La noche, aunque generosa en estrellas y esquinas, se diría que arrastraba un poco los pies. Era una de esas noches que parecen cansadas de serlo; esas que transcurren como un barco abandonado y a la deriva. Metidos en toda esa desganada oscuridad, cimbreándose los dos como juncos despellejados, resiguiendo a trompicones calles que los sabían ignorar con una asombrosa precisión, andaban Ernesto y Federico cogidos del brazo. Una vieja amistad y un más que precario equilibrio justificaban -casi exigían- esa leve y morosa ternura.
- Alejémonos, Federico, que esa farola se tambalea.
- A mí también me ha parecido hace un rato que las cosas cabeceaban, como si nos quisieran dar la razón. Si es que en esta mierda de ciudad ya nada es lo que debería de ser, Ernesto. Ni las papeleras se limitan a ser lo que son; a la que te descuidas, ahí las tienes, dándote su opinión como si alguien se la hubiese pedido. Anda, dame otro trago de eso que tú llamas coñac y que yo todavía ignoro lo que es.
- Pues que coño va a ser, Federico, coñac del bueno, lo que sucede es que, desde que me dijo el farmacéutico que para los huesos es un complemento cojonudo, le suelo echar unas cucharadas de magnesio, colágeno y vitamina C.
- No quiero inquietarte, querido Francisco…
- Federico, si a la cogorza que te acompaña no le importa.
- Perdona, Federico; decía que no es mi intención desilusionarte, pero de aquí a un cierto tiempo (me temo que escaso) ten por seguro que tus huesos y los míos van a compartir esperanzas, sentido del humor, e incluso forma de vestir y, para ser sincero, dudo mucho que vengan a abrazarte, agradecidos, por todo el puto colágeno que les diste. El que sí se fortalece, aunque no los huesos sino las finanzas, es Luisito, que, desde esa cueva de ladrones con forma de farmacia que regenta, parece decidido a abolir la muerte en el barrio a base de “complementos”.
Un silencio, sólo perjudicado por el resuello que iban dejando los dos como si de caracoles asmáticos se tratase, disolvió casi inmediatamente en el olvido la acerada reflexión de Ernesto.
- Estate quieto por dios -dijo de pronto Federico-, que oscilas más que un péndulo. Parece que me estén hablando tres o cuatro y en estéreo.
- Eso es la mierda de brebaje que te has traído, que me está dando una cierta inestabilidad.
-Pues entonces devuélveme la botella, que para ser tan asqueroso lo que contiene me ha parecido ver que no le das respiro.
- ¡Cuidado! Me cago en su árbol genealógico. Has visto a ese imbécil, por poco nos atropella.
- Ernesto, que estamos cruzando con ese enano luminoso en rojo.
- Ni enano ni mierda, a ver si uno no puede charlar tranquilamente con un amigo sin que tenga que estar pendiente de todas esas lucecitas de los cojones.
- Tranquilízate, Ernesto. Anda, tomate un trago y devuélveme de una vez la botella. Además, no se porque te pones así, si por lo que tengo entendido tú eres un mil hombres y no le temes a nada, y mucho menos a la parca, aunque esta se presente en forma de atropello quebrantahuesos.
Otro silencio, esta vez casi sonoro, como un do sostenido en un instrumento desafinado, les permitió a los dos acomodar un poco las ideas y, al unísono, percatarse de que se habían perdido en un trayecto que habían hecho mil veces.
- Menos cachondeo, mi querido pusilánime -retomo de nuevo el hilo Ernesto-. Aunque tengo que admitir que, en esta ocasión y sin que ello sirva de precedente, tienes toda la razón. Anda, dime, ¿por qué motivo debería causarte espanto el dejar de saludar para siempre a tu cuñado?
¿Qué horror crees que supone prescindir eternamente de la sonrisa del innombrable José María Aznar? ¿Quién te ha metido a ti en la cabeza que es algo terrible dejar de ver a ese que, cada mañana, con esa cara de cuyo diseño los dioses deberían avergonzarse, nos mira desde el espejo sin entender en absoluto quién es y para qué coño sirve? Seguro que no has visto nunca a un vendedor de seguros dando la vara en el cementerio. Entonces, ¿por qué todo ese desasosiego, todos esos temblores? Toma tu líquido infernal y dale un tiento, haber si se te quitan un poco tus queridas inquietudes.
La calle se iba empinando de forma casi imperceptible. La noche también. Lo que se iban diciendo Ernesto y Federico importaba poco; lo que silenciaban entre jadeo y jadeo algo más. Los dos escenificaban, desde hacía tiempo y de forma distinta, aunque con idéntica minuciosidad, unos entremeses a medio camino de la ternura y el descalabro. Se mentían de puro cariño; se emborrachaban casi todos los viernes por la noche para darle un rodeo a la vida; para demorar, en la medida de lo posible, el encontronazo con el sinsentido. No siendo malos, procuraban evitar el fácil consuelo de la bondad.
- Ten cuidado, Federico. Por poco pisas esa mierda de perro. Ya ves, se ufanan de haber llegado a la Luna y a pesar de ello seguimos tan guarros como sin duda lo debieron ser los medio monos de nuestros antepasados, esos que pintaban animalitos en sus cuevas para aliviar sus prehistóricos domingos.
- Tienes razón en eso, Ernesto. No parece que la historia de la humanidad sea algo como para estar orgullosos.
- ¿La historia de la humanidad, dices? Ese despropósito es como la cabrona de la próstata; con el paso del tiempo se va dilatando sibilinamente con la única intención de no darnos respiro. Eso si no se viene arriba y nos liquida sin más. La verdad, no creo que haya nada más patético que un libro de historia. Anda, dame un trago de ese matarratas con colágeno a ver si esta noche consigo escabullirme por un rato de la “historia” de la humanidad.
- A veces no consigo entenderte, Ernesto. Has estado cuarenta años explicando historia a cientos -tal vez miles- de alumnos y ahora la comparas con tu próstata y te quedas tan ancho.
- Mi querido inocente, adentrarse en eso que llamamos historia es el camino más rápido para lograr la más absoluta desesperación. Si, es cierto, he estado más de media vida enseñando una disciplina en la que no creo a gente que no le importaba una mierda. Ahora me duele la espalda y no recuerdo por donde se va a mi casa. A muchos no les costaría ningún esfuerzo referirse a todo ello como un fracaso rotundo, sin matices, pero, si quieres que te diga la verdad, yo no me considero un fracasado sino más bien un genio incomprendido y contradictorio; algo parecido a un cruce de elefante y colibrí que le ha tocado vivir rodeado de amebas.
- Sigo sin entenderte y creo que estás un poco más borracho que de costumbre. Para un momento, que tengo que mear. ¡Maldita sea!
- ¿Qué te sucede?
- ¡Pues que no consigo bajarme la jodida cremallera!
- No te preocupes, Federico. Por lo que veo ya no es necesario que esa puta cremallera ceda a tus requerimientos. Lamento sinceramente el tener que comunicarte que te has meado encima. Es lo que te decía, la historia es como la próstata: hace que todo se precipite de forma absurda, dejándonos con los pantalones meados hasta las rodillas. Perdona que me ría un poco, mi querido amigo, pero es que estás hecho un cromo. Confiemos en que este airecillo te aliviara un poco antes de llegar a tu casa y tener que dar unas explicaciones que sin duda tu mujer no se va a creer.
- !Mierda¡ Por lo menos a ti no te espera nadie y puedes llegar meado hasta los calcetines.
- Tienes razón, Federico, alguna que otra ventaja tiene la soledad.
El portal era oscuro. La borrachera campaba a sus anchas. Los dos ya no sabían cuantos eran ni que hacían allí. Las bolsillos se multiplicaban incesantemente y en ellos las llaves no aparecían. De pronto apareció una que quiso abrir. Ernesto y Federico se abrazaron justo en el momento que empezaba a clarear. Ernesto entró en una casa que no sabía estarse quieta. No conseguía reconocer los muebles ni los cuadros, cosa que atribuyó a la mierda de coñac de Federico. Se acostó y le pareció que alguien musitaba un: “Ya era hora”. Él, creyéndose en un sueño vulgar, sólo atinó a pronunciar un buenas noches que intentó, sin demasiado acierto, que fuera levemente culposo. Se despertó cuando en el campanario del convento de las Hermanas Clarisas daban las tres del mediodía. Desde la mesilla de noche le observaban, metidos en un marco plateado, Federico y su mujer. Se vistieron, confusos y con algún recelo, él y la resaca. Cruzó el comedor cabizbajo y le soltó a Rosario, la paciente y dulce mujer de Federico, un "buenos días, espero que hayas descansado bien". Salió a la calle. Entró en el bar de Manolo. En la mesa de siempre le esperaba su amigo.
- ¿Sabes? -le dijo Federico- esta noche nadie me ha dicho nada por llegar borracho ni por haberme meado los pantalones. Y por cierto, cámbiate ese puto colchón que parece pensado para albergar el descanso de un faquir.
Aun les dio tiempo a los dos de tomarse un par de cafés -procurando no mirarse a los ojos y demorándose en un silencio que se diría minucioso- antes de descojonarse de risa.

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