viernes, 6 de mayo de 2016

Geometrías cansadas -Taller Bremen-



Daban las diez en el viejo reloj del frenopático, aunque bien podrían haber dado las siete ya que allí el tiempo ya ni se acuerda de cómo transcurrir. De seguir con la misma ficción temporal, se podría decir que hacía más de seis meses que  había ingresado Andrés Capella. Aun lo veo, de pie, en medio de un pasillo cuyas baldosas, con su geometría cansada, definen a la perfección cualquier locura; mirando sin ver lo poco que había a su alrededor; su mano izquierda temblando ostensiblemente, la derecha también. Medio año y, a pesar de todos los tratamientos, ninguna mejora. Preso en su enajenada rutina, emborronando día tras día cientos, miles, de folios siempre con la misma frase: "Me deslizo lentamente, con mi mejor sonrisa, hacia una profunda tristeza". 
Un manto rígido, inamovible, como nieve sin voluntad alguna de deshielo, cubría día tras día su único pensamiento. Una y otra vez escribiendo las mismas palabras, en el mismo orden, y musitando en voz baja, como la absurda plegaria a un Dios desatento, "hay que mejorar, hay que mejorar". Ese era el bucle, la desesperanza en la que se arropaba Andrés Capella. Convenientemente etiquetado, catalogado y profesionalizado, nada ni nadie podía -ni tal vez quería- prever el fondo de ese abismo.
Hasta aquí lo sucedido sería una versión vulgar de lo que suele suceder, otro borrador inacabado de ese pésimo guionista a sueldo de las vidas de tapa blanda. El portazo lo dio Kevin que con sus seis años y sus diez mil rizos deshizo el entuerto entre dos juegos, un vaso roto y algunas risas. 
- Estate quieto y deja ensuciar esos papeles, Kevin. Anda, dale un beso a tío Andres y dile que se mejore. 
Cruzando el folio en diagonal, con letras gruesas y desobedientes, como si todas a la vez hubiesen decidido romper filas, se podía leer: "Me eslizo entamente con i meor tistesa hasia una pofunda sonnrisa".
Fue en el recuento rutinario de ayer, tres de Mayo, a eso de las nueve, cuando se percataron de su ausencia. La cámara de seguridad pudo grabarle saliendo con paso tranquilo y por la expresión de su cara se diría que casi alegre. Nada se ha sabido desde entonces de Andrés Capella, aunque, bien mirado, eso nada tiene de excepcional. ¿Acaso hay alguien que sepa algo de nadie?




miércoles, 20 de abril de 2016

Leve rectificación relacionada con la presentación de "Los días hábiles"...



Hechas las oportunas consultas, y según parece de forma excepcional, este año la Asociación de Amigos del Libro Sin Leer ha decidido que Sant Jordi no caiga el domingo día 24, como mi entrada anterior mentía (ya corregí el gazapo), sino el sábado 23. Ruego a ustedes me sepan disculpar (y más a los que ya están haciendo cola) e insisto: la caseta, el libro, los gemelos y la cola multitudinaria será el sábado 23, y no el domingo (he telefoneado a mi doctora de cabecera y me ha dicho que no me preocupe, a mi edad es normal confundir la noche de Navidad con la verbena de San Juan).

martes, 19 de abril de 2016

Los días hábiles



Érase una vez dos gemelos muy distintos -el uno algo mayor que el otro- que alumbraron, sin saber cómo y a duras penas el por qué, un libro. Al verse obligados, por tradición y costumbre, a ponerle un título, el gemelo mayor decidió que "Los días hábiles" podría ser una buena opción, teniendo en cuenta que los días torpes e inútiles, siendo tan numerosos, no merecían atención ni ternura alguna. Según parece, en dicho libro convivían relatos chiquitos (esos que apretujan una historia, la podan, la exprimen, la depuran, la recortan, la "bonsaizan" y a lo poco que queda le quitan la mitad y luego la publican), con fotografías también chiquitas (esas que apretujan una historia, la aquietan, la adormecen, la recortan, la fijan, la comprimen -o la expanden- y a lo poco que queda no le quitan la mitad, pero tampoco suelen publicarla).
Pues bien, esa tierna criatura recién impresa se presentó en suciedad -tal y como están las cosas, les engañaría si les dijera que quise decir sociedad-, el día de Sant Jordi, siendo algo casual y sorprendente que coincidiese con esa fecha en la que, como todos todos ustedes ya deben saber, la gente suele leerse las rosas y disfruta oliendo los libros.
Solo añadir que para la historia quedaran los diecisiete kilómetros de cola que se configuró para llegar al Portal de Serial -léase caseta- (según parece, los últimos aprovechaban la espera para tomarse un vermut en L'Espinaler, entrañable bar situado en el centro histórico de Vilassar de Mar), así como los veintisiete rotuladores, veinte de color negro y siete de color azul, que fueron necesarios para poder llevar a cabo las dedicatorias -con la justa emoción y contenida lascivia que estas brevedades requieren-, que toda esa expectante multitud les solicitó. 
Es de lamentar que todo y las diecinueve reediciones, hoy en día sea casi imposible conseguir un ejemplar de "Los días hábiles" -coleccionistas e inversores de distintas nacionalidades son los principales responsables-, pero si alguien quiere intentarlo, este sábado, 23 de Abril, en la caseta ubicada en el Paseo de Gracia,  49 -Ediciones Serial-, tal vez les sonría la fortuna y puedan hacerse con alguno (con el aliciente añadido -tomen buena nota- de que el gemelo mayor y el menor parece ser que han confirmado su asistencia).


jueves, 14 de abril de 2016

J.H.Pilates (Taller Bremen)



  En su descargo se podría decir que nada hacía prever el desenlace, pero aún así no fue del todo correcto que J.H. Pilates se lavara las manos. También es cierto que antes de la fatídica clase, Brian había quedado con sus doce amigotes -en realidad once y el cabroncete de siempre- y que el cocido con todos los anexos correspondientes, la pierna de cordero y la crema de Judea con nueces, no era manjar adecuado para practicar ningún tipo de estiramientos en los treinta días siguientes. Eso por no hablar de la generosidad y rapidez con que las jarras de vino vaciaron su alma en la de los comensales y la mala leche del propietario del chiringuito al servirles como digestivo queroseno de color verde manzana.

  Pero ni esa imprudencia gastronómica, ni el hecho conocido por todos de que la elasticidad de Brian no le permitía rascarse los huevos sin forzar las cervicales, justifica que esa tarde a J.H.Pilates le diera por llevar las cosas hasta ese extremo. Tampoco parece que fuera una excelente decisión colocar, a derecha e izquierda del congestionado Brian, a un par de alumnos -el mejor y el peor de la clase- para propiciar las siempre odiosas y eternas comparaciones. Eso por no hablar de la bromita, muy parecida a una maldad, de proponer al grupo, un poco antes de que se escuchara el terrible crujido, si preferían que descoyuntase al bueno de Brian o al malo de Blas. Y es que una cosa es "posturear" un poco para desperezar la musculatura y otra muy distinta es hacer que esta abandone para siempre el hueso, se desentienda de los tendones y rompa definitivamente las obligaciones, usos y costumbres que hasta la fecha llevaba a cabo en esa agrupación de quehaceres que conocemos como cuerpo.

  No ha de sorprender a nadie que el tema, ya de por sí confuso y propicio al desacuerdo, ande ahora en manos de las dos justicias, la divina y la humana. Según parece ambas coinciden en la extrema lentitud de sus correspondientes procesos y en condenar enérgicamente a J.H.Pilates. En lo que no ha sido posible llegar a un mínimo acuerdo es en el tipo de pena. La divina insiste en que sea cadena perpetua aderezada con las brasas y molestias habituales; la humana, siempre más propensa a  la crueldad innecesaria, solicita que se le condene a contemplar, tres veces al día, un video de media hora en el que se reproduce, en formato bucle, a Jose María Aznar riéndose.

  En lo que al pobre Brian se refiere, ya ha perdido la cuenta de los años que lleva inmóvil, en esa postura que le imposibilita abrazar, rascarse, señalar y ni siquiera parar un taxi. En unas declaraciones que hace un par de meses hizo para la cadena Disney Channel, y que no llegaron a emitirse por considerarse levemente  irreverentes y decididamente rencorosas, afirmaba, entre otras cosas, que el único consuelo que le queda es que su desgracia sirva para que la gente aprenda a no estirar más el brazo que la manga; que lo importante no es llegar más lejos, sino alejarse más de los que llegan; que ha recibido algunas ofertas para hacer publicidad de desodorantes y que las ha rechazado; que perdonaría a J.H.Pilates pero no sabe cómo cambiar de postura; que quien mucho abarca  suele padecer distensiones; que más vale la mano en el pájaro que cien cruces volando. Divagaciones que a menudo suele aderezar con un: ¡Dónde coño andará mi padre!

sábado, 2 de abril de 2016

Breve historia del pie que consiguió humillar a la parca (Taller Bremen)



 Colgando de los dedos del pie el zapato oscila con una cadencia de ola chiquita; un vaivén lento y sensual que rompe, una y otra vez, en la incomprensible arena de ese instante. Y eso que Juan Antonio, su amigo de toda la vida, era alegre y de abrazo fácil, y el momento que las cosas de su muerte propicia no debería de acoger nada que no fuera la profunda tristeza de su pérdida; pues no señor, ahí lo tienen ensimismado, desconcertado, absorto en ese pequeño pie que ha conseguido desalojar, de las distintas sombras que se vierten y confunden por el tanatorio, a la mismísima parca, y que dada la inquietud y el escándalo que lentamente se van configurando en sus pantalones, va en camino de hacer exactamente lo mismo con él.

  Vanos son sus esfuerzos de convocar, para que intenten remediar lo irremediable, algunos recuerdos de su niñez; por ejemplo cuando Juan Antonio y él alardeaban de su dominio con la bicicleta delante de un grupo de niñas a las que se les caían las risitas por los suelos; niñas con trenzas y rodillas huesudas que poco a poco se iban distanciando de las torpezas y boberías que ambos colgaban de la palabra amistad. Como vanos son también sus intentos de romper ese inexplicable y súbito deseo obligándose a compartir algunas de las previsibles frases con las que se suele acudir a cualquier entierro.  Se escucha decir, extrañado como si alguien hablara desde él y por él, que Juan deja tres hijos y una mujer; que llevó la enfermedad con gran valentía y dignidad; que era un buen hombre y que no es justo que la muerte le preste atención a alguien que tenía tanta vida por delante; pero entre frase y frase sus ojos siguen escrutando con avidez ese pequeño pie cuyo movimiento va dibujando lentamente una poderosa e irrazonable razón, un argumento irrebatible, un abismo que diluye y confunde cualquier otra cosa que no sea la creciente e inaplazable necesidad de precipitarse en él.

  Ni que decir tiene que a su alrededor las cosas, desconcertadas por no saber ya lo que son, han ido perdiendo el significado que se esperaría de ellas en una ocasión como esta. Prueba de ello es que él ni siquiera percibe el olor a tiempo gastado de las coronas de flores, algo que nunca pudo soportar, ni consigue entender una sola palabra del texto que alguien lee, entre balbuceos y con los ojos arrasados de lágrimas; incluso le incomodan los abrazos que se suelen prodigar en estas circunstancias, dado que le obligan a levantarse y perder de vista, por unos instantes, eso que con tanta fuerza le requiere.

  Fácilmente se entenderá que no podía ser él quien rompiera el embrujo. Un súbito movimiento, un absurdo cambio de postura, y de forma incomprensible ese universo comprimido, esa gravedad irresistible, se convierte de nuevo en algo razonable y vulgar: un pie dentro de un zapato. De pronto las coronas de flores ya huelen a tiempo gastado; también en ese mismo instante, y sin previo aviso, entra la tristeza que, aun desconcertada, le busca los ojos para humedecerlos; todo parece ser de nuevo lo que se espera que sea; incluso la sisa de sus pantalones deja de incordiar reclamándole un poco más de holgura.

  Se acomodan las cosas con rapidez en el lugar correcto, y justo en el mismo segundo que por fin enmarca y acoge ese orden, un perfume recita en el cuello de una mujer desconocida, que le abraza conmovida por la irreparable pérdida, un hermoso texto que hace que todo vuelva a empezar.

  Una bata gris dentro de la cual se ciñe un hombre configura de nuevo la ficción del tiempo, dando definitivamente por finalizada esa sucesión de despropósitos. Son las seis y el tanatorio tiene que cerrar. Manoteando los trocitos de culpa que le han quedado en los bolsillos, echa una última ojeada al féretro donde, precipitadamente, se  va convirtiendo en algo que no se entiende su amigo Juan Antonio. Juraría, de no ser eso una estupidez, que un amago de sonrisa en su rostro de muerte le busca para establecer la última complicidad. Por si acaso, él se la devuelve.

domingo, 6 de marzo de 2016

La grapadora (Taller Bremen)



  No parece, a diferencia de todo lo demás, que le despierte curiosidad alguna, ni que tenga la más mínima necesidad de formularse una opinión, y a pesar de ello la grapadora observa atentamente a Ramón Juneda. Es probable que este, su primer día en el Departamento de Compras, sea muy parecido al que, tarde o temprano, será el último, a excepción, claro está, de los rumores y maldades que con frecuencia suelen acompañar a cualquier novedad. Cabe también en lo normal, tratándose de él, que lo peor lo frecuente y acuda puntual a su encuentro, siendo prueba irrefutable de ello el hecho de que lleve la cremallera de la bragueta abierta. Distintas miradas, casi todas estúpidas, recorren una y otra vez la distancia que separa sus ojos grises y miopes de sus pantalones. Aunque nadie lo diga, todos agradecen que el silencioso consenso de la burla alivie un poco esa molesta presión sobre las horas que suele ejercer cualquier mediocridad.

- Le presento a Mari Luz Ramirez, responsable del departamento y -esto lo adereza con un fugaz guiño- mi mano derecha.

  Admitiendo que apenas importe, algo en la forma de moverse y en la sinuosa raya de sus medias indica que Mari Luz también suele participar, con cierto entusiasmo, de la mano izquierda, así como del resto de los apéndices y extremidades, del Director. Pero eso, debido a su forma de ser, jamás lo pensaría Ramón Juneda, aunque sí lo hacían, con gusto y a diario, casi todo el personal de la oficina.

- Permítame también que le presente al Sr. Sotogrande, que será quién compartirá con usted la tarea de entrar los pedidos y mantener en perfecto orden los archivos.

  Tampoco sería de gran dificultad llegar a la conclusión de que el bigote ralo del Sr. Sotogrande cimenta, evitando así su caída,  una expresión cuyo significado tal vez podría generar algún desasosiego, pero sin duda ningún desacuerdo. Sin la breve y necesaria reflexión, se diría que en dicha expresión hay suficiente espacio para dar cabida, con holgura, a todos los bostezos que las innumerables quijadas han propiciado desde el inicio de los tiempos, pero con algo más de detenimiento, a un buen observador se le haría evidente que en sus ojos chisporroteaba alternativamente una envidia adaptable a casi todo y un rencor de esos que ignoran su porqué. Sencillo pero no insensible, al estrechar su mano Ramón Juneda sintió una leve punzada en su vesícula que su falta de maldad quiso atribuir a que eran las once y estaba en ayunas.

- Al fondo, justo detrás de aquellos archivadores, tiene usted los servicios y un cuartito con una máquina de café. Estoy convencido de que no será necesario recordarle que los diez minutos para desayunar no pueden ni deben de ser quince, ni mucho menos veintidós. La señorita Mari Luz es la responsable, entre otras cuestiones, de que se cumpla todo lo concerniente a horarios y normativas.

  Aparentemente las instrucciones parecen sencillas. Solo hay que introducir una moneda de un euro y apretar el botón de la bebida seleccionada -en este caso un café con leche descafeinado y sin azúcar-, pero la máquina empatiza rápidamente con Ramón Juneda, lo reconoce, y la forma más eficaz que se le ocurre de demostrárselo es verter el líquido y evitar que caiga el vaso. Justo en ese instante de total desamparo, en ese momento en que los dioses suelen mirar hacia otro lado, entra una mujer y con ella una historia.

- Buenos días; soy Bernarda, la encargada de limpiar lo que ustedes ensucian.
- Hola, buenos días; me llamo Ramón Juneda y soy nuevo en el departamento.
- Pues para ser nuevo va usted muy deprisa.
- Perdone, no la entiendo.
- Que lleva usted la bragueta abierta y esas confianzas suelen dejarse para cuando uno lleva un poco más de tiempo.

  Muy al contrario de lo que suele ser habitual, Ramón Juneda consigue hacer tres cosas a la vez de forma coordinada y precisa: sonrojarse, sonreír y cordarse la bragueta. Bernarda lo tiene más fácil y solo tiene que devolverle la sonrisa.

   Muchas son las vicisitudes, innumerables los azares, que convoca cualquier amor. Como no podía ser de otro modo, lo mucho de lo poco que en el de Bernarda y Ramón quiso suceder, anduvo en levedad, sencillez y hermosura, pero lamento comunicarles que ese juego de posibles pertenece a otra historia y no procede hoy y aquí relatarla.

sábado, 13 de febrero de 2016

El cansancio de conocerse (Taller Bremen)



Seis mil doscientos veintiséis búhos los observan con precisión y desinterés. Los hay de madera, de cerámica, de plástico, de metal y de distintos tamaños. En el cristal de la ventana que vierte la luz sobre su mesa hay cuatro moscas. Dos están copulando y las otras dos no. Podría decirse que las baldosas del suelo acogen tres colores y  distintas simetrías. A nadie parece molestar que el comedor del balneario huela un poco a podrido, ni que una gota de sudor en la cara del camarero no se decida sobre que plato debe saltar. Cualquiera que prestase un poco de atención vería que en el ambiente hay algo parecido a un pacto secreto entre todas las cosas para que nada importe demasiado. En el silencio de siempre, los dos comparten la angustia de saber que les esperan siete largos y arduos días de vacaciones sin nada que decirse. 

- ¿Ya saben qué van a tomar?
- Yo de primero sopa de verduras; y de segundo el pescado.
- A mi me pondrá una ensalada y el bistec. Poco hecho, por favor.

Las moscas que copulaban ya no lo hacen. Las que no lo hacían tampoco se deciden a hacerlo. La gota de sudor por fin ha optado por saltar en un plato de macarrones a la boloñesa de la mesa trece.

- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué dices?
- Qué cual es su nombre.
- ¿Qué pregunta es esa? ¿Te encuentras bien?
- Me encuentro perfectamente, solo que me gustaría saber  cual es su nombre.
- Sabes perfectamente que no me gustan los juegos ni las bromas, y mucho menos las que no tienen  ninguna gracia.
- Entiendo que mi pregunta la incomode. Usted no me conoce de nada. Debí de empezar por decirle el mío. Me llamo Pedro, pero si usted quiere puede llamarme Luis, o como le apetezca. 
- No seas idiota, Juan, y déjate de bobadas. Vamos a empezar bien las vacaciones.
- ¡Qué estupenda coincidencia! Yo también tengo unos días de vacaciones. 
- Me estás asustando. ¿Quieres que llame a un médico?
- No tiene nada que temer. Solo que me gustaría compartir estos días con usted. No hay nada más deprimente que mezclar aguas termales con soledad.

Parece que ahora los seis mil doscientos veintiséis búhos los miran con los ojos un poco más abiertos que hace un rato. Las cuatro moscas han dejado la ventana y están posadas en un pastel de queso. Tres son ahora las intrépidas gotas de sudor que se aferran al rostro del camarero. 

- Vamos a la habitación y te estiras un rato, Juan. 
- Me gusta usted. Es una mujer decidida y que no se anda con tonterías. Me encantará subir con usted. Si le parece, puedo pedir que nos traigan una botella de lo que más le apetezca.

En el ascensor ella lo mira perpleja y el sonríe. Justo delante de la puerta de la habitación ya sonríen los dos.  Al poco rato, ya son tres los clientes que se quejan en recepción del ruido y los gemidos. Ninguno de los dos recuerda el tiempo que hacía que no follaban con tanta intensidad. El resto de la noche se la pasan conociéndose y hablando, y es que siete días, por fin, pasan volando.