Cada lugar -cada persona- asume su deteriodo, su ruina lenta, de manera distinta. En medio de la nada, el restaurante Route 66 -modesto y voluntarioso homenaje a la famosa carretera que cruza Estados Unidos- configura la suya con un cromatismo gastado, un desvarío de formas y colores, un casi sorprendente batiburrillo de cliches norteamericanos cubiertos de polvo -tres o cuatro enormes autos ya vencidos por el óxido; las más grotescas Marilyns Monroe que uno pueda imaginarse; un menú que quiere recordar a la Sexta Avenida y todo ello regentado por una agradable sonrisa de la que algunos dientes -imagino- desertaron hace ya mucho tiempo-. Agradable fusión de Arizona y Almería a la que se le puede coger cariño a partir de la segunda cerveza. Pagamos, sonreímos y nos vamos intentando -sin conseguirlo- andar como lo hacía John Wayne en Centaruros del Desierto.
Al rato se distrea un poco la lluvia mirando un no se qué. Tiempo suficiente para constatar que Lucainena de las Torres es un pueblo chico y empinado que se deja ver -digamos que es uno de esos lugares con ganas de gustar-.
Detrás de cada flor hay una casa que la resguarda. Fantasmagóricos dedos resiguen paredes encaladas. Un hombre, apoyado en la reja de una terraza, mira ensimismado como si en realidad hubiese algo que ver. Por lo demás, se diría que en todos los rincones hay alguna cosa que se parece a la demora; que todas sus calles cobijan alguna ausencia.

2 comentarios:
Hola, me alegra leerte. Buena crónica viajera con muy certeras observaciones sobre pueblos y gentes del sur. ¿Quizás por la lluvia no te acercaste a esta maravillosa costa?
De todas formas debió ser un placer comprobar cómo bebía el desierto.
Gran abrazo.
Hola, Isabel!
A mí también me alegra mucho saberte de nuevo por estas esquinas sin apenas calles que las acoja. Sí que, a pesar de la lluvia, estuve unos días correteando por esta maravilla de costa. Guardo de todo ello precisos recuerdos.
Un abrazo enorme, querida Isabel!
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