jueves, 14 de mayo de 2020

Lo tenía todo, absolutamente todo (Taller Bremen)



  Lo tenía todo, créanme, absolutamente todo. 

  Fue la grosera lluvia de una tarde de abril la que quiso sentarnos en dos mesas contiguas de un bar sin épica de lo que antes fue un barrio, la Barceloneta, y ahora ya nadie sabe exactamente qué es. Tal vez no es del todo cierto si les digo que nunca podré olvidar sus ojos, tan azules  que parecían estar al corriente de algunas cosas del mar -para que se me perdone ese tal vez les diré que con cada parpadeo parecía romper una ola y que esa tarde, al salir del bar, el sol los buscaba para ponerse tranquilamente en ellos.

  Muy pronto supe de su risa, que a pesar de que siempre andaba un poco a destiempo, como al que de pronto le duele el pisotón que le han dado en el metro hace tres días,  era lo más parecido a destapar el teclado de un hermoso piano de cola. Los dientes de arriba cómplices con los de abajo, blancos como pequeñas paredes recién encaladas; ni grandes como los de un castor enflaquecido, ni pequeños como los de un ratón sobrealimentado.  

  También era evidente , para todo el que quisiera fijarse, que su belleza paseaba de la mano con una inteligencia digamos del tipo "puzzle tercer nivel" (como es sabido, el primero, el más común entre la clase política, consiste en saber abrir la caja; el segundo ya permite agrupar las piezas, lo que se diría cohesionar y relacionar con agilidad cualquier caos, y el tercero, muy poco habitual excepto en algunos talleres literarios, suele ser el responsable de propiciar razonamientos y decisiones deslumbrantes).

  Pues bien, como les decía, ya desde muy pequeña, según pude constatar al enseñarme algunas fotografías, esquivó con acierto cualquier desarmonía, y todo gracias a una genética cómplice que le permitió ubicar cada cosa en su sitio e incluso cada sitio en su cosa. Recuerdo que me dijo -y yo la creí- que en el colegio de las Madres Escolapias donde fue niña, rubia y con trenzas durante al tiempo habitual, anduvo siempre oscilando entre la segunda y la tercera más lista de la clase, desistiendo de cualquier otra ambición por pura prudencia al constatar las distintas fealdades que solían encarnizarse con las primeras. 

  Entenderán que con todos esos atributos, a lo que habría que añadir la incomprensible decisión de gustarle yo, empezamos a salir de la forma en que lo hacen casi todas parejas que empiezan a salir. Es decir, exigiéndoles a las mañanas que fuesen más hermosas, obligando a las noches a no desfallecer, forzando a los camareros a un plus de alegría, fatigando a las rutinas para convertirlas en genialidades, en fin, quemando con rapidez las distintas etapas que los deslumbramientos exigen.

  Ni que decir tiene que en la cama, como en el despacho de abogados donde ejercía, también lo hacía todo bien (hasta mi espejo recuerda cómo se pintaba los labios, primero uno y después el otro, nunca los dos a la vez). Es decir, resolvía los distintos conflictos y situaciones que se planteaban entre sábanas con agilidad y rapidez, aunque a decir verdad siempre follábamos con un leve regusto a expediente abierto, a caso activo, a eficaz análisis de pruebas y alegaciones. Un juicio más o menos rápido del que, a pesar de salir siempre absuelto, hacía que abandonaras la sala sabiendo que ese amor, de alguna u otra manera, estaba condenado. 

  Es por ello que no tardó mucho el tiempo en quitarnos la razón que nunca tuvimos, en deshacer el juego de posibles, en dejarnos de nuevo en punto muerto. Ha sido mucha la soledad necesaria para llegar a entender que, a pesar de tenerlo todo, absolutamente todo, a esa mujer le faltaba algo, y ese algo, ahora lo sé, era el swing.












1 comentario:

Josep Vilaplana dijo...
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