Una palabra sabe esperar, prueba de ello es que esta llevaba veinticinco años haciéndolo, en la más rigurosa soledad, abandonada en la esquina de un folio en blanco. Delante de ella se extendía, como un paisaje inédito, inabarcable y paciente, tal vez la mejor novela no escrita de las últimas décadas. El reencuentro no fue casual -los más inquietos diran que nunca lo son- y tampoco fue feliz, si tenemos en cuenta el vértigo y la desazón con que Josep Nán abrió, muy despacio, el cajón del escritorio donde incomprensiblemente le seguía aguardando, en una vieja carpeta, ese genial libro al que solo le quedaba, para su exitosa publicación, el irrelevante detalle de ser escrito.
El interior de ese círculo que ahora, despues de cinco lustros, parecía que se iba a cerrar, lo ocupaba un solo motivo con sus innumerables atajos y esquinas: escribir es, en el mejor de los casos, el éxito de un clamoroso fracaso; nadie puede escribir de la forma en que un pájaro vuela. Eso fue lo que llevo a Josep Nán a postergar, se diría que para siempre, la segunda palabra de la que, probablemente, sea la mejor novela no escrita de las últimas décadas.
Entretuvo ese generoso intervalo en el engaño de estar de acuerdo con las cosas tal y como son; en el sonreir y hacer ver que nada sucede más allá de los sucesos; en mirar intentando no preguntarse qué es eso que miraba; en fin, en vivir en modo meseta, disimulando en lo posible esa curiosa caída, distinta sin duda, que permite el descalabro desde la más absoluta inmovilidad.
Ahora, la que tal vez era su última oportunidad parecía observarlo, si es que un folio en blanco con una sola palabra escrita es capaz de hacer semejante cosa, desde la mesa del escritorio. La pluma, cargada con una complicidad de color azul brillante, esperaba sus instrucciones. También la noche, dispuesta a colaborar, le hacía un hueco. Nada ni nadie parecía dispuesto a impedirle que se subiera a esa forma de postergar el olvido, a esa inmortalidad a plazo fijo, a ese carrusel de reconocimientos y admiraciones que le esperaban. Apoyo el plumín en el papel y lo que tuvo que ser una palabra, la segunda de la que sin duda es la mejor novela no escrita de las últimas décadas, acabo siendo un punto azul, hermoso en su nítida determinación.
Guardó el folio en la carpeta y esta en el cajón del escritorio. Se puso el abrigo y salió a la noche despacio, como demorándose sin motivo. Una mujer cruzó la calle. Le dio tiempo a Josep Nán de observar que en uno de sus tobillos tenía una mariposa tatuada. Pensó que no sabría cómo describir esa maravilla. Sonrió al reconocer algo parecido a un amago de felicidad.

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