jueves, 30 de abril de 2020

Quiso el azar darle una obsesión (Taller Bremen)



  Pudo ser una tarde, importa poco que fuera de abril. La ventana nombraba una a una todas las cosas que exige un nogal y este, condescendiente, no le ponía reparos al canto de distintos pájaros invisibles.

  El hombre, uno cualquiera de los que hasta ese instante engrosaban la cifra de los cuerdos, es decir, de los que gestionan y comparten locuras parecidas, perdió pie cuando de pronto quiso escuchar el silencio. Aún no lo sabía, pero por alguna extraña y desganada maldad quiso el azar darle una obsesión, es decir, un destino.

  Es probable que algunos ociosos quieran saber el motivo, incluso pueden ser diversos los que consideren inevitable tener una opinión al respecto (es conocido el hecho de que una de las severas molestias de tener una opinión es que posibilita la contraria;  las calles certifican esa obviedad, desbordándose a diario de gente que tiene razón, cosa que a los más cansados suele provocarles agudas añoranzas de paraísos irrazonables).

  Por no ignorarlos, les diré que ese hombre no fue un niño alegre, aunque más preciso sería  decir que apenas fue un niño y que, a decir verdad,  tampoco fue alegre -cabría incluso dudar sobre si en realidad fue un hombre-, Pero eso, siendo común, nada explica. 

  Tampoco indagar en sus caóticas lecturas en busca de alguna explicación serviría para nada, en realidad sería como intentar torcer una esquina infinita, una esquina que se torciera una y otra vez sin que diésemos a calle alguna. Un absurdo que fatigaría todas nuestras noches. Siendo muchos los libros por los que transitó, ninguno quiso permitirle aquietar un pensamiento el tiempo suficiente para que pudiera fructificar. Leía como el recluso que recorre una y otra vez el pequeño patio de la prisión, algo que a nadie se le ocurriría definir como una forma de viajar. Solo el hecho de que su desvarío fuera del todo incomprensible puede acercarlo a cualquier suceder, tal vez no haciéndolo inteligible pero si vulgar.

  Más fácil les será aceptar que para ese hombre su suerte estaba echada.  A partir de esa tarde escuchó las hormigas y el estruendoso batir de alas de las mariposas;  también, en los cauces secos de los ríos,  pudo oír el agua que algún día en ellos se precipitó; escuchó con claridad el rozar de las estrellas en la fina tela de la noche e incluso el parpadeo de la mujer que tal vez torcía una esquina lejana. Perfeccionando su infortunio, socavando su abismo, profundizando en su desgracia, pudo escuchar las palabras que aun no habían sido pronunciadas, las conversaciones improbables, los futuros rumores y el crujir de las hojas de los diarios que aun no habían sido impresos.

  A nada le apetece perpetuarse; es obvio que nadie puede ser para siempre, único argumento irrefutable de alguna extraña bondad divina. Esa noche, que quiso ser una cualquiera y la última, al portazo insoportable de un latido le precedió, por fin, el ansiado silencio que buscaba. O eso es lo que nos conviene creer, lo que le desearíamos a cualquiera, pero lo cierto es que nadie sabe que oyen los muertos, nadie puede saber si no será la muerte la escucha infinita de un único, monótono e inconcebible sonido. Una sola nota que insiste en desmentir el consenso sobre el tenaz silencio de la nada.





No hay comentarios: