Como decía el imprescindible Bergamín, tengo algunas ideas liebres, y ella que se reía con toda la felicidad que cabe en una risa y le decía que lo que él tenía era los pájaros llenos de cabeza, y luego se sentaban en cualquier sitio y jugaban un rato a maldecir y, sin apenas darse cuenta, el tiempo y las esperanzas les dejaban de joder con su insoportable canción de una sola nota.
- Malditos sean todos los linces ciegos a los que les da por gobernar.
Y él que miraba de reojo el botoncillo rojo que prometía verdades de las buenas.
- Así revienten los minutos que sólo tienen sesenta segundos.
Y ella que inventaba mariposas y las ponía a volar como si nada.
- Me cago en todos los martes que no saben reír.
Y él que hacía funambulismo en la cuerda azul de su mirada.
- Que les den por el culo a todos los que sin tener culo no paran de cagarla.
Y ella que, de haber existido, no le hubiese dejado otra salida que amarla.
Pero las cosas son como son, y en su cabeza jamás revoloteó otra cosa que no fuese el infinito cansancio de no estar cansado, ese tedio de lo correcto que no pesa ni huele, y así, claro está, sólo te pueden amar los ascensores y los lunes -no todos- de algunos meses de Febrero.
A su favor hay que decir que de todo ello, y con el paso de los años, quiso pedir perdón pero ya no supo ni a quién ni de qué.
Si esta mínima historia les ha parecido triste, cabe la posibilidad de que lo sea.
