Que de todo lo que debería dar cuenta de lo sucedido quede bien poco -a decir verdad casi nada-, no quita de que la historia, tan a menudo soprendente y generosa, tal vez les ceda un rinconcito polvoriento en el que guarecerse durante algún tiempo. Fue en los interminables inviernos de Shurrery, un pueblecito escocés cerca del lago Calder en el que se arrebujaban tres casas asediadas por la humedad y un viejo almacen reumático, donde germinó, según cuentan los escasos y poco sagrados textos que se conservan, la nueva y efímera fe.
El padre de esa pequeña herejía, digamos que de ese minúsculo desliz místico, era un hombrecillo enjuto y desdibujado -casi una silueta- cuyo rostro parecía haber sido arado por un labrador enloquecido. Se llamaba, como casi todos sus ancestros, Graham Kade, pero en su deriva divina se hizo rebautizar como Tláloc, el dicharachero dios azteca del agua y de la fertilidad. Como es de suponer, ninguno de los pocos lugareños que habitaban esas soledades albergaba la más mínima duda del definitivo alejamiento de cualquier cordura que su vecino había emprendido. Entre otras muchas excentrecidades, el verlo danzar desnudo bajo la lluvia entre los hierbajos de lo que tendría que haber sido un jardín y se quedó en unos cientos de metros cuadrados de desolación, no permitía quitarles la razón.
Dios de la lluvia y, por extensión, de los ríos, de los lagos, de los mares, de las lagrimas e incluso, puestos a endiosarse, de todas y cada una de las humedades, sean estas libidinosas o no, que la vida acoge. De este modo se autoproclamaba Graham Kade sin apenas despeinarse por ello las devastadas islas de pelo rojizo que se asomaban en su cabeza.
Al principio -y a decir verdad, tampoco al final- ningún plural era apropiado para referirse a sus discípulos. Un trastabillante tonel de whisky curiosamente remodelado en forma humana -ojos saltones y manos como palas de quitar nieve- llamado Knox Murray, era el único que regularmente asistía, cogido de la mano de sus oceánicas borracheras, a las ceremonias de iniciación. Como no podía ser de otra manera, en esos ritos anexados a la incipiente y fugaz religión habían mangueras, cánticos, ofrendas, danzas e incluso sacrificios de sapos y culebras, sobra decir que de agua.
A pesar de que ser el dios de la lluvia en Escocia es algo que se escora más hacia la vulgaridad que hacia lo divino, la cuestión es que bien sea por curiosidad, maldad, o por cualquiera de las otras formas que suele adoptar el tedio, lo cierto es que con el paso de los inviernos el número de discipulos fue creciendo hasta llegar a tres -cuatro si se tienen en cuenta las esporádicas visitas que la señora Rosslyn Lynch hacía al carcomido santuario del diosecillo escocés-. Viuda desde hacía tanto tiempo que nadie recordaba si en realidad estuvo casada y con quién, no perdía ocasión para explicar, a quien quisiera oirla, que estava locamente prendada de las formas sinuosas, de la piel siempre vibrante, de los colores imposibles que revestían al omnipresente lago Calder, y de ahí que le pareciera lo más normal del mundo hecharle un vistazo a ese personaje que afirmaba ser el supremo representante de todas las humedades habidas y por haber.
Con el tiempo, la señora Rosslyn pasó de la burla a la costumbre, de esta a la admiración y, finalmente y sin apenas darse cuenta, a la más inquebrantable fe. Tan sorprendente fue el proceso que en poco tiempo se acabó convirtiendo en la primera -y única que se sepa- apostol que recibió el encargo del mismísimo señor Murray, un poco antes de morir el pobre hombre de unas diarreas persistentes, de recorrer el mundo para proclamar el advenimiento del nuevo mesías y, al mismo tiempo, aprovechar el viaje para transmitir sus más bien escasas enseñanzas.
En un arranque de determinación y clarividencia, la señora Rosslyn decidió dirigirse hacia el sur para dar inicio a su labor evangelizadora. Se compró algo parecido a una túnica de color azul cielo, vació la magra cuenta corriente que tenía en el banco y cuando quiso darse cuenta ya estaba metida en un tren que la iba alejando de los aguaceros de media tarde, de las nieblas persistentes y del asedio incesante que los musgos y los líquenes infligian al pueblucho desde tiempos inmmemoriales.
Si fue el azar o una decisión precipitada la que la llevo a Écija es algo que en realidad no se sabe. Lo que si se ha podido rescatar momentáneamente del olvido es que recaló en esa luminosa y cálida ciudad y que al principio consiguió llamar la atención con sus prédicas de algunos de sus habitantes.
Fuentes de poco fiar aseguran que un domingo por la mañana llegaron a ser más de quince los que bailaban desnudos en el garaje que Rosslyn habilitó como templo para convocar al pequeño Tláloc y, al mismo tiempo, congraciarse de alguna manera con la esquiva lluvia. Como era de prever, el termómetro abatió la escasa fe que la voluntariosa apóstol había conseguido atraer, y un miércoles de agosto, a eso de las seis de la tarde, con la freidora funcionando a pleno pulmón por las callejuelas de la ciudad, Rocío Fernández, la última feligresa que le quedaba a la congregación, se quedo mirando fijamente a los ojos de Rosslyn y antes de cerrar de un airado portazo el garaje le soltó, con ese gracioso acento gaditano, un:
-Váyase usted y su diosecillo enano a la mierda.
De Rosslyn poco más se supo. Según parece, dejó los hábitos y se acabó casando con un pescador de bajura del Puerto de Santa María que solo tenía tres dientes muy alejados entre ellos, aunque eso sí, unos ojos que, de alguna manera, a Rosslyn le recordaban el color del lago Calder en los lejanos atardeceres de invierno.

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