domingo, 17 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -5-)

 


 De Lucainena de las Torres salimos -la lluvia y nosotros- por una carretera estrecha a la que se asoman dos pueblos: Turrillas y los Retacos. A medio camino decidimos  instalar nuestro campamento y pasar la noche justo enfrente de unos antiguos hornos de calcinación. Según parece, a principios del siglo pasado estas tierras fueron el epicentro de la minería almeriense, y en estos hornos se fundía el materia extraído para separar de él las impurezas. Todo ello se lo llevó por delante el tiempo y poco después de terminar la guerra civil la actividad minera de la zona quedó completamente abandonada. Hace algunos años, el Ayuntamiento de Lucainena decidió acondicionar este cadaver industrial para convertirlo en reclamo turístico (es una obviedad -en lo que a la historia se refiere- señalar su fino sentido del humor: que las duras condiciones de vida de los mineros de la silicosis y el destajo acabe siendo vertida en un tríptico informativo destinado a nosotros, ociosos visitantes de la zona, es uno de los innumerables ejemplos-).


 El tenue ladrido de la lluvia; el repiqueteo de algunas piedras que el agua despeña; las montañas, que se van alejando hasta un horizonte en el que apenas son vistas. Todo ello acogido por la noche, que va esparciendo sus cosas entre los huecos del silencio.


 Es innecesario decir que la mañana se levanta con lluvia; que el desierto entero está inundado; que es incomprensible que Ford Bravo y el Bueno, el Feo y el Malo se rodaran aquí, cuando lo suyo sería haber rodado Moby Dick, Veinte mil leguas de viaje submarino e incluso una versión andaluza de Titanic. Los campos, de un natural reseco y polvoriento, forman generosas lagunas; los caminos estan impracticables; las boinas de los campesinos caladas hasta el rabillo. Probablemente, Noé debe de estar al llegar.


 Abandonamos la marisma desértica y nos dirijimos a Cabo de Gata, pero la lluvia -que no es tonta- no cae en el engaño y decide acompañarnos hasta la misma puerta del camping y, una vez allí, se instala cómodamente con  nosotros.


domingo, 10 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -4-)

 


 Cada lugar -cada persona- asume su deteriodo, su ruina lenta, de manera distinta. En medio de la nada, el restaurante Route 66 -modesto y voluntarioso homenaje a la famosa carretera que cruza Estados Unidos- configura la suya con un cromatismo gastado, un desvarío de formas y colores, un casi sorprendente batiburrillo de cliches norteamericanos cubiertos de polvo -tres o cuatro enormes autos ya vencidos por el óxido; las más grotescas Marilyns Monroe que uno pueda imaginarse;  un menú que quiere recordar a la Sexta Avenida y todo ello regentado por una agradable sonrisa de la que algunos dientes -imagino- desertaron hace ya mucho tiempo-. Agradable fusión de Arizona y Almería a la que se le puede coger cariño a partir de la segunda cerveza. Pagamos, sonreímos y nos vamos intentando -sin conseguirlo- andar como lo hacía John Wayne en Centaruros del Desierto.


 Al rato se distrea un poco la lluvia mirando un no se qué. Tiempo suficiente para constatar que Lucainena de las Torres es un pueblo chico y empinado que se deja ver -digamos que es uno de esos lugares con ganas de gustar-.

Detrás de cada flor hay una casa que la resguarda. Fantasmagóricos dedos resiguen paredes encaladas. Un hombre, apoyado en la reja de una terraza, mira ensimismado como si en realidad hubiese algo que ver. Por lo demás, se diría que en todos los rincones hay alguna cosa que se parece a la demora; que todas sus calles cobijan alguna ausencia.


viernes, 8 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -3-)

 


 En Lucainena de las Torres la tormenta confunde y deshilacha sus callecitas empinadas. Todo parece esperarase, paciente, a que se les pase el enojo a los negros nubarrones. Por el barranco maldicen algunos truenos. Nosotros hacemos ver que no nos importa y dejamos a la lluvia lloviendo para dirigirnos a Sorbes, un pueblo despeinado, mal vestido, se diría que estéticamente indiferente y despreocupado. Dos casitas con algún encanto, una pequeña plaza que se deja sentar, la Ermita de Sant Roque -que se proclama de estilo popular- y un apuro al no saber si de sus angostas calles podrá salir nuestra querida furgoneta.  


miércoles, 6 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -2-)

 


 Casitas cuadradas, con sus flores, su cal y su poquito de recelo. Lloviznea y los mismos perros de ayer van despertando sin prisas al pueblo. De pronto, entre la niebla, aparece un parloteo de mujeres, como un revuelo de palabras que, empujándose unas a otras, pugnasen por ser dichas. Visten ropa que quiere ser deportiva y se queda en desmanejada. Algo parecido a una música que -a modo de reclamo- regurgita el pabellón polideportivo, las va engullendo despacio una a una. Todo indica que van a dar clase de algún tipo de danza cuyos orígenes probablemente habría que buscar muy lejos de estas enjutas y resecas tierras.

-Buenos días, un café corto y uno largo-, y desde las cuatro mesas desvencijadas algunas miradas, con más cansancio que malicia, se demoran un poco en nosotros. Luego las calles humildes que el tiempo desde siempre desprecia, y la torrentera por cuyo cauce corren alborotadas aguas de tierra sorprendida; aguas recientes que parecen ignorar su destino de barro y a las que, sin duda, ningún mar aguarda. 


martes, 5 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -1-)

 






  Es evidente que se nos ha encariñado la lluvia. Inconsciente, se agarra al parabrisas sin importarle lo más mínimo el inevitable atropello; ni siquiera el desierto, con su carácter arisco, parece intimidarla. No cabe duda de que le hemos caído bien, de que se ha empecinado en ir a donde nosotros vamos. Húmeda tozudez que no quiere ni oír hablar de despedidas. Así, al pasar por Tarragona se diría que sonríe; que se trata de una lluvia entre amigos casi disculpándose por llover. En Valencia muerde como un perro desatado y rabioso a dentelladas con la tarde; lanzándose incluso, sin amedrentarse, sobre los enormes camiones que la embisten. En Almería, tal vez agotada de su larga y dura jornada, bosteza. Normal, si tenemos en cuenta que la pobre lleva más de ochocientos quilómetros lloviendo; y es que hay amores que, si no llegan a matar, no cabe duda de que por lo menos te dejan empapadas casi todas las certezas. Afortunadamente, Tabernas, ya adormecida por los perros, nos acoge sin ofrecer apenas resistencia.