El país a pesar de ser pequeño se onorgullece de ser antiguo, aunque ni lo uno ni lo otro justifique necesariamente que a menudo sea, como tantos otros, absurdo. Vestido apenas hace unas décadas con las holgadas ropas acrílicas de una democracia que, a fuerza de insistir en serlo, cualquier persona desantenta diría que lo es, no ha escatimado esfuerzos para dotarse de todos las instituciones, convenciones y ficciones que suele requerir esa curiosa forma que tenemos de creer ser algo, es decir, ese trapo emocional al que se suele llamar nación.
Hasta ahí nada distinto que permita ser estudiado en humildes cátedras de provincia, tal vez si que añada algo de interés y excepción el hecho de que en la unidad de paliativos del Hospital Nostra Senyora del Remei agonizara, en el periodo en que ocurrieron los hechos, Joan Bellpuig, que con sus 97 años fue el único habitante de dicho país que durante unos meses no fue extranjero.
Un descuido legal, o tal vez un exceso de celo, o quién sabe si un miedo mal ventilado, atávico y acerado, a los otros, o quizás la suma de todo ello, pero la cuestión es que al aprovar el Parlamento la ley de extranjería más resctrictiva que uno pueda imaginarse la cosa se les fue de las manos. Tan duras eran las condiciones necesarias para considerarse ciudadano con pleno derecho a orgullo, pasaporte y bandera que un martes cualquiera, a eso de las seis y media de la tarde, el Ministro de Deportes y Medio Ambiente, sin duda el más avispado y leído de los que formaban el gobierno, se percató, hojeando una gráfica que quería reflejar la evolución del censo electoral, que antes de acabar el mandato era muy probable que, de seguir así, casi todos los habitantes pasasen a ser considerados legalmente extranjeros.
Al principio nadie quiso creer lo evidente, por lo que el deficiente informe que presentó al respecto el lúcido Ministro de Deportes fue acogido con más sonrisas que preocupación. No fue necesario aportar muchos datos para que un silencio densísimo, tiznado de miedo, perplejidad y algo de verguenza, le diera toda la razón.
Casi de inmediato, una mano alzada en la que temblaba un Rolex que exigía ser considerado auténtico, dio paso a la pregunta que la mayoría de los diputados temían hacerse:
-¿Si todos somos extranjeros, cómo nos protegeremos de los extranjeros?
-!Si, eso! -grito el que siempre parecía el más tonto y eso hacía muy probable que lo fuera- ¿cómo protegeremos al país para que no caiga en nuestras manos?
-¿Quién nos votará -sollozaba inconsolable el Ministro más bajito-si ya nadie tiene derecho a voto?
Es sabido que nada teme más cualquier cosa o situación ilusionada en seguir siéndolo que la inexistencia de su contrario. Innecesaria prueba de ello es que nadie sabría que cojones es una subida si no existiesen las bajadas; nadie concebiría a Nicanor Parra sin el inestimable contrapunto que posibilita Isabel Díaz Ayuso; ninguno se aventuraría a definir un beso si la palabra cementerio nada nombrase.
Digo esto para que se entienda la intensa desazón que durante las interminables sesiones parlamentarias que siguieron al descubrimiento del leve gazapo legal, padecieron los recien extranjerizados representantes ya casi de nadie, dadas las circunstancias.
A su favor hay que decir que, con gran agilidad y visión de futuro, se decidió adjudicar, como solía ser habitual por un importe que andaba entre lo indecente y lo excesivo, a una renombrada consultoría norteamericana el encargo de enmendar lo antes posible el entuerto legal. Tampoco les quisieron recriminar a los integrantes de dicha comisión algunas risas ahogadas que se escucharon en las inteminables reuniones de trabajo.
Ni que decir tiene que pasaron algunos meses angustiosos hasta que pudieron suprimirse algunas leyes y promulgarse otras; algunos meses más hasta que algunos familiares del govierno que propicio el curioso incidente pudieron hacerse cargo del nuevo gobierno, y otros más hasta que de nuevo pudieron aplicarse unas nuevas Leyes de Extranjería lo suficientemente restrictivas como para evitar que el pequeño y hermoso país fuese algún día governado por extranjeros. A pesar de la premura con que todo quiso llevarse a cabo, no se llegó a tiempo de evitar que durante un par de años todo el mundo se mirara con recelo por las calles.
Aun hoy, cuando el tiempo ha hecho todo lo posible para imponer el merecido olvido, por los mentideros que propician los pequeños bares sin futuro se expande una de las más increibles, pero ciertas, anécdotas que posibilitó esa crisis de rabiosa extranjería que azotó el país, y es que según parece, y durante el tiempo que duró ese vacío legal, los miembros de la policia, actuando en el más estricto cumplimiento de sus obligaciones, se detenían entre ellos y se expulsaban del país, hasta que al ver el desamparo de las calles el govierno quiso extenderles a cada uno de sus miembros, y con caracter de urgencia, un permiso de residencia válido por unos meses, decisión que la oposición parlamentaria consiguió parar con el lógico argumento de que la ley no permite que un extranjero conceda un permiso de residencia a un extranjero.
Tal vez también merezca ser recordado el hecho de que alguien consiguió recoger una gran cantidad firmas solicitando que el Parlamento aprovara un concurso público con el fin de levantar un monumento a los hermanos Marx en la Plaza de la Constitución. Propuesta que, como era de esperar, dicho Parlamento rechazó de forma casi unánime.

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