La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y un día en un rincón del pasillo la vi llorar, nos ha dicho que escribamos un cuento de Navidad. Mi papá se llama José pero no es carpintero y mi mamá no se llama Maria y no se si es virgen, porque no se muy bien cómo son las vírgenes, aunque yo creo que no lo es. Mi mamá no lleva gafas como mi maestra, pero si que la he visto llorar muchas veces en el pasillo, en la habitación, en la cocina y en casi todos los rincones de la casa. De momento esto no parece un cuento, pero voy a ver si lo puedo arreglar.
Érase una vez tres reyes muy pobres que habían nacido en un portal. No los tres a la vez, claro, sino uno primero, otro al cabo de un rato y el otro después. Pasaron algunos años y al ver que nadie les traía ni oro, ni incienso, ni mirra, ni nada de nada, los tres se tuvieron que poner a trabajar. Uno empezó de camarero como mi papá; el otro de repartidor de pizzas, como los que algunos viernes, cuando mi mamá está muy cansada y no tiene ganas de cocinar, viene a casa a traernos una de cuatro quesos y una de piña con jamón dulce -luego, en la mesa, casi nunca sabemos de qué hablar y por eso se nos escuchan a los tres los ruidos que hacemos al masticar, aunque, eso si, solo me riñen a mí-. Casi me olvidaba del tercer rey. Ese, como no quería ni sabía hacer nada, se puso a mandar, primero en el pueblo pero después, poco a poco, parece ser que llegó a mandar a mucha gente en no sé qué lugar. Esto sigue sin parecer un cuento y eso que la semana que viene es mi cumpleaños y que lleva toda la tarde lloviendo sin parar.
En fin, que pasaron los días, y los meses, y los años y a Dios se le olvidó de enviar a Jesús, su hijo, para explicar a los hombres qué tenían que hacer para poder salvarse y por eso el pobre Gaspar, que así se llamaba el primer rey, se acabó muriendo de lo mismo que mi tío Francisco, es decir, de beberse todo lo que los clientes se dejaban en las botellas y sin tener ni la más mínima idea de por donde se iba al cielo; al pobre Melchor, el repartidor de pizzas, lo atropelló un taxi cuando iba a llevar a un piso de Malasaña unas alitas de pollo y una cuatro estaciones y a partir de ese día se pasaba todo el tiempo hablando con las palomas en una plaza y sin saber qué son ni para qué sirven los ángeles y los paraísos. Al que le fue mejor fue al pobre Baltasar, que se creio que siempre mandaría y que por eso nunca nada malo le iba a suceder, pero lo cierto es que a ninguno de los tres, al morirse, les espero nada ni nadie, ni supieron por donde se iba a ese lugar al que la gente mayor llama eternidad. Le verdad, no estoy muy seguro que a mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y que un día en un rincón del pasillo la vi llorar, este cuento le vaya a gustar. Tampoco estoy muy seguro de cómo han de ser los cuentos de Navidad escritos por una niña, y ni siquiera tengo muy claro donde empieza y acaba una niña. ¿Me daré cuenta la mañana que, al levantarme, ya no lo sea? ¿Se darán cuenta mis amigas que ya no lo soy? ¿Qué haran mi padre y mi madre cuando hagamos ruido al comernos las pizzas y yo ya sea mayor, como ellos? ¿Cómo serán a partir de ese día mis cuentos de Navidad?
La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Definitivamente esto no es un cuento y, por si fuera poco, no se porqué pero me estan dando ganas de llorar.

3 comentarios:
Ay, "pordios", me como a esa niña que es capaz de arrancarnos una risas con la que está cayendo.
Muchas felicidades.
Gran abrazo.
A ver si tengo suerte porque el primer comentario no salió.
Querida Isabel, tienes toda la razón, con la que está cayendo la alegría sin más y tus visitas por este rincón del dudar, son cosas que valoro muchísimo.
Salud y alegría para esta ficción numérica que se nos viene encima, y un gran abrazo.
lklklk
Publicar un comentario