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Andar despacio por las calles de Lisboa es una hermosa forma de perder, una derrota sin enemigo de la que, de alguna forma, casi siempre se sale vencedor. Esquinas que al doblarlas dan paso a instantes que ya fueron, a cosas que se resisten a ser desalojadas; sutiles restos de un naufragio de luz esparcidos por callejones de los que el tiempo no sabe, o no quiere, salir.
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A veces uno se instala en lo peor para evitar que algo malo pueda ya sucederle. Algo parecido a tirarse a las vías del metro para no padecer, de ese modo, las severas molestias que suelen prodigarse en horas punta.
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Muerte es una palabra errónea que se presta a grandes equívocos, ya que no designa lo que pretende nombrar -a decir verdad, solo dice absolutamente nada-. Viene a ser como decir lluvia cuando señalamos un conejo.

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