jueves, 29 de septiembre de 2022

Y Dios creó la envidia a su imagen y semejanzas (Taller Bremen)

 


  No se muy bien como explicarlo, pero os aseguro que no miento si os digo que desde hace un rato está lloviendo en lo que ahora escribo. Es evidente que esta lluvia, casi alegre a pesar de su tristeza, no lo sabe -ni tampoco le importa-, pero todo parece indicar que hoy es martes y que van a dar las ocho en ese ojo grotesco e insolente que me observa desde la pared de la cocina. Es lo hora acordada para dar inicio a esa mentira inocente de la soledad en compañía; para hacer ver que ya estamos todos cuando en realidad es obvio que no hay nadie; hora en que las rondas se quedan sin pedir; en que los abrazos se dan al aire; hora de la amistad con minutero, de la cordialidad y el cariño on-line. Son las ocho y no me cuesta nada imaginaros manipulando ágilmente el ratón -enorme rata sedada en mis torpes manos- del ordenador; vuestros dedos saltando de una tecla a otra como niños entre charcos, buscando, aquí y allá, enlaces, instrucciones, mapas, milagros, hasta que de pronto, como un Mesías con caña de cerveza y alguna cosa que picar al lado, os aparece la sonrisa de Antonio y con ella el alivio de existir ni que sea entre las livianas cosas de un taller literario.


  -Buenas noches, ¿cómo andamos?-; y poco a poco se va completando la pequeña y querida colección de estampas cuadriculadas; imágenes que, con gran desparpajo y aún mayor descaro, afirman ser vosotros. Así, de pronto, en una esquina de la pantalla aparece, como de la nada, una barba aromatizada con el sinuoso humo de una pipa, imagen que está pidiendo a gritos la charla, la copa de vino y el paseo -¡hola, querido Carlos!; en la otra  ya se distinguen, como sosteniendo a Nacho por las orejas, unos enormes cascos desde los que -me gusta pensar- tal vez se puedan oir todos los relatos que nos quedan por escribir; al fondo a la izquierda Paloma se ve con claridad pero aún no se la escucha; justo debajo suyo, enmarcada en un inquietante agujero negro,a Ana se la  escucha con nitidez, pero aún nadie la ve. Uno tras otro vais apareciendo: Juan, Luijo, Juan Carlos, todos vosotros, crucigrama siempre incompleto, querida sopa de letras de la amistad. 


  ¡Qué envidia me da veros! A veces pienso que me gustaría ser cualquiera de vosotros, cualquiera menos yo. Y esa envidia crece y me mordisquea los talones al constatar que no sois vosotros los que tenéis que escribir alguna cosa inteligible sobre la envidia -propósito sin duda tan descabellado como querer  atrapar en un relato a una ola o a un limón-. Pero soy hombre de palabra -algo así como un jefe sioux al que Dios, impelido por el infinito tedio, le hubiese gastado una broma de mal gusto haciéndole nacer lejos de las praderas y cerca de Barcelona-, por lo que no me cabe otra que cumplir.


  Lo que os contaré no es una historia, pues adolece de los mínimos que tal cosa exige, sino apenas el vago recuerdo de una charla en un bar, hace ya de ello tanto tiempo que sería lícita la duda sobre si en realidad sucedió. 


  Éramos amigos casi sin querer, una de esas amistades que se nutren del azar y la costumbre más que de cualquier afinidad. Digamos que lo conocí rubio y delgado, y que con el paso del tiempo se fue quedando sin adjetivos que le sentaran bien. Recuerdo que esa tarde se le veía más inquieto que de costumbre -y os puedo asegurar que era mucha la costumbre en la que su inquietud solía retozar-. También recuerdo que al llevarse la taza del café con leche a los labios le resaltó su taciturna palidez de hombre enemistado con cualquier luz que no requiriera interruptor.


  Ante mi pregunta, levemente protocolaria, con la que pretendía indagar si estaba enfermo, y con la mirada perdida en algún lugar que parecía estar muy lejos de aquel bar, me soltó: 


  -Sabes, estoy convencido de que Dios créo la envidia a su imagen y semejanza; no me cabe la menor duda de que en alguna sagrada escritura aún por descubrir queda reflejada esta absoluta verdad.


  Sin saber bien qué contestarle, me limité a sonreír y a hacer ver que no me había percatado de que las ojeras de insomne recalcitrante se desbordaban por debajo de sus gafas redondas como pequeñas y traviesas olas azules. 


  -La envidia -prosiguió ensimismado como si en realidad yo no estuviera allí- és el gran motor del universo. Todo pretende ser algo que no es, todo quiere vehementemente lo que no tiene.


 En realidad, nadie es digno de envidia, creo que lo dijo Schopenhauer-, balbuceé solo por probar si me escuchaba.


  -No sé cómo empezó todo, pero lo cierto -decía casi sollozando y sin dar muestra alguna de haberme escuchado- es que desde hace un tiempo deseo constantemente ser cualquier cosa, cualquier otro que no sea yo. Un árbol, mi cuñado, el Rey de Inglaterra, un oso hormiguero, tú mismo, Dios, todo me suscita una insoportable envidia.


  -Pero tal vez eso no es envidia, sino solo cansancio -me pareció comentarle a su taza de café con leche, dado que era evidente que él ni siquiera me miraba-.


  -Salir a la calle para ir a comprar una barra de pan es un verdadero calvario. Una pareja que se besa, un perro que levanta la pata para mear en una farola, la portada de una revista en la que se ve un pastor con sus ovejas, la mujer del panadero, cualquier cosa no hace sino aumentar hasta lo insoportable mi angustia, mi imperiosa necesidad de tener eso que no tengo, de ser eso que estoy viendo.


  Nada parecía poder sacarlo de ese bucle por lo que me limité a colgar de mi cara una falsa sonrisa de amigo que entiende la situación, que comprende lo que le pasa,  y a mirar de reojo el ventilador del bar mientras esperaba el momento oportuno para dejar caer cualquier excusa y largarme de allí.


  La alarma del teléfono en la que me recordaba mi visita al urólogo programada para el próximo viernes me permitió, casi al unísono, mentirle, levantarme, pagar la consumición,  y, al mismo tiempo, constatar que nada iba a canviar por el hecho de que yo no estuvisie, dado que él, totalmente absorto y aguantándose la cabeza con las manos, seguía musitando palabras cada vez más inteligibles.


  A decir verdad, dejarlo en esa situación me creó unos diez minutos culposos que conseguí aliviar, creo, comiéndome un croisant de xocolate y pensando que era otra de las extravagancias con las que a menudo se presentaba ante los amigos, extravagancias que el infeliz solía olvidar con una buena borrachera y con la efervescencia obsesiva de otra nueva rareza. Reconozco que me equivoqué, y esta vez la sensación de culpa recuerdo que me duró algo más de diez minutos. Según me contaron, un par de semanas más tarde esperó a que pasara el tren de las ocho y veinte, el que va de Paseo de Gracia a Sitges, y se plantó delante como el que saluda desde un balcón. 

En la breve nota que dejó escrita se refería a una visita que recientemente había hecho al cementerio de Montjuic y a la insoportable envidia que le había provocado todo ese silencio, toda esa eternidad, todos esos muertos. Puestos a zarandear lo inexplicable, no me extrañaría que su desdicha persista y que ahora, a su manera, sienta alguna de las formas de la envidia agravada con el desconsuelo de no poder ser contada. 

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Ese que escribe lo que yo les digo (Taller Bremen)

 



  Ese es de los que creen que cuando llueve lo hace solo para que ellos se mojen -con eso estaría todo dicho-; aunque si deciden desperdiciar, por curiosidad, tedio o por cualquier otro motivo, algunos minutos, les puedo contar todo lo que, muy a pesar mío, sé de este personaje.


  Nació ya casi excesivo, con el cordón umbilical anudado alrededor del cuello, levemente azulado y de bruces -cualquier cosa con tal de llamar la atención-, como un actorcillo de apenas tres quilos mirando entre bambalinas, y quién sabe si esperando un cerrado aplauso un poco antes de empezar la función. Con algunos merecidos azotes le afearon esa mala, y tan incipiente, falta de educación.


  Ya metido de lleno en el brete de vivir, y con el inevitable paso del tiempo, sus huesos fueron creciendo de forma aceptable, aunque se negaron a sostener carne alguna. -Un niño guapo-, le mentían los que siempre andan en la costumbre de no decir la verdad. -Hay que ver que ojos tiene-, insistián los más refinados, los más malevos, los peores, para destacar con ello que solo eso tenía el niño, pieles y ojos agarrados, Dios sabe cómo, a un esqueleto al corriente de todo lo que se pretende escuálido, de todo lo acepta ser nombrado como magro. Según parece, su pobre madre solía llevarlo al médico preocupada por semejantes miserias cárnicas, y este, después de examinarlo minuciosamente, solía dictaminar que todo estaba bien y que poca cosa se podía hacer para darle algo más de lustre y volumen a la criatura.


  Aproximadamente hasta su primer beso con lengua, se tuvo -el muy infeliz- por un niño diez. No había asignatura, por muy cretino que fuera el profesor que la impartiera, que se le resistiese. Satisfacía a diestro y siniestro con la misma determinación y facilidad con que un adolescente se aprieta un granito de acné, y todo ello mientras solía mirar de reojo la fotografía de un señor vestido de militar y otra de un hombre, flaco como él, colgado de una cruz, tal vez con la absurda convicción de que ambos estaban al corriente de lo bien que le había salido el último examen de latín.


  Pues bien, de la noche a la mañana ese boceto huesudo concertó una entrevista con su esperanzor futuro de chico brillante de clase baja que, con grandes esfuerzos y sacrificios, tal vez consiguiría ascender a clase media -o quién sabe si incluso a clase media alta- y le pegó una patada en sus metafóricos cojones -a los del futuro me refiero-. Del niño diez al joven nada transcurrieron no más de dieciseis horas y cuarenta y siete minutos. Luego fueron llegando las cosas de costumbre, esas que saben sazonarse con algunos toques, aquí y allá, de lo peor.


  Buscó trabajo -aunque sería más acertado decir que el trabajo lo busco a él con inusitada perseverancia, sin apenas darle respiro- y prolongó ese lunes inabarcable, ese bucle de más de lo mismo, durante más de treinta años. 


  Un buen día, solo por provar, se diría que casi sin querer, le dió por ejercer de “guapo” para aliviar con ello todo el tedio que le abonaban puntualmente a fin de mes.  Como era de preveer, a ese desierto en el que instaló su campamento se acercaron algunas mujeres, complacidas de gustar y de gustarse, que al verlo en semejante desamparo, se dejaron mentir.


  Para hacer un poco más llevadero semejante desequilibrio, al pobre diablo no se le ocurrió nada mejor que usar un par de muletas que los más desatentos se apresurarían a calificar de obsesiones. Son la luz y las palabras, de las que cree saber algo. A resguardo de gloria alguna, libre desde siempre de cualquier posteridad, adelantándose con las cosas del olvido a lo que ya nadie recuerda, sus textos y sus imágenes han ido nutriendo, día tras día, con gran tesón e igual desfachatez, la insaciable boca de la mediocridad.


  Ahora , cuando al lobo no solo le ve las orejas, sino que distingue con claridad su silueta recortada en todas las esquinas, no le queda otra que hacerse querer por todo lo que no ha hecho. Decir esto y aquello como si en realidad supiera lo que dice. Colgar algunas sonrisas como aquel que regresa, un poco más sereno, un poco más escéptico, de un largo viaje.


  ¿Quién, en su sano juicio, podría envidiar a semejante cretino? ¿Quién, que no fuera yo, podría sentir por él otra cosa distinta que la indiferencia? Si no fuera porque el pobre diablo cada mañana se lava los dientes con mi cepillo, se ríe cuando yo me río, responde cuando a mí me llaman y escribe lo que yo les digo, les aseguro que hace ya mucho, pero que mucho tiempo, que lo habría enviado al mismísimo infierno.