jueves, 31 de mayo de 2018

El pasado que vendrá (Taller Bremen)



  Virginia Newman solo tenía de niña sus siete años. Todo lo demás, incluso su forma de mirar, desmentía esa aparente realidad. Cuando el abuelo se muera lloverá pero en el cielo no habrá nubes. Le dijo eso a su madre y sin levantar la cabeza siguió dibujando círculos casi perfectos en una hoja de papel, algo que hacía desde muy pequeña con una asombrosa precisión. Su madre, normalmente absorta en su enquistada infelicidad, nunca le prestaba demasiada atención, por lo que zanjó la cuestión con un “no digas tonterías y ves a ver lo que está haciendo tu hermano”. 
Un par de meses más tarde, una irreconocible primavera se presentó sin convicción, insegura, casi temerosa, de serlo. Más bien parecía que sus días eran, de alguna forma, una generosidad, apenas un alto el fuego, de un invierno que había decidido quedarse para curiosear en las cosas del verano. Sobre las siete de la tarde del diecisiete de abril la luz del sol fisgoneaba insolente por el comedor hasta detenerse muy cerca de la zapatillas de viejo James Newman. Este ladeo un poco la cabeza, como si quisiera preguntarle a la intrusa alguna cosa, pero lo cierto es que justo en ese instante, cuando Virginia levantaba los ojos del papel en la que estaba dibujando círculos casi perfectos para ensimismarse con las gruesas y luminosas gotas de lluvia que repiqueteaban en su ventana, James se moría abandonando a su suerte la taza de café que sostenía en su mano. 
 Luego, con el paso de los años, Virginia Newman  fue atesorando silencio, desdén y belleza y eso atrajo a los hombres e incluso a los dioses. Casi sin querer, predijo con acierto todas las cosas que en algún lugar esperaban para suceder. Solo para distraerse de esa maldición decidió escribir un libro, uno solo, en el que Antonio y Candela, sus personajes, vivían ya en él todo lo que luego tendrían que vivir en un piso mal ventilado de la calle Escudellers. Ellos nunca lo supieron, pero en sus páginas ya los estaban esperando todas sus esperanzas, sus cansancios, sus mentiras y la precisa forma en que, años más tarde, se abismaron en la risa infinita de lo que ya nadie recuerda.

Ni que decir tiene que la vida y sus divinos secuaces, absurdos y recelosos, vieron traición en la forma en que Virginia Newman supo desmentir las arrogancias del tiempo. Nadie quiso creerla, ese fue su castigo, nadie excepto su muerte, que ella supo prever frente al mar, en una noche tan quieta que parecía estar al caso de la insensatez de cualquier porvenir.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Metástasis democrática




  Ando con la firme sospecha -tan firme que bien podría ser una certeza- de que si alguna bondad residual, o bien algún incomprensible interés por lo nuestro, siguieran teniendo cualquiera de los dioses que desde tiempos inmemoriales mantenemos en nómina, se compadecería de nosotros y no permitiría dejarnos en manos de tan excelsos miserables.
Y no me refiero, como ya habrán adivinado, a la miseria de los que nada tienen, sino a la de aquellos que lo mucho que poseen es todo lo que son, es decir, la de aquellos miserables que en realidad no son nada. Gentuza “plurisiglas” sin otro objetivo que expandirse como metástasis desbocada insistiendo en el bien que desean al cuerpo que mortifican. Charlatanes hueros que ni siquiera pueden considerarse mentirosos, ya que para merecer tal distinción hay que tener alguna noción de la verdad para poder contradecirla con cierta verosimilitud, estableciendo un mínimo reconocimiento, una cierta convivencia, con aquello que se intenta falsear, por lo que a esta escoria, dada su precisa forma de enquistarse, su caspa ignorante y orgullosa, su miedo inconfensable que les lleva a persistir en la idea de un destino distinto al que suelen gestionar el tiempo y los gusanos, ni siquiera la sutilidad y delicadeza de mentir con precisión le es posible.
 Rabiosos, ladran cualquier cosa desde sus jaulas parlamentarias y en algún pisito mal ventilado alguien se conmueve, se siente aceptado, incluido, reconocido, y corre al bazar chino más cercano para comprar un trapo de colores y así estar completamente de acuerdo con todo lo que se ignora y nos perjudica. 
  

   ¡ Ay, si por desgracia para él, algún griego medianamente ilustrado, de esos que hace unos siglos les dio por revestir de sentido la palabra democracia, le diera por levantar la cabeza! No me cabe la menor duda que de inmediato la volvería a agachar y esta vez de una forma definitiva.