jueves, 19 de diciembre de 2019

Esto no es un cuento, y a lo mejor tampoco es Navidad (Taller Bremen)





  La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y un día en un rincón del pasillo la vi llorar, nos ha dicho que escribamos un cuento de Navidad. Mi papá se llama José pero no es carpintero y mi mamá no se llama Maria y no se si es virgen, porque no se muy bien cómo son las vírgenes, aunque yo creo que no lo es. Mi mamá no lleva gafas como mi maestra, pero si que la he visto llorar muchas veces en el pasillo, en la habitación, en la cocina y en casi todos los rincones de la casa. De momento esto no parece un cuento, pero voy a ver si lo puedo arreglar. 
  Érase una vez tres reyes muy pobres que habían nacido en un portal. No los tres a la vez, claro, sino uno primero, otro al cabo de un rato y el otro después. Pasaron algunos años y al ver que nadie les traía ni oro, ni incienso, ni mirra, ni nada de nada, los tres se tuvieron que poner a trabajar. Uno empezó de camarero como mi papá; el otro de repartidor de pizzas, como los que algunos viernes, cuando mi mamá está muy cansada y no tiene ganas de cocinar, viene a casa a traernos una de cuatro quesos y una de piña con jamón dulce -luego, en la mesa, casi nunca sabemos de qué hablar y por eso se nos escuchan a los tres los ruidos que hacemos al masticar, aunque, eso si, solo me riñen a mí-. Casi me olvidaba del tercer rey. Ese, como no quería ni sabía hacer nada, se puso a mandar, primero en el pueblo pero después, poco a poco, parece ser que llegó a mandar a mucha gente en no sé qué lugar. Esto sigue sin parecer un cuento y eso que la semana que viene es mi cumpleaños y que lleva toda la tarde lloviendo sin parar.
  En fin, que pasaron los días, y los meses, y los años y a Dios se le olvidó de enviar a Jesús, su hijo, para explicar a los hombres qué tenían que hacer para poder salvarse y por eso el pobre Gaspar, que así se llamaba el primer rey, se acabó muriendo de lo mismo que mi tío Francisco, es decir, de beberse todo lo que los clientes se dejaban en las botellas y sin tener ni la más mínima idea de por donde se iba al cielo; al pobre Melchor, el repartidor de pizzas, lo atropelló un taxi cuando iba a llevar a un piso de Malasaña unas alitas de pollo y una cuatro estaciones y a partir de ese día se pasaba todo el tiempo hablando con las palomas en una plaza y sin saber qué son ni para qué sirven los ángeles y los paraísos. Al que le fue mejor fue al pobre Baltasar, que se creio que siempre mandaría y que por eso nunca nada malo le iba a suceder, pero lo cierto es que a ninguno de los tres, al morirse, les espero nada ni nadie, ni supieron por donde se iba a ese lugar al que la gente mayor llama eternidad. Le verdad, no estoy muy seguro que a mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y que un día en un rincón del pasillo la vi llorar, este cuento le vaya a gustar. Tampoco estoy muy seguro de cómo han de ser los cuentos de Navidad escritos por una niña, y ni siquiera tengo muy claro donde empieza y acaba una niña. ¿Me daré cuenta la mañana que, al levantarme, ya no lo sea? ¿Se darán cuenta mis amigas que ya no lo soy? ¿Qué haran mi padre y mi madre cuando hagamos ruido al comernos las pizzas y yo ya sea mayor, como ellos? ¿Cómo serán a partir de ese día mis cuentos de Navidad? 

  La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Definitivamente esto no es un cuento y, por si fuera poco, no se porqué pero me estan dando ganas de llorar.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Si yo me contara -17-



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Señalar un punto de eternidad; quitarle, por un instante, la razón al tiempo; afearle a Dios su exceso de fugacidad; también un breve, y a veces hermoso, acto de desobediencia ante el poderoso ejército del olvido. Hablo de la fotografía.
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¿Quién a dicho que un sentimiento no se puede asfaltar; que no se puede pasear por la tristeza; que no puede uno alojarse un par de noches en la nostalgia o sentarse tranquilamente a contemplar el olvido? Hablo de Lisboa.
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Haciendo cola en el comedor de empleados del aeropuerto del Prat me da por dudar de algunas certezas que en realidad nunca tuve. De ese fugaz desconcierto me saca un policia nacional que aguarda su turno delante mío. ¿Qué es "galta de porc al forn"? me pregunta . Le digo que "galta" es carrillo, "porc" puerco y "forn" horno, por lo que una traducción medianamente aceptable sería: carrillera de cerdo al horno. Me sonríe y me da las gracias; le sonrío y le digo que de nada. Lleva un montón de cosas colgadas en el cinturón: pistola, porra, guantes, linterna, esposas, radio transmisor; yo también llevo cinturón, pero de él solo cuelga una modesta bolsita en la que llevo la cartera y el móvil. Configuro, en silencio, una estúpida hipótesis: los complementos hacen al hombre. También me da por pensar que tal vez el portador de esa sonrisa hace unos días anduvo por esos mundos de dios trabajando a destajo (me pregunto si en las horas extras se golpea el doble). Al llegar a los postres coge una crema y se me queda mirando. Le digo que es crema catalana y teniendo en cuenta mi edad y mi complexión física -delgado y de musculación precaria-, me apresuro a matizar, flojito: "soberanista". Está a punto de volver a sonreír, pero en el último momento decide dejar la crema y coger un plátano.  

lunes, 12 de agosto de 2019

Si yo me contara -16-




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Inquietarse por la posibilidad de no ser feliz, esa era su peculiar forma de infelicidad.
-44-
Me ha dicho el cardiólogo que padezco de microamores. Las últimas pruebas realizadas han confirmado que, con una sola mirada, algunos fugaces amores eternos pueden llegar a cronificarse en mi díscolo corazón.
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Las ofensas y los desacuerdos que escenifican, sus miserias y sus disputas, distraen y confunden, cuando no masacran,  a los innumerables translúcidos, esos que nacen para padecer la historia. Detectar, señalar, desobedecer, denunciar a todos esos soberbios que se sientan en el poder con idéntica actitud y propósito que en la taza del water, es sinónimo de dignidad.

jueves, 11 de julio de 2019

Si yo me contara -15-



-39-
Cuando por fin se decidió a levantar la mirada observó, perplejo, toda la nada que aún le quedaba por ver.
-40-
Pongamos que sucedió en un ahora cualquiera, esos presentes a los que tanto les gusta disfrazarse con las ropas del futuro.
-41-
Recorremos una y otra vez la distancia de lo que apenas importa. Una permanente movilidad, un precipitado desasosiego para evitar los espejos.
-42-
Cortando un poco de leña. A menudo la salida principal coincide con la puerta más sencilla.

sábado, 29 de junio de 2019

Tal vez la mejor novela no escrita (Taller Bremen)



  Una palabra sabe esperar, prueba de ello es que esta  llevaba veinticinco años haciéndolo, en la más rigurosa soledad, abandonada en la esquina de un folio en blanco. Delante de ella se extendía, como un paisaje inédito, inabarcable y paciente, tal vez la mejor novela no escrita de las últimas décadas. El reencuentro no fue casual -los más inquietos diran que nunca lo son- y tampoco fue feliz, si tenemos en cuenta el vértigo y la desazón con que Josep Nán abrió, muy despacio, el cajón del escritorio donde incomprensiblemente le seguía aguardando, en una vieja carpeta, ese genial libro al que solo le quedaba, para su exitosa publicación, el irrelevante detalle de ser escrito.
  El interior de ese círculo que ahora, despues de cinco lustros, parecía que se iba a cerrar, lo ocupaba un solo motivo con sus innumerables atajos y esquinas: escribir es, en el mejor de los casos, el  éxito de un clamoroso fracaso; nadie puede escribir de la forma en que un pájaro vuela. Eso fue lo que llevo a Josep Nán a postergar, se diría que para siempre, la  segunda palabra de la que, probablemente, sea la mejor novela no escrita de las últimas décadas.
  Entretuvo ese generoso intervalo en el engaño de estar de acuerdo con las cosas tal y como son; en el sonreir y hacer ver que nada sucede más allá de los sucesos; en mirar intentando no preguntarse qué es eso que miraba; en fin, en vivir en modo meseta, disimulando en lo posible esa curiosa caída, distinta  sin duda, que permite el descalabro desde la más absoluta inmovilidad.
  Ahora, la que tal vez era su última oportunidad parecía observarlo, si es que un folio en blanco con una sola palabra escrita es capaz de hacer semejante cosa, desde la mesa del escritorio. La pluma, cargada con una complicidad de color azul brillante, esperaba sus instrucciones. También la noche, dispuesta a colaborar, le hacía un hueco.  Nada ni nadie parecía dispuesto a impedirle que se subiera a esa forma de postergar el olvido, a esa inmortalidad a plazo fijo, a ese carrusel de reconocimientos y admiraciones que le esperaban. Apoyo el plumín en el papel y lo que tuvo que ser una palabra, la segunda de la que sin duda es la mejor novela no escrita de las últimas décadas, acabo siendo un punto azul, hermoso en su nítida determinación. 
  Guardó el folio en la carpeta y esta en el cajón del escritorio. Se puso el abrigo y salió a la noche despacio, como demorándose sin motivo. Una mujer cruzó la calle. Le dio tiempo a Josep Nán de observar que en uno de sus tobillos tenía una mariposa tatuada. Pensó que no sabría cómo describir esa maravilla. Sonrió al reconocer algo parecido a un amago de felicidad.

sábado, 1 de junio de 2019

Un samurái en Cuenca (Taller Bremen)



  Feliciano Trijueque era un samurái, a pesar de que los orígenes de casi toda su familia habría que ir a buscarlos a San Lorenzo de la Parrilla, una inercia, un cierto cansancio con forma de pueblo al que únicamente el sol sigue visitando con incomprensible regularidad. Ni que decir tiene que era un samurái distinto, sin épica, katana ni caballo; un guerrero cuya única posibilidad de abatir a cualquier enemigo sería de un feroz ataque de risa. A los diecinueve años, cansado de despertar cada día entre tanta nada, Feliciano Trijueque no se fue a Tokio, ni a Okinawa, ni a niguna de esas lágrimas que, según se dice, alguna diosa aquejada de tedio infinito transformó en lo que, para entendenos, llamaríamos Japón, no, Feliciano Trijuque se fue a Cuenca con la esperanza de que la vida lo esperaría en algún pisito con vistas de esa Nueva York castellana, minimalista y esencial.
   Instalado en una habitación que compartía con un primo hermano que no era samurái pero que en casi todo lo demás era muy parecido a él, se sumergió en el vigoroso mercado laboral de Cuenca con una inquietud muy parecida a la ilusión. Como era de esperar, no aprendió ningún oficio ni realizó trabajo alguno que conllevara la más mínima dignidad, pero si que, en apenas unos meses, aprendió a estar triste sin conocer el motivo. 
   A su confusa manera, muy pronto se percató de que en Cuenca no solo colgaban las casas sobre el río Huécar, sino que tambien lo hacían las horas, las sombras, las esquinas y casi todas las esperanzas. Cuando las interminables jornadas dedicadas a esa mierda revestida de destino llamada trabajo se lo permitían, se acercaba a la ciudad encantada para pasear un rato, él y sus cada vez más vagas ensoñaciones, entre las rocas que a la naturaleza, a falta de otra cosa mejor que hacer, le había dado por moldear. Era evidente que los dioses y sus secuaces -el sol, el aire y el agua- preferían entretener los siglos esculpiendo algo parecido a un perro  en una piedra que prestando a Feliciano la más mínima atención. 
   Con los restos de todo ese abandono, con los materiales de todo ese desconcierto, quiso el destino crearle una obsesión. La Torre Mangana, también conocida como Torre de las Horas, y un reportaje en la televisión sobre la historia de los samuráis, fueron los curiosos elementos que ese ineludible azar reunió.
  Podía haber sido un amanecer como cualquiera de los que Cuenca   permitía, pero Feliciano Trijueque no lo quiso. Su primo dormía en el camastro del lado, pero a decir verdad en el piso ya no había nada ni nadie con él a excepción de su firme determinación. Se vestió muy despacio, otorgando a  los calzoncillos, los calcetines agujereados, la camiseta negra con el lema Cuenca existe y los tejanos, la misma dignidad y atención que son necesarios para colocarse la armadura tradicional. A falta de kabuto, utilizó el casco de segunda mano que compró en el mercadillo de los jueves a un marroquí que sabía sonreír; por lo que a la imprescindible katana se refiere, tuvo que conformarse con un cuchillo jamonero que les toco en la tómbola de la última fiesta mayor.
   En ese estado de valor, soledad y virtud que solo los guerreros samuráis conocen, bajó las escaleras de los seis pisos sin ascensor para ir en busca de lo que tenía que haber sido un caballo y fue una scooter de 75 cc. El enemigo, arrogante y muy quieto, lo esperaba algunas calles más arriba. Feliciano Trijueque quiso, antes de lanzarse a una batalla que hasta los primeros gorriones de la mañana sabían de antemano perdida, dejar que el aire fresco le diera por unos momentos la razón. Se bajó la visera del casco, sacó del cinturón que le sostenía los tejanos a sus magras carnes el cuchillo jamonero, aceleró al máximo la sufrida cabalgadura y cargó furioso contra el poderoso ejército de las horas comandadas por su sanguinario y cruel general, el tiempo.
   Ni que decir tiene que la Torre ni se inmutó y que del envite apenas le quedaron la sorpresa y algunos leves rasguños. Feliciano no murió en el acto, sino en la ambulancia que lo trasladó a lo que queda del Hospital Comarcal después de los recortes. Según lo que comentó a sus compañeros de urgencias  la doctora que lo atendió, un poco antes de que Feliciano abandonara ese amago de vida por el que transcurrieron sus días le mostró el cuchillo jamonero que incomprensiblemente aún llevaba agarrado con su mano derecha y alzando un poco los ojos hasta hacerlos coincidir con los de ella le pidió, con un hilillo de voz, que si sería tan amable, cuando estuviera definitivamente muerto, de cortarle la cabeza.

sábado, 18 de mayo de 2019

Si yo me contara -14-



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Aquí sigo, braceando en esta nueva ficción numérica y con la firme voluntad de ampliar el círculo centrífugo hasta conseguir que abarque todas las mariposas.
-36-
Algunas nubes se entristecen porque la luz es hermosa y yo no le presto la suficiente atención.
-37-
Me despisto, me desoriento un instante, tuerzo la esquina equivocada y aquí me tienen de nuevo, en mitad de la calle tristeza y boqueando como lagarto en una calurosa tarde sin mosquitos.
-38-
No cabe la menor duda de que un oso hormiguero es Dios. Prueba de ello es que partiendo de su sorprendente y contradictoria condición, acumula eternidades fulgurantes y sucesivas, vida y muerte cerecen en él de sentido -también carece de opiniones- y por si todo eso fuera poco, delante de un espejo no sabe qué es lo que ve ni le importa lo más mínimo.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Si yo me contara -13-



-31-
El tedio y sus múltiples metástasis suelen generar firmes convicciones, cuando no inquebrantables adhesiones a cualquier burrada que consiga ser lo suficientemente oportuna.
-32-
Si dos por dos fueran cuatro, faltarían ventanas por las que precipitarse al vacío.
-33-
Día físico; horas de hacer, mover, empujar, cargar. El otro me observa desde un rincón, comprensiblemente molesto.
-34-
Contigo ha entrado la sombra de una alegría. ¡Qué contenta se ha puesto la tarde al saber que te tenía!

martes, 30 de abril de 2019

Si yo me contara -12-



-27-
Un aeropuerto es la pornografía del movimiento, la mecánica cópula del espacio tiempo.
-28-
En casi todo rezuma un sentimiento de pérdida que, bien mirado, es más hermoso que triste.
-29-
Un diccionario preciso que se detiene justo antes de cualquier significado; un hermoso alfabeto para construir efímeras e inaprensibles obscenidades: la luz.
-30-
Propósito: para no contrariar al mar, he decidido romper una y otra vez con cada una de sus olas.

miércoles, 24 de abril de 2019

Bárbara Blasco ("La memoria del alambre" -Ediciones Contrabando-)



“He recordado aquella historia de un vendedor que le preguntaba a un cliente: ¿quiere la jaula vacía o sin pájaro?, ¿y qué diferencia hay? quería saber el cliente. La nostalgia, por supuesto, respondía".

Bárbara Blasco ("La memoria del alambre")


  Es sabido que la piel, como el alambre, insiste en la tozudez de la memoria. En este libro placer, el segundo que Bárbara Blasco lleva a la pista para que podamos bailar con él, es la memoria que, como una caricia olvidada, nos recuerda a nosotros, precipitándonos a una nostalgia no de lo que fue, sino de lo que ahora apenas sabemos ser.
En esta novela, Bárbara nos cuenta la historia de la carrera a todo trapo de dos adolescentes -y por lo tanto de dos seres fugazmente eternos- que, como dos hermosas notas perdidas en un viejo vinilo, saben que, tarde o temprano, la pesada aguja no solo les dará alcance, sino que las confundirá para siempre entre el estúpido estribillo de una canción aberrante. En su huida a ningún lado; en su forma de ser, al unísono, salto y precipicio; en su audaz respuesta a una pregunta no formulada; esas dos chicas consiguen arrastrar tras ellas ingentes cantidades de ese sentimiento que produce la pérdida de lo que en realidad nunca se tuvo: la ternura.
Con su precisa goma de borrar, Bárbara desbarata fronteras, las confunde gozosamente y en lo que podían haber sido muros, barreras y alambradas, configura espacios que no se dejan atrapar en ninguna rigidez. Prueba de ello es que este libro se puede leer, pero también se puede escuchar y, creanme, incluso se puede bailar con él. No hay forma de que las palabras se queden quietas en sus páginas esperando a decir solo lo que dicen, sino que saltan continuamente a la pista arrastrándote con ellas. 

Si como se dice en este hermoso libro, “escribir tal vez consista simplemente en eso, en encontrar el destinatario exacto, sólo eso”, Bárbara Blasco sabe perfectamente cómo hacerlo.

No lo lean si no les apetece, ustedes sabrán cómo dosifican las cosas del placer.


jueves, 11 de abril de 2019

Tus ojos de huerta y cielo



  Instalada ya entre la cosas que no sucederán; haciendo del todo tuyo -se diría que casi rutinario- lo inconcebible, eso que siempre sucede por primera vez; inaugurando en silencio la infinita fatiga de no estar ya nunca mas cansada; tuteando a las noches, llevándoles la contraria a casi todas las mañanas; con toda la razón que da lo que es verdad y ya no importa; con tu risa desconcertada sin saber dónde reír; con tus ojos de huerta y cielo haciéndose poco a poco el paisaje de un sueño.
Con todas esas cosas metidas a prisa en tu maleta te has ido a ese lugar que cada uno de nosotros habitamos, ese país que delimitan nuestros corazones y que, de alguna forma, siempre será el tuyo.

Para ti, Fina, que yéndote te has sabido quedar.


jueves, 28 de marzo de 2019

Entre los peces, tampoco existe la natación (Taller Bremen)



  Tumbado en la cama, una leve vibración en el testículo derecho le avisa de que ya le han sido enviadas, debidamente actualizadas, las opiniones que mantendrá. Las paredes de la habitación lo miran con cierta curiosidad, sin que se pueda descartar en las manchas de humedad alguna que otra burla. No es martes por la mañana porque ya no existen los martes y, de alguna forma, tampoco las mañanas. El tiempo lo estructuran desde la Central en función de lo que ellos consideran necesario. Digamos que es una jornada catalogada como tipo 3B, técnicamente conocidas como Jornadas de Pasividad Receptiva. Tiene los pulgares adormecidos de la fiesta on-line de la noche pasada. Una nueva vibración, esta vez ubicada en el párpado derecho, le avisa de que en breve recibirá los productos que se ha determinado que necesita en función de su tipología. El hombre que estaba tumbado en la cama justo enfrente de las uñas de sus pies es un modelo DXT equipado con todo lo necesario para ser uno más entre los muchos. Podría decirse que es el modelo democrático por excelencia, alguien que se puede añadir a cualquier suma sin que se llegue a cuestionar jamás el uso que se le va a dar a la cifra total. Mucho tiempo atrás tal vez se hubiese podido afirmar que estábamos ante un perfecto idiota, pero ahora dicha afirmación es absurda dado que tampoco existen los idiotas por idéntica razón por la cual, entre los peces, tampoco existe la natación.
  Dios, el deseo, cualquier esperanza y una dieta saludable, entre otras muchas cosas, quedan convenientemente resueltas y acogidas en el implante de última generación que lleva en el sobaco izquierdo. Sin el incordio de la felicidad, inútil preciso y de gran utilidad, ese ser ahistórico está diseñado de tal forma que siendo él puede ser perfectamente cualquier otro.
  Con todos estos prodigios tumbados en la cama se encuentra ella cuando abre la puerta de la habitación. Las jornadas 3B son las programadas para las cópulas no reproductivas. Dado que el implante que lleva ella en una de las dos nalgas (considero de escasa importancia para el relato determinar cual) no es de última generación y provoca algunos errores, se desnuda como si de un bostezo se tratase. 
  Tres minutos dieciséis segundos son más que suficientes para dar cabida a unos tímidos espasmos y a unas moderadas contracciones, e incluso le permiten a él exponer con cierto énfasis un par o tres de las opiniones recibidas hace un rato. Como es habitual, esa breve actividad amatoria genera el correspondiente informe que, enviado de forma automática a la Central, permite actualizar la estadística de calidad de vida y goce carnal de los modelos DXT.


¡Vaya por Dios! Me tendrán que perdonar que detenga aquí todo este no suceder. De forma totalmente inoportuna, justo cuando iba a contarles algo de verdad increíble, me ha empezado a vibrar el testículo derecho. Cuando haya leído lo que debo opinar sobre este texto se lo comunicaré encantado. Les ruego me disculpen. Un abrazo.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Si yo me contara -11-



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"Arqueología inversa" es una propuesta de mi querido amigo Xuan, malabarista preciso de luces y palabras, que aplaudo hasta que las manos me suplican un respiro. Tal vez la fotografía tenga que ver con esa forma de "arqueología", algo parecido a indagar, a excavar minuciosamente los restos de un instante, justo antes de que decidan suceder.
-25-
Nosotros, absurdos batracios anestesiados, manejamos la firme convicción de que el príncipe  sentido ya nos ha besado y por ello no logramos entender la injustificable demora de nuestro ansiado despertar. No es de extrañar que todas las “realezas”, coronadas y coronarias, celebren, noche tras noche, la excelente cosecha de la idiotez con suculentas cenas y alegres e interminables congas.
-26-
Siendo algo del todo pesonal, espero que me sabran disculpar, pero es que a menudo los otros, cuando confluyen en lo aparentemente tuyo, suelen tomar como modelo a las moscas en algunas calurosas tardes de verano (afortunadamente, la considerable diferencia de tamaño de los integrantes de ambos colectivos, así como las claras especificaciones del código penal, hacen inviable aplicar los mismas contundentes soluciones para procurarse con ello algún mínimo alivio).

sábado, 2 de marzo de 2019

Si yo me contara -10-



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De algun modo, en Lisboa el pasado es lo que sucederá mañana. Su indolente forma de dejarse ser, algo parecido a un hermoso cansancio, permite recordar con cierta añoranza cualquier porvenir.
-22-
Sigue sin publicar un diccionario en el que se pidan disculpas por los diccionarios; un diccionario sin la arrogancia inherente a todos los puntos finales; un diccionario que sepa sonreír.
-23-
Cualquier posicionamiento, cuando anda mal ventilado y se quiere radical e inamobible, suele compartir vivienda y ascensor con su contrario. Incluso no es improbable que, con el paso del tiempo, su parecido sea tan asombroso que llegue a ser muy difícil direferenciarlos.


viernes, 15 de febrero de 2019

Si yo me contara -9-



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Andar despacio por las calles de Lisboa es una hermosa forma de perder, una derrota sin enemigo de la que, de alguna forma, casi siempre se sale vencedor. Esquinas que al doblarlas dan paso a instantes que ya fueron, a cosas que se resisten a ser desalojadas; sutiles restos de un naufragio de luz esparcidos por callejones de los que el tiempo no sabe, o no quiere, salir.
-19-
A veces uno se instala en lo peor para evitar que algo malo pueda ya sucederle. Algo parecido a tirarse a las vías del metro para no padecer, de ese modo, las severas molestias que suelen prodigarse en horas punta.
-20-
Muerte es una palabra errónea que se presta a grandes equívocos, ya que no designa lo que pretende nombrar -a decir verdad, solo dice absolutamente nada-. Viene a ser como decir lluvia  cuando señalamos un conejo.

jueves, 14 de febrero de 2019

Entender una cereza (Taller Bremen)



  No se sabe si por cansancio o por tristeza, o vete a saber si fue por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que esa mañana tan parecida a todas las otras, esas que le permitían transitar por ellas a condición de poder ignorarlo con saña, esas mañanas en las que indolente dejaba caer las pequeñas cosas que querían suceder, Ceferino alzó la mirada y se sintió arrastrado por la acuciante necesidad de darles a entender una cereza. 
La tarea no era menor si tenemos en cuenta que delante de él, marcialmente alineados y armados hasta los dientes con sus díscolas indiferencias, tenía el viejo profesor a treinta alumnos a la espera de su cucharada semanal de ricino filosófico.
-A la mierda los apuntes-, fue la frase que el buen profesor utilizó para sustituir al protocolario buenos días.
Por un momento cesó el rumor como de enjambre y una cierta expectación buscó las gafas sucias de Ceferino.
-A la mierda los apuntes y todo lo que ustedes están seguros de haber aprendido-, insistió Ceferino, sacándose un puñado de cerezas que había traído para desayunar y dejándolo sobre la mesa.
-No quiero que nadie me diga qué es esto, esta mañana espero algo más de ustedes.
Algunas sonrisas revolotearon por el aula, también algunos tersos culos cambiaron de posición no por aliviarse, sino por el lógico subidón de curiosidad y desconcierto.
-A ver en quién de ustedes es posible depositar alguna esperanza; quiero saber quién es capaz no de describir, sino de ser, de crear, de nombrar por primera vez lo que he dejado sobre la mesa. Todo vale, a excepción de aquello que creían saber hace un rato.
Las mandíbulas levemente caídas de algunos  -aproximadamente más de la mitad- anunciaban el primer descarte. Una mano levantada quiso aflojar un poco la situación.
-Para crear una cereza tendríamos que ser colegas de Dios.
-Yo no creo en Dios-, dijo sin levantar la mano un joven en cuya cara habían quedado para reunirse mil y una pecas. Y creo, insistió, que por razones parecidas hace tiempo que Él tampoco cree en mí. 
Afirmación que provocó la primera tenue sonrisa de Ceferino. 
-Esto no sirve para nada-, se le oyó decir al que todos sabían que, tarde o temprano, diría exactamente eso. Es como hacerse una paja en la cabeza. Alborozo, risas y la musiquita de un teléfono quisieron coincidir en el mismo instante.
-Pues yo colecciono cosas inútiles-, dijo una sonrisa tras la cual se parapetaba una joven de ojos verdes peinada con dos trenzas. Me gusta guardar y observar las cosas que no sirven, mi padre dice que soy como una científica para nada. 
Una sonrisa réplica, esta vez de Ceferino, lo suficientemente amplia como para dejar ver las numerosas batallas perdidas de su dentadura, cruzó el aula, rebotó en una esquina y se fue a perder por la ventana que daba al patio.  
-Una cereza es una cereza-, dijo probablemente el más robusto de la clase, y sin apenas darse cuenta, pasó a engrosar tan tranquilamente el ya numeroso y mayoritario grupo de los "mandíbulas caídas".
-Mis queridos rumiantes, dejen de masticar tiempo y regurgitar obviedades, espero de alguno de ustedes alguna cosa más que considerar que una cereza es una cereza. Espero que alguien se atreva a desmentir al diccionario, es más, que alguien haga dudar al diccionario, que lo inquiete, que consiga ruborizarle al destapar sus rígidas mentiras ordenadas alfabéticamente.
Esta vez al silencio le dio por parecerse al aceite, extendiéndose viscoso por el aula y pringando los pupitres y las miradas. Cuando todo indicaba que algo se iba a romper irremediablemente, justo en el instante en que mayor era el consenso de que esa mañana el fracaso y el ridículo serían los últimos en abandonar el aula, ella se levantó. Todos los cuellos rotaron sobre sus ejes hasta conseguir dejarla en el mejor encuadre posible. Se descalzó, y definiendo a su precisa manera la levedad se fue acercando a la mesa de Ceferino, que expectante repartía la mirada entre los ojos y los pies de la muchacha. Al llegar delante de la mesa, y sin mediar palabra alguna, cogió uno de los rojos desafíos cuyo humilde destino inicial fue ser desayuno y se lo puso en la boca, masticándolo muy despacio. 
Antes de girar sobre sí misma, aún le dio tiempo a musitar algo que solo pudo escuchar el viejo profesor y a lo sumo los más atentos de la primera fila:
-Debería tener usted un poco más de cuidado, Sr. Ceferino. Ha estado a punto de desayunarme. 
Un timbre estrepitoso, casi un insulto, dio por finalizada la clase. Ceferino se puso el abrigo, se despidió cortésmente de sus alumnos, y salió a las cosas que querían suceder un poco más tieso, un poco más concreto, digamos que un poco más pistolero vencedor en medio de callejón soleado, casi sabiendo que en ese ajuste de cuentas lo que se había dirimido era algo parecido a la esperanza.



lunes, 21 de enero de 2019

Si yo me contara -8-



-17-  
No nos engañemos, los “Trump” que padecemos, los que se avecinan,  son absolutamente necesarios para todos aquellos que desean que todo cambie con la única condición de que nada cambie. Los gestores de la estupidez -la mía, la de ustedes- saben perfectamente que alimentar esos falsos antagonismos, los de lo “políticamente correcto/más de lo mismo” con lo “esperpénticamente inaceptable/más de lo mismo”, es lo que permite a cualquier idiota “tener razón” sin que eso suponga peligro alguno para el sistema. Trump, un mal chiste reído y aplaudido por unos y cínicamente denigrado por otros, que refleja a la perfección una de las dos caras de la misma moneda, esa que acuña con impecable determinación el sistema capitalista y que de forma tan precisa se refleja en la respuesta que Charles Foster Kane (Ciudadano Kane-1941-) da cuando es atacado por Thatcher, representante del gran capital bancario, por utilizar su dinero para financiar un periódico que habla en nombre de los desfavorecidos.
“La lástima, Sr.Thatcher, es que usted no se da cuenta de que está hablando con dos personas. Como Chales Foster Kane, poseedor de 82.631 acciones de la Public Transfer (verá que tengo una noción exacta de lo que poseo) estoy completamente de acuerdo con usted. Charles Foster Kane es un bribón, su periódico debería ser prohibido y debería formarse un comité para boicotearlo. Si consigue formar ese comité, inscríbame con una aportación de mil dólares. Por otro lado, soy también director del Enquirer. Como tal, considero un deber -y le voy a confiar un pequeño secreto, es también un placer para mí- velar para que los honrados trabajadores del país no sean devorados por una banda de tiburones, simplemente porque ellos no tienen a nadie para defender sus intereses. Le voy a confiar otro secreto, señor Thatcher. Creo que soy el indicado para ello. Tengo dinero y propiedades. Si no me ocupo yo de los intereses de los desheredados, podría ser que algún otro se encargara de ello, alguien sin dinero ni propiedades. Y eso sería muy molesto.”
En esa cínica y genial respuesta queda perfectamente trazada la cuestión: crear una falsa solución para perpetuar el problema; convertirse en los falsos buenos para así poder salvarnos de los verdaderos malos; distraernos con un enemigo para que podamos sentarnos tranquilamente en nuestro sofá con el enemigo; alimentar el miedo a lo peor para imposibilitar que seamos capaces de pensar en algo verdaderamente mejor.
Absurdamente obligados a escoger entre dos opciones, un servidor procura optar por la tercera: dudar, descreer, no secundar, aprender. Tal vez pueda servir de ejemplo un viejo chiste -sin duda políticamente incorrecto- que solía circular por los países socialistas y que recuerdo haber leído en un libro de Slavoj Zizek.
Es sabido que un consejo de Lenin a los jóvenes era “aprended, aprended, aprended” (se exhibía en las paredes de las aulas). En una ocasión, a Marx, Engels y Lenin les preguntaron si preferirían tener una esposa o una amante. Marx, hombre mas bien conservador, contestó sin dudar que una esposa; Engels, un declarado "bon vivant", afirmó que una amante y Lenin dijo que le gustaría tener las  dos cosas. Cuando se le preguntó el por qué, contestó que para poder decirle a mi esposa que voy a estar con mi amante, y a mi amante que voy a estar con mi esposa. ¿ Y qué haría entonces?, a lo que Lenin contestó: “me iría a un lugar solitario a aprender, aprender, aprender”.



sábado, 12 de enero de 2019

Si yo me contara -7-


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Como el rio, que esboza su inaprensible yo en un único instante de alegre y eterna fugacidad.
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Cobijarse en la intemperie, protegerse de la noche, de la obscuridad, instalándose serenamente entre sus cosas.
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A menudo los pensamientos son golpes que se dan prescindiendo del clavo y del martillo (es curioso que, a pesar de ello, no consigamos evitar el ruido).