jueves, 12 de septiembre de 2024

Los que nacen dudando (Taller Bremen)

 


  Hay en todas las mesitas de noche un no se qué inquietante, se diría que un cierto desasosiego. Velar esa suma de cansancios, ese poso de olvidos, ese lento e irreversible descalabro que, día tras día, se mete entre las sábanas para ir desdibujándonos, tal vez explicaría, de forma confusa, el motivo. La que está a un lado de la cama de la hija que nunca tuvo sostiene una lámpara encorvada que vierte por la habitación brochazos de luz lenta, envejecida, como algo profundamente cansado de ser lo que es. Desahuciada por casi todo menos por la vida, el único atrevimiento, la única obsesión perseverante de Mercedes Zambrano, es contarle un cuento antes de acostarse a esa niña que la vida no quiso darle. Esa noche quiso que fuera esta la historia.


  -Había una vez un lobo desconcertado, un lobo sin manada ni esperanzas, un lobo de esos que vagan por el bosque sin más destino que la noche. No era malo, dado que para ser eso también es necesario ser algo, sólo se trataba de un malentendido con forma de lobo; se diría que la feroz e intimidante apariencia de un infinito desamparo. 


  El tedio, al que ningún animal es inmune, y el desasosiego que provoca el hambre cuando se enquista, le llevaron hasta la puerta de una casucha destartalada rodeada por algo que, hacía ya mucho tiempo, quiso ser un jardín y ahora apenas era una verde y sombría anarquía. La mujer que yacía en la cama era una anciana cuyo rostro no habían dulcificado los años. Todo en ella era peor de lo que cabía esperar. Su voz agrietada, sus ojos de reptil expectante, su olor de armario abandonado hacía que cualquiera -incluso un lobo-, se estremeciera a su lado.  

  

  De buen corazón, dispuesto siempre a no defraudar a todos los que se empecinan en saber qué es un lobo y qué se supone que debe de hacer, el pobre animal, cerrando los ojos,  se la comió de un bocado, sin apenas masticar, como algunos niños engullen las temidas acelgas, y se acostó en la cama para digerir a esa bruja que nadie, excepto él, se hubiese atrevido a zamparse.


  Como era de prever, acudieron puntuales las pesadillas. Una risa viscosa se escurría por la boca desdentada de la vieja bruja; sus ojos rasgados, como vencejos enloquecidos, se multiplicaban y revoloteaban hasta oscurecer el cielo; los retorcidos y resecos sarmientos de sus brazos le oprimían el pecho y en lugar de un aullido, de la garganta apenas se le escurrían leves estertores que parecían anunciar la inminente llegada de la agonía.


  Quiso el azar, que no siempre es cruel y desconsiderado, sacarle de todo ese horror onírico, y unos suaves golpecitos en la puerta lo despertaron. Rodeada por el esplendor de una mañana recién puesta estaba lo que hasta hace poco tal vez fue una niña y ahora era un hermoso abismo. La capucha de su sudadera era de color rojo, como también era rojo el color de sus labios, el de sus uñas y el de su ropa interior que, a trasluz, los asustados ojos del lobo podían entrever desde el borde de la sábana por el que se asomaban. 


  La puerta se cerró; el tiempo, que a veces sabe comportarse como es debido, miró hacia otro lado. 


  -¡Qué ojos más bonitos tienes!- apenas le dio por balbucear a la temblorosa fiera.  


  -Son para cegarte mejor.


  -¡Y qué voz tan suave!


  -Es para contarte dulces y hermosas mentiras, esas que cualquiera juraría que son verdad.


  -¡Qué boca tan húmeda y hermosa, mi querida niña!


  -Es para empujarte al precipicio sin que acudan esperanzas ni recelos.


  Ni que decir tiene que nada quedó del pobre cánido; que fue confundido y devorado de tal modo que dejó de ser definitivamente cualquier cosa que pueda nombrarse; incluso lo que él, durante tanto tiempo, creía haber sido: un lobo.


  Has de saber, querida, que historiadores, cuentistas y todo ese tropel de farsantes que pululan por los siglos, han hecho todo lo posible por tergiversar esta historia. Sólo algunos niños perspicaces, esos que ya nacen dudando, intuyen el engaño e intentan -a decir verdad, nunca con demasiado éxito-, alejarse todo lo posible de las feroces caperucitas.


  Buenas noches, cariño, y felices sueños.


1 comentario:

Isabel dijo...

¡Ay, los cuentos de antaño! Siguen en completa actualidad dependiendo de quien los escriba e interpreten. A mí los cuentos siempre me han abierto caminos y ¡son tan actuales cuando nos llevan a situaciones y personas! Mucho más si están tan bien escritos como este. Abrazo enorme.