Mostrando entradas con la etiqueta Tema libre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tema libre. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pongamos que merina (Taller Bremen)



  Si consienten la imagen de una oveja, pongamos que merina, reposando sobre un sofá de piel, no ha de representarles ninguna dificultad imaginarse, en la misma habitación, a un hombre vestido con una bata azul, descalzo, mirando por la ventana. Tal vez el humo de un cigarrillo encajaría a la perfección en la escena, pero él nunca ha fumado y no lo hará ahora para satisfacer este absurdo relato. Aturdidos por los restos de la noche, sus ojos van nombrando despacio las cosas mientras la mañana les asigna su lugar de costumbre. Aun no les ha dado tiempo a las calles de ensuciarse de comentarios y opiniones. También podrán ver cómo algunos bares, los más inquietos, ya se desperezan y se van quitando de encima los pedazos rotos y olvidados de felicidad. Tal vez convenga advertir, para los que aun no hayan decidido abandonar la historia, que una oveja puede distinguir entre al menos cincuenta individuos diferentes y recordar acontecimientos e imágenes durante un periodo de hasta dos años; banal, pero no del todo innecesario, es saber que él nunca fue capaz ni de lo uno ni de lo otro. Hasta que la conoció, apenas manejaba un confuso revoltijo de rostros sin nadie; cosas que nunca llegaron a ser recuerdo, instantes que en el mismo momento de suceder ya eran olvido, todo ello aderezado con un regusto de sábanas sucias en camas ajenas.
    Pongamos que se conocieron un martes a eso de la seis y media de la tarde. En aquel momento él miraba el reloj por hacer algo y ella lo miraba a él sin dejar de hacer lo que siempre hacía. No es improbable que él pensara: una oveja. Nada sabemos de lo que pudo pensar ella. Levemente inaudito es que dos horas más tarde anduvieran los dos enzarzados en una locura, en un frenesí, de lana y deseo. De todo eso hace ya más de un año y aunque ninguno de los dos entiende de amor, hoy por hoy es sin duda la relación más estable y satisfactoria de todas las que se dan en el inmueble de doce pisos mas planta baja en el que habitan.
    Por lo demás, a nadie puede sorprender que a los amigos y a la familia les costara un poco aceptar la situación. En lo que a la dirección del colegio donde trabajaba como profesor de religión se refiere, es normal que no tardara casi nada en tomar dos decisiones: despedirlo y revisar psicológicamente a todos sus alumnos por si en alguno de ellos se detectaba algún pequeño desasosiego, alguna mínima angustia, o algún leve esbozo de trastorno. Solo uno, el más leído y vivaz de la clase, admitió que algunas noches se despertaba inquieto, después de soñar que contaba ovejas para conciliar el sueño y que su querido profesor corría desnudo tras ellas gritando una y otra vez la misma frase: "corderos de Dios que quitáis el pecado del mundo, venid y dejadme hacer...". 
   Sensible y detallista desde la más tierna infancia, se entenderá que no escogiera las navidades para presentarla a los más allegados, siendo entre otros el principal motivo, la tenaz y ancestral costumbre de su madre de guisar un cordero al horno en esas fechas. Optó por hacerlo en la fiesta de aniversario de su hermana, con la firme convicción de que facilitaría mucho las cosas el hecho de ser vegetariana y estar infelizmente casada con un borrego de mucho cuidado. 
    Ni que decir tiene que ese día se comió poco y en silencio; luego, con el paso del tiempo, las cosas fueron mejorando hasta que por fin dejaron definitivamente de verse y de celebrar fiestas familiares. Era de esperar que al principio, y debido a todo este descalabro, su madre llorara unos diez minutos por la mañana y otros diez minutos antes de acostarse. Un par de meses más tarde, solo lo hacía por las mañanas cuando no tenía otra cosa que hacer; ahora va a nadar todos los martes y los jueves de diez a once y media y ya no llora. Sin duda su padre ha sido el que lo ha llevado mejor, debido, probablemente, a que murió hace más de diez años de una absurda caída de la bicicleta estática.
   Todo eso cabe en la carpeta del pasado. En la del presente apenas la ventana y la luz nueva e incipiente enredándose en los tirabuzones lanosos de ella. Es evidente que no puede haber carpeta para el futuro, por lo que el paseo diario y la barbacoa de verduras en casa de una prima segunda que convive felizmente con un dogo, de alguna manera esperan sobre la mesa para el inmediato acontecer.  
    Si de forma incomprensible su lectura ha llegado hasta aquí, les ruego que no se precipiten a la hora de enjuiciar lo sucedido. Viajen, viajen por Escocia y observen con atención. La costumbre de la lluvia, los lagos desmesurados, todo ese generoso espacio que permite dar cabida a cualquier tristeza por grande que sea y, enmarcadas en verde y niebla, esas dulces ovejas, sin aristas ni agravios, mirándote atentamente a los ojos como si en realidad existieras. Vayan, vayan, y ya me contarán.

domingo, 11 de octubre de 2015

Una lavadora de blanco (Taller Bremen)



La luz que sin ganas de serlo ensuciaba el sofá parecía darle la razón. Ramón Juneda -una ficción como cualquier otra- se confundía con el minutero de su reloj haciéndose tiempo y espera mientras distraía su inquietud acariciando con una mano el mando a distancia del televisor y pulsando con la otra el gato.  
Sería difícil no comprender que esa mañana, tan parecida y a la vez tan distinta de las otras que lo iban fatigando, le sobraban motivos para el desasosiego; y es que a pesar de que su nada chiquita y cotidiana siempre anduvo un poco encariñada con las cosas de esa otra nada grande y sin fisuras, la que no alberga hastío ni repetición, esa nada mucho más eficaz y contundente, más resabiada que la suya, hecha de levedad y algo muy parecido a la ternura, nunca sintió curiosidad ni añoranza, ni la más mínima prisa, por ir a su encuentro.
Justo en la esquina de la calle  Virgen de los Desamparados con Martín Fierro, a pocos metros del hospital, se dio cuenta de que aun llevaba cogido en su mano izquierda el mando a distancia, atreviéndose con el esbozo de una sonrisa al pensar que mucho peor hubiese sido el gato. Aprovechando el empuje de ese atisbo de coraje, sacó de su bolsillo un papel en el que se podía leer: Oncología. Quinta planta. Hora de visita: once de la mañana. Palabras indiferentes que ya parecían albergar alguna forma leve del olvido; posibilidad cierta, parecía decir su forma de andar, de una rotunda victoria sobre lo que desde siempre anduvo en fragilidad y derrota.
La sala de espera estaba pintada de un color que no lo era debido a que nadie lo miraba. Todo parecía corroborar un consenso de aséptica indiferencia, un pacto de nada con nadie que dejaba ese instante tiznado de desesperación. Luego su nombre; y un sudor frío;  y una torpe confusión de palabras; y unos ojos que parecían un lugar al que se vuelve; y un eco que ya en la calle seguía escuchando mezclado con las cosas del mareo: el tumor es benigno y operable.
El mando a distancia, fiel testigo de todo lo que iba sucediendo, seguía aferrado a su mano izquierda , pero se dio cuenta que en la otra alguien había dejado un palo en el que ondeaba una pequeña bandera. A su alrededor, una multitud parecía gozar de la alegría del acuerdo, del éxtasis de la unanimidad. De pronto una corriente de complicidad arrastró, entre  abrazos y consignas, a Ramón Juneda, que se sentía feliz de añadir su pequeña cifra a esa enorme cantidad de comunión y destino; y eso a pesar de no tener ni la más mínima idea de qué cosa reivindicaba esa multitud que lo acogía. Saltó, gritó y sin duda le hubiese gustado pertenecer un rato más a ese uno para todos y todos para uno, pero la tiranía de lo que tiene que ser quiso recordarle que, en pleno desconcierto, había dejado puesta una lavadora de blanco. 
Discretamente torció por Jovellanos, no infeliz aunque sí algo cansado. Sólo al intentar buscar la llave en el bolsillo del pantalón, se percató de que tenía las dos manos ocupadas. Para Ramón Juneda, tres sonrisas en una misma mañana era algo inusual y digno de recordar.