En esa esquina, a menudo, se daban cita epidérmicas promesas evanescentes. Extraños reclamos para una cacería de olvidos. Como de costumbre, era la noche la que dictaba sentencia y dejaba zanjada definitivamente la cuestión.
Nada que ver con el cuento, es que me encontré con esto y pensé en ti:
"Trabajos forzados" es una apasionante y amena guía de supervivencia que recorre los modos con que los astros más brillantes del universo literario han ido capeando el temporal del hambre. Ya sea porque buscaban hacerse ricos, o tal vez simplemente para sobrevivir, los escritores se han entregado tradicionalmente a los oficios más diversos: desde buscadores de oro a carteros, desde soldados de fortuna a industriales, desde contrabandistas de opio a fogoneros en un barco en China; conductores de autobús, verdugos, guardias, vendedores de bisutería…
Me apunto a lo de fogonero y a lo de vendedor de bisutería, ¿y usted?
Para un servidor, el trabajo siempre –empecé, con trece tiernos añitos, como camarero en un bar denso de anises baratos y palabras gruesas- ha sido la consecuencia, digamos que los efectos primarios, de una enfermedad. Dicha disfunción creo que tiene sus orígenes en dos vicios o costumbres malsanas: genealogía económicamente muy poco lustrosa (lo lamento, mi querido gemelo cósmico) y la empecinada costumbre de satisfacer en exceso expectativas ajenas que, en realidad, poco me importan (me esfuerzo en hacer bien aquello que no merece ni siquiera ser hecho…). Dicho de otra manera, creo que pronto será un buen momento para dejar de trabajar y empezar a trabajar. De las opciones que me propones, creo que si me fuera posible escogería la de contrabandista de autobuses (siempre me han gustado los grandes retos que tienden, de forma natural, al fracaso absoluto). Un abrazo para nada laborioso.
Me gusta cómo has dividido la foto, por un lado la belleza del cartel, como casi siempre, y por otro lado la rutina del que anda sin mirar a todos los sitios, solo al suelo, y me gusta cómo con esto, y con la oscuridad futura de la noche, has creado una historia breve y completa. Miro las caras de los conductores de los autobuses con los que me cruzo, nunca se sabe, ya sabes que cada día hago mis 80 kilómetros.
No descarto, incluso me ilusiona pensarlo, un encuentro cara a cara, sin blogs de por medio, en el que podamos construir amistad de la forma en que se ha hecho siempre (palabras, risa y un vinito digno).
6 comentarios:
Me gusta la densidad de las frases. También la fotografía. El título, lo que más.
Poético y admirable. Abrazos.
Como pésimo detective sin caso, hace ya algún tiempo que indago luces y palabras sólo por el hecho de indagar y compartir.
Contento y agradecido por tu visita, Susana.
Nada que ver con el cuento, es que me encontré con esto y pensé en ti:
"Trabajos forzados" es una apasionante y amena guía de supervivencia que recorre los modos con que los astros más brillantes del universo literario han ido capeando el temporal del hambre. Ya sea porque buscaban hacerse ricos, o tal vez simplemente para sobrevivir, los escritores se han entregado tradicionalmente a los oficios más diversos: desde buscadores de oro a carteros, desde soldados de fortuna a industriales, desde contrabandistas de opio a fogoneros en un barco en China; conductores de autobús, verdugos, guardias, vendedores de bisutería…
Me apunto a lo de fogonero y a lo de vendedor de bisutería, ¿y usted?
Para un servidor, el trabajo siempre –empecé, con trece tiernos añitos, como camarero en un bar denso de anises baratos y palabras gruesas- ha sido la consecuencia, digamos que los efectos primarios, de una enfermedad. Dicha disfunción creo que tiene sus orígenes en dos vicios o costumbres malsanas: genealogía económicamente muy poco lustrosa (lo lamento, mi querido gemelo cósmico) y la empecinada costumbre de satisfacer en exceso expectativas ajenas que, en realidad, poco me importan (me esfuerzo en hacer bien aquello que no merece ni siquiera ser hecho…). Dicho de otra manera, creo que pronto será un buen momento para dejar de trabajar y empezar a trabajar. De las opciones que me propones, creo que si me fuera posible escogería la de contrabandista de autobuses (siempre me han gustado los grandes retos que tienden, de forma natural, al fracaso absoluto).
Un abrazo para nada laborioso.
Me gusta cómo has dividido la foto, por un lado la belleza del cartel, como casi siempre, y por otro lado la rutina del que anda sin mirar a todos los sitios, solo al suelo, y me gusta cómo con esto, y con la oscuridad futura de la noche, has creado una historia breve y completa.
Miro las caras de los conductores de los autobuses con los que me cruzo, nunca se sabe, ya sabes que cada día hago mis 80 kilómetros.
Un abrazo, Josep
No descarto, incluso me ilusiona pensarlo, un encuentro cara a cara, sin blogs de por medio, en el que podamos construir amistad de la forma en que se ha hecho siempre (palabras, risa y un vinito digno).
Un abrazo, José Luis.
Publicar un comentario