miércoles, 21 de septiembre de 2022

Ese que escribe lo que yo les digo (Taller Bremen)

 



  Ese es de los que creen que cuando llueve lo hace solo para que ellos se mojen -con eso estaría todo dicho-; aunque si deciden desperdiciar, por curiosidad, tedio o por cualquier otro motivo, algunos minutos, les puedo contar todo lo que, muy a pesar mío, sé de este personaje.


  Nació ya casi excesivo, con el cordón umbilical anudado alrededor del cuello, levemente azulado y de bruces -cualquier cosa con tal de llamar la atención-, como un actorcillo de apenas tres quilos mirando entre bambalinas, y quién sabe si esperando un cerrado aplauso un poco antes de empezar la función. Con algunos merecidos azotes le afearon esa mala, y tan incipiente, falta de educación.


  Ya metido de lleno en el brete de vivir, y con el inevitable paso del tiempo, sus huesos fueron creciendo de forma aceptable, aunque se negaron a sostener carne alguna. -Un niño guapo-, le mentían los que siempre andan en la costumbre de no decir la verdad. -Hay que ver que ojos tiene-, insistián los más refinados, los más malevos, los peores, para destacar con ello que solo eso tenía el niño, pieles y ojos agarrados, Dios sabe cómo, a un esqueleto al corriente de todo lo que se pretende escuálido, de todo lo acepta ser nombrado como magro. Según parece, su pobre madre solía llevarlo al médico preocupada por semejantes miserias cárnicas, y este, después de examinarlo minuciosamente, solía dictaminar que todo estaba bien y que poca cosa se podía hacer para darle algo más de lustre y volumen a la criatura.


  Aproximadamente hasta su primer beso con lengua, se tuvo -el muy infeliz- por un niño diez. No había asignatura, por muy cretino que fuera el profesor que la impartiera, que se le resistiese. Satisfacía a diestro y siniestro con la misma determinación y facilidad con que un adolescente se aprieta un granito de acné, y todo ello mientras solía mirar de reojo la fotografía de un señor vestido de militar y otra de un hombre, flaco como él, colgado de una cruz, tal vez con la absurda convicción de que ambos estaban al corriente de lo bien que le había salido el último examen de latín.


  Pues bien, de la noche a la mañana ese boceto huesudo concertó una entrevista con su esperanzor futuro de chico brillante de clase baja que, con grandes esfuerzos y sacrificios, tal vez consiguiría ascender a clase media -o quién sabe si incluso a clase media alta- y le pegó una patada en sus metafóricos cojones -a los del futuro me refiero-. Del niño diez al joven nada transcurrieron no más de dieciseis horas y cuarenta y siete minutos. Luego fueron llegando las cosas de costumbre, esas que saben sazonarse con algunos toques, aquí y allá, de lo peor.


  Buscó trabajo -aunque sería más acertado decir que el trabajo lo busco a él con inusitada perseverancia, sin apenas darle respiro- y prolongó ese lunes inabarcable, ese bucle de más de lo mismo, durante más de treinta años. 


  Un buen día, solo por provar, se diría que casi sin querer, le dió por ejercer de “guapo” para aliviar con ello todo el tedio que le abonaban puntualmente a fin de mes.  Como era de preveer, a ese desierto en el que instaló su campamento se acercaron algunas mujeres, complacidas de gustar y de gustarse, que al verlo en semejante desamparo, se dejaron mentir.


  Para hacer un poco más llevadero semejante desequilibrio, al pobre diablo no se le ocurrió nada mejor que usar un par de muletas que los más desatentos se apresurarían a calificar de obsesiones. Son la luz y las palabras, de las que cree saber algo. A resguardo de gloria alguna, libre desde siempre de cualquier posteridad, adelantándose con las cosas del olvido a lo que ya nadie recuerda, sus textos y sus imágenes han ido nutriendo, día tras día, con gran tesón e igual desfachatez, la insaciable boca de la mediocridad.


  Ahora , cuando al lobo no solo le ve las orejas, sino que distingue con claridad su silueta recortada en todas las esquinas, no le queda otra que hacerse querer por todo lo que no ha hecho. Decir esto y aquello como si en realidad supiera lo que dice. Colgar algunas sonrisas como aquel que regresa, un poco más sereno, un poco más escéptico, de un largo viaje.


  ¿Quién, en su sano juicio, podría envidiar a semejante cretino? ¿Quién, que no fuera yo, podría sentir por él otra cosa distinta que la indiferencia? Si no fuera porque el pobre diablo cada mañana se lava los dientes con mi cepillo, se ríe cuando yo me río, responde cuando a mí me llaman y escribe lo que yo les digo, les aseguro que hace ya mucho, pero que mucho tiempo, que lo habría enviado al mismísimo infierno.






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