Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas.
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor; que no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más, es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.
De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.





