De Lucainena de las Torres salimos -la lluvia y nosotros- por una carretera estrecha a la que se asoman dos pueblos: Turrillas y los Retacos. A medio camino decidimos instalar nuestro campamento y pasar la noche justo enfrente de unos antiguos hornos de calcinación. Según parece, a principios del siglo pasado estas tierras fueron el epicentro de la minería almeriense, y en estos hornos se fundía el materia extraído para separar de él las impurezas. Todo ello se lo llevó por delante el tiempo y poco después de terminar la guerra civil la actividad minera de la zona quedó completamente abandonada. Hace algunos años, el Ayuntamiento de Lucainena decidió acondicionar este cadaver industrial para convertirlo en reclamo turístico (es una obviedad -en lo que a la historia se refiere- señalar su fino sentido del humor: que las duras condiciones de vida de los mineros de la silicosis y el destajo acabe siendo vertida en un tríptico informativo destinado a nosotros, ociosos visitantes de la zona, es uno de los innumerables ejemplos-).
El tenue ladrido de la lluvia; el repiqueteo de algunas piedras que el agua despeña; las montañas, que se van alejando hasta un horizonte en el que apenas son vistas. Todo ello acogido por la noche, que va esparciendo sus cosas entre los huecos del silencio.
Es innecesario decir que la mañana se levanta con lluvia; que el desierto entero está inundado; que es incomprensible que Ford Bravo y el Bueno, el Feo y el Malo se rodaran aquí, cuando lo suyo sería haber rodado Moby Dick, Veinte mil leguas de viaje submarino e incluso una versión andaluza de Titanic. Los campos, de un natural reseco y polvoriento, forman generosas lagunas; los caminos estan impracticables; las boinas de los campesinos caladas hasta el rabillo. Probablemente, Noé debe de estar al llegar.
Abandonamos la marisma desértica y nos dirijimos a Cabo de Gata, pero la lluvia -que no es tonta- no cae en el engaño y decide acompañarnos hasta la misma puerta del camping y, una vez allí, se instala cómodamente con nosotros.

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