martes, 19 de abril de 2016

Los días hábiles



Érase una vez dos gemelos muy distintos -el uno algo mayor que el otro- que alumbraron, sin saber cómo y a duras penas el por qué, un libro. Al verse obligados, por tradición y costumbre, a ponerle un título, el gemelo mayor decidió que "Los días hábiles" podría ser una buena opción, teniendo en cuenta que los días torpes e inútiles, siendo tan numerosos, no merecían atención ni ternura alguna. Según parece, en dicho libro convivían relatos chiquitos (esos que apretujan una historia, la podan, la exprimen, la depuran, la recortan, la "bonsaizan" y a lo poco que queda le quitan la mitad y luego la publican), con fotografías también chiquitas (esas que apretujan una historia, la aquietan, la adormecen, la recortan, la fijan, la comprimen -o la expanden- y a lo poco que queda no le quitan la mitad, pero tampoco suelen publicarla).
Pues bien, esa tierna criatura recién impresa se presentó en suciedad -tal y como están las cosas, les engañaría si les dijera que quise decir sociedad-, el día de Sant Jordi, siendo algo casual y sorprendente que coincidiese con esa fecha en la que, como todos todos ustedes ya deben saber, la gente suele leerse las rosas y disfruta oliendo los libros.
Solo añadir que para la historia quedaran los diecisiete kilómetros de cola que se configuró para llegar al Portal de Serial -léase caseta- (según parece, los últimos aprovechaban la espera para tomarse un vermut en L'Espinaler, entrañable bar situado en el centro histórico de Vilassar de Mar), así como los veintisiete rotuladores, veinte de color negro y siete de color azul, que fueron necesarios para poder llevar a cabo las dedicatorias -con la justa emoción y contenida lascivia que estas brevedades requieren-, que toda esa expectante multitud les solicitó. 
Es de lamentar que todo y las diecinueve reediciones, hoy en día sea casi imposible conseguir un ejemplar de "Los días hábiles" -coleccionistas e inversores de distintas nacionalidades son los principales responsables-, pero si alguien quiere intentarlo, este sábado, 23 de Abril, en la caseta ubicada en el Paseo de Gracia,  49 -Ediciones Serial-, tal vez les sonría la fortuna y puedan hacerse con alguno (con el aliciente añadido -tomen buena nota- de que el gemelo mayor y el menor parece ser que han confirmado su asistencia).


jueves, 14 de abril de 2016

J.H.Pilates (Taller Bremen)



  En su descargo se podría decir que nada hacía prever el desenlace, pero aún así no fue del todo correcto que J.H. Pilates se lavara las manos. También es cierto que antes de la fatídica clase, Brian había quedado con sus doce amigotes -en realidad once y el cabroncete de siempre- y que el cocido con todos los anexos correspondientes, la pierna de cordero y la crema de Judea con nueces, no era manjar adecuado para practicar ningún tipo de estiramientos en los treinta días siguientes. Eso por no hablar de la generosidad y rapidez con que las jarras de vino vaciaron su alma en la de los comensales y la mala leche del propietario del chiringuito al servirles como digestivo queroseno de color verde manzana.

  Pero ni esa imprudencia gastronómica, ni el hecho conocido por todos de que la elasticidad de Brian no le permitía rascarse los huevos sin forzar las cervicales, justifica que esa tarde a J.H.Pilates le diera por llevar las cosas hasta ese extremo. Tampoco parece que fuera una excelente decisión colocar, a derecha e izquierda del congestionado Brian, a un par de alumnos -el mejor y el peor de la clase- para propiciar las siempre odiosas y eternas comparaciones. Eso por no hablar de la bromita, muy parecida a una maldad, de proponer al grupo, un poco antes de que se escuchara el terrible crujido, si preferían que descoyuntase al bueno de Brian o al malo de Blas. Y es que una cosa es "posturear" un poco para desperezar la musculatura y otra muy distinta es hacer que esta abandone para siempre el hueso, se desentienda de los tendones y rompa definitivamente las obligaciones, usos y costumbres que hasta la fecha llevaba a cabo en esa agrupación de quehaceres que conocemos como cuerpo.

  No ha de sorprender a nadie que el tema, ya de por sí confuso y propicio al desacuerdo, ande ahora en manos de las dos justicias, la divina y la humana. Según parece ambas coinciden en la extrema lentitud de sus correspondientes procesos y en condenar enérgicamente a J.H.Pilates. En lo que no ha sido posible llegar a un mínimo acuerdo es en el tipo de pena. La divina insiste en que sea cadena perpetua aderezada con las brasas y molestias habituales; la humana, siempre más propensa a  la crueldad innecesaria, solicita que se le condene a contemplar, tres veces al día, un video de media hora en el que se reproduce, en formato bucle, a Jose María Aznar riéndose.

  En lo que al pobre Brian se refiere, ya ha perdido la cuenta de los años que lleva inmóvil, en esa postura que le imposibilita abrazar, rascarse, señalar y ni siquiera parar un taxi. En unas declaraciones que hace un par de meses hizo para la cadena Disney Channel, y que no llegaron a emitirse por considerarse levemente  irreverentes y decididamente rencorosas, afirmaba, entre otras cosas, que el único consuelo que le queda es que su desgracia sirva para que la gente aprenda a no estirar más el brazo que la manga; que lo importante no es llegar más lejos, sino alejarse más de los que llegan; que ha recibido algunas ofertas para hacer publicidad de desodorantes y que las ha rechazado; que perdonaría a J.H.Pilates pero no sabe cómo cambiar de postura; que quien mucho abarca  suele padecer distensiones; que más vale la mano en el pájaro que cien cruces volando. Divagaciones que a menudo suele aderezar con un: ¡Dónde coño andará mi padre!

sábado, 2 de abril de 2016

Breve historia del pie que consiguió humillar a la parca (Taller Bremen)



 Colgando de los dedos del pie el zapato oscila con una cadencia de ola chiquita; un vaivén lento y sensual que rompe, una y otra vez, en la incomprensible arena de ese instante. Y eso que Juan Antonio, su amigo de toda la vida, era alegre y de abrazo fácil, y el momento que las cosas de su muerte propicia no debería de acoger nada que no fuera la profunda tristeza de su pérdida; pues no señor, ahí lo tienen ensimismado, desconcertado, absorto en ese pequeño pie que ha conseguido desalojar, de las distintas sombras que se vierten y confunden por el tanatorio, a la mismísima parca, y que dada la inquietud y el escándalo que lentamente se van configurando en sus pantalones, va en camino de hacer exactamente lo mismo con él.

  Vanos son sus esfuerzos de convocar, para que intenten remediar lo irremediable, algunos recuerdos de su niñez; por ejemplo cuando Juan Antonio y él alardeaban de su dominio con la bicicleta delante de un grupo de niñas a las que se les caían las risitas por los suelos; niñas con trenzas y rodillas huesudas que poco a poco se iban distanciando de las torpezas y boberías que ambos colgaban de la palabra amistad. Como vanos son también sus intentos de romper ese inexplicable y súbito deseo obligándose a compartir algunas de las previsibles frases con las que se suele acudir a cualquier entierro.  Se escucha decir, extrañado como si alguien hablara desde él y por él, que Juan deja tres hijos y una mujer; que llevó la enfermedad con gran valentía y dignidad; que era un buen hombre y que no es justo que la muerte le preste atención a alguien que tenía tanta vida por delante; pero entre frase y frase sus ojos siguen escrutando con avidez ese pequeño pie cuyo movimiento va dibujando lentamente una poderosa e irrazonable razón, un argumento irrebatible, un abismo que diluye y confunde cualquier otra cosa que no sea la creciente e inaplazable necesidad de precipitarse en él.

  Ni que decir tiene que a su alrededor las cosas, desconcertadas por no saber ya lo que son, han ido perdiendo el significado que se esperaría de ellas en una ocasión como esta. Prueba de ello es que él ni siquiera percibe el olor a tiempo gastado de las coronas de flores, algo que nunca pudo soportar, ni consigue entender una sola palabra del texto que alguien lee, entre balbuceos y con los ojos arrasados de lágrimas; incluso le incomodan los abrazos que se suelen prodigar en estas circunstancias, dado que le obligan a levantarse y perder de vista, por unos instantes, eso que con tanta fuerza le requiere.

  Fácilmente se entenderá que no podía ser él quien rompiera el embrujo. Un súbito movimiento, un absurdo cambio de postura, y de forma incomprensible ese universo comprimido, esa gravedad irresistible, se convierte de nuevo en algo razonable y vulgar: un pie dentro de un zapato. De pronto las coronas de flores ya huelen a tiempo gastado; también en ese mismo instante, y sin previo aviso, entra la tristeza que, aun desconcertada, le busca los ojos para humedecerlos; todo parece ser de nuevo lo que se espera que sea; incluso la sisa de sus pantalones deja de incordiar reclamándole un poco más de holgura.

  Se acomodan las cosas con rapidez en el lugar correcto, y justo en el mismo segundo que por fin enmarca y acoge ese orden, un perfume recita en el cuello de una mujer desconocida, que le abraza conmovida por la irreparable pérdida, un hermoso texto que hace que todo vuelva a empezar.

  Una bata gris dentro de la cual se ciñe un hombre configura de nuevo la ficción del tiempo, dando definitivamente por finalizada esa sucesión de despropósitos. Son las seis y el tanatorio tiene que cerrar. Manoteando los trocitos de culpa que le han quedado en los bolsillos, echa una última ojeada al féretro donde, precipitadamente, se  va convirtiendo en algo que no se entiende su amigo Juan Antonio. Juraría, de no ser eso una estupidez, que un amago de sonrisa en su rostro de muerte le busca para establecer la última complicidad. Por si acaso, él se la devuelve.

domingo, 6 de marzo de 2016

La grapadora (Taller Bremen)



  No parece, a diferencia de todo lo demás, que le despierte curiosidad alguna, ni que tenga la más mínima necesidad de formularse una opinión, y a pesar de ello la grapadora observa atentamente a Ramón Juneda. Es probable que este, su primer día en el Departamento de Compras, sea muy parecido al que, tarde o temprano, será el último, a excepción, claro está, de los rumores y maldades que con frecuencia suelen acompañar a cualquier novedad. Cabe también en lo normal, tratándose de él, que lo peor lo frecuente y acuda puntual a su encuentro, siendo prueba irrefutable de ello el hecho de que lleve la cremallera de la bragueta abierta. Distintas miradas, casi todas estúpidas, recorren una y otra vez la distancia que separa sus ojos grises y miopes de sus pantalones. Aunque nadie lo diga, todos agradecen que el silencioso consenso de la burla alivie un poco esa molesta presión sobre las horas que suele ejercer cualquier mediocridad.

- Le presento a Mari Luz Ramirez, responsable del departamento y -esto lo adereza con un fugaz guiño- mi mano derecha.

  Admitiendo que apenas importe, algo en la forma de moverse y en la sinuosa raya de sus medias indica que Mari Luz también suele participar, con cierto entusiasmo, de la mano izquierda, así como del resto de los apéndices y extremidades, del Director. Pero eso, debido a su forma de ser, jamás lo pensaría Ramón Juneda, aunque sí lo hacían, con gusto y a diario, casi todo el personal de la oficina.

- Permítame también que le presente al Sr. Sotogrande, que será quién compartirá con usted la tarea de entrar los pedidos y mantener en perfecto orden los archivos.

  Tampoco sería de gran dificultad llegar a la conclusión de que el bigote ralo del Sr. Sotogrande cimenta, evitando así su caída,  una expresión cuyo significado tal vez podría generar algún desasosiego, pero sin duda ningún desacuerdo. Sin la breve y necesaria reflexión, se diría que en dicha expresión hay suficiente espacio para dar cabida, con holgura, a todos los bostezos que las innumerables quijadas han propiciado desde el inicio de los tiempos, pero con algo más de detenimiento, a un buen observador se le haría evidente que en sus ojos chisporroteaba alternativamente una envidia adaptable a casi todo y un rencor de esos que ignoran su porqué. Sencillo pero no insensible, al estrechar su mano Ramón Juneda sintió una leve punzada en su vesícula que su falta de maldad quiso atribuir a que eran las once y estaba en ayunas.

- Al fondo, justo detrás de aquellos archivadores, tiene usted los servicios y un cuartito con una máquina de café. Estoy convencido de que no será necesario recordarle que los diez minutos para desayunar no pueden ni deben de ser quince, ni mucho menos veintidós. La señorita Mari Luz es la responsable, entre otras cuestiones, de que se cumpla todo lo concerniente a horarios y normativas.

  Aparentemente las instrucciones parecen sencillas. Solo hay que introducir una moneda de un euro y apretar el botón de la bebida seleccionada -en este caso un café con leche descafeinado y sin azúcar-, pero la máquina empatiza rápidamente con Ramón Juneda, lo reconoce, y la forma más eficaz que se le ocurre de demostrárselo es verter el líquido y evitar que caiga el vaso. Justo en ese instante de total desamparo, en ese momento en que los dioses suelen mirar hacia otro lado, entra una mujer y con ella una historia.

- Buenos días; soy Bernarda, la encargada de limpiar lo que ustedes ensucian.
- Hola, buenos días; me llamo Ramón Juneda y soy nuevo en el departamento.
- Pues para ser nuevo va usted muy deprisa.
- Perdone, no la entiendo.
- Que lleva usted la bragueta abierta y esas confianzas suelen dejarse para cuando uno lleva un poco más de tiempo.

  Muy al contrario de lo que suele ser habitual, Ramón Juneda consigue hacer tres cosas a la vez de forma coordinada y precisa: sonrojarse, sonreír y cordarse la bragueta. Bernarda lo tiene más fácil y solo tiene que devolverle la sonrisa.

   Muchas son las vicisitudes, innumerables los azares, que convoca cualquier amor. Como no podía ser de otro modo, lo mucho de lo poco que en el de Bernarda y Ramón quiso suceder, anduvo en levedad, sencillez y hermosura, pero lamento comunicarles que ese juego de posibles pertenece a otra historia y no procede hoy y aquí relatarla.

sábado, 13 de febrero de 2016

El cansancio de conocerse (Taller Bremen)



Seis mil doscientos veintiséis búhos los observan con precisión y desinterés. Los hay de madera, de cerámica, de plástico, de metal y de distintos tamaños. En el cristal de la ventana que vierte la luz sobre su mesa hay cuatro moscas. Dos están copulando y las otras dos no. Podría decirse que las baldosas del suelo acogen tres colores y  distintas simetrías. A nadie parece molestar que el comedor del balneario huela un poco a podrido, ni que una gota de sudor en la cara del camarero no se decida sobre que plato debe saltar. Cualquiera que prestase un poco de atención vería que en el ambiente hay algo parecido a un pacto secreto entre todas las cosas para que nada importe demasiado. En el silencio de siempre, los dos comparten la angustia de saber que les esperan siete largos y arduos días de vacaciones sin nada que decirse. 

- ¿Ya saben qué van a tomar?
- Yo de primero sopa de verduras; y de segundo el pescado.
- A mi me pondrá una ensalada y el bistec. Poco hecho, por favor.

Las moscas que copulaban ya no lo hacen. Las que no lo hacían tampoco se deciden a hacerlo. La gota de sudor por fin ha optado por saltar en un plato de macarrones a la boloñesa de la mesa trece.

- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué dices?
- Qué cual es su nombre.
- ¿Qué pregunta es esa? ¿Te encuentras bien?
- Me encuentro perfectamente, solo que me gustaría saber  cual es su nombre.
- Sabes perfectamente que no me gustan los juegos ni las bromas, y mucho menos las que no tienen  ninguna gracia.
- Entiendo que mi pregunta la incomode. Usted no me conoce de nada. Debí de empezar por decirle el mío. Me llamo Pedro, pero si usted quiere puede llamarme Luis, o como le apetezca. 
- No seas idiota, Juan, y déjate de bobadas. Vamos a empezar bien las vacaciones.
- ¡Qué estupenda coincidencia! Yo también tengo unos días de vacaciones. 
- Me estás asustando. ¿Quieres que llame a un médico?
- No tiene nada que temer. Solo que me gustaría compartir estos días con usted. No hay nada más deprimente que mezclar aguas termales con soledad.

Parece que ahora los seis mil doscientos veintiséis búhos los miran con los ojos un poco más abiertos que hace un rato. Las cuatro moscas han dejado la ventana y están posadas en un pastel de queso. Tres son ahora las intrépidas gotas de sudor que se aferran al rostro del camarero. 

- Vamos a la habitación y te estiras un rato, Juan. 
- Me gusta usted. Es una mujer decidida y que no se anda con tonterías. Me encantará subir con usted. Si le parece, puedo pedir que nos traigan una botella de lo que más le apetezca.

En el ascensor ella lo mira perpleja y el sonríe. Justo delante de la puerta de la habitación ya sonríen los dos.  Al poco rato, ya son tres los clientes que se quejan en recepción del ruido y los gemidos. Ninguno de los dos recuerda el tiempo que hacía que no follaban con tanta intensidad. El resto de la noche se la pasan conociéndose y hablando, y es que siete días, por fin, pasan volando.



jueves, 28 de enero de 2016

El inhabitable reflejo de lo mismo (Taller Bremen)



Como es sabido, las muertes sin modales, como los portazos, amilanan entendimientos y razones. No es improbable que el río, que acogiéndolos zanjó para siempre la cuestión, sepa ahora de los motivos mucho más de lo que nadie les pueda contar. Tal vez no sea necesario insistir en que el sinuoso olvido de sus aguas sabrá guardar para siempre su secreto. De todas formas, y aunque solo sea para aliviar la curiosidad y el tedio de algunos, puede mentirse que la historia comenzó con acritud y disputas. Este correo electrónico, enviado por Narciso tres meses antes del fatídico salto, así lo atestigua:

- Con gran sorpresa y mayor estupefacción, al entrar ayer por casualidad en el blog en el que usted suele colgar algunas de sus supuestas fotografías, me percaté de que ha tenido la desfachatez de apropiarse de una que hice recientemente en el Rastro de Madrid, y que en su día publiqué en mi propia página. No solo la ha colgado sin mi permiso, sino que la firma como suya. Espero que la retire inmediatamente, sin que eso deba eximirle de las necesarias disculpas.

Como era de esperar, no tardó Pedro en armar razones e improperios para devolver el golpe: 

- No le conozco, ni tengo en mis prioridades intentarlo, pero a raíz de lo que miente en su correo he visitado su blog y el que ha quedado consternado he sido yo. Esa fotografía a la que usted se refiere, no sólo no la hizo usted, sino que por motivos que desconozco, pero que no deben de andar muy lejos del trastorno mental, se atreve a recriminarme que me la haya apropiado. Le podría decir día, hora y forma en que la tomé, pero no considero que el despropósito que ha construido merezca el esfuerzo. Si su médico y el tratamiento se lo permiten, discúlpese usted.   

No añadiría nada de interés lo que se dijeron en los mensajes siguientes, tal vez algo más el que por curiosidad y cansancio ambos decidieran concertar una cita en un bar pálido, sucio y enfermizo de la Barceloneta. Para adecuar la escenografía los dos acudieron al encuentro cargados con cámaras, trípodes y toda la artillería que el vicio de la luz suele requerir. Era evidente que Narciso andaba en tratos con el descaro y la ternura; curiosamente, Pedro se codeaba con idéntica desenvoltura con la ternura  y el descaro. Nada compartían los dos  con  las distintas propuestas que la fealdad suele defender. 
Dos cafés fueron testigos de lo que ustedes tal vez no creerán y tampoco importa. No una, sino muchas de las imágenes que ambos se iban mostrando eran idénticas en luces y encuadre, en lineas y perspectivas, en intención y belleza. Antes de ni tan solo intentar comprender lo que sucedía, acordaron citarse de nuevo, siete días más tarde y en el mismo lugar, y traer los dos algunas fotografías con el único requisito de que fueran tomadas en las Ramblas y a cualquier hora del día.
Esta vez fueron dos cervezas las que establecieron el marco necesario para dar cabida a la perplejidad. Imágenes casi idénticas a excepción de levísimos matices que solo serían apreciables para aquellos que gustan de lo polémica y el incordio.
Luego, con el paso de los días, se percataron de que esa incomprensible duplicidad, esa absoluta coincidencia, esa idéntica mirada atrapada en sus cuatro ojos, no solo se daba en sus fotografías, sino que se hacía extensible a sus miedos y a sus palabras, a sus silencios  y a sus lecturas, a su cansancio y a su forma de sonreír.
Todo era igual entre ellos, y amontonaron fracasos en el intento de encontrar el resquicio de alguna diferencia que les permitiera despertar de esa horrible pesadilla. El azar de lo peor hizo que no tardaran en caer en el engaño de quererse. Luego, el hermoso e inhabitable reflejo de lo mismo los dejó para siempre sin tiempo y sin orillas. Un titular estúpido, y diez lineas precipitadas en el apartado de sucesos del diario, fue todo lo que la historia quiso depararles.



viernes, 15 de enero de 2016

Ciento volando (Taller Bremen)


LUNES 
Según parece, las locomotoras no dudan y los vagones no saben; tal vez sea por eso que a lo único que presto atención de los trenes es a su paisaje.
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Los días de lluvia perdemos identidad, consistencia, nos desdibujamos bajo una luz que no necesita exactitud ni permanencia (necesaria distorsión de los contornos que erróneamente reconocemos como nuestros). Se abre entonces, como una flor de cristalina nada, un hueco esencial en el que es posible refugiarse de los nombres de las cosas. Los días de lluvia no mienten.
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Picotea el pájaro nocturno muy cerca de los apellidos. Es un juego sin risa para poner a prueba el miedo de todos aquellos que no quieren jugar al todo y olvido.
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Palabras que desconoce un pez: Neptuno; esperanza; humedad; submarino; trompeta;  pecera;  fe;  compasión; pez.
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Habrá que andarse con cuidado; caminamos descalzos por los cristales rotos del alma.
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Kevin Carter. Premio Photo Press 1994.
Dios creó al buitre y permitió el hambre. Enflaqueció al niño y engordó al tirano. Inventó las imágenes y nos condenó a verlas. Impuso un orden y nos dejó opinar. Hizo estallar el Universo y nos dio un idioma para poder contarlo.
Si Dios fuera nuestro padre, deberíamos abandonar inmediatamente su hogar.
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La necesidad inaplazable de ti, de mi idea de ti, que eres tú sin serlo.
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La chica del restaurante. Ningún misterio es más profundo que el pequeño agujero de tus medias. Nada más triste ni más alegre, nada más cierto e incomprensible, que esa pequeña herida sin sangre que te reviste de infinita soledad y ternura.

MARTES
Escribir la historia de dos hombres sin el menor rasgo de egoísmo que coinciden ante una puerta. Pasan los años y no consiguen cruzarla.
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Obviedad: la vida se cura con reposo absoluto.
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Se puede hablar por hablar; hablar para no estar solo; hablar por miedo al prójimo e incluso hablar para poder tener una opinión.
Se puede callar por callar; callar para no estar solo; callar por miedo al prójimo e incluso callar para poder tener una opinión.
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Un perro en la autopista es una metáfora precisa.
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Escribir es barnizar una y otra vez la carcoma para protegerla de la insaciable vida.
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Las palabras van llenando los espacios, se van acomodando en los rincones hasta conseguir que el filo de la noche no nos preste atención.
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Tema para una reflexión trascendental. ¿Por qué no solemos pedir pies de cerdo en el restaurante cuando se trata de nuestra primera cita?
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Navidad. Cuelgan sus abrigos en mi nariz y siguen parloteando.
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De las cosas de la muerte me ocuparé cuando esté muerto; de los sueños, cuando sueñe; cuando os preste atención, del infierno; cuando te vayas, del olvido; cuando llegue el cansancio, del tiempo; pero ahora sólo quiero ocuparme de ser la lluvia que está lloviendo y de llevar los niños al colegio.
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Es harto difícil follarse una cuestión.
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Propósito. Escribir con los ojos lo que otras manos tal vez lean.

MIÉRCOLES
Me gusta comerme la geografía; beberme los paisajes.
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Si se atrapa una mosca en un vaso se consigue una bella metáfora del hombre y su destino: cielo aparente; soledad absoluta.
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Música para una boda. Bob Marley se fue a la ermita y de nuevo aparecieron lobos bipolares aullándole a una luna poblada de notarios. A partir de ese instante Buñuel se hizo previsible, Max Aub funcionario y la noche un largo y preciso calvario. 
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Alejandra Pizarnik. Dijo poema // Se comió sus vísceras. // Luego ya no supo quien cantaba // ni de que mar huía su ola. //  Saltó a la nada // triste de sonrisas.
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Recuerdo la fábula del cazador que quería cazar la luna y aunque nunca lo consiguió logró convertirse en el mejor arquero del mundo (no puedo dejar de preguntarme por la luna y su previsible risa; por el cansancio del arco; por la opinión de la flecha; también por la extraña tozudez de lo excelso).
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Tus pies descalzos, // bajo la mesa, // y en tu risa // todo el olvido que deseo. 

JUEVES
El calamar, como el escritor, suelta tinta para escapar de sus feroces depredadores.
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Como un mago sin chistera, saco los conejos de mi mismo (intentar no inquirir el sentido, sino dárselo).
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Por la callecita sube el dinosaurio con la tranquilidad del que se sabe extinguido.
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Constatación: la idiotez es transcultural,  transnacional, transoceánica y transportable, pero en absoluto debe considerarse transitoria.
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La flecha sabe más que la estupidez: si no llega, cede.
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Pánico en el supermercado. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses hubiesen desertado. Regurgita palabras sin digerir; emite sonidos altamente contaminantes; no sabe lo que dice pero insiste, immisericorde, en decirlo. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses nos hubiesen abandonado.

VIERNES
El único que sabe de amor es el rebeco; el hombre, como la mosca, interroga el cristal.
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El verano se le subía despacio por los muslos. Breves y tristes suicidas merodeaban su instante. No había más tiempo que su piel.
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No existe límite alguno en lo que a sanar al prójimo se refiere. Tanto es el bien que algunos te desean que serían capaces de cualquier cosa, incluso de eliminarte a pedradas, para ayudarte a conseguirlo. Habrá que protegerse de la bondad, esa monja atómica lanzada sobre Hiroshima.
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Patentar. Para incontinentes verbales, compresas todo plumas pero con nada de alas. Evitan manchas y desagradables olores en las conciencias ajenas.
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Las ventanas, con su mirar pausado, saben de todo lo innecesario. Prueba de ello  es que en cualquier bar hay gente que les da la razón mientras beben cerveza y se enredan, sin ganas, en el oscuro ovillo de lo que no puede ser nombrado.
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Buscaba un modelo, una guía, una verdad, una fe; tal vez tenía miedo. La nieve, sin prestarle la más mínima atención, oficiaba su silenciosa liturgia.

SÁBADO
La mentira es el origen de todas las cosas. Alguien tuvo que mentir, es decir, no ajustarse a ninguna verdad, para crear el mundo.
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Militaba en la verdad. Esperaba un premio sólo por esperar. Algunos domingos negociaba con Dios un intercambio de dudas por eternidad.
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Postal de Bilbao. Cada chapela lleva puesto su hombre y la suma de esos hombres, desde ese instante suyo noble y pausado, configura de forma incomprensible la ría y el verde sucio con que el tiempo la nombra. Oxido, vino y una espera de sal y orgullo, algo parecido a un pacto de reciedumbre. Luego están la lluvia y sus cosas; las sombras atrapadas en algunas miradas; ese cielo que sólo quiere ser de allí;  los vozarrones que se alzan por encima del destino para luego volver al mar; las barcazas arrastrándose entre esto y lo otro, casi obscenas, deliberadamente indiferentes al olvido y sus quehaceres; y los peces, que a pesar de lo que digan los ávidos y los necios, ni son ni quieren ser otra cosa que peces. 
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En el país de los mentirosos, una mentira es verdad (menos x menos = más).
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Fe de erratas: el pájaro no goza de libertad, sino de alas.
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Aviso. Cualquier día de estos me desobedezco, me acoso, me denuncio, me despido de una forma tan completa y absoluta que de mi actividad mal remunerada sólo quedará el hueco de una risa a las puertas de la nada.
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Hechas las pruebas pertinentes, y a pesar de los patéticos esfuerzos de príncipes innumerables, se ha podido constatar que la rana era sólo rana y a Dios gracias.  
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Somos un curioso invento en busca del para qué.
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No debería fiarme de todo lo que me dicen; en la boca pueden prosperar más de 400 variedades de bacterias. 
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Se da en Galicia una cierta confusión de elementos entre lo mineral y lo vegetal. Que yo recuerde: un farol árbol con su floración de luz; una piedra musgo, húmeda, esponjosa, triste por no recordar nada a pesar de que desconocía el olvido; un río de metal inquieto; un bosque cuchillo buscando el cielo para saldar alguna deuda antigua de sombras y silencios. También una calle en la que ardía la noche, un perro quieto y herrumbroso y un pueblucho que no sabía donde ir.
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Escucharía de buen grado sólo a los nacionalistas que no saben que lo son por idéntico motivo que gusto de contemplar a los pájaros porque desconocen su aérea condición (dicho de otra manera: me gusta el pulpo gallego porque no sabe que es un pulpo y mucho menos que es gallego).

DOMINGO
Miles de personas mueren cada año por picaduras de serpientes. Miles de serpientes mueren cada año sin haberme picado.
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París. Criadas negras pasean niños blancos por los verdes parques en una tarde gris (orden social cromático).
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Según se mire, todo es igual. Si prescindimos de la esperanza, de cualquier esperanza, una mula y un jarrón de porcelana son exactamente lo mismo.
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Escribir es una compleja forma de eyacular. Soltamos algunas palabras con un leve estremecimiento; luego viene la tristeza a amargarnos el polvo literario (tal vez si Kafka hubiese follado a discreción no habría escrito ninguno de sus libros).
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Me sé de memoria todos los tobillos.
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Diría que ha pasado un día, pero lo cierto es que no tengo la más mínima idea de dónde venía y hacia dónde se ha ido.
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Os voy a decir palabras para que vosotros me expliquéis lo que no significan. Os diré luna y bizcocho para ver si sois capaces de no saber qué es luna y bizcocho; de comeros la luna y dejar que la luz del bizcocho se pose en vuestras sábanas. A ver quién es el listo de no saber todo lo que sabe.
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Duda metafísica. Si Él es el impulso y yo la bicicleta, quién cojones toca el timbre.
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No hay manera de ser algo durante un buen rato. Apenas me descuido, y ahí estoy de nuevo siendo nada entre nada.
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Amo tu inteligencia, agazapada entre el silencio de los cañizos de la muerte.