domingo, 19 de julio de 2015

Cosas mías -2-



(Ella)
Se va soltando, despacio, de esa precisión suya en el vivir. Apenas come y ni siquiera se toma la molestia de espantarse las moscas. Muy pronto seguirá en lo suyo, pero mezclada con todo; muy pronto persistirá en cualquier cosa que ande en la hermosa tozudez de ser. Por lo demás, el absurdo invento de la muerte exige, para que le nazcan ojos y horror, prestarle toda la atención. Innecesario decir que con mi querida Mula juega a perder. Todo lo cierto e inmutable, lo que no deja espacio para la duda ni la especulación, espera a ser masticado por ella eternamente. No se va a morir, sólo que muy pronto tiene previsto cambiar de prado.
Hasta que nos confundan y nos confundamos, querida tertuliana de silencios, te llevaré en mi sonrisa. Por lo demás, y si no te sabe mal, nos podemos ahorrar el beso. 

sábado, 18 de julio de 2015

Cosas mías (-1-)



(Escribir)
Escribir es la forma que tienen de ejercitar la memoria aquellos que pretenden olvidar acordándose. Entrañable tropel de ciegos que todo lo miran sólo para dejar constancia de que nada ven.

(Lichtenberg)
Según parece, Lichtenberg expresó su convicción de que, sin sus escritos, se hablaría de cosas muy diversas entre las seis y las siete de cierta tarde alemana del año 2773. Pues bien, hace ya algún tiempo que ando con algo más que con una sospecha de que, sin los míos, entre las seis y las siete de esa misma tarde alemana, tal vez llueva si es que ha de llover. Ya veremos.

jueves, 9 de julio de 2015

Fingieron las palabras, el texto me mintió (Taller Bremen)



La verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Me dijo que José María Anzar fue un niño de buena cuna y de mal carácter, cuyos rasgos andaron siempre pleiteando con saña entre ellos (unos ojos pequeños que apenas se dirigían la palabra, separados por una nariz de narices, ganchuda, que a modo de górgola de una catedral chiquita y rencorosa, pendía sobre lo que tenía que haber sido una boca y se quedó en rictus, caricatura y cicatriz). 

Yo quise creerle y le creí, no dudando ni por un instante de él cuando me aseguraba que a ese niño, al que alguien o algo le negó la más mínima gracia, le deparaban los más altos honores,  y eso a pesar de que su talla hacía muy difícil imaginarse, siendo tan altos dichos honores, en qué lugar reposaría su nariz cuando le fueran concedidos y tuviera que compartir con ellos sus momentos de íntimo solaz y lascivo orgullo.

Fingieron las palabras -es cierto que unas más que otras- diciéndome que mi texto reflejaría con precisión justo el momento en que el hombre que José María Anzar nunca sería se despidió del niño que jamás fue, quedándose durante muchos años -se podría decir que durante el resto de su vida- en una zona neutral muy parecida a un chiste sin gracia y sin público, un limbo en el que la niñez ausente y la madurez inexistente sólo le permitieron consolidar una idiotez peculiar y recurrente. 

Sumido en esa impostura, en ese falaz engaño, en esa audaz osadía que lo que se escribe a menudo muestra ante su perplejo escritor, se atrevió a decirme, el muy cabrón, que nadie como yo  sería capaz de reflejar, por escrito y de una forma tan nítida, la apoteosis vital, el clímax de poder y gloria, el "big band" de posteridad, de ese hombre, mitad bigote, mitad error, al que tanto le deben las hienas su creciente popularidad.

Pues bien, como les decía al principio, la verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Conforme lo iba escribiendo me daba cuenta que tantos son los matices, tan inabarcable, inconmensurable, inhabitable e incluso insoportable, es el personaje, que la suma de mis escasas habilidades, más la delicada configuración de mi estómago, escoraban la nave hacía el más estrepitoso fracaso.

Ahora, abandonada ya cualquier esperanza de certeza y precisión, y bajo el paraguas con el que me protejo algunas noches de la persistente lluvia de silencio y olvidos, puedo escuchar perfectamente cómo se ríe, enredada en mi telaraña de palabras fallidas, esa obscena mentira que a fuerza de repetirse a cuatro idiotas aun les parece verdad.  


lunes, 29 de junio de 2015

Un azar, seis esquinas -Taller Bremen-



-PRIMERA ESQUINA-
"Esa tarde al hardware le patinó, por una sobrecarga de vete a saber, el software. Algo parecido a pasarse de frenada y atropellar al jubilado que sale de la oficina bancaria con su libretita actualizada. El vetusto programa que utilizaba el Ministerio de Reproducción para gestionar las cópulas, y así conseguir que cada "A" conozca y se aparee con su "B" y que de esa eficaz unión nazca un "C" moldeable y con un encefalograma marcadamente mesetario, se jodió. Ahora "A" escribe versos, algunos fallidos y otros peores, y sentado frente a ella "B" se mece las barbas impares  mientras espera en vano que una príncesa de ojos verdes, enana y dopamínica, doble la esquina. Pura infelicidad ficción."

-SEGUNDA ESQUINA-
"Al mirarle el culo supo, sin saberlo, que ese amor vendría con metástasis. Ella no fumaba, pero de hacerlo hubiese sido hermoso ver, al girarse, como el humo añadiría cansancio a sus ojos verdes -en algún lugar del fatídico encuentro, un poco de menta plantada en un tiesto empatizaba en silencio con ellos-.
- Es hermosísima -se dijo para sí Ernesto-.
- Pero no es para tí -se contestó para sí Ernesto-.
- No, claro que no -le hubiese contestado cualquiera a Ernesto de no ser porque esa tarde estaba solo-.
Y respiró aliviado por todo lo que no tendría que decir. Y entonces el semáforo decidió convertirse en destino. Y se miraron. Y llevan treinta años mirándose. Y aun no saben qué cojones vieron el uno en el otro para acumular tanta tenacidad."

-TERCERA ESQUINA-
"Quiso el azar llevarlo hasta sus brazos, acordando poco después con el infortunio dejarlo en ellos. Dobló la esquina el pobre infeliz y allí se toparon los tres: la esquina que esperaba sólo por esperar que alguien la doblara; ella, que supo sacarle partido a la súbita doblez; y él, algo doblado ya por el peso de todas las esquinas venideras."

-CUARTA ESQUINA-
"Un moscardón ensuciaba el silencio que los ojos de ella vertían. Sentados uno frente al otro, vacíos, sin más protección ni alivio que un estúpido diario deportivo que temblaba levemente en las manos de él. Hacía ya mucho tiempo que algo los había dejado enzarzados en esa soledad en la que uno y uno no son dos, sino nada. Demasiado tiempo para intentar deshacer la broma de un azar, unos ojos verdes y una esquina.
- Mañana, a las once, vienen a revisar la caldera. Espero que no venga el del año pasado. Menudo imbécil.
- Ya.
- ¿Vendrás a comer?
- Te llamo
- ¿Me quieres?
- Ya.
Durante un instante el moscardón quiso saber algo de la tristeza y el cansancio y se quedó quieto. Sólo el tiempo necesario para que una lágrima increpara a Dios como se merece."

-QUINTA ESQUINA-
Un tipo decide darle sentido a la esquina y la dobla. Dos palomas cosen despacio lo que podía haber sido una tarde de Mayo. Una mujer quiere ser bonita en ese instante. Se escucha el ruido de cristales rotos tras el topetazo de sus miradas. El verde de sus ojos mancha la luz y el aire. Un escritor toma nota mental de la escena pero luego pierde la libreta. Arranca la absurda máquina del porvenir su motorcillo de tristeza. Nadie se da cuenta, pero ahora ya es nunca y después.

-SEXTA ESQUINA-
La esquina, situada en una estratégica librería, está flanqueada por algunas palomas y no pocos olvidos. Parece recién puesta, pero en realidad está ahí desde mucho antes de que el primer azar aceptara el juego. Mal actor, pésima actriz, ambos interpretan como pueden la escena del encuentro. Luego vendrán los bolos sin nadie en las tardes de domingo y la precisa liturgia de ese evangelio que proclama los alrededores de un entrañable infierno. Si alguien quisiera fijarse, vería como en el verde de sus ojos se cobija la levísima ternura de todos los fracasos.  

domingo, 31 de mayo de 2015

Por favor sonrían -Taller Bremen-


Espero que me sabrán disculpar las molestias que les pueda provocar el atender un rato a quien no existe. Aquí me tienen, debajo de esta mesa sin ser nadie y sin saber tampoco cómo llegué a convertirme en esta extraña conciencia sin caries ni uñeros; aquí estoy, ignorando por completo qué fue lo que sucedió para que me quedara atrapado en esta forma de sentir sin nada tangible que le diera cabida. Dada la situación, entenderán que poca cosa les puedo decir de mí, en realidad nada. Apenas matizar que no soy un escarabajo ni un sueño, tampoco una idea para un cuento; que no tengo ni ojos ni oídos -aunque les oigo y les veo- y que tampoco soy Dios, o por lo menos eso creo. No me afeito pero puedo explicarles lo que es la barba; nadie se aburre en mí, pero sé perfectamente lo que es el aburrimiento; ni que me lo proponga puedo hacer ningún ruido, pero aprecio el repiqueteo de la lluvia en los cristales. De igual forma, si alguno de ustedes se empecinara en saber el porqué estoy debajo de esta mesa, pues lo cierto es que no sabría qué contestarle. A veces, sólo para consolarme un poco, me da por pensar que mi extraña situación no difiere en exceso de la de todos, a no ser por el hecho de que en mi peculiar carrera hacia la nada les he tomado a todos ustedes algunos metros de ventaja. Por lo demás, reconozco que aquí debajo las cosas suceden distinto, pero igualmente suceden. Sin ir más lejos, hace un rato pude escuchar como alguien decía que el sábado estaban invitados a la comunión de Mari Cruz, a lo que otra voz, un poco más gruesa, se afanaba en contestarle que estaba hasta los cojones de las comuniones. Luego, durante un buen rato, nadie dijo nada hasta que la voz más bajita de las dos pidió que les trajeran la cuenta. 
La mesa sobre la cual suceden estas cosas tiene cuatro patas -hasta aquí no cabe sorpresa alguna- y cada una de ellas está pintada de un color distinto -eso ya es un poco más sorprendente-. Alrededor hay otras mesas, todas con sus patas de colores, y en una de ellas, justo en este instante, un pie ha abandonado su zapato, como si de un barco zozobrando se tratara, para subir y bajar por unas piernas que se dejan hacer tan quietas como todas estas patas de colores. No puedo escuchar lo que dicen, pero juraría que no están hablando de la comunión de Mari Cruz, ni de ninguna otra comunión. Casi seguro que todo lo que se dicen les parece inédito, sorprendente, como un sol recién puesto; es más que probable que nunca se les haya ocurrido pensar la posibilidad de estar debajo de una mesa sin ser nada.
Tampoco a los cuatro idiotas que se acaban de sentar, los mismos que cada tarde, entre risotadas y cervezas, vienen a ignorar de todo un poco en voz alta, se les habrá pasado nunca por las respectivas cabezas esa posibilidad. Hablan como si fueran reales y el mundo los conociera. Alejados de cualquier sentir, estas elegantes amebas con calcetines de ejecutivo tienen de lo que yo carezco y carecen de lo que yo tengo, por lo que no es un despropósito considerarlos tan extraños como yo. 
Ya me imagino que a estas alturas de este contar por contar, a los más inquietos, a todos aquellos que no permiten que un árbol sea otra cosa que un árbol y que confían plenamente en los espejos considerándolos gente de su total confianza, les estará mordiendo los tobillos el perro de lo inverosímil. Puedo escuchar perfectamente su queja, vestida con los harapos de la burla y el escepticismo: 

-¿Quién demonios relata todas estas nimiedades, y cómo puede contármelas si su decir no tiene a nadie que diga?

Hay preguntas cuya respuesta, de haberla, sólo cabe buscarla en los campos yermos donde fueron concebidas. Preguntas que no pretenden abandonar una ignorancia, sino fortalecerla hasta convertirla en refugio y razón. Piensen lo que quieran, sólo les pido que se acostumbren a mirar debajo de la mesa y si las patas son de colores, que por favor sonrían. 


viernes, 15 de mayo de 2015

Apenas corría el aire -Taller Bremen-



El jurado popular estaba compuesto por siete hombres y dos mujeres. De todos ellos, sólo a tres hombres y a una mujer les faltaba bien poco para ser buenos y algo más para ser razonables, muy al contrario de los otros cinco miembros que carecían por completo de ambas virtudes. Frente a ellos, sentado al lado de su abogado defensor, estaba Hipólito mirando el suelo sin ver nada -si en ese momento le hubiese dado por levantar la cabeza, habría visto al Juez  observando el techo de la sala  y viendo exactamente lo mismo que él-. Las acusaciones eran muy graves y nadie albergaba la más mínima esperanza de que el veredicto fuera favorable. En la tercera fila una mujer lloraba por encima de un murmullo que manchaba el momento de distintas maldades. El desconsuelo provenía de la mujer de Hipólito, que se sabía tan perdida como sus tres hijos con mocos crónicos a los que, previsiblemente, ningún futuro se molestaría lo más mínimo en darles acogida.
El martillazo desganado del Juez, que por un momento había abandonado el techo para ubicar discretamente la mirada en las piernas cruzadas de Rosario, la hermosa ujier por la que suspiraba casi todo el Juzgado de Instrucción Número Tres, dio paso a una letanía protocolaria en la que se informaba, al poco respetable público asistente, de que el jurado se retiraba a deliberar durante treinta minutos y que no estaba permitido comer ni beber en la sala.
Algunas toses, un par de risas del todo improcedentes y el crujir de los bancos al ser liberados momentáneamente de su ingrato destino, configuraron la banda sonora de la distensión.
Como suele suceder, en los corros de la espera la gente se esmeraba en la malicia, al tiempo que perfeccionaba sus mejores crueldades. Acicalados buitres volando en círculos sobre el inminente cadáver del pobre Hipólito, que empecinado en su particular forma de no estar, seguía mirando atentamente el suelo.
Quién hubiese dicho, cuarenta años atrás, que ese niño que fue rubio y ahora era un hombre incoloro y calvo, que esa saludable y encantadora criatura que correteaba de aquí para allá entre sencillas alegrías, acabaría cometiendo el horrible acto por el que se le estaba juzgando. Ni la más atenta y perspicaz de las personas que le habían conocido hubiese sido capaz de prever lo que ese hombre haría con increíble premeditación y constancia. En fin, sigo con el relato de lo que sucedió y dejo para peor ocasión las innecesarias incursiones en el feliz pasado de ese pobre infeliz.
Justo cuando sonaba la alarma en el móvil del fiscal para avisarle de que era la hora del colirio para el orzuelo, se abrieron las puertas del salón donde habían estado deliberando los que sin ser buenos, tampoco eran razonables. No fue necesario disfrutar de una inteligencia múltiple para constatar cómo en los ojos de casi todos ya se leía la condena; tampoco se necesitaron estudios universitarios  para percibir el peculiar brillo que suele acompañar la mirada de los que chapotean gustosos en el lodazal del bien y de la verdad. Todos se sentaron al unísono, todos menos un hombre de labios gruesos, orejas de soplillo y seriamente alejado de cualquier belleza conocida, que se quedó de pie con un sobre en una mano y nada en la otra.
Otro martillazo, tan desganado como el anterior, antecedió a las palabras necesarias para ordenar al acusado que se pusiera en pie. Por fin el silencio se hizo un hueco entre el remolino de comadrejas y se dejó escuchar. El portavoz carraspeó y procedió a la apertura del sobre que sostenía en la mano en la que había algo -si recuerdan, en la otra no había nada-. La lectura se resintió del no saber leer, aunque fue suficiente para que se supiera lo que nadie ponía en duda.
- El Jurado Popular aquí reunido considera al acusado, Sr. Hipólito Expósito Explícito, culpable de los siguientes delitos: Glusoca basal 124 mgr; Trigliceridos 193 mgr -aquí los labios gruesos se aquietaron por un instante para enfatizar el horror del más grave de todos ellos - y Colesterol LDL 189 mgr.  
- Leída la sentencia -apuntilló el Juez como resucitado de pronto de una muerte sin importancia- se condena al acusado a una dieta perpetua en la que se verá privado de cualquier tipo de grasas, azúcares, sean estos refinados o no, excitantes de cualquier tipo y bebidas alcohólicas que contengan alcohol, aunque sólo sea un poco.
De nuevo alzaron el vuelo, en forma de murmullo, los sucios pájaros que hasta ese momento picoteaban el frágil silencio. De nuevo la mujer de Hipólito lloró sobre su propio llanto. De nuevo Hipólito Expósito Explícito perdió sin ni siquiera saber en qué consistía el juego.

Es probable que nadie lo percibiera, pero al salir desordenados a la tarde de Julio ya no era verano, sino algo muy parecido a una tristeza en la que hacía calor y apenas corría el aire.

viernes, 1 de mayo de 2015

Matemáticas del desaliento -Taller Bremen-



Hacía ya más de cuatro años que no sucedía nada cuando a media tarde, sentada al lado de un montón de silencio, Lisa rompió a llorar. 
-¿Qué te pasa?- le preguntó Ernesto mientras sostenía en su mirada la sorpresa y en la mano derecha, agarrada por el cuello, una gallina quejosa y sucia.- ¿Por qué lloras, acaso te ha sucedido algo?
La pregunta, que ya de por sí no venía oportuna ni tampoco inteligente, se mereció el puñetazo respuesta que ella tanto necesitaba en ese momento para dejar de golpear al vacío.
-En este culo de mundo nunca sucede nada. ¿Cómo se te ocurre preguntarme si me ha sucedido algo?
Tal vez porque la escena le llamó la atención -o quizás sólo fue por el cansancio del vigoroso desacuerdo con quien la había sacado de su impecable rutina de gallo y gallinero-, el grotesco animal dejó de aletear y observaba a Lisa como si en su plumado ser cobijara un alma de bolsillo; algo parecido a una conciencia inestable, chiquitina y de tapa blanda. El bueno de Ernesto le conmutó momentáneamente la pena de muerte a la gallina y se puso a rebuscar algo de ternura en los bolsillos de su pantalón de trabajo.
-Lo se, amor, ha sido un invierno muy largo y frío y….
Pero ella siempre había sido mucho más rápida que él, y justo cuando Ernesto estaba a punto de construir, con las normales carencias de la improvisación, una frase en la que aparecían, entre otras, las palabras primavera, paciencia, paz y confianza, Lisa le espetó otra ya del todo terminada, precisa y angulosa, en la que figuraban las palabras mierda, harta, reseca  y adiós.
Ernesto se instaló en el no entender -aunque eso tampoco suponía una novedad dada su jovial, animosa y precaria forma de ser- y esa noche los dos cenaron escuchando la lenta conversación de las cucharas y el crepitar cansino del fuego en la chimenea. Luego, un poco más temprano que de costumbre, se acostaron con un par de frases almohadilla, esas que amortiguan un poco el accidente del otro; Lisa buscando en la cama el lugar más alejado posible de Ernesto, y él esperando en vano que el pie o la mano de ella le diera el aviso de que la tormenta había amainado.
El canto innecesario del gallo, dado que las horas previstas para el sueño las utilizaron ambos para girar una y otra vez sobre su propio eje, levantó una mañana en la que previsiblemente tampoco sucedería nada. Aunque a primera vista las dos preguntas construidas durante el mutuo desvelo podrían provocar alguna confusión por ser muy parecidas, en realidad nada tenían en común. Ernesto la dejó limpia y acabada en estos términos: ¿qué puedo hacer para que suceda algo sin que nada suceda?, y Lisa la dio por lista y terminada en estos otros: ¿qué puedo dejar de hacer para evitar que de nuevo suceda algo sin que nada suceda?
Matemáticas del desaliento, ecuaciones del cansancio, utopías boomerang lanzadas sin la debida protección; y es que un mal día Lisa y Ernesto dejaron de buscar la felicidad y cometieron el vulgar error de instalarse en ella. Abandonaron su ruidoso y contracturado pisito de la calle Comercio, número tres, segundo derecha, buscando el abrazo respuesta de la más hermosa e indiferente de las madres. 
Luego, y a pesar de que no hay constancia de lo sucedido, es más que probable que la  naturaleza hiciera lo que siempre suele hacer en estos casos: ignorarlos. A la nieve y a los caracoles, a la menta y a los atardeceres, les importaba un bledo que se hubieran instalado allí. Con el paso del tiempo, los caracoles y la menta  no cambiaron un ápice su actitud, y en lo que se refiere a la nieve y a los atardeceres, pues a decir verdad, tampoco. Ilusionados y eficazmente innecesarios, ambos se afanaron en darle forma a su idea, pero la falta de costumbre y el material tan inestable del que suelen estar configuradas estas, hicieron casi irreconocible el objeto resultante de su empeño.
Después de esa noche esquina vinieron algunas más, no muchas, pero en la superficie que ocuparon todas ellas siguió sin suceder absolutamente nada. Una mañana, aún con la nieve dormida y el frío buscando en vano cobijo de si mismo, el gallo sólo cantó para Ernesto y para las siete incondicionales gallinas que le hacían compañía. Un lacónico, y tal vez excesivamente escueto, "lo siento" escrito en el reverso de un comprobante de pago de la tarjeta de crédito de Ernesto y sujetado a la puerta de la nevera con un imán en forma de vaca lechera, y un café con leche que se había quedado frío y al que sólo le faltaba un sorbo, fue todo lo que dio de sí la despedida.
Ahora Lisa vive en el número veintidós, tercero primera, de la calle Arrabal y a veces, mientras alguien duerme a su lado, se levanta y telefonea a Ernesto sólo para oírle decir que por allí, desde que se fue, todo sigue igual, y que prueba de ello es que la semana pasada un par de conejos se suicidaron con una sobredosis de aburrimiento; y Lisa llora y ríe y de buena gana, si no fuera porque nunca le gustó ver dos veces la misma película, cogería y se iría al campo, con Ernesto, que aunque parece feliz no lo es, ni puñetera falta que le hace.