martes, 14 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
domingo, 12 de enero de 2014
El poder y los otros
No se oía ladrar a ningún perro, tampoco veía el sultán, desde la azotea de su palacio, ni fuego, ni luz, ni humo alguno. Esa noche, después de tanto tiempo, su corazón estaba sereno. El siglo XIV dio cobijo a esta historia; Muhammad Tugluq, todopoderoso sultán de Delhi, es quien observa la ciudad que él mismo ha ordenado desalojar a sangre y fuego, trasladando a todos sus habitantes a una nueva ciudad, Daulatabad, a unos cuarenta días de viaje. El historiador y viajero árabe Ibn Battuta es quien dejó constancia de lo que allí sucedió.
Siete siglos no son nada si de lo que se trata es de practicar algo parecido a una autopsia del poder. Las entrañas de ese delirio insaciable, lo que también podríamos denominar sus órganos vitales, no han sufrido, en lo esencial, cambio alguno desde los tiempos en que Caín decidió prescindir de Abel, hasta los que ahora padecemos y nos infligimos. El sultán, por lo demás hombre culto y comprensivo, sentía amenazado su poder por el otro, pero no por cualquier otro, sino por todos los otros posibles. Es erróneo pensar que esa maligna ansia de supervivencia, ese pánico del no ser que excluye y teme el reconocimiento de cualquier otredad, distingue entre vasallos y enemigos. Sólo busca y utiliza, en su enajenada pretensión, medios para sus fines, percibiendo a todos los seres como algo potencialmente peligroso para la imposible consecución de los mismos. El corazón de los portadores de ese insaciable estigma sólo puede serenarse, bajo su absurda noche y apenas por un instante, con la certeza de que nadie puede poner en peligro lo que tanto ansían. Sin duda la más inhabitable de las soledades les parará el corazón, pero los eslabones de esa inabarcable cadena seguirán silenciando a los perros y devastando todas las ciudades posibles.
sábado, 11 de enero de 2014
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