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jueves, 29 de enero de 2015

Los suspiros del hipopótamo (Taller Bremen)



No era la primera vez que le daba una segunda oportunidad; en realidad era la tercera y eso sin tener en cuenta otra que le había dado hacía un par de meses y que decidí no numerarla. Ni que decir tiene que al principio, en ese cielo de sobremesa, revoloteaban todas las esperanzas como golondrinas esnifadas, y  que los primeros versos se me presentaban recién duchados y con la carita de inolvidables: 

Hay mariposas locuaces 
posadas en el mar; 
hay colibrís que opinan 
que falta cielo en cada flor.

Me confié, quise creerle -tal vez por cansancio o porque el invierno venía largo- y le dejé meterse entre las sábanas de lo que escribo. Pasaron los días, algunos de ellos incluso con sus tardes,  y el arrebato de lo reciente se esforzaba en ocultar cualquier mal presagio. Sobre la mesa, entre un desbarajuste de papeles, iban apareciendo las palabras que yo esperaba ilusionado: 

Hay sirenas inquietas 
por un clamor de sardinas; 
hay leones que padecen 
de alopecia irreversible. 

Recuerdo que el espejo me mentía con piadosas verdades: ¡soy poeta, soy poema! y mi cepillo de dientes, como el arco de un higiénico violín, salpicaba el aire de alegre música. Pero es sabido que las sombras nada saben de educación ni modales, y que se suelen presentar, sin previo aviso y con los zapatos embarrados, para ensuciar  todas las cuartillas: 

Hay elefantes que sueñan 
con posarse en una rama; 
hay cebras que recitan 
línea a línea su poema. 

Se acabó de pronto la altura; ya no quedaba nada parecido a una cima que alcanzar; lo que se hacía llamar montaña apenas era digno de nombrarse montículo. Como era de prever, durante algún tiempo se instaló en casa el disimulo, también me visitaron las suspicacias y algunas acusaciones; los dos bailamos sin ganas la patética danza de las reconciliaciones: 

Hay hipopótamos que suspiran 
por un beso de gacela; 
hay mulas deprimidas 
por su excéntrico linaje; 
hay enormes osos blancos 
en cualquier congelador. 

Vanos esfuerzos por mantener con vida lo que a todas luces ya era un cuerpo insepulto. Nos dejamos no sin antes regalarnos, a modo de despedida, una sonrisa que quiso ser hermosa. Luego volvieron los huecos y las burlas de las horas sin nada, el bofetón de la página en blanco, el invierno cobijándose en las manos, los innumerables lunes enquistados en cualquier viernes, la espesa música sin notas ni silencios, sin baile. Fue justo un poco antes de que la bestia del olvido le diera su última y más feroz dentellada que encontré la nota en que, con letra menuda y clara, se podía leer: 
- ¿Crees que merezco una cuarta sin quinta ni sexta oportunidad?
Nací fácil y crecí absurdo, siendo muchas las noches que crucé decididamente idiota, por lo que le dije que sí. Se presentó vestido de domingo,  con un gran ramo de rosas color perdón y escrita, en un papel azul, su muy particular idea de un final feliz: 

Y luego están también los bosques,
y el desierto,
y las hormigas, 
y mi nombre,
y otras muchas ficciones 
que fatigan día a día
la sustancia de la nada.

De todo esto han pasado ya algunos meses y, afortunadamente, muy pronto vino la risa a socorrernos. Con el rodar cuesta abajo del tiempo hemos aprendido a querernos precisamente por fallidos e incompletos, a respetarnos por errados, a perdonarnos por el reiterado incumplimiento de todas nuestras segundas oportunidades. Con el paso del tiempo hemos aprendido, mi poema y yo, a desaprendernos eficaz y felizmente.


domingo, 14 de diciembre de 2014

No es poco, pero tampoco es tanto




Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los  ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni  pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones  ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas. 
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor;  que  no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen  al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más,  es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.

De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.


domingo, 31 de agosto de 2014

Una pequeña maldad sin apenas malicia




En Andorra, como en otros países donde hay montañas y costumbre,  se practica el esquí. Propios y extraños se aplican en subir cuestas, a poder ser nevadas, de muy distintas formas y maneras para después bajarlas según criterio y determinación de cada uno. Hasta aquí la cuestión podría parecer sencilla, otra cosa muy distinta es que lo sea. Que un león dedique la tarde, y sus correspondientes esfuerzos, a cazar una cebra, no debería provocar excesiva controversia, aunque tal vez sí la genere en abundancia que un pingüino se empeñe en tal captura. De ahí nace la bendita risa y no descarto que algunas molestias y espantos. Intentaré ceñir un poco más la cintura de la cuestión y proponerles el ejemplo de un perfil frecuente: mamífero de mediana edad -es decir, si nadie le ve severo inconveniente situaré a nuestro ejemplo entre el nacimiento y la correspondiente muerte-; generoso en carnes y cremas protectoras; no enano pero muy alejado del difícil consenso de la esbeltez; aconsejado en vestimenta y accesorios por algún mortal y despiadado enemigo. Un ser nacido entre cereales, los años buenos, y rastrojos los malos y abundantes. Imaginemos, crueldad benigna, una incomprensible determinación, un brillo mate, emanando de un rostro cuya armonía sigue a la espera de un acuerdo de mínimos.  Con un último esfuerzo, visualicemos a nuestro ejemplo encajado en sendos esquís y salpimentemos el plato con un gorrito embellecido con alegres cascabeles. Un empujón y el resto espero coincidan ver generoso y necesario dejarlo en el umbral del más inabarcable olvido.



viernes, 22 de agosto de 2014

Cinco jóvenes pollas



Son cinco, cada uno con su nombre, aunque en realidad eso nada explica y poco importa.  Son cinco en los gestos torpes de un patético coraje, algo parecido al que escupe al cielo y espera. Son cinco, la cifra resultante de una larga suma de violencias, los retales de innumerables sotanas con olor a macho cabrío, el primer premio extraído de un bombo en cuyo interior giran diez mil cojones y ninguna idea.

Ahí los tienen, siendo sin saberlo un resumen perfecto, una tesis bien escrita de historia contemporánea, deslizándose por la feria (zafia diversión, caspa de colores, olor a fritangas cuyos vapores envuelven un todo vale, sin duda un marco perfecto para cualquier ignominia…¿les recuerda algo?) en busca de una mujer en la que poder ejercer su parcelita de fuerza y poder.

Pero no vayan ustedes a inquietarse, ya verán como la tormenta queda en aguacero y sus cinco jóvenes pollas, eficaces portavoces de la Gran Polla Nacional, son explicadas y matizadas, casi excusadas, en algún que otro rinconcillo intelectual, ya verán como la bestia que todo lo engulle lo convierte pronto en debate de media tarde y chascarrillo. Al tiempo.

martes, 27 de mayo de 2014

Julia, Luisito y el Minotauro (Taller Bremen)



"Mi pequeña Pasífae, mi preciosa luna que brilla para todos, esta noche llegaré tarde, no me esperes levantada".  Julia tenía los ojos verdes y se alimentaba de fruta, ensaladas y algo de poesía (al acostarse masticaba despacito a la Pizarnik hasta que conseguía dormirse de pura tristeza). Ningún guión hubiese dado acogida a lo que  quiso suceder cuando ya nada sucedía entre ella y Pedro, su marido, hombre avezado en lecturas, amores y engaños. 

Un torito blanco y sin fisuras que se musculaba tres veces por semana frente a un espejo enorme que a duras penas podía contener la perplejidad y la risa. Bíceps, tríceps y pectorales en pleno esplendor sin que ni una sola inquietud ni idea les hiciera la más mínima compañía. Así era Luisito, un hombre sin apenas matices, ese ser que se ciñe a la perfección al diseño original y siempre fallido de cualquier dios.

Como no podía ser de otra forma, se conocieron en zona neutral. Ni en la biblioteca del barrio ni en el gimnasio del club de halterofilia, sino que fue en la parada de autobuses de las lineas 27 y 32 donde se acordó el inicio de lo que no fue amor ni deseo, sino algo parecido a una cruel venganza cuyo origen tal vez habría que buscar en el inabarcable tedio de los ociosos inmortales.

En el café de Matías diez minutos fueron suficientes para dejar claras dos cosas: sea lo que aquello fuera era inevitable y sin duda imposible. A su manera él dijo que no; en silencio ella insistía en que sí. Era de esperar si tenemos en cuenta que él embestía la vida ignorando la muleta, el torero, la plaza y la puntilla y que ella, al contrario, hacía equilibrios en la cuerda floja de todos los abismos. Luisito era una estúpida respuesta a la que las preguntas ni siquiera rozaban; Julia era una pregunta cuya nítida fragilidad propiciaba cualquier respuesta.

Sin la ayuda de Dédalo, su amigo peluquero, no hubiese sido posible un segundo encuentro. Dicharachero, astuto y al corriente de lo que los libros ignoran, ideo un plan, según él infalible, para que ese semental le prestará atención y cópula. "Cómo vas a conseguir enloquecerlo con ese aire de pajarillo sin nido; esas medias de florecillas; ese jersey de lectora de alemán de tercer curso; ese peinado de bibliotecaria con juanetes", le decía entre rulos y risas.

Cuando Pedro la vio supo que la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve mas bien frío. No dijo nada pero lo supo todo. Su pelo del mismo rubio platino que acabó con Marilyn Monroe; su cinturón de piel negra que pretendía ser una falda; sus medias que indicaban la dirección correcta de todas las miradas; sus labios de un rojo perdición. Todo estaba expuesto, todo preparado, para el burdo enredo. Esa noche fue Julia la que le dijo: "Rey mío, no me esperes levantado y recuerda que mañana has de llevar a Fedra al dentista, Ariadna tiene la fiesta de cumpleaños y a las diez el tutor de Androgeo quiere hablar contigo.

Como era de prever, esa misma noche a Luisito, cuya escasez de luces propiciaba cualquier engaño, le entusiasmó la imagen de esa mujer trampa a la que apenas reconocía. 

Por no alargarme les diré que no hubo suerte en el juego de posibles y que al cabo de unos meses, los necesarios, Julia dio a luz un minotauro, mitad hombre mitad lerdo -pura poesía sólo de cintura para abajo; de cintura para arriba apenas una nada musculada- que con el tiempo acabó enredado en un laberinto de días iguales y devorando, sin ganas, vírgenes casquivanas. Ni siquiera un mal libro quiso contarlo.

sábado, 26 de abril de 2014

A finales de cualquier mes de Abril (Taller Bremen)



De alguna forma, en ese lugar ubicado justo al fondo a la derecha de ningún sitio, el desorden no evita el desconcierto ni este explica la inquietud, y es que todo se halla bajo la sospecha de un significado que aún no sabe ni puede significar. Es natural que en ese contexto todas se observen con recelo temiendo el instante en que las otras se confabularan para configurarse en la seria amenaza de un decir.

Así están, confundidas en esa espera de posibles, aturdidas por la infinita densidad de todos los tal vez, tropezando torpemente con todos los muebles del sinsentido, esperando, en realidad sin saber qué cosa es esperar, que de alguna inconcebible quimera, de algún desasosiego, llegue por fin el impulso, la imperiosa orden que las permita abandonar el caos de todo lo que puede ser dicho.

Muy cerca, es decir, en una no distancia imposible de recorrer, ignorándolas y a la vez presintiéndolas, aguardan como desiertos de arena generosa, como espacios aún inhabitables donde la esperanza de un encuentro fuera posible, las páginas en blanco.

El café sabe escribir si la luz es propicia. En el silencio contiguo caben las impertinencias de la lluvia en la ventana. También permite ese silencio el vértigo y todo lo demás. Ni sus manos ni su cerebro saben aún de qué hablar, sólo una confusa arritmia de palabras asedian su corazón. La penúltima duda repite una y otra vez, entre burlas, su ¿por qué?

Justo en el epicentro de ese torbellino instante ese extraño atleta espera el pistoletazo sin que de momento se vea pista alguna por la que salir corriendo (si lo prefieren: justo en el epicentro de ese torbellino instante mueve la cola ese perro verde entre facturas del gas, platos sucios, acidez de estómago y telediarios; se comprime ese personaje muelle para superar su abismo en dos saltos; se enciende un cigarrillo una historia que quiere desdoblarse en historias).

Nadie sabe nada, ni siquiera él, pero el libro se publicará a finales de cualquier mes de abril.


viernes, 11 de abril de 2014

Mosén Bernardo (Taller Bremen)



El ataque le sobrevino a eso de las doce y media, justo cuando mediaba la lectura de un versículo del profeta Isaías, en concreto aquel que reza: "El que anda en la justicia y habla verdad, que aborrece las riquezas adquiridas por coacción y tiene las manos limpias de todo cohecho; que tapa sus orejas para no prestar oídos a los sanguinarios, y cierra los ojos para no ver lo malo, este es el que tendrá su morada en las alturas…".

Al principio apenas fue un leve temblor imperceptible para el esquilmado rebaño de feligreses que a esa hora optaban a salvación. Pero las cosas fueron a más y esa trémula indisposición se convirtió rápidamente en serias convulsiones perceptibles desde todos los bancos del beatífico aforo. 

Algunos pensaron que podía ser el corazón, otros una crisis de epilepsia, los menos empezaron a intuir que se estaba partiendo de risa. Poco segundos bastaron para dejar las cosas en su sitio: Mosén Bernardo, ejecutando un perfecto ángulo de noventa grados, se sostenía en el sagrario para no rodar por los sagrados suelos. 

En vano intentaba retomar el texto allí donde lo había dejado; balbucear "que tapa sus orejas…" y quedarse sin aliento, congestionados como ratón en microondas, eran una misma cosa. Vanos fueron también los torpes auxilios del monaguillo; el agua que le obligó a beber la depositó, previamente atomizada, en los asustados rostros de las siete almas ubicadas en primera fila. Los golpecitos, en seguida serios golpetones, en la espalda sólo incrementaron exponencialmente el ataque hasta situarlo en los alrededores del colapso. La suerte estaba hechada. El más sereno telefoneó para pedir una ambulancia, el más asustado informó al secretario del obispo. 

Ya en la camilla, y ante la mirada horrorizada de los que aún se atrevían a mirar, Mosén Bernardo concluyó la infame escena con una desmesurada erección con la que navegó por el largo pasillo entre bancos como negro velero dirigiéndose a infernal puerto.

El asunto estuvo algún tiempo en boca de todos. La iglesia se pintó de nuevo y también se cambiaron algunos bancos desvencijados.  Vino Mosén Francisco, bajito, imberbe y con el ácido único seriamente encabronado, para apaciguar el redil. No pasaron muchos días que algún mal nacido juró haber visto a Mosén Bernardo  en una esquina, ensombrecida y pagana, manoteando por debajo de las faldas de una mujer. No es de extrañar dado que, como saben los mansos y también los inquietos, innumerables y bien distintas son las formas de inquirir a Dios.

miércoles, 9 de abril de 2014

"Cartes Mortes"



David Gálvez, amigo y escritor, ha publicado un excelente libro de fotografía. No es la menor de sus virtudes, a las del libro me refiero, el que cada una de sus imágenes de cabida a otras muchas y que todas ellas se busquen, jueguen  y se enreden en una laberíntica y aparente confusión que se sabe clara, ordenada y diáfana. No se precipiten y se dejen engañar por el hecho, apenas un matiz, que dichas imágenes se puedan leer, ni por la particularidad de que los instantes que cada una de ellas detienen se muevan compulsivamente en todas direcciones. David Gálvez cuelga sus precisas palabras en la galería casi infinita de las más absolutas, inciertas e improbables certezas. David Gálvez sabe perfectamente que el hecho de que alguien te bese en alguna esquina sombría provoca que en el río Gambia un hipopótamo bosteze. A mi parco y desvergonzado entender no se trata de un juego sino de algo mucho más hermoso: se trata del Jugar.
A los que opten por no prestarme la debida atención, sólo les diré que las horas que he pasado con estas "Cartes Mortes -Editorial Males Herbes-" han sido de gran placer no del todo exento de algún leve matiz lúbrico. Allá ustedes con lo que decidan. 
De nada.

jueves, 27 de febrero de 2014

El secreto de sus ojos



El mejor casi beso de la historia del cine y como de puntillas  una fotografía que deja de serlo para convertirse en caricias habitables de luz y sombras. ¡Qué bien estuviste Pablo, qué definitivas tus gafas, qué risa! ¡Qué ternura en tus ojos, Irene! Las luciérnagas y los poetas admiran esa primera noche; en tu boca se abisman los que nada tienen que perder. ¡Cuántos prodigios sin nombrar Darío; qué fácil lo haces boludo; qué buenos son los malos; qué bien se pronuncia en lo tuyo la palabra amistad!

miércoles, 5 de febrero de 2014

Voces sin nadie



Una mirada de tiempo endurecido
por su propia forma de no ser.
Una vaga esperanza que se comprime
hacia un interior cuya quietud se sabe inhabitable.
Una presencia de voces sin nadie, perdidas, 
oteando en vano el trazo de horizontes improbables

(sólo desde su atalaya de negro silencio,
los cuervos atienden requerimientos
de piedra, ceniza y olvido).


Mi Mula precisa




Anda mi querida Mula alejada, de forma equidistante, de mulos y de cualquier otra esperanza. Constante hasta los alrededores de la incomprensión, oscila de la hierba a la nada sin tristezas ni opiniones, con una inmutabilidad y cadencia de suiza precisión.

domingo, 19 de enero de 2014

Historia de una mosca sin verano



Les contaría la historia de un pez con plumas, la de un reptil zancudo, la de un voraz carnívoro desdentado y la de aquella mosca sin verano; también me gustaría contarles lo que le sucedió a la serpiente circular, a la ballena diminuta, al gigantesco colibrí, a la Luna sin noche, al huracán inmóvil, al sueño insomne y al dios sin fe. Pero a decir verdad, nunca me han gustado las autobiografías. 


domingo, 12 de enero de 2014

El poder y los otros



No se oía ladrar a ningún perro, tampoco veía el sultán, desde la azotea de su palacio, ni fuego, ni luz, ni humo alguno. Esa noche, después de tanto tiempo, su corazón estaba sereno. El siglo XIV dio cobijo a esta historia; Muhammad Tugluq, todopoderoso sultán de Delhi, es quien observa la ciudad que él mismo ha ordenado desalojar a sangre y fuego, trasladando a todos sus habitantes a una nueva ciudad, Daulatabad, a unos cuarenta días de viaje. El historiador y viajero árabe Ibn Battuta es quien dejó constancia de lo que allí sucedió. 

Siete siglos no son nada si de lo que se trata es de practicar algo parecido a una autopsia del poder. Las entrañas de ese delirio insaciable, lo que también podríamos denominar sus órganos vitales, no han sufrido, en lo esencial, cambio alguno desde los tiempos en que Caín decidió prescindir de Abel, hasta los que ahora padecemos y nos infligimos. El sultán, por lo demás hombre culto y comprensivo, sentía amenazado su poder por el otro, pero no por cualquier otro, sino por todos los otros posibles. Es erróneo pensar que esa maligna ansia de supervivencia, ese pánico del no ser que excluye y teme el reconocimiento de cualquier otredad,  distingue entre  vasallos y enemigos. Sólo busca y utiliza, en su enajenada pretensión, medios para sus fines, percibiendo a todos los seres como algo potencialmente peligroso para la imposible consecución de los mismos. El corazón de los portadores de ese insaciable estigma sólo puede serenarse, bajo su absurda noche y apenas por un instante, con la certeza de que nadie puede poner en peligro lo que tanto ansían. Sin duda la más inhabitable de las soledades les parará el corazón, pero los eslabones de esa inabarcable cadena seguirán silenciando a los perros y devastando todas las ciudades posibles.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La chica de los ojos del sur



Al principio anduvo algo confuso sobre qué hacer con su forma de mirar. Dudaba entre dejarse  empujar fuera de los límites de esa ciudad sin aliento ni esquinas en la que se agazapaba, o bien dejarlo sólo en herida para lamérsela al sucio sol que perfila todo aquello que no será. No tardó en decidirse: viajaría al sur que proponían sus ojos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Quiéranse ustedes...



Como es sabido por los más perseverantes, y por lo tanto incomprensibles, de mis lectores, hace ya un par de años que intento hacerla partícipe de este leve orgasmo, poco más que un estremecimiento luminoso de bondad desatada, que titulamos Navidad. He utilizado su imagen y mis palabras -lo contrario habría sido un fracaso absoluto- para desearles a todos y a todas sólo cosas buenas y mejores. Pues bien, este año me propuse dar un paso más por ver si la sacaba de ironías y desidias y la convencí para ir los dos, me refiero a mi querida Mula y yo, a ejecutar el ritual de la compra de regalos para los seres queridos e incluso algún detalle para los que nos gustaría querer y por aquello del que dirán, no se dejan.
Para qué contarles. El relato no puede ser lineal porque lo sucedido no hay geometría que le de cabida. Utilizando la técnica cinematográfica, intentaré proyectarles algunas imágenes que mi mente quiere y no puede olvidar, algunas de las pinceladas, mejor brochazos, que ambos dimos en esa tela de bochorno y horror.
Toma uno: escaleras mecánicas de unos grandes almacenes. Considerables dificultades de mi querida Mula para dejarse llevar por ese breve destino mecánico. Su trote, nervioso y bidireccional, provocó tres contusionados leves, una taquicardia de buen pronóstico y las primeras contracciones de una primeriza que acabó dando a luz en charcutería.  
Toma dos: sección de lencería; subsección erotismo y tradición; prestachería con predominio del rojo y del negro. Un instante después de cruzar la linea de lo inevitable, no sólo me sorprende olisqueando las prendas allí expuestas, sino que lo adereza con largos y lentos lametones que da, como el que silba, a las bragas y sostenes que allí esperan su efímera gloria. Nos afean la conducta, por orden protocolario inverso, la pizpireta encargada de sección, el enclenque guardia jurado, el patizambo responsable de planta, el trémulo director del centro comercial, el lascivo portavoz del arzobispado y, por teléfono, el escasamente apolíneo Ministro de Comercio y Turismo.
Toma tres: cualquier hubiese desistido, pero su mirada parecía albergar algo parecido al remordimiento, incluso un cierto brillo en el que me forcé a ver un levísimo propósito de franca enmienda. La última oportunidad nos la dió el dependiente de la sección de electrónica que con la mandíbula colgando debido a la muy natural estupefacción, nos fue sacando diferentes modelos de aparatos, a cual más veloz, más estilizado, más ligero y más innecesario. Gigas y precios titilaban y se confundían en el mostrador. Todo indicaba que esta vez sí sería posible; nada hacía presagiar el fatal desenlace, nada a excepción de esa forma tan peculiar suya de torcer la oreja derecha, gesto que suele indicar un repentino cambio de actitud. Todo sucedió como en el primer beso: el tiempo que decide ausentarse y el corazón que se queda indeciso de si debe o no seguir latiendo. El boquiabierto dependiente pasaba las diferentes pantallas con suaves y ágiles movimientos de su dedo índice cuando ella decidió hacer exactamente lo mismo con la pezuña de su pata derecha.
Una bolsita de plástico con los restos del naufragio electrónico, un cambio de titularidad de una importante cantidad de dinero y algunas palabras soeces al llevarnos por delante el arco detector de artículos robados, fue el triste balance.
Regresamos a casa en silencio absoluto. Las montañas parecían albergar alguna burla. Los cuervos también.

Ahora ya sin rencor en mi corazón, se que vendrán de nuevo los buenos deseos para animar a los míos a sumarse a su cíclica fecha de graduación, también se que vendrá algún deseo un poco malo pero simpático y tal vez necesario, a reclamar su momento de gloria, pero lo que de bien seguro no vendrá será el más mínimo atisbo de luz sobre la verdad que le ha sido revelada a mi querida Mula para diseccionar la vida con semejante precisión.

Por lo demás, quiéranse ustedes con alegre confusión sin el después que todo lo confunde y entristece y que ninguna enfermedad les coja aprecio.


Pd.  Por la ventana veo como mi querida Mula engulle tranquilamente grandes bocados de hierba. Juraría, si fuese necesario hacerlo, haber visto en su gruesa cara el esbozo de una sonrisa. Tal vez sea su forma de desearles lo mismo.

martes, 10 de diciembre de 2013

Por no poder atender, cedo embrión de una posible, y tal vez exitosa, comedia de enredo.




Ese día, al levantarse y por un fatal descuido, el infeliz se olvidó de olvidar y como es natural se le presentaron en tropel los recuerdos. ¿Y ahora qué hacemos -decían los más inquietos- con todo lo nuestro? Huelga decir que la confusión era enorme y el vocerío insoportable, aunque no lo suficiente como para ahogar una voz aguda que desde un rincón clamaba: yo soy el recuerdo del primer beso y merezco mejor trato. El coro de risas de los amores contrariados no pudo ni quiso silenciar la réplica: no digas idioteces, que no fuiste el primero ni tampoco un beso. A un lado del desbarajuste se habría paso, a codazos, el grato recuerdo de las caricias que la madre le hacía cuando de noche, sentados los dos ante el fuego del hogar, dejaban que la nieve jugara en la ventana. Les faltó tiempo a los más rencorosos para desatar sus viperinas lenguas: pocas tormentas de nieve han azotado Córdoba y el único fuego que alumbraba en el piso de protección oficial era la llamita del calentador. Ni que decir tiene que amontonadas en aquel desorden alfabético algunas fechas pugnaban para ser proclamadas verdad: soy el recuerdo de aquel 12 de marzo a medianoche, cuando el pobre tío Federico murió, a los 93 años. Mentira -decía el recuerdo de una tarde lluviosa del 6 de Octubre en que a papá le extirparon unos pólipos-,  93 años hace que tío Federico se murió de tedio prematuro apenas unas horas después de nacer sin ganas. Envidioso de mierda, es a papá al que jamás le extirparon pólipo alguno, recuerda que fue a los pólipos a quienes le extirparon a papa el 15 de mayo. De pronto, una voz hiriente como navaja albaceteña, silenció la charca: ingratos, yo soy el recuerdo de todos los gratos recuerdos, el padre recuerdo, o si lo preferís, la madre de todos los recuerdos. Yo soy el único que se acuerda de todos vosotros, díscolos recuerdos olvidadizos, y por consiguiente soy el único que merece ser convocado -murmullos y más risitas-. Al fondo a la derecha, un recuerdo insolente no se supo contener: para ser el recuerdo de todos los recuerdos la tienes muy pequeña….la memoria, ¿acaso has olvidado que ninguno de nosotros se acuerda de ti?

A eso de las siete y diez de la tarde, cuando entre sus recuerdos parecía definitivamente instaurada la más pura anarquía y se diría que la violencia estaba subiendo por el ascensor, sonó el móvil del pobre diablo. Era la secretaria del urólogo que le recordaba la visita que tenía programada para el jueves, insistiendo en que fuera en ayunas y vestido con ropa deportiva ya que debían practicarle un tacto rectal.  Aun no se explica como sucedió, pero de pronto, al colgar, y gracias al Dios que ustedes prefieran, se acordó de nuevo de olvidar.

jueves, 28 de noviembre de 2013

El mismo paisaje



Cada tarde ese preciso don nadie, sin nudo ni desenlace       -puro final-, sacaba a pasear el mismo paisaje. Para ese ser, vestido siempre de riguroso hastío, el perro apenas era una excusa cuyos excrementos recogía con asco y pulcritud. Había tenido algún ideal que ahora no recordaba y tal vez una mujer con los ojos tristes y azules, aunque de eso tampoco estaba muy seguro. No era, para entendernos, un hombre vencido dado que no se le conocía batalla alguna, sino más bien un personaje que había pospuesto para nunca cualquier mínima escaramuza, a no ser la que últimamente mantenía con la estúpida tostadora. Y era con toda esa nada bajo el brazo con la que a diario se sentaba un ratito en el banco del parque para dar de comer a las palomas. Por lo demás, nada hacía prever que esa tarde el mar, solícito, acudiría de tan lejos para susurrarle su ofrecimiento. Casi contento, se quitó los zapatos, soltó el perro y se adentró sin temor. En un desbarajuste de burbujas y escamas desaparecieron él, la tristeza  y los trocitos de pan.
A la mañana siguiente, las portadas de todos los diarios destacaban las graves inundaciones aunque afortunadamente, afirmaban, no había que lamentar pérdidas humanas. 


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Para que se hagan cargo



Por mi forma de prestar atención a las farolas, deducirán ustedes mi evidente falta de luz; por mi irremediable costumbre de sacar a bailar a los canguros, no es improbable que puedan comprender el resto.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Mi padre



Como aventurero distinto explora su levísima cotidianidad diseccionando lo que no sucede en su cuadernos rotos, anotando con gran precisión todas las cosas que no ve. Incansable labrador de olvidos, asomándose a veces tras una hermosa sonrisa de aire y de tristeza, se va alejando sin distancia empequeñeciendo su presencia hasta quedarse casi sin perfil. Frágil eslabón de una cadena rota, sus ojos tienden extraños e insondables puentes entre dos oscuridades. Hace ya algún tiempo que se deja querer sólo porque sí.

martes, 29 de octubre de 2013

Sortie de Secours



Habrá que seguir intentando, con la máxima firmeza, con el mayor coraje, no oponer resistencia. Buscar la complicidad, el trato, la amistad, la confidencia, con la luz y el aire. Es evidente que para contrarrestar el ruido habrá que aquietarse de la forma más activa posible.