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sábado, 3 de enero de 2026

Un mal día lo tiene cualquiera (Taller Bremen)

 




Que Dios no sepa en que día vive es algo comprensible, y más si se tiene en cuenta que la eternidad, como enquistado lunes que no cesa, confundiría a cualquiera.

  Instalado en un sin antes ni después; metido de lleno en la duda existencial del para qué esto o lo otro, si esto y lo otro en realidad no son nada; a tientas, tropezando una y otra vez con el espacio sombrío y sin urbanizar del infinito, es evidente que Dios, a pesar de no existir aun el tedio, se aburría celestialmente.


  Nadie puede saber el verdadero motivo por el cual decidió hacer algo para paliar ese desmesurado malestar; salir de una vez por todas de esa apatía sin fin (no existía Argentina, y en consecuencia tampoco la psicología, por lo que es evidente que su decisión no la motivó terapia alguna). Más bien cabe suponer que Dios, sentado frente a su escritorio -es un decir-, de pronto se levantó -a pesar de que tampoco existían las sillas- y, dando un fuerte puñetazo en la mesa, gritó: ¡se acabó esta insoportable ausencia de todo, este absurdo agujero en un agujero, este infinito poder desperdiciado, que a nada ni a nadie atañe ni somete! Digamos que Dios se vino arriba; que llegó a la sencilla y lógica conclusión de que, para que alguien crea en ti, primero es aconsejable que ese alguien exista, ni que sea por un rato; que ser un Dios de nadie era algo de lo que, tarde o temprano, cabía esperar algun desconsuelo; que no tiene ningún sentido hacer nada durante tanto tiempo (una gran mayoría de los que maltratan las playas en agosto sabrán perfectamente a lo me refiero). 

  

  Con toda esa determinación, con todo ese acceso de clarividencia, con toda ese excedente de energía acumulada -en parte gracias a la inconmensurable suma de días festivos que llevaba disfrutados- Dios se puso a la tarea, y su primera decisión, que algunos herejes insisten en considerar diabólica, fue crear la semana laboral (qué duda cabe que, soberbios por costumbre y recelosos por tradición, las asociaciones de empresarios nunca le han agradecido ese primer gesto como en realidad se merecería).


  Ya metido de lleno en dicha semana, Dios quiso dedicar el lunes a separar la luz de la oscuridad, pero al no disponer de secretario, ni de ángeles administrativos, ni de ningun calendario con el que orientarse, no se percató de que era jueves. Así pues, el primer jueves del que se tiene noticia Dios creó el día y la noche (innecesario insistir en que, casi todos los médicos de urgencias, los osos, las putas y los panaderos de Alaska, consideran que el invento, aun siendo el primero, era susceptible de mejora).


  Al día siguiente, es decir, el que para Dios era un martes y que en realidad era un viernes, se dedicó a configurar el cielo -también conocido como firmamento- y, según afirman los libros sagrados, a separar las aguas, aunque en esa nueva audacia es fácil intuir una cierta contradicción, dado que no sería hasta el día siguiente, es decir, el sábado, que le dio por crear la tierra seca y la vegetación, con lo cual nadie se explica de que separó las aguas (convendrán conmigo que, la imagen de unas aguas que no se separan de otra cosa que de si mismas, necesita de una generosa cantidad de hongos alucinógenos para su cabal comprensión).


  Llegado el domingo -que para Él, en su caótica agenda, era jueves- vio necesario, para decorar un poco el escenario, crear el sol, la luna y las estrellas. 


  Algo entumecido por el enorme esfuerzo, y a pesar de que aun no había obra, ni actores, ni guión alguno, todo parece indicar que ese día Dios se sintió orgulloso de semejante alarde de poder, luces y materia.


  El lunes de buena mañana les tocó el turno a los pulpos, a los antepasados del jurel y a todos los bichos con plumas que, por no conformarse con mirar siempre hacia arriba, le exigieron volar (Dios, que a esas alturas del desenfreno creativo no tenía un no, accedió sin pensar que, algunos milenios después, un ángel caído se inspiraría en esos gráciles seres para crear esas antesalas del infierno, comúnmente llamadas aeropuertos).


  Como es natural, por muy Dios que uno sea, el tute que llevaba lo estaba dejando agotado. Era martes -sábado en su confusión-y pensaba que alguna cosa faltaba para completar su obra, aunque no tenía muy claro el qué. Es sabido que cansancio y precipitación suelen ser los fieles pregoneros de un gran número de despropósitos. Y así fue. Dios, dando palos de ciego, ese aciago día creó la hormiga, el camello, la hiena, el chinche y, para entendernos, a los concejales de urbanismo. De esa marabunta de formas e ignorancias, de esa precipitación, un martes (por cierto trece si se tienen en cuenta los siete días anteriores a la creación en que Dios estuvo preparando la presentación del macro proyecto, ese primigenio “PowePoint” en el que se explicaba a Él mismo lo que sería la descomunal obra), nació el que acabaría siendo el bípedo más impresentable,  el medio mono más idiota, el producto más prescindible del divino chiringuito; ese que, “contradicto in adiecto”se conoce como ser humano.


  Intentando remediar lo irremediable, en lo que se considera la primera cirugía chapucera, le dio por extraer una costilla al medio mono y crear a la mujer. Ya puestos a improvisar, y como justifica con gran detalle cualquier libro de historia, más acertado hubiese estado, una vez creada la mujer, borrar definitivamente al hombre de la faz de la tierra (puedo escuchar a los de siempre objetar que, de haber tomado ese decisión, la humanidad no hubiese dado cumbres como José María Aznar, Mobutu Sese o algunos de los creadores de contenido que pululan por las redes, pero es evidente que toda decisión tiene sus pros y sus contras, y que un mundo solo poblado de mujeres es muy difícil imaginarse cómo se habría organizado para ser más cruel y estúpido que el actual).


  En lo que al domingo se refiere -miércoles en realidad- Dios se tomo el día festivo. Que se sepa, no fue a ninguna parte -siendo el principal motivo el hecho de que, como un encargado de sección cualquiera, parece que tiene la capacidad de estar en todas-, por lo que se quedaron en casa Él y la vaga sospecha de que, la increíble estructura, el asombroso escenario, la barroca coreografía, no iba en consonancia con el medio mono semiconsciente  que, tarde o temprano, se acabaría autoproclamando rey de la creación.


  Nada dice el Génesis, ni ninguno de los libros posteriores que quisieron ficcionar ese insólito inicio, sobre lo que hizo Dios  los días posteriores a esa semana primigenia, pero no sería de extrañar que los dedicara a la duda y al arrepentimiento, algo que siendo humano, también cabe suponer en lo divino.


martes, 25 de noviembre de 2025

La Góndola (Taller Bremen)



  Desde el muelle de San Zacarías cualquiera podría pensar que la pequeña mancha negra en el horizonte era un desgarro, apenas una pequeña herida, en el azul sin ganas de serlo que, a esa hora, entristecía el mar. 


  En esa mota insignificante, Renato remaba absorto, tenaz, sin mirar a ningún lado en concreto -sentados frente a él, una pareja de recién casados de Teruel y un japonés lo miraban a él y a las histéricas gaviotas que los acosaban-. Nadie decía nada, pero es de esperar que a los tres les pareciera extraño que, habiendo regateado el precio de un paseo compartido, llevasen ya más de una hora en ese extraño recorrido que los alejaba de Venecia y se diría que los acercaba a ningún lugar.


No tardó el japonés en murmurar un sencillo: 


-Excuse me, everything´s fine?


  La pareja de felices recientes, dada su falta de malicia y esa sensación de invulnerabilidad que suelen tener los enamorados, se besaban y reían para no hacer nada distinto de lo que suelen hacer todas las parejas de Teruel -y probablemente las de Torrelodones- cuando han decidido subirse a una de esas barcas funestas y reptantes denominadas góndolas. No les parecía extraño el recorrido, más bien se sentían afortunados de haber encontrado un gondolero tan voluntarioso, aunque no cantara ni llevara puesto -dado que un manotazo de aire frío se lo había arrancado de la cabeza hacía un rato- el ridículo sombrerito con lazo.


  Cuando el Campanile de la Plaza San Marcos ya parecía un palillo clavado en el horizonte, fue acudiendo sin prisas, entre los cada vez más lívidos -casi verdosos- pasajeros, primero cierto nerviosismo que, al poco rato, ya era una generosa inquietud que, antes de consolidarse, dio paso a un pánico general.


  Pero si me lo permiten, y antes de que les cuente lo que, en realidad, no sé  ni probablemente nadie sabrá de lo sucedido, me gustaría explicarles alguna cosa sobre Renato.


  Por no contradecir la ley no escrita en que se dice que los gondoleros no pueden ser bajitos, ni mucho menos obesos -tal vez el motivo sea evitar una risible erección del artefacto naval que gestionan-, Renato era alto, enjuto y por las mañanas casi apuesto. 

  

  Por lo demás, una de sus vulgaridades -tal vez la mayor- consistía en no ser ni feliz ni desgraciado, conformándose, como tantos, con la dudosa certeza de ser algo. Llevaba más de treinta años llevando gente por los canales; sin duda miles de personas, aunque a él siempre le acompañaba una vaga sensación -algo parecido a un amago de sospecha- que había sido siempre la misma persona la que, de forma incomprensiblemente tenaz y cruel, subía una y otra vez a su góndola para hacer el mismo recorrido. 


  Al no tenerla, no lo había abandonado su mujer; tampoco los hijos, por idéntico motivo, habían conseguido decepcionarlo. Remaba, cortaba el pan y miraba los telenoticias, como un dios de baja intensidad; es decir, metido de lleno en un bucle sin propósito ni sentido. El motivo de todo lo que hacía no era otro que haberlo hecho siempre. Ni siquiera escribió nunca un poema para darle algo de cuerpo a la melancolía hueca -esas persistentes añoranzas de nada y para nada- que desde siempre lo acompañaba.


  La mañana que cabría considerar de los hechos, Renato no hizo nada que se pudiera considerar especial ni distinto. Un capuchino -nunca lo suficientemente caliente- en el bar de Zacarías; los casi idénticos comentarios de los compañeros a los que cada vez le costaba más distinguir; la infinita gaviota molestándolo todo; el verde, siempre sucio y deslucido, de los canales; las ratas, atareadas en el asco y la sospecha, y en el embarcadero, la previsible pareja besándose y el más que previsible japonés adherido a una sonrisa, también japonesa.


-Media hora, ochenta euros; ciento cincuenta una hora, y doscientos sin regreso.


  Y los tres, creyéndose agraciados con una ocurrencia graciosa de Renato, juntando los doscientos euros para subirse, entre risas y tambaleos, a ese mal presagio con forma de barca, a ese atávico cuervo con el que se puede navegar.


   El cementerio de Venecia es una isla de la que sus orgullosos habitantes han perdido todo esperanza de poder zarpar. En ese lugar, desde hace siglos, se han quedado atrapados el silencio, la luz y los innumerables huesos hasta que el mar, tarde o temprano, se tome la molestia de sepultarlos de nuevo. Justo allí, a la deriva, frente al lúgubre embarcadero, encontraron la góndola de Renato. 


  Nada se supo de la zafiedad de los cuerpos, ni mucho menos de las razones con que, durante algún tiempo, todos intentaron explicarse lo sucedido. Más confusión que otra cosa añadieron unas palabras, escritas de cualquier modo en el reverso de un recibo de la luz clavado en la proa con un hermoso cuchillo veneciano, que, según ha trascendido del informe policial, decían lo siguiente:


  -Será hoy cuando mañana yo no vuelva; ayer cuando, para ustedes, suceda lo de ahora. Nada importa y esto tampoco (por fin he conseguido que el japonés deje de sonreír; lamentablemente, no les ha dado tiempo a la pareja de Teruel de aceptar mis disculpas). 


jueves, 12 de septiembre de 2024

Los que nacen dudando (Taller Bremen)

 


  Hay en todas las mesitas de noche un no se qué inquietante, se diría que un cierto desasosiego. Velar esa suma de cansancios, ese poso de olvidos, ese lento e irreversible descalabro que, día tras día, se mete entre las sábanas para ir desdibujándonos, tal vez explicaría, de forma confusa, el motivo. La que está a un lado de la cama de la hija que nunca tuvo sostiene una lámpara encorvada que vierte por la habitación brochazos de luz lenta, envejecida, como algo profundamente cansado de ser lo que es. Desahuciada por casi todo menos por la vida, el único atrevimiento, la única obsesión perseverante de Mercedes Zambrano, es contarle un cuento antes de acostarse a esa niña que la vida no quiso darle. Esa noche quiso que fuera esta la historia.


  -Había una vez un lobo desconcertado, un lobo sin manada ni esperanzas, un lobo de esos que vagan por el bosque sin más destino que la noche. No era malo, dado que para ser eso también es necesario ser algo, sólo se trataba de un malentendido con forma de lobo; se diría que la feroz e intimidante apariencia de un infinito desamparo. 


  El tedio, al que ningún animal es inmune, y el desasosiego que provoca el hambre cuando se enquista, le llevaron hasta la puerta de una casucha destartalada rodeada por algo que, hacía ya mucho tiempo, quiso ser un jardín y ahora apenas era una verde y sombría anarquía. La mujer que yacía en la cama era una anciana cuyo rostro no habían dulcificado los años. Todo en ella era peor de lo que cabía esperar. Su voz agrietada, sus ojos de reptil expectante, su olor de armario abandonado hacía que cualquiera -incluso un lobo-, se estremeciera a su lado.  

  

  De buen corazón, dispuesto siempre a no defraudar a todos los que se empecinan en saber qué es un lobo y qué se supone que debe de hacer, el pobre animal, cerrando los ojos,  se la comió de un bocado, sin apenas masticar, como algunos niños engullen las temidas acelgas, y se acostó en la cama para digerir a esa bruja que nadie, excepto él, se hubiese atrevido a zamparse.


  Como era de prever, acudieron puntuales las pesadillas. Una risa viscosa se escurría por la boca desdentada de la vieja bruja; sus ojos rasgados, como vencejos enloquecidos, se multiplicaban y revoloteaban hasta oscurecer el cielo; los retorcidos y resecos sarmientos de sus brazos le oprimían el pecho y en lugar de un aullido, de la garganta apenas se le escurrían leves estertores que parecían anunciar la inminente llegada de la agonía.


  Quiso el azar, que no siempre es cruel y desconsiderado, sacarle de todo ese horror onírico, y unos suaves golpecitos en la puerta lo despertaron. Rodeada por el esplendor de una mañana recién puesta estaba lo que hasta hace poco tal vez fue una niña y ahora era un hermoso abismo. La capucha de su sudadera era de color rojo, como también era rojo el color de sus labios, el de sus uñas y el de su ropa interior que, a trasluz, los asustados ojos del lobo podían entrever desde el borde de la sábana por el que se asomaban. 


  La puerta se cerró; el tiempo, que a veces sabe comportarse como es debido, miró hacia otro lado. 


  -¡Qué ojos más bonitos tienes!- apenas le dio por balbucear a la temblorosa fiera.  


  -Son para cegarte mejor.


  -¡Y qué voz tan suave!


  -Es para contarte dulces y hermosas mentiras, esas que cualquiera juraría que son verdad.


  -¡Qué boca tan húmeda y hermosa, mi querida niña!


  -Es para empujarte al precipicio sin que acudan esperanzas ni recelos.


  Ni que decir tiene que nada quedó del pobre cánido; que fue confundido y devorado de tal modo que dejó de ser definitivamente cualquier cosa que pueda nombrarse; incluso lo que él, durante tanto tiempo, creía haber sido: un lobo.


  Has de saber, querida, que historiadores, cuentistas y todo ese tropel de farsantes que pululan por los siglos, han hecho todo lo posible por tergiversar esta historia. Sólo algunos niños perspicaces, esos que ya nacen dudando, intuyen el engaño e intentan -a decir verdad, nunca con demasiado éxito-, alejarse todo lo posible de las feroces caperucitas.


  Buenas noches, cariño, y felices sueños.


jueves, 18 de abril de 2024

Los siete magníficos...idiotas (Taller Bremen)

 



  Sentados uno al lado de otro en la espaciosa sala pintada de un color tan deslucido -tan nada- como ellos,  se van intercambiando sonrisitas de conejo como si los siete quisieran certificar una estupidez que podría considerarse transnacional, transcultural, transoceánica, e incluso, si lo prefieren, transcendente, pero en absoluto transitoria. En un despacho contiguo, Mónica -la responsable del casting- y el productor de la película siguen discutiendo de forma acalorada.


  -¿Pero tú los has visto, Luis? Si son incapaces de pestañear sin equivocarse.


  -Lo sé, Mónica -balbucea el hombre-, pero las consignas del director son muy claras, y tú sabes tan bien como yo que los intentos para convencerlo de que esa decisión era arriesgada, por no decir absurda, no han servido para nada. Quiere que su idiota lo sea a tiempo completo, no que lo parezca o que sepa cómo interpretarlo a la perfección. Quiere un idiota que haga de idiota y punto. 


  -Tú sabes mejor que nadie, Luis, que nos jugamos un montón de pasta –insiste Mónica, consciente de que se trata de una batalla perdida-; y eso por no hablar de las ganas que le tienen algunos críticos después de su última “gran película”; esa “genial” coproducción en la que no se le ocurrió mejor idea que inventarse a ese reputado profesor de filosofía que por las mañanas da clases en la universidad, y por las tardes hace de actor en películas porno. Aun recuerdo, en mis peores pesadillas, algunas escenas, como esa en la que va citando a Heidegger entre jadeos y espasmos; vamos, que un horror.


  -Pues tengo entendido que fue un éxito de taquilla.


 -Todo lo que tú quieras, Luis, pero para verla era necesario ingerir, previamente, tres o cuatro anfetaminas y hacerlas bajar con una botella de Rivera del Duero.


  Ni que decir tiene que todo este proceso le estaba siendo muy difícil a Mónica. Ya desde el principio, cuando hubo de proponer el texto para la convocatoria del casting en la prensa, todo habían sido problemas. Hasta cuatro veces tuvo que rectificar dicho texto. El primero se limitaba a decir lo que se podría considerar normal en estos casos: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad.” El director dijo que no era eso lo que él quería. La segunda propuesta fue la siguiente: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No es necesaria experiencia como actores”. Que no, que no reflejaba lo que él había pensado, insistió de nuevo el director. La tercera redacción ya rozaba la falta de respeto: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No han de ser actores ni tener estudios. Tampoco es necesario que tengan ideas propias, sepan bailar, ni hacer cualquier otra cosa que pueda considerarse de un mínimo interés.” Pues aun que les pueda parecer increíble, tampoco ese texto le pareció suficientemente explícito, quedando definitivamente la cosa de la siguiente forma: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. Se valorará, exclusivamente, la estupidez”. A pesar de lo explícito y desagradable del anuncio, hay que decir que se presentaron más de doscientas personas; quien sabe si algunas pensando que era broma, otras por pura necesidad y tal vez un puñado de ellas por absoluto convencimiento de que se ajustaban a la perfección al requerimiento.

 

  -No perdamos más tiempo, Mónica, y veamos a esos siete idiotas “finalistas- le dijo un Luis agotado  y metido ya de lleno entre las cosas de un cierto nerviosismo.


  El primer candidato fue rápidamente descartado en el mismo momento que confesó haber leído, cuando tenía trece o catorce años, “Platero y yo”. 


  El segundo parecía realmente un perfecto idiota, pero lo que motivó el descarte fue que, con la cabeza levemente inclinada hacia las rodillas y con un hilo de voz confesó, al final de la entrevista, ser consciente de ello. Mónica y Luis se miraron y, sin decir palabra, se pusieron inmediatamente de acuerdo: sin duda se trata de un falso idiota, ya que sabe que lo es.


  El tercero se creía muy listo, cosa que les hizo creer que habían encontrado a su hombre. Todo lo sabía y en nada acertaba. Vamos, que a punto estuvieron de informarle de que era el elegido. Pero tuvo un pequeño desliz que lo delató. Como el que no quiere la cosa, cuando le preguntaron qué opinaba de la política les dijo, enmarcada la frase entre dos grandes sonrisas aparentemente idiotas, que si fuera por él hubiese hecho jefe de estado vitalicio a Groucho Marx. Le faltó tiempo a Mónica para despedirlo de malos modos, recriminándole que les hubiese hecho perder el tiempo.


  El cuarto y el quinto eran amigos desde pequeños. Ambos parecían compartir una idiotez equilibrada, digamos que una estulticia natural que no requería ser alimentada diariamente por los medios de comunicación. Hacían siempre lo que cualquier idiota suele hacer, sin sobreactuar ni llevar a cabo intento alguno de camuflaje. Si eso fuera posible, se diría que trataba de dos idiotas mellizos a los que no les fue necesario que, ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad en general, contribuyeran activamente a configurar su idiotez. Mónica y Luis, una vez escuchadas las sinrazones de los dos amigos, se quedaron en silencio un largo rato, envueltos en una duda lenta como miel en un reloj de arena. Les pidieron que aguardaran un momento. Luis le hizo una señal a Mónica y ambos salieron del despacho. En la sala contigua, Luis telefoneó a su amigo Jesús, catedrático de filosofía en la Universidad Ramón Llull, para exponerle el caso. Este le escuchó pacientemente antes de darle su opinión.


  -Os habéis equivocado. La idiotez no está en los genes, querido Luis, sino que se trata de un estado que requiere una gran dedicación, un laborioso trabajo, día a tras día, hasta conseguir ese grado de excelencia idiota; eso por no hablar de la necesaria colaboración de todo aquello que nos rodea. Resumiendo, que habéis confundido la idiotez con la candidez, pudiéndose dar en esta última -eso si, muy ocasionalmente- rasgos de una inteligencia digamos que innata, o “natural”.


  Descartados los sencillos, que no idiotas, solo quedaban dos candidatos sentados en la desapacible sala pintada de ese color del que, por indiferente, nadie sabría decir su nombre. Luis, visiblemente inquieto, miró fijamente a los ojos verde charca de Mónica y le preguntó: -¿Cómo coño se llega a reconocer al verdadero idiota?


  Mónica, que siempre fue una de las alumnas más inteligentes de la clase (sólo su amiga Merceditas la superaba; tan lista era esta que, cuando se hizo mayor, no quiso servir para nada, y mucho menos para nadie), se quedó un par de minutos en silencio hasta que dio con una sorprendente y brillante propuesta.


  -Ya lo tengo, Luis. Les daremos un espejo a cada uno y les diremos que se tomen su tiempo antes de contestar que ven en él.


  Al principio Luis, que sin ser idiota ni mucho menos, si que en ocasiones parecía merodear por los alrededores de dicha condición, le confesó no entender nada.


  -Déjame a mí. Luego te explico.


  -Ya estamos aquí de nuevo -dijo una sonriente Mónica con los dos espejos del lavabo en las manos.- Ahora van a coger un espejo cada uno. Quiero que se miren en él, tomándose todo el tiempo que crean necesario, y luego nos digan que es lo que han visto. Los dos candidatos se coordinaron para, al unísono, abrir un poco la boca y dejar de parpadear por unos instantes. Pasado un tiempo prudencial, Mónica dio por finalizado el ejercicio y les preguntó lo que habían visto.


  El primero en ser preguntado, digamos que el idiota perfecto, el sin fisuras -ya les anticipo que el candidato elegido- dijo rotundamente que al otro lado del espejo se veía a él. El otro, haciéndose el listillo para parecer lo más idiota posible, afirmó exactamente lo mismo, pero al decirlo un leve temblor en el párpado izquierdo lo delató. Mónica lo presionó con dureza y acabó confesando, con los ojos un poco humedecidos, que ese que le había estado observando durante diez minutos en realidad podía ser cualquiera, incluso él.


  Para los que siempre les gusta saber un poco más de lo necesario, les diré que la película fue un gran éxito de taquilla. Más de dos millones de espectadores la vieron; aunque algunos críticos, esos que casi siempre andan perfeccionando envidias y maldades, afirmaron que, sin duda alguna, la mayoría de ellos debían de estar generosamente dotados para la idiotez.





 

martes, 12 de marzo de 2024

Los dioses sabrán el motivo (Taller Bremen)


  Es vana, y de alguna forma deplorable, la tarea de inquirir el por qué los dioses nos castigan con tanto acierto y perseverancia. Tal vez algunos ociosos (esos que disponen de casi todas las tardes -y no pocas mañanas- para iluminar los entresijos de este mundo que azotamos desde hace milenios) hayan llegado a la conclusión de que son esas infinitas horas que no cesan, ese tedio inconcebible de lo que siempre ha sido y será lo mismo, ese lunes eterno, lo que lleva a esos divinos seres a infligirnos todo tipo de penalidades.


  Cabe pensar que otros, para aliviarse un poco de lo que no saben ni sabrán, dirán que el motivo de esos recurrentes castigos no es ese, sino  que los dioses están de nosotros hasta sus metafóricos cojones. Estos argumentarán -no sin cierta lógica-, que miles de años de estupidez severa, de una recurrente maldad -la nuestra-, pueden socavar la paciencia de cualquier padre, por muy divino que este sea.


  Ni que decir tiene que, estas especulaciones y cualquier otra que se les quiera añadir, son poca cosa más que entretenimientos, minuciosas orfebrerías con las que nuestra ignorancia se solaza.


  De todas formas, no es el propósito de este apresurado e insustancial escrito el indagar en lo que nunca nos será dado conocer, sino más bien relatar algunos casos, perfectamente documentados, en los que las penas infligidas fueron inusualmente generosas en creatividad y horrores. No se trata aquí de los vulgares sucesos que nos suelen acaecer; esas desgracias que, por comunes, nos debería avergonzar quejarnos al padecerlas; sino de esos castigos inauditos, refinados; esos padecimientos digamos que con un “plus” de excelencia en lo que a su divino diseño se refiere.


  Sin más preámbulos, paso a esbozarles algunos que, por su extrema crueldad, recuerdo que me llenaron de inquietud y desasosiego.


  A mediados del siglo XVI, sor Teresa de Maderuelo andaba metida   -como tanta otras- en estricto celibato en el pequeño Monasterio de San José. Según se refleja en algunas crónicas, era menuda y sencilla, con una de esas bellezas serenas que la hacía destacar entre la general fealdad circundante. La terrible pena que le sobrevino no fue otra que siete embarazos -casi consecutivos- del mismísimo Espíritu Santo, dada la evidente ausencia de hombres en aquella humilde y santa casa.  Cuatro niños y tres niñas, todos ellos muy parecidos (nariz prominente y orejas de soplillo), hecho que permitió, a los que siempre están dispuestos para la burla y la crueldad, afirmar que esos deberían de ser los rasgos predominantes de ese divino representante de la Santísima Trinidad. 


  Como era de prever, y al intuir demonio en toda esa desbocada natalidad, la Santa Inquisición, a instancias del Obispo de Segovia (hombre vivaz, enjuto, de nariz prominente y orejas de soplillo), abrió causa y la pobre sor Teresa, a pesar de haber concebido sin aparente pecado, fue entregada al suplicio de la hoguera. Poco a poco se fue restableciendo la calma en el Monasterio de San José; las siete criaturas fueron discretamente ingresadas en el orfanato de las Madres Purísimas; el obispo se pudo incorporar de nuevo a sus ardientes quehaceres, y el Espíritu Santo -ya apaciguada su paternal obsesión- regresó a su divino mandato.


  Otro de los casos -este mucho más reciente- creo haberlo leído en el libro “Historias ciertas que tal vez sucedieron” del historiador inglés D.H.Waugh. En él se relata el terrible castigo que padeció, a mediados del siglo XVIII, el eminente hombre de estado Peter Chever. Según parece, al pobre desgraciado (después de muchos años forcejeando desde las bases de su partido hasta conseguir alcanzar un importante cargo en la Cámara de los Comunes inglesa) le sobrevinieron unas extrañas fiebres y, a partir de ese fatídico momento, fue absolutamente incapaz de decir una sola mentira. Estuviese con quien estuviese, hablase de lo que hablase,  ese hombre no podía decir cosa alguna que no fuese verdad.


Se entenderá que unos pocos meses fueran más que suficientes para que se cebaran en él todas las variantes del escarnio y el fracaso. Dilapidados todos los cargos y honores que con tanto esfuerzo había ido acumulando, ignorado por todos los que, hasta ese momento, formaban su extensa corte de aduladores, e incluso abandonado por su familia cuando les tuvo que decir la verdad de lo que pensaba de todos ellos, no le quedó otra al infeliz que usar el puente de Westminter para buscar, en las indiferentes aguas del Támesis, el definitivo consuelo. Ni en su lápida quiso dejar un postrer engaño, y por ello en sus últimas voluntades dejó reflejado el que tendría que ser su epitafio: “Créanme, no les miento, si les digo que aquí yace Peter Chever”. 


 Por lo demás. muchos fueron los casos de castigos -a cuál más terrible- que con el paso del tiempo conseguí recopilar. Algunos recuerdo que incluso me hicieron sonreír, como el del ermitaño que, después de pasarse veinte años en una cueva en el desierto para encontrar a Dios, Este se le presentó una noche estrellada y el pobre hombre no supo ni qué decirle, ni qué preguntarle, cosa que lo precipitó a la más absoluta desesperación; pero ninguno de ellos llegó a perturbarme como el que, Yng Chen, filósofo budista que vivió allá por el siglo VI, relata en su libro: “La rueda cuadrada.” Se cuenta allí la historia de Wao Chen -según parece, primo hermano suyo- que al nacer quedo atrapado en una sola hora. Nunca pudo salir de ella, y todos sus anhelos, esperanzas, amores, miedos, recuerdos, inquietudes, vejez y olvido; todo aquello que en un ser humano se expande a lo largo de sus años, a él le fue dado el horror de vivirlo en esos inconcebibles sesenta minutos. Unas angosturas, una comprensión, un arrebujarse unos con otros todos los aconteceres, que hicieron de esa hora en que, Wao Chen, todo lo vivió, un auténtico e inconcebible infierno.


No sigo. Me detengo aquí para no añadir un castigo más -el de que tengan que seguir escuchándome- a esa infinita y cruel lista de divinos castigos.