“Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios / este más vivo que aquél) es un hombre / (tan fácilmente uno se esconde en otro; / y no obstante, cada uno, siendo todos, no se escapa de ninguno) / tumulto tan vasto es el deseo más simple: / tan despiadada mor- tandad la esperanza / más inocente (tan profundo es el espíritu del cuerpo, / tan lúcido eso que la vigilia llama sueño) / tan solitario y tan nunca el hombre solo / su más breve latido dura un año terrestre / sus más largos años el latido de un sol; su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven. / ¿Cómo podría ese que tanto se llama a sí mismo Yo / atreverse a comprender su innumerable Quién? “
-Edward Estlin Cummings-
Astutas, sin duda, las verdades suelen ser invenciones que han hecho todo lo posible para no acordarse, ni ellas ni nadie, que lo son. Es por ello que esta historia no puede ser verdad, aunque lo que en ella se cuenta sucediera en el centro penitenciario de Lladoners entre Joan Balcells, independentista catalán condenado a siete años por sedición, y Pedro González, condenado a muchos más por diversos atracos a mano armada.
La mañana del doce de abril, un par de semanas después de que Joan ingresara en prisión, la lluvia impidió la habitual salida al patio y también quiso estar al corriente de la primera mirada entre ambos, revestida de recelos, curiosidad y burla. Esa mañana, hurgándose un poco en algo que andaba a medio camino de la tristeza y el orgullo, Joan miraba por la ventana mientras se olía en las manos la misma colonia -tal vez excesivamente cara para alguien que acumulaba diversas inquietudes sociales- que hace pocos meses esparcía entre las bancadas de la oposición en las interminables sesiones del Parlament Català. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y el pelo de que disponía en la cabeza era ya apenas un escaso y vago recuerdo de lo que había sido una juventud que osciló entre las manifestaciones y los escarceos políticos y el piso amplio y soleado que, a dos pasos del Passeig de Gracia, años después heredó de sus padres.
En lo que se refiere a Pedro, lo cierto es que nunca supo con exactitud la edad que tenía. Según lo que decía su madre, que murió de un resfriado mal curado hacía ya más de veinte años, ahora debería de tener cuarenta y siete, pero en todas las fichas policiales constaba que tenía cuarenta y nueve. El insistía que tenía más de cincuenta, aunque es probable que solo lo dijera para intentar acortar la pena que le quedaba por cumplir. De padres emigrados de un pueblecito tan nada que ni siquiera permitía el recuerdo -un lugar como tantos otros del que hasta los piojos procuraron marcharse-, era el mayor de tres hermanos, aunque solía decir que desde hacía mucho tiempo era el mayor, el menor y el mediano de tres hermanos, dado que a los otros dos la heroína les había dado un excesivo anticipo en lo que a la cifra total del olvido se refiere.
Generaría un fácil consenso afirmar que Pedro nunca fue guapo, aunque siempre gustó a las mujeres; hombre contradictorio, sin duda, si se tiene en cuenta que tampoco nadie le había visto sostener un libro entre sus manos y a pesar de ello siempre sabía qué decir.
Con esos dos guiones tan dispares, con esas dos biografías casi irreconciliables, sería una enorme decepción -también una vulgaridad-, que hubiese sido cualquiera de las infinitas perspectivas del amor a lo que esa primera mirada diera comienzo, pero si que fue el inicio de una desazón del todo irrazonable. No empezaron a desearse el uno al otro, cosa que suele suceder con frecuencia en las cárceles y también en las colas para pagar de los supermercados, sino que, algo más infrecuente, a partir de esa mañana lluviosa ambos quisieron de dejar de ser lo que eran para ser el otro. Aunque les pueda parecer inverosímil, desde ese instante Joan quiso ser Pedro y Pedro se propuso ser Joan.
Poco a poco empezó uno a frecuentar la pésima biblioteca de la prisión para leer -huelga decir que apenas sin entender nada- todo lo que caía en sus manos, mientras el otro se ejercitaba en el aguantarle la mirada a los más inquietos, cosa que le permitió ingresar siete veces en la enfermería con la cara mejor o peor partida. Todo les interesaba del otro, pero no por amis- tad o cariño, sino para fagocitarse, para apropiarse de una vida completamente distinta a la suya, esa que ambos habían decidido contradecir.
Una forma como cualquier otra de rebelarse contra el destino que los había llevado a interpretar un solo papel; tal vez la forma de aliviar la mala conciencia de haber sido siempre el mismo, la insoportable sensación de no haber sido otro distinto; en el fondo un contundente desacato a ese carcelero que desde niños se acostó todas las noches con ellos.
Firmemente aislados por un círculo de desconcierto, tal vez protegidos por el atávico y vago respeto que la sospecha de la locura provoca, lo cierto es que a nadie se le ocurría merodear por lo que estaba pasando. Sus largas conversaciones, sus interminables y circulares paseos por el patio de la prisión no parecían importar a nadie.
Con absoluta atención escuchaba Pedro como los fascistas fusilaron a Lluis Companys en el Fossar de Las Moreras de Monjuich; con idéntico interés Jordi atendía los detalles de cómo se ha de hacer correctamente el mantenimiento de una pistola automática de 9mm. Si uno se esforzaba en entender las diferencias básicas entre una república y una dictadura, el otro tomaba notas precipitadas de como suelen ser las medidas de seguridad de una oficina bancaria. Si al principio Pedro dejaba perplejo a los guardias dándoles los buenos días, aún más confusos les dejaba ver como Joan acumulaba castigos por todo tipo de desacatos y altercados.
Lo que les deparó ese despropósito no podía ser muy distinto de lo que suele ser habitual cuando creemos haber logrado configurar cualquier futuro: un total descalabro.
Joan, en su primer permiso, intentó atracar la sucursal de La Caixa ubicada en la calle Mallorca, pero sin querer lo hizo en catalán, cosa que no solo le restó casi toda la credibilidad (intenten ustedes decir: “mans enlaire, això és un atracament, que ningú es mogui o li esbotifarro el cap d’un tret” i verán lo difícil que és mantener un mínimo de seriedad), sino que facilitó de inmediato que uno de los cajeros le reconociera e incluso que llegara a musitar, muy flojito, un “Visca la República”. Un par de horas más tarde -eso fue exactamente lo que le duró su vida de delincuente en libertad- fue detenido. En lo que se refiere a Pedro, consiguió una importante reducción de pena por buena conducta y bien poco le faltó para sacarse la carrera de abogado por la Universidad a Distancia. Desgraciadamente, cuando le faltaba solo un curso para licenciarse, lo atropelló mortalmente un sueco con un patinete precisamente en la calle Mallorca, esquina con la calle Girona. Por lo demás, es natural que los amigos y la familia de Joan poco a poco dejaran de visitarlo -los de Pedro no fue necesario, primero porque no tenía y segundo porque estaba muerto-.

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