No se muy bien como explicarlo, pero os aseguro que no miento si os digo que desde hace un rato está lloviendo en lo que ahora escribo. Es evidente que esta lluvia, casi alegre a pesar de su tristeza, no lo sabe -ni tampoco le importa-, pero todo parece indicar que hoy es martes y que van a dar las ocho en ese ojo grotesco e insolente que me observa desde la pared de la cocina. Es lo hora acordada para dar inicio a esa mentira inocente de la soledad en compañía; para hacer ver que ya estamos todos cuando en realidad es obvio que no hay nadie; hora en que las rondas se quedan sin pedir; en que los abrazos se dan al aire; hora de la amistad con minutero, de la cordialidad y el cariño on-line. Son las ocho y no me cuesta nada imaginaros manipulando ágilmente el ratón -enorme rata sedada en mis torpes manos- del ordenador; vuestros dedos saltando de una tecla a otra como niños entre charcos, buscando, aquí y allá, enlaces, instrucciones, mapas, milagros, hasta que de pronto, como un Mesías con caña de cerveza y alguna cosa que picar al lado, os aparece la sonrisa de Antonio y con ella el alivio de existir ni que sea entre las livianas cosas de un taller literario.
-Buenas noches, ¿cómo andamos?-; y poco a poco se va completando la pequeña y querida colección de estampas cuadriculadas; imágenes que, con gran desparpajo y aún mayor descaro, afirman ser vosotros. Así, de pronto, en una esquina de la pantalla aparece, como de la nada, una barba aromatizada con el sinuoso humo de una pipa, imagen que está pidiendo a gritos la charla, la copa de vino y el paseo -¡hola, querido Carlos!; en la otra ya se distinguen, como sosteniendo a Nacho por las orejas, unos enormes cascos desde los que -me gusta pensar- tal vez se puedan oir todos los relatos que nos quedan por escribir; al fondo a la izquierda Paloma se ve con claridad pero aún no se la escucha; justo debajo suyo, enmarcada en un inquietante agujero negro,a Ana se la escucha con nitidez, pero aún nadie la ve. Uno tras otro vais apareciendo: Juan, Luijo, Juan Carlos, todos vosotros, crucigrama siempre incompleto, querida sopa de letras de la amistad.
¡Qué envidia me da veros! A veces pienso que me gustaría ser cualquiera de vosotros, cualquiera menos yo. Y esa envidia crece y me mordisquea los talones al constatar que no sois vosotros los que tenéis que escribir alguna cosa inteligible sobre la envidia -propósito sin duda tan descabellado como querer atrapar en un relato a una ola o a un limón-. Pero soy hombre de palabra -algo así como un jefe sioux al que Dios, impelido por el infinito tedio, le hubiese gastado una broma de mal gusto haciéndole nacer lejos de las praderas y cerca de Barcelona-, por lo que no me cabe otra que cumplir.
Lo que os contaré no es una historia, pues adolece de los mínimos que tal cosa exige, sino apenas el vago recuerdo de una charla en un bar, hace ya de ello tanto tiempo que sería lícita la duda sobre si en realidad sucedió.
Éramos amigos casi sin querer, una de esas amistades que se nutren del azar y la costumbre más que de cualquier afinidad. Digamos que lo conocí rubio y delgado, y que con el paso del tiempo se fue quedando sin adjetivos que le sentaran bien. Recuerdo que esa tarde se le veía más inquieto que de costumbre -y os puedo asegurar que era mucha la costumbre en la que su inquietud solía retozar-. También recuerdo que al llevarse la taza del café con leche a los labios le resaltó su taciturna palidez de hombre enemistado con cualquier luz que no requiriera interruptor.
Ante mi pregunta, levemente protocolaria, con la que pretendía indagar si estaba enfermo, y con la mirada perdida en algún lugar que parecía estar muy lejos de aquel bar, me soltó:
-Sabes, estoy convencido de que Dios créo la envidia a su imagen y semejanza; no me cabe la menor duda de que en alguna sagrada escritura aún por descubrir queda reflejada esta absoluta verdad.
Sin saber bien qué contestarle, me limité a sonreír y a hacer ver que no me había percatado de que las ojeras de insomne recalcitrante se desbordaban por debajo de sus gafas redondas como pequeñas y traviesas olas azules.
-La envidia -prosiguió ensimismado como si en realidad yo no estuviera allí- és el gran motor del universo. Todo pretende ser algo que no es, todo quiere vehementemente lo que no tiene.
En realidad, nadie es digno de envidia, creo que lo dijo Schopenhauer-, balbuceé solo por probar si me escuchaba.
-No sé cómo empezó todo, pero lo cierto -decía casi sollozando y sin dar muestra alguna de haberme escuchado- es que desde hace un tiempo deseo constantemente ser cualquier cosa, cualquier otro que no sea yo. Un árbol, mi cuñado, el Rey de Inglaterra, un oso hormiguero, tú mismo, Dios, todo me suscita una insoportable envidia.
-Pero tal vez eso no es envidia, sino solo cansancio -me pareció comentarle a su taza de café con leche, dado que era evidente que él ni siquiera me miraba-.
-Salir a la calle para ir a comprar una barra de pan es un verdadero calvario. Una pareja que se besa, un perro que levanta la pata para mear en una farola, la portada de una revista en la que se ve un pastor con sus ovejas, la mujer del panadero, cualquier cosa no hace sino aumentar hasta lo insoportable mi angustia, mi imperiosa necesidad de tener eso que no tengo, de ser eso que estoy viendo.
Nada parecía poder sacarlo de ese bucle por lo que me limité a colgar de mi cara una falsa sonrisa de amigo que entiende la situación, que comprende lo que le pasa, y a mirar de reojo el ventilador del bar mientras esperaba el momento oportuno para dejar caer cualquier excusa y largarme de allí.
La alarma del teléfono en la que me recordaba mi visita al urólogo programada para el próximo viernes me permitió, casi al unísono, mentirle, levantarme, pagar la consumición, y, al mismo tiempo, constatar que nada iba a canviar por el hecho de que yo no estuvisie, dado que él, totalmente absorto y aguantándose la cabeza con las manos, seguía musitando palabras cada vez más inteligibles.
A decir verdad, dejarlo en esa situación me creó unos diez minutos culposos que conseguí aliviar, creo, comiéndome un croisant de xocolate y pensando que era otra de las extravagancias con las que a menudo se presentaba ante los amigos, extravagancias que el infeliz solía olvidar con una buena borrachera y con la efervescencia obsesiva de otra nueva rareza. Reconozco que me equivoqué, y esta vez la sensación de culpa recuerdo que me duró algo más de diez minutos. Según me contaron, un par de semanas más tarde esperó a que pasara el tren de las ocho y veinte, el que va de Paseo de Gracia a Sitges, y se plantó delante como el que saluda desde un balcón.
En la breve nota que dejó escrita se refería a una visita que recientemente había hecho al cementerio de Montjuic y a la insoportable envidia que le había provocado todo ese silencio, toda esa eternidad, todos esos muertos. Puestos a zarandear lo inexplicable, no me extrañaría que su desdicha persista y que ahora, a su manera, sienta alguna de las formas de la envidia agravada con el desconsuelo de no poder ser contada.

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