshacer el juego de posibles, en dejarnos de nuevo en punto muerto. Ha sido mucha la soledad necesaria para llegar a entender que, a pesar de tenerlo todo, absolutamente todo, a esa mujer le faltaba algo, y ese algo, ahora lo sé, era el swing.












jueves, 28 de marzo de 2019

Entre los peces, tampoco existe la natación (Taller Bremen)



  Tumbado en la cama, una leve vibración en el testículo derecho le avisa de que ya le han sido enviadas, debidamente actualizadas, las opiniones que mantendrá. Las paredes de la habitación lo miran con cierta curiosidad, sin que se pueda descartar en las manchas de humedad alguna que otra burla. No es martes por la mañana porque ya no existen los martes y, de alguna forma, tampoco las mañanas. El tiempo lo estructuran desde la Central en función de lo que ellos consideran necesario. Digamos que es una jornada catalogada como tipo 3B, técnicamente conocidas como Jornadas de Pasividad Receptiva. Tiene los pulgares adormecidos de la fiesta on-line de la noche pasada. Una nueva vibración, esta vez ubicada en el párpado derecho, le avisa de que en breve recibirá los productos que se ha determinado que necesita en función de su tipología. El hombre que estaba tumbado en la cama justo enfrente de las uñas de sus pies es un modelo DXT equipado con todo lo necesario para ser uno más entre los muchos. Podría decirse que es el modelo democrático por excelencia, alguien que se puede añadir a cualquier suma sin que se llegue a cuestionar jamás el uso que se le va a dar a la cifra total. Mucho tiempo atrás tal vez se hubiese podido afirmar que estábamos ante un perfecto idiota, pero ahora dicha afirmación es absurda dado que tampoco existen los idiotas por idéntica razón por la cual, entre los peces, tampoco existe la natación.
  Dios, el deseo, cualquier esperanza y una dieta saludable, entre otras muchas cosas, quedan convenientemente resueltas y acogidas en el implante de última generación que lleva en el sobaco izquierdo. Sin el incordio de la felicidad, inútil preciso y de gran utilidad, ese ser ahistórico está diseñado de tal forma que siendo él puede ser perfectamente cualquier otro.
  Con todos estos prodigios tumbados en la cama se encuentra ella cuando abre la puerta de la habitación. Las jornadas 3B son las programadas para las cópulas no reproductivas. Dado que el implante que lleva ella en una de las dos nalgas (considero de escasa importancia para el relato determinar cual) no es de última generación y provoca algunos errores, se desnuda como si de un bostezo se tratase. 
  Tres minutos dieciséis segundos son más que suficientes para dar cabida a unos tímidos espasmos y a unas moderadas contracciones, e incluso le permiten a él exponer con cierto énfasis un par o tres de las opiniones recibidas hace un rato. Como es habitual, esa breve actividad amatoria genera el correspondiente informe que, enviado de forma automática a la Central, permite actualizar la estadística de calidad de vida y goce carnal de los modelos DXT.


¡Vaya por Dios! Me tendrán que perdonar que detenga aquí todo este no suceder. De forma totalmente inoportuna, justo cuando iba a contarles algo de verdad increíble, me ha empezado a vibrar el testículo derecho. Cuando haya leído lo que debo opinar sobre este texto se lo comunicaré encantado. Les ruego me disculpen. Un abrazo.

jueves, 14 de febrero de 2019

Entender una cereza (Taller Bremen)



  No se sabe si por cansancio o por tristeza, o vete a saber si fue por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que esa mañana tan parecida a todas las otras, esas que le permitían transitar por ellas a condición de poder ignorarlo con saña, esas mañanas en las que indolente dejaba caer las pequeñas cosas que querían suceder, Ceferino alzó la mirada y se sintió arrastrado por la acuciante necesidad de darles a entender una cereza. 
La tarea no era menor si tenemos en cuenta que delante de él, marcialmente alineados y armados hasta los dientes con sus díscolas indiferencias, tenía el viejo profesor a treinta alumnos a la espera de su cucharada semanal de ricino filosófico.
-A la mierda los apuntes-, fue la frase que el buen profesor utilizó para sustituir al protocolario buenos días.
Por un momento cesó el rumor como de enjambre y una cierta expectación buscó las gafas sucias de Ceferino.
-A la mierda los apuntes y todo lo que ustedes están seguros de haber aprendido-, insistió Ceferino, sacándose un puñado de cerezas que había traído para desayunar y dejándolo sobre la mesa.
-No quiero que nadie me diga qué es esto, esta mañana espero algo más de ustedes.
Algunas sonrisas revolotearon por el aula, también algunos tersos culos cambiaron de posición no por aliviarse, sino por el lógico subidón de curiosidad y desconcierto.
-A ver en quién de ustedes es posible depositar alguna esperanza; quiero saber quién es capaz no de describir, sino de ser, de crear, de nombrar por primera vez lo que he dejado sobre la mesa. Todo vale, a excepción de aquello que creían saber hace un rato.
Las mandíbulas levemente caídas de algunos  -aproximadamente más de la mitad- anunciaban el primer descarte. Una mano levantada quiso aflojar un poco la situación.
-Para crear una cereza tendríamos que ser colegas de Dios.
-Yo no creo en Dios-, dijo sin levantar la mano un joven en cuya cara habían quedado para reunirse mil y una pecas. Y creo, insistió, que por razones parecidas hace tiempo que Él tampoco cree en mí. 
Afirmación que provocó la primera tenue sonrisa de Ceferino. 
-Esto no sirve para nada-, se le oyó decir al que todos sabían que, tarde o temprano, diría exactamente eso. Es como hacerse una paja en la cabeza. Alborozo, risas y la musiquita de un teléfono quisieron coincidir en el mismo instante.
-Pues yo colecciono cosas inútiles-, dijo una sonrisa tras la cual se parapetaba una joven de ojos verdes peinada con dos trenzas. Me gusta guardar y observar las cosas que no sirven, mi padre dice que soy como una científica para nada. 
Una sonrisa réplica, esta vez de Ceferino, lo suficientemente amplia como para dejar ver las numerosas batallas perdidas de su dentadura, cruzó el aula, rebotó en una esquina y se fue a perder por la ventana que daba al patio.  
-Una cereza es una cereza-, dijo probablemente el más robusto de la clase, y sin apenas darse cuenta, pasó a engrosar tan tranquilamente el ya numeroso y mayoritario grupo de los "mandíbulas caídas".
-Mis queridos rumiantes, dejen de masticar tiempo y regurgitar obviedades, espero de alguno de ustedes alguna cosa más que considerar que una cereza es una cereza. Espero que alguien se atreva a desmentir al diccionario, es más, que alguien haga dudar al diccionario, que lo inquiete, que consiga ruborizarle al destapar sus rígidas mentiras ordenadas alfabéticamente.
Esta vez al silencio le dio por parecerse al aceite, extendiéndose viscoso por el aula y pringando los pupitres y las miradas. Cuando todo indicaba que algo se iba a romper irremediablemente, justo en el instante en que mayor era el consenso de que esa mañana el fracaso y el ridículo serían los últimos en abandonar el aula, ella se levantó. Todos los cuellos rotaron sobre sus ejes hasta conseguir dejarla en el mejor encuadre posible. Se descalzó, y definiendo a su precisa manera la levedad se fue acercando a la mesa de Ceferino, que expectante repartía la mirada entre los ojos y los pies de la muchacha. Al llegar delante de la mesa, y sin mediar palabra alguna, cogió uno de los rojos desafíos cuyo humilde destino inicial fue ser desayuno y se lo puso en la boca, masticándolo muy despacio. 
Antes de girar sobre sí misma, aún le dio tiempo a musitar algo que solo pudo escuchar el viejo profesor y a lo sumo los más atentos de la primera fila:
-Debería tener usted un poco más de cuidado, Sr. Ceferino. Ha estado a punto de desayunarme. 
Un timbre estrepitoso, casi un insulto, dio por finalizada la clase. Ceferino se puso el abrigo, se despidió cortésmente de sus alumnos, y salió a las cosas que querían suceder un poco más tieso, un poco más concreto, digamos que un poco más pistolero vencedor en medio de callejón soleado, casi sabiendo que en ese ajuste de cuentas lo que se había dirimido era algo parecido a la esperanza.