Instalado en un sin antes ni después; metido de lleno en la duda existencial del para qué esto o lo otro, si esto y lo otro en realidad no son nada; a tientas, tropezando una y otra vez con el espacio sombrío y sin urbanizar del infinito, es evidente que Dios, a pesar de no existir aun el tedio, se aburría celestialmente.
Nadie puede saber el verdadero motivo por el cual decidió hacer algo para paliar ese desmesurado malestar; salir de una vez por todas de esa apatía sin fin (no existía Argentina, y en consecuencia tampoco la psicología, por lo que es evidente que su decisión no la motivó terapia alguna). Más bien cabe suponer que Dios, sentado frente a su escritorio -es un decir-, de pronto se levantó -a pesar de que tampoco existían las sillas- y, dando un fuerte puñetazo en la mesa, gritó: ¡se acabó esta insoportable ausencia de todo, este absurdo agujero en un agujero, este infinito poder desperdiciado, que a nada ni a nadie atañe ni somete! Digamos que Dios se vino arriba; que llegó a la sencilla y lógica conclusión de que, para que alguien crea en ti, primero es aconsejable que ese alguien exista, ni que sea por un rato; que ser un Dios de nadie era algo de lo que, tarde o temprano, cabía esperar algun desconsuelo; que no tiene ningún sentido hacer nada durante tanto tiempo (una gran mayoría de los que maltratan las playas en agosto sabrán perfectamente a lo me refiero).
Con toda esa determinación, con todo ese acceso de clarividencia, con toda ese excedente de energía acumulada -en parte gracias a la inconmensurable suma de días festivos que llevaba disfrutados- Dios se puso a la tarea, y su primera decisión, que algunos herejes insisten en considerar diabólica, fue crear la semana laboral (qué duda cabe que, soberbios por costumbre y recelosos por tradición, las asociaciones de empresarios nunca le han agradecido ese primer gesto como en realidad se merecería).
Ya metido de lleno en dicha semana, Dios quiso dedicar el lunes a separar la luz de la oscuridad, pero al no disponer de secretario, ni de ángeles administrativos, ni de ningun calendario con el que orientarse, no se percató de que era jueves. Así pues, el primer jueves del que se tiene noticia Dios creó el día y la noche (innecesario insistir en que, casi todos los médicos de urgencias, los osos, las putas y los panaderos de Alaska, consideran que el invento, aun siendo el primero, era susceptible de mejora).
Al día siguiente, es decir, el que para Dios era un martes y que en realidad era un viernes, se dedicó a configurar el cielo -también conocido como firmamento- y, según afirman los libros sagrados, a separar las aguas, aunque en esa nueva audacia es fácil intuir una cierta contradicción, dado que no sería hasta el día siguiente, es decir, el sábado, que le dio por crear la tierra seca y la vegetación, con lo cual nadie se explica de que separó las aguas (convendrán conmigo que, la imagen de unas aguas que no se separan de otra cosa que de si mismas, necesita de una generosa cantidad de hongos alucinógenos para su cabal comprensión).
Llegado el domingo -que para Él, en su caótica agenda, era jueves- vio necesario, para decorar un poco el escenario, crear el sol, la luna y las estrellas.
Algo entumecido por el enorme esfuerzo, y a pesar de que aun no había obra, ni actores, ni guión alguno, todo parece indicar que ese día Dios se sintió orgulloso de semejante alarde de poder, luces y materia.
El lunes de buena mañana les tocó el turno a los pulpos, a los antepasados del jurel y a todos los bichos con plumas que, por no conformarse con mirar siempre hacia arriba, le exigieron volar (Dios, que a esas alturas del desenfreno creativo no tenía un no, accedió sin pensar que, algunos milenios después, un ángel caído se inspiraría en esos gráciles seres para crear esas antesalas del infierno, comúnmente llamadas aeropuertos).
Como es natural, por muy Dios que uno sea, el tute que llevaba lo estaba dejando agotado. Era martes -sábado en su confusión-y pensaba que alguna cosa faltaba para completar su obra, aunque no tenía muy claro el qué. Es sabido que cansancio y precipitación suelen ser los fieles pregoneros de un gran número de despropósitos. Y así fue. Dios, dando palos de ciego, ese aciago día creó la hormiga, el camello, la hiena, el chinche y, para entendernos, a los concejales de urbanismo. De esa marabunta de formas e ignorancias, de esa precipitación, un martes (por cierto trece si se tienen en cuenta los siete días anteriores a la creación en que Dios estuvo preparando la presentación del macro proyecto, ese primigenio “PowePoint” en el que se explicaba a Él mismo lo que sería la descomunal obra), nació el que acabaría siendo el bípedo más impresentable, el medio mono más idiota, el producto más prescindible del divino chiringuito; ese que, “contradicto in adiecto”se conoce como ser humano.
Intentando remediar lo irremediable, en lo que se considera la primera cirugía chapucera, le dio por extraer una costilla al medio mono y crear a la mujer. Ya puestos a improvisar, y como justifica con gran detalle cualquier libro de historia, más acertado hubiese estado, una vez creada la mujer, borrar definitivamente al hombre de la faz de la tierra (puedo escuchar a los de siempre objetar que, de haber tomado ese decisión, la humanidad no hubiese dado cumbres como José María Aznar, Mobutu Sese o algunos de los creadores de contenido que pululan por las redes, pero es evidente que toda decisión tiene sus pros y sus contras, y que un mundo solo poblado de mujeres es muy difícil imaginarse cómo se habría organizado para ser más cruel y estúpido que el actual).
En lo que al domingo se refiere -miércoles en realidad- Dios se tomo el día festivo. Que se sepa, no fue a ninguna parte -siendo el principal motivo el hecho de que, como un encargado de sección cualquiera, parece que tiene la capacidad de estar en todas-, por lo que se quedaron en casa Él y la vaga sospecha de que, la increíble estructura, el asombroso escenario, la barroca coreografía, no iba en consonancia con el medio mono semiconsciente que, tarde o temprano, se acabaría autoproclamando rey de la creación.
Nada dice el Génesis, ni ninguno de los libros posteriores que quisieron ficcionar ese insólito inicio, sobre lo que hizo Dios los días posteriores a esa semana primigenia, pero no sería de extrañar que los dedicara a la duda y al arrepentimiento, algo que siendo humano, también cabe suponer en lo divino.




