jueves, 18 de abril de 2024

Los siete magníficos...idiotas (Taller Bremen)

 



  Sentados uno al lado de otro en la espaciosa sala pintada de un color tan deslucido -tan nada- como ellos,  se van intercambiando sonrisitas de conejo como si los siete quisieran certificar una estupidez que podría considerarse transnacional, transcultural, transoceánica, e incluso, si lo prefieren, transcendente, pero en absoluto transitoria. En un despacho contiguo, Mónica -la responsable del casting- y el productor de la película siguen discutiendo de forma acalorada.


  -¿Pero tú los has visto, Luis? Si son incapaces de pestañear sin equivocarse.


  -Lo sé, Mónica -balbucea el hombre-, pero las consignas del director son muy claras, y tú sabes tan bien como yo que los intentos para convencerlo de que esa decisión era arriesgada, por no decir absurda, no han servido para nada. Quiere que su idiota lo sea a tiempo completo, no que lo parezca o que sepa cómo interpretarlo a la perfección. Quiere un idiota que haga de idiota y punto. 


  -Tú sabes mejor que nadie, Luis, que nos jugamos un montón de pasta –insiste Mónica, consciente de que se trata de una batalla perdida-; y eso por no hablar de las ganas que le tienen algunos críticos después de su última “gran película”; esa “genial” coproducción en la que no se le ocurrió mejor idea que inventarse a ese reputado profesor de filosofía que por las mañanas da clases en la universidad, y por las tardes hace de actor en películas porno. Aun recuerdo, en mis peores pesadillas, algunas escenas, como esa en la que va citando a Heidegger entre jadeos y espasmos; vamos, que un horror.


  -Pues tengo entendido que fue un éxito de taquilla.


 -Todo lo que tú quieras, Luis, pero para verla era necesario ingerir, previamente, tres o cuatro anfetaminas y hacerlas bajar con una botella de Rivera del Duero.


  Ni que decir tiene que todo este proceso le estaba siendo muy difícil a Mónica. Ya desde el principio, cuando hubo de proponer el texto para la convocatoria del casting en la prensa, todo habían sido problemas. Hasta cuatro veces tuvo que rectificar dicho texto. El primero se limitaba a decir lo que se podría considerar normal en estos casos: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad.” El director dijo que no era eso lo que él quería. La segunda propuesta fue la siguiente: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No es necesaria experiencia como actores”. Que no, que no reflejaba lo que él había pensado, insistió de nuevo el director. La tercera redacción ya rozaba la falta de respeto: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. No han de ser actores ni tener estudios. Tampoco es necesario que tengan ideas propias, sepan bailar, ni hacer cualquier otra cosa que pueda considerarse de un mínimo interés.” Pues aun que les pueda parecer increíble, tampoco ese texto le pareció suficientemente explícito, quedando definitivamente la cosa de la siguiente forma: “Convocatoria de casting presencial. Hombres de 35 a 45 años de edad. Se valorará, exclusivamente, la estupidez”. A pesar de lo explícito y desagradable del anuncio, hay que decir que se presentaron más de doscientas personas; quien sabe si algunas pensando que era broma, otras por pura necesidad y tal vez un puñado de ellas por absoluto convencimiento de que se ajustaban a la perfección al requerimiento.

 

  -No perdamos más tiempo, Mónica, y veamos a esos siete idiotas “finalistas- le dijo un Luis agotado  y metido ya de lleno entre las cosas de un cierto nerviosismo.


  El primer candidato fue rápidamente descartado en el mismo momento que confesó haber leído, cuando tenía trece o catorce años, “Platero y yo”. 


  El segundo parecía realmente un perfecto idiota, pero lo que motivó el descarte fue que, con la cabeza levemente inclinada hacia las rodillas y con un hilo de voz confesó, al final de la entrevista, ser consciente de ello. Mónica y Luis se miraron y, sin decir palabra, se pusieron inmediatamente de acuerdo: sin duda se trata de un falso idiota, ya que sabe que lo es.


  El tercero se creía muy listo, cosa que les hizo creer que habían encontrado a su hombre. Todo lo sabía y en nada acertaba. Vamos, que a punto estuvieron de informarle de que era el elegido. Pero tuvo un pequeño desliz que lo delató. Como el que no quiere la cosa, cuando le preguntaron qué opinaba de la política les dijo, enmarcada la frase entre dos grandes sonrisas aparentemente idiotas, que si fuera por él hubiese hecho jefe de estado vitalicio a Groucho Marx. Le faltó tiempo a Mónica para despedirlo de malos modos, recriminándole que les hubiese hecho perder el tiempo.


  El cuarto y el quinto eran amigos desde pequeños. Ambos parecían compartir una idiotez equilibrada, digamos que una estulticia natural que no requería ser alimentada diariamente por los medios de comunicación. Hacían siempre lo que cualquier idiota suele hacer, sin sobreactuar ni llevar a cabo intento alguno de camuflaje. Si eso fuera posible, se diría que trataba de dos idiotas mellizos a los que no les fue necesario que, ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad en general, contribuyeran activamente a configurar su idiotez. Mónica y Luis, una vez escuchadas las sinrazones de los dos amigos, se quedaron en silencio un largo rato, envueltos en una duda lenta como miel en un reloj de arena. Les pidieron que aguardaran un momento. Luis le hizo una señal a Mónica y ambos salieron del despacho. En la sala contigua, Luis telefoneó a su amigo Jesús, catedrático de filosofía en la Universidad Ramón Llull, para exponerle el caso. Este le escuchó pacientemente antes de darle su opinión.


  -Os habéis equivocado. La idiotez no está en los genes, querido Luis, sino que se trata de un estado que requiere una gran dedicación, un laborioso trabajo, día a tras día, hasta conseguir ese grado de excelencia idiota; eso por no hablar de la necesaria colaboración de todo aquello que nos rodea. Resumiendo, que habéis confundido la idiotez con la candidez, pudiéndose dar en esta última -eso si, muy ocasionalmente- rasgos de una inteligencia digamos que innata, o “natural”.


  Descartados los sencillos, que no idiotas, solo quedaban dos candidatos sentados en la desapacible sala pintada de ese color del que, por indiferente, nadie sabría decir su nombre. Luis, visiblemente inquieto, miró fijamente a los ojos verde charca de Mónica y le preguntó: -¿Cómo coño se llega a reconocer al verdadero idiota?


  Mónica, que siempre fue una de las alumnas más inteligentes de la clase (sólo su amiga Merceditas la superaba; tan lista era esta que, cuando se hizo mayor, no quiso servir para nada, y mucho menos para nadie), se quedó un par de minutos en silencio hasta que dio con una sorprendente y brillante propuesta.


  -Ya lo tengo, Luis. Les daremos un espejo a cada uno y les diremos que se tomen su tiempo antes de contestar que ven en él.


  Al principio Luis, que sin ser idiota ni mucho menos, si que en ocasiones parecía merodear por los alrededores de dicha condición, le confesó no entender nada.


  -Déjame a mí. Luego te explico.


  -Ya estamos aquí de nuevo -dijo una sonriente Mónica con los dos espejos del lavabo en las manos.- Ahora van a coger un espejo cada uno. Quiero que se miren en él, tomándose todo el tiempo que crean necesario, y luego nos digan que es lo que han visto. Los dos candidatos se coordinaron para, al unísono, abrir un poco la boca y dejar de parpadear por unos instantes. Pasado un tiempo prudencial, Mónica dio por finalizado el ejercicio y les preguntó lo que habían visto.


  El primero en ser preguntado, digamos que el idiota perfecto, el sin fisuras -ya les anticipo que el candidato elegido- dijo rotundamente que al otro lado del espejo se veía a él. El otro, haciéndose el listillo para parecer lo más idiota posible, afirmó exactamente lo mismo, pero al decirlo un leve temblor en el párpado izquierdo lo delató. Mónica lo presionó con dureza y acabó confesando, con los ojos un poco humedecidos, que ese que le había estado observando durante diez minutos en realidad podía ser cualquiera, incluso él.


  Para los que siempre les gusta saber un poco más de lo necesario, les diré que la película fue un gran éxito de taquilla. Más de dos millones de espectadores la vieron; aunque algunos críticos, esos que casi siempre andan perfeccionando envidias y maldades, afirmaron que, sin duda alguna, la mayoría de ellos debían de estar generosamente dotados para la idiotez.





 

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