Este otoño voy a ver si soy capaz de aprender a llover, si consigo convertirme en lluvia y olvidarme de que estoy lloviendo. De lograrlo, limpio ya de opiniones, desrazonado del todo, repiquetearé en mi ventana hasta que consiga llamar mi atención.
Construyen para sepultar, con la siempre renovada avidez de los hueros unidireccionales, cualquier vestigio de esa ternura con que las cosas se dejan pasar. Ellos, los ávidos, dictando e imponiendo por doquier su brillante oscuridad. Grotescos forenses de la emoción levantando cadáveres de piedra y olvido.