El fanatismo consiste en redoblar tus esfuerzos cuando has olvidado tu objetivo (eso suponiendo que alguna vez dicho objetivo fuese realmente conocido y comprendido). Lo dijo George Santayana, que fue pensador preciso y por consiguiente culpable de contradecir a todas esas células inquietas en busca de su tumor que la humanidad padece y ha padecido. Hereje como pintor de Jesucristos con preservativo, utilizó su estilete de ironía y lucidez para diseccionar con precisión a los irrazonables que cuajan y compactan con cualquier razón, a toda esa carne de un dictado que nada dice y tampoco se entiende, ceros apretujados a la izquierda de la cifra de los de siempre, hordas de las verdades sin risa, histéricos amantes de las soluciones sin problema, arena de una playa sin niños, sin arena y sin mar.
Me refiero a todos esos efervescentes defensores de algo que suele ser estúpidamente circunstancial, a los rígidos que sólo se complacen con los ecos, a los innumerables que orgullosos corren a posicionarse en el agujero de cualquier absurda inercia, a los que deciden hacer ruido con el instrumento de su ignorancia, a los ávidos compradores de ideología en cualquier chino de medio pelo, a los palillos que se creen columnas en las que descansará la historia, a todos esos monos en regresión evolutiva de cuyas lejanas ramas no deberían haber bajado jamás.