lunes, 31 de diciembre de 2018

Si yo me contara -6-


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Un toro que se cornea a si mismo es algo que nos debería llamar la atención, dado que no es poca la habilidad necesaria para aturdir y engañar al pobre animal hasta el punto de convencerle que, tras el virtual capote, no es él sino otro el que recibe los embites. En los tendidos, a salvo de los pitonazos del vivir sin casi nada, los toreritos de siempre aplauden y ríen a carcajadas de las contorsiones y las heridas que el pobre bicho, ignorado e ignorante, se inflige.
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El olor de la higuera, la tormenta sobre el mar, la acogedora indiferencia de todo aquello que carece de opiniones.
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Somos un único muerto cuya incomprensible voluntad de vida insiste, una y otra vez, en desmentirlo. Un único muerto incoherente, contradictorio, extrañamente fallido.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Si yo me contara -5-


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Algunas mañanas y no pocas tardes: un perplejo submarino varado justo en el centro de un generoso desierto. Es verdad que los camellos acuden, curiosean, murmuran, incluso los hay que diría que sonríen, pero me temo que en el fondo todo les da igual.
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La vida es un hábil error que siempre consigue acertar. Una fantástica anomalía en el funcionamiento de la nada.
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Hace un par de días, mientras compraba en el mercado una lechuga y algunos tomates, me dio por pensar que, de ser algo, apenas somos un instante de precario equilibrio, un destello de perplejidad anclado entre dos insondables eternidades. 

domingo, 9 de diciembre de 2018

Ese malentendido al que se suele llamar familia (Taller Bremen)



“Lo absurdo es esencialmente un divorcio. No está ni en lo uno ni en lo otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación. En el plano de la inteligencia puedo decir, por tanto, que lo absurdo no está en el hombre (si semejante metáfora tiene un sentido), ni en el mundo, sino en su presencia común”.
-Albert Camus-
(El mito de Sísifo)

Los médicos del servicio de urgencias del hospital que atendian a Cecilia Rodriguez constataron de inmediato que sus constantes vitales se distraian con cualquier cosa, haciendo de todo menos lo que se podría esperar de ellas. Cecilia respiraba ahora sí, ahora tal vez; su corazón no acertaba a latir dos veces de la misma forma; sus analíticas eran un país sin ley que no dejaba hueco alguno para la esperanza. En el box 23 todo parecía indicar que el tiempo había pisado a fondo el acelerador de un vehículo, el de ella, sin control alguno. Es comprensible que, ante semejante panorama, el doctor Juan Prieto, tal vez con cierta precipitación pero sin maldad alguna, pronunciara la fatídica frase.
-Enfermera, dígale a la familia que pase.
El primero en entrar fue Francisco, un primo segundo que un día quiso quererla pero luego se le olvido. Casi de inmediato hizo un amago de llanto que desbarató su rodilla al golpearse con el cajón mal cerrado de las gasas esterilizadas. Detras de él, como empujando, entraron María y Remedios, hermanas de Cecilia. Una le cogió la mano derecha y la otra, levemente contrariada por tener que rodear la cama, tuvo que contentarse con la izquierda. Sin saber porqué, las dos miraron al mismo tiempo el reloj sin pilas que, detenido a las siete y diez, colgaba en un rincón. A tronpicones y sin transición entraron Felisa, Paquita, Remedios y Anabel, más de trescientos cincuenta años equitativamente repartidos entre las cuatro tías por parte de madre. Felisa y Paquita eran malas, Remedios y Anabel nunca fueron buenas. Se sabe que las cuatro atesoraron siete maridos. Uno desapareció un viernes después de cenar; otro, por error, se tiró de un primer piso convencido de que era el octavo y desde ese día nadie se lo toma en serio; y los otros cinco, más acertados y resolutivos, optaron por el merecido y definitivo descanso. 
Aun no se habían desabrochado los abrigos las cuatro cuando entró Felix, el que fue marido de Remedios, amante de María y amigo lúbrico de Paquita.  El box empezaba a mostrar señales de fatiga cuando hicieron su aparición Pedro y Sónsoles. El hijo mayor de Cecilia y su segunda esposa. Ante la dificultad de llegar hasta donde yacía su madre, optó por besar a Francisco, que era quien estaba más cerca, y preguntarle como se encontraba. Este, algo aturdido por la inaudita muestra de afecto, entendió que le preguntaba por su  salud y le explicó, de forma detallada y explícita, su reciente visita al urólogo, haciendo especial incapié en la desagradable técnica del tracto rectal. Dando bocanadas para capturar algo del casi inexistente aire, Cecilia susurró un “tengo sed”, pero dadas las circunstacias el sencillo mensaje ya no se pudo escuchar. Digamos que ya no cabía nadie más cuando llegaron, con una regularidad de metrómano, Josua, Isaac, Patricia, Melani, Monolo y Monolito, Teresa con su dos hijos y Pilarin, todos componentes, en diversos grados e intensidades, de ese malentendido al que se suele llamar familia. Como era de esperar, entre desmayos, airadas discusiones y  algunos forcejeos, el box colapsó, las cortinas cayeron y Cecilia falleció un poco antes de lo previsto por falta de oxígeno -alguien piso el tubito sin querer-. 

Cuando la policia, requerida por el doctor Juan Prieto, consiguió desalojar, no sin grandes esfuerzos y algún que otro golpe,  a esa marabunta familiar, el espectáculo en el servicio de urgencias era desolador. Cecilia presidía con silenciosa y comprensible tozudez, y a su alrededor, esparcidos por el suelo, se podían ver los restos del triste y absurdo suceso. Palomitas de maiz, dos bolígrafos, una revista de moda, un recibo del gas, tres latas de refrescos y seis de cerveza, unas zapatillas de estar por casa, dos tubitos con un poco de polvo blanco en su interior, un cd doble de José Luis Perales y un preservativo -entenderé que sean incapaces de creérselo- usado era, entre otras muchas cosas, lo que aguardaba en respestuoso silencio para ser retirado por el servicio de limpieza del hospital.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Si yo me contara -4-



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Debería dedicarle algo más de tiempo a crearme algunos recuerdos. Afortunadamente, para hacerlo aún dispongo de todo el pasado por delante.
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Un gato persiguiendo su cola, aunque  no descarto que sea la cola la que no da tregua al gato.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

J.L.Borges, cuentito apenas, no más. (Taller Bremen)



 Habitaba en las palabras, pongamos que compartía con ellas una pieza de techos altos donde una muchedumbre de libros le consentían el espacio para tumbarse y fumar. El sol, que sabía donde buscarlo, leía con él hasta cansarse, y el silencio sin tal vez, desnudo, de la noche también. Cuando le daba por dudar de si estaba vivo o era solo un cuento escrito sin ganas por un don nadie, molesto por el tedio de una tarde interminable, tiraba de cuchillo. Era entonces cuando usaba el espejo para aseguarse que era él y no otro el que se había puesto el saco cruzado, del que salía a un lado el bultito del puñal. Luego, por costumbre y porque sí, salía a las esquinas en busca de unos ojos que cometieran el definitivo error de sostenerle la mirada. Artesano del golpe, casi sin ganas, buscaba la riña, el insulto y el ingrato regalo de la herida, solo para saberse hombre y poder andar despacio. En los boliches que se hacían olvido entre bravatas y guitarras, los más ignorantes sabían que las mujeres le temían y que justo por eso, y por su forma de estar cuando ya no estaba, todas lo buscaban; que ninguna vejez le esperaba era algo de lo que tampoco nadie se hubiese atrevido a dudar.

 No muy lejos de esa hombría triste, de ese alboroto, confundiéndose entre la cosas de las sombras que comparten con él la pieza de techos altos donde los libros le permiten estarse, haciendo de cada movimiento una frase de pulcra levedad, ciego solo por eludir las molestias de tener que leer el mismo libro que los demás,  J.L.Borges se sabe ficción, cuentito apenas, no más. Apoyado en su bastón se ha ido haciendo texto al tiempo que abandonaba al pendenciero de saco y cuchillo a la matraca de una breve y precisa realidad. Solo por si acaso no se apresuren a desmentirlo, no caigan en el error de la mentira y la verdad,  y ándense con cuidado en las esquinas, no vaya a ser que sin querer le sostengan la mirada a un hombre y de un golpe la noche les quite toda la razón y se les ponga última y distinta.

martes, 20 de noviembre de 2018

Si yo me contara -3-




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Hace unos días se dió a conocer, en diversos medios de comunicación, que el Ayuntamiento de Valencia quería regular algunas cuestiones relacionadas con la incineración de cadáveres. En una de ellas se planteaba prohibir dicha incineración a todas aquellas personas que padezcan de obesidad mórbida, argumentando un excesivo consumo de combustible, así como un notable perjuicio para el medio ambiente. Dado que para reflexionar un rato puede ser más que suficiente un zapato, decidí dedicarle un poco de tiempo a la cuestión.  A continuación expongo, para una más que dudosa posteridad, algunas de las dudas que me visitaron:
- ¿La estupidez arde más rápido?
- ¿La cremación de un alcohólico puede considerarse una actividad de riesgo?
- ¿Cómo debe ser la resurrección de un incinerado?
- ¿Hay descuentos en el infierno para los que han optado por ser incinerados?
- ¿La acidez de estómago es un ensayo -una previa- de la cremación?
- ¿Es cierto que en el mes de Agosto en Sevilla nadie quiere ser incinerado?
- ¿Tirar al mar las cenizas de alguien que murió ahogado en el mar está considerado en el código penal como delito, falta grave o simplemente algo de muy mal gusto?
- ¿La incineración de un amante de las barbacoas es algo parecido a un ajuste de cuentas?
- ¿El humo producido por la cremación de un ministro de justicia sube más recto y llega más alto que el de un conductor de autobuses? 
- ¿Pueden las llamas aplicar el derecho de admisión?

sábado, 17 de noviembre de 2018

Si yo me contara -2-


-2-
Esta tarde, absorto en el impúdico esplendor de lo indiferente. Esa forma de mostrarse de un otoño en la que el observador se sabe totalmente innecesario.
-3-
Leo una y otra vez el mismo texto en un libro de fugacidad.
-4-
Animal complaciente, asombrado por la proliferación inusitada de requerimientos y expectativas de gente con la que nunca he compartido ni ducha ni calzoncillos.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Pere-Màrtir


  
  Ahora que ya no estás contigo y que has cedido el espacio que ocupabas a cosas muy distintas de ti; ahora que tus pinceles inauguran una orfandad inconcebible y que en el mar, esa república que tanto quisiste, ondean desconsoladas banderas de espuma; ahora que de un solo golpe has añadido un poco de noche a la noche, un poco de tristeza a la lluvia, un poco de esquina al recuerdo, dime, querido amigo, qué cojones tengo que hacer yo ahora para no darte la razón en tu disparatada idea de estar muerto. 
¡Que no, Pere-Màrtir, que no, no insistas! Que ni puedo ni quiero creerte, que ese enorme silencio que tú me cuentas yo no me lo creo.



lunes, 6 de agosto de 2018

El trajín de la felicidad


  
  Cuando llega el verano la actividad se intensifica y a duras penas nos da el cuerpo para resistir el trajín y las severas molestias que la búsqueda de la felicidad conlleva. Como de costumbre, en esta mínima historia los dioses llegaron tarde a la cita y solo la mochila, con la pasión y la ternura de su abrazo, quiso entender de rigores, cansancios y abandonos.

viernes, 6 de julio de 2018

La alegría del sin después


  
 Torció la esquina, la retorció incluso, hasta darse cuenta de que no havía calle alguna que la sustentara. Ya sin dirección que tomar, siguió su inaudito camino con la punzante alegría del sin después.

jueves, 31 de mayo de 2018

El pasado que vendrá (Taller Bremen)



  Virginia Newman solo tenía de niña sus siete años. Todo lo demás, incluso su forma de mirar, desmentía esa aparente realidad. Cuando el abuelo se muera lloverá pero en el cielo no habrá nubes. Le dijo eso a su madre y sin levantar la cabeza siguió dibujando círculos casi perfectos en una hoja de papel, algo que hacía desde muy pequeña con una asombrosa precisión. Su madre, normalmente absorta en su enquistada infelicidad, nunca le prestaba demasiada atención, por lo que zanjó la cuestión con un “no digas tonterías y ves a ver lo que está haciendo tu hermano”. 
Un par de meses más tarde, una irreconocible primavera se presentó sin convicción, insegura, casi temerosa, de serlo. Más bien parecía que sus días eran, de alguna forma, una generosidad, apenas un alto el fuego, de un invierno que había decidido quedarse para curiosear en las cosas del verano. Sobre las siete de la tarde del diecisiete de abril la luz del sol fisgoneaba insolente por el comedor hasta detenerse muy cerca de la zapatillas de viejo James Newman. Este ladeo un poco la cabeza, como si quisiera preguntarle a la intrusa alguna cosa, pero lo cierto es que justo en ese instante, cuando Virginia levantaba los ojos del papel en la que estaba dibujando círculos casi perfectos para ensimismarse con las gruesas y luminosas gotas de lluvia que repiqueteaban en su ventana, James se moría abandonando a su suerte la taza de café que sostenía en su mano. 
 Luego, con el paso de los años, Virginia Newman  fue atesorando silencio, desdén y belleza y eso atrajo a los hombres e incluso a los dioses. Casi sin querer, predijo con acierto todas las cosas que en algún lugar esperaban para suceder. Solo para distraerse de esa maldición decidió escribir un libro, uno solo, en el que Antonio y Candela, sus personajes, vivían ya en él todo lo que luego tendrían que vivir en un piso mal ventilado de la calle Escudellers. Ellos nunca lo supieron, pero en sus páginas ya los estaban esperando todas sus esperanzas, sus cansancios, sus mentiras y la precisa forma en que, años más tarde, se abismaron en la risa infinita de lo que ya nadie recuerda.

Ni que decir tiene que la vida y sus divinos secuaces, absurdos y recelosos, vieron traición en la forma en que Virginia Newman supo desmentir las arrogancias del tiempo. Nadie quiso creerla, ese fue su castigo, nadie excepto su muerte, que ella supo prever frente al mar, en una noche tan quieta que parecía estar al caso de la insensatez de cualquier porvenir.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Metástasis democrática




  Ando con la firme sospecha -tan firme que bien podría ser una certeza- de que si alguna bondad residual, o bien algún incomprensible interés por lo nuestro, siguieran teniendo cualquiera de los dioses que desde tiempos inmemoriales mantenemos en nómina, se compadecería de nosotros y no permitiría dejarnos en manos de tan excelsos miserables.
Y no me refiero, como ya habrán adivinado, a la miseria de los que nada tienen, sino a la de aquellos que lo mucho que poseen es todo lo que son, es decir, la de aquellos miserables que en realidad no son nada. Gentuza “plurisiglas” sin otro objetivo que expandirse como metástasis desbocada insistiendo en el bien que desean al cuerpo que mortifican. Charlatanes hueros que ni siquiera pueden considerarse mentirosos, ya que para merecer tal distinción hay que tener alguna noción de la verdad para poder contradecirla con cierta verosimilitud, estableciendo un mínimo reconocimiento, una cierta convivencia, con aquello que se intenta falsear, por lo que a esta escoria, dada su precisa forma de enquistarse, su caspa ignorante y orgullosa, su miedo inconfensable que les lleva a persistir en la idea de un destino distinto al que suelen gestionar el tiempo y los gusanos, ni siquiera la sutilidad y delicadeza de mentir con precisión le es posible.
 Rabiosos, ladran cualquier cosa desde sus jaulas parlamentarias y en algún pisito mal ventilado alguien se conmueve, se siente aceptado, incluido, reconocido, y corre al bazar chino más cercano para comprar un trapo de colores y así estar completamente de acuerdo con todo lo que se ignora y nos perjudica. 
  

   ¡ Ay, si por desgracia para él, algún griego medianamente ilustrado, de esos que hace unos siglos les dio por revestir de sentido la palabra democracia, le diera por levantar la cabeza! No me cabe la menor duda que de inmediato la volvería a agachar y esta vez de una forma definitiva.

viernes, 30 de marzo de 2018

Las sinrazones de Paco y Andrés (Taller Bremen)



- A veces pienso que me hubiese gustado ser un pájaro, con el cielo como única condición, como único requisito, inconscientemente libre.
-Te advertí, querido Andrés, que no repitieras de garbanzos. Un pájaro no goza de libertad alguna, un pájaro tiene alas. No es un estado lo que ahora contemplas tú y tu indigestión, es la particularidad de una herramienta de admirable precisión.
- Tú, como de costumbre, asesinando poetas y poemas por los callejones oscuros de tu racionalismo rabioso.
- Las metáforas, mi querido distinto a unos pocos y parecido a la mayoría, son como los calzoncillos, de alguna utilidad, sin duda, pero absolutamente innecesarias, incluso molestas, cuando se trata de ponerse esencial, es decir, cuando se trata de vivir sin darle a la manivela de un sentido cualquiera.
- No me cabe la menor duda, Paco,  de que te morirás hueco del todo y un poco más solo e incluso un poco más muerto que los otros muertos.
- Pongamos, señor de los suspiros, que para distraer un poco la tarde y sus horas torpes, acepto esa gradación, esa categorización de muertos que usted sugiere. Vayamos un poco más allá en este absurdo e imaginemos, agrupados en una esquina, a usted y a todos los innumerables que creían andar en lo cierto. Todos esos que alzaban los ojos y llegaban a la peregrina conclusión de que los pájaros gozan de libertad y en el Universo, de alguna forma desmesurada y extraña, se regocijan los distintos dioses, infatigables fabricantes de sentido. Puestos a imaginar, veamos como en la esquina de enfrente, más oscura y expuesta a las malignas corrientes de aire, nos apretujamos los que nunca conseguimos levitar, los que ni siquiera al plato de lentejas se nos ocurrió preguntar su porqué, los que vivimos de cualquier manera y sin tener la mala costumbre de tener razón, los que fracasamos en los innumerables intentos de fabricarse unas alas sin llegar por ello a suspirar por la jodida libertad. Cuando esa puta infinita descienda en medio de la calle de su flamante eternidad y empiece a andar, contoneando su cuerpo inabarcable, ¿a qué esquina cree usted que dirigirá sus pasos? ¿a quién ofrecerá complacida, y tal vez levemente excitada, sus servicios? ¿con quién decidirá acostarse por última y definitiva vez?
Querido Andrés, la vida es un burdel al que hay que entrar a calzón quitado, comprendiendo y aceptando que todo lo que hay que indagar nos espera en alguna de sus camas. Follar y no suspirar, eso es lo que se requiere en este horrible y a la vez hermoso lugar.

Aunque el sonido de la campanilla se esfuerza en ser el mismo para los dos, Andrés se complace en escucharlo como si un pajarillo de metal revoloteara por el pasillo; ni que decir tiene que Paco solo escucha la campanilla que avisa a todos los que están ingresados en la residencia de que la cena está servida. Con las lógicas dificultades, los dos arrastran sus sillas de ruedas hacia el comedor. Lola Fernandez, la vivaz y rotunda asistenta colombiana, se inclina levemente para servir las mesas. Andrés mira fijamente la cesta del pan como si albergara algún misterio; Paco mira el escote con la certeza de que en ese mínimo horizonte vertical le caben casi todos sus recuerdos y los pocos anhelos que aún le merodean. Van a dar las ocho y la noche ya hace un rato que ha borrado los pájaros de la ventana y, a su precisa manera, ha decidido desmentirlos a los dos. 

domingo, 25 de marzo de 2018

Si yo me contara -1-



-1-
Depurar la luz, el aire, las palabras, hasta que solo nos quede entre las manos ese levísimo instante que aún nos reconoce y en el que se puede habitar.

sábado, 27 de enero de 2018

Al final no ha llovido (Taller Bremen)



  "Son las doce de la noche. Esta mañana he dicho veintidós veces buenos días. Parecía que quería llover, pero al final no ha llovido. Hace ya un buen rato que el perro del segundo primera está ladrando y no tengo café. A tomar por culo".

  Esto fue lo que encontraron escrito en el reverso del recibo de la luz del mes de mayo. A él lo encontraron debajo de la cama, abrazado a la tostadora de pan y muerto. Una lavadora de blanco recién colgada parecía indicar que tanto le daba estarlo o no. Tenía cuarenta y tres años y  de haber llovido esa mañana es más que probable que a mediados de Noviembre hubiese cumplido los cuarenta y cuatro. Aunque ya no hay nadie que pueda recordarlo, Francisco pesó al nacer tres kilos doscientos y al morir setenta y seis. Ni Dios se explica qué es lo que quería demostrar acumulando, de forma tan tenaz y durante todo ese tiempo, esos setenta y dos kilos ochocientos gramos de diferencia. A pesar de que el forense hacía más de una semana que por las tardes tenía acidez de estómago, a las cuatro y veinte de la madrugada ordenó el levantamiento del cuerpo. Como era de esperar, el cuerpo desobedeció, por lo que tuvieron que ser los empleados de la funeraria los que lo levantaran y lo separaran para siempre de la tostadora. Ya sé que muchos pensaran que aquí no hay historia que contar, pero aún dándoles la razón yo les preguntaría: ¿Acaso lo que no tiene ninguna importancia no debe de ser contado? 
De haber asistido al entierro, esos mismos que ahora tal vez recriminan este no suceder, hubiesen podido constatar que la historia en pleno estuvo presente. Toda la intrascendencia, toda la levedad que ha ido coagulando los siglos estuvo allí para darle a Francisco no la última despedida, sino el primer y afectuoso recibimiento a su entrañable e inconmensurable nada. La gran historia del olvido, los acontecimientos de agua que casi nadie consigue atrapar, eso fue de lo que allí se trataba, eso fue a lo que en el nicho doscientos veintitrés se le dio sepultura. 



martes, 23 de enero de 2018

Mi pequeña y queridísima respuesta



   Concentrado en lo esencial, sin artificios, aferrándote con una voluntad que aún sabe del misterio; ahí estás, intrépido caballero andante, erre que erre con la vida y adelante. Tres años, mi querido Piratilla Valiente, y ya atesoras alegría y ternura para colmarnos a todos. 


Mario, mi pequeña y queridísima respuesta a lo que no se preguntar.

sábado, 13 de enero de 2018

El dolor de lo que aun no duele (Taller Bremen)



  En la sección de sucesos del diario La Verdad no se hace mención alguna del horrible accidente que no se ha producido. Un elefante se columpia de nuevo en el estómago de Francisco Mañana. Viendo que no le presta la más mínima atención, su cortado decide disolver la sacarina y enfriarse. De los siete que consienten de mala gana las primeras luces del día apoyados en la  barra del bar, cuatro no lo miran y los otros tres digamos que ni lo ven, insensibles, como tantos, al enorme sufrimiento que comporta todo lo que no sucede. Y es que la vida se ha cebado desde siempre con Francisco Mañana.   Abandonado a los tres años por unos padres que todavía viven con él; engañado por una mujer que nunca tuvo; decepcionado con amigos que ni siquiera conoce; gravemente enfermo de nada; no es de extrañar que con semejante panorama hasta la entrañable angustia que lo habita se sienta a menudo angustiada. Digno de compasión, el pobre hombre nunca tuvo la suerte del que es atropellado en zapatillas de estar por casa por el camión de la basura; del que resbala en la ducha y muere solo y abrazado a la esponja de baño; del que le sorprende un infarto en medio de una opinión; nunca accedió Francisco Mañana a la inmensa fortuna de todos los que cogen un avión y la compañía los extravía, de forma definitiva y al unísono, a ellos y al equipaje.
  Con todo ese padecer sale a la calle Francisco Mañana justo a tiempo para ser golpeado por la sirena de una ambulancia en la que no agoniza él. Camina cabizbajo, vencido como de costumbre por un enemigo desganado que ni siquiera se toma la molestia de presentarse a sus numerosas y encarnizadas batallas.
  En menos de diez minutos, entran él y su angustia a la oficina del Banco del  Futuro en la que lleva veintisiete años trabajando. Se sienta en su despacho mientras el inminente despido que la empresa nunca se ha planteado, espera, en algún sobre malévolo, a ser comunicado. A las diez y media está muriéndose pero tiene hambre. A las tres, ya sin vida, se pone el abrigo y va en busca de todo lo que no ha sucedido esa mañana. A las siete merienda metido ya de lleno en el fin. A media noche, una muela sana lo martiriza con el dolor que tendrá cuando la caries la perfore. Casi a la misma hora, los redactores de la sección de sucesos del diario La Verdad se apresuran a no escribir los titulares del horrible accidente que insiste en no suceder. A su manera, el cortado y la sacarina ya saben que de  nuevo, por la mañana, no les quedará otra que dejarse enfriar.