jueves, 29 de enero de 2015

Los suspiros del hipopótamo (Taller Bremen)



No era la primera vez que le daba una segunda oportunidad; en realidad era la tercera y eso sin tener en cuenta otra que le había dado hacía un par de meses y que decidí no numerarla. Ni que decir tiene que al principio, en ese cielo de sobremesa, revoloteaban todas las esperanzas como golondrinas esnifadas, y  que los primeros versos se me presentaban recién duchados y con la carita de inolvidables: 

Hay mariposas locuaces 
posadas en el mar; 
hay colibrís que opinan 
que falta cielo en cada flor.

Me confié, quise creerle -tal vez por cansancio o porque el invierno venía largo- y le dejé meterse entre las sábanas de lo que escribo. Pasaron los días, algunos de ellos incluso con sus tardes,  y el arrebato de lo reciente se esforzaba en ocultar cualquier mal presagio. Sobre la mesa, entre un desbarajuste de papeles, iban apareciendo las palabras que yo esperaba ilusionado: 

Hay sirenas inquietas 
por un clamor de sardinas; 
hay leones que padecen 
de alopecia irreversible. 

Recuerdo que el espejo me mentía con piadosas verdades: ¡soy poeta, soy poema! y mi cepillo de dientes, como el arco de un higiénico violín, salpicaba el aire de alegre música. Pero es sabido que las sombras nada saben de educación ni modales, y que se suelen presentar, sin previo aviso y con los zapatos embarrados, para ensuciar  todas las cuartillas: 

Hay elefantes que sueñan 
con posarse en una rama; 
hay cebras que recitan 
línea a línea su poema. 

Se acabó de pronto la altura; ya no quedaba nada parecido a una cima que alcanzar; lo que se hacía llamar montaña apenas era digno de nombrarse montículo. Como era de prever, durante algún tiempo se instaló en casa el disimulo, también me visitaron las suspicacias y algunas acusaciones; los dos bailamos sin ganas la patética danza de las reconciliaciones: 

Hay hipopótamos que suspiran 
por un beso de gacela; 
hay mulas deprimidas 
por su excéntrico linaje; 
hay enormes osos blancos 
en cualquier congelador. 

Vanos esfuerzos por mantener con vida lo que a todas luces ya era un cuerpo insepulto. Nos dejamos no sin antes regalarnos, a modo de despedida, una sonrisa que quiso ser hermosa. Luego volvieron los huecos y las burlas de las horas sin nada, el bofetón de la página en blanco, el invierno cobijándose en las manos, los innumerables lunes enquistados en cualquier viernes, la espesa música sin notas ni silencios, sin baile. Fue justo un poco antes de que la bestia del olvido le diera su última y más feroz dentellada que encontré la nota en que, con letra menuda y clara, se podía leer: 
- ¿Crees que merezco una cuarta sin quinta ni sexta oportunidad?
Nací fácil y crecí absurdo, siendo muchas las noches que crucé decididamente idiota, por lo que le dije que sí. Se presentó vestido de domingo,  con un gran ramo de rosas color perdón y escrita, en un papel azul, su muy particular idea de un final feliz: 

Y luego están también los bosques,
y el desierto,
y las hormigas, 
y mi nombre,
y otras muchas ficciones 
que fatigan día a día
la sustancia de la nada.

De todo esto han pasado ya algunos meses y, afortunadamente, muy pronto vino la risa a socorrernos. Con el rodar cuesta abajo del tiempo hemos aprendido a querernos precisamente por fallidos e incompletos, a respetarnos por errados, a perdonarnos por el reiterado incumplimiento de todas nuestras segundas oportunidades. Con el paso del tiempo hemos aprendido, mi poema y yo, a desaprendernos eficaz y felizmente.


jueves, 15 de enero de 2015

Conversaciones improbables (Taller Bremen)



WOODY ALLEN.  Fíjense, no hay más que mirarlo para constatar que ese hombre es como un toro muleta en una plaza sin nadie.

SCHOPENHAUER. No entiendo absolutamente nada de toros, pero si de representaciones y lo que pueden hacer con ellas las voluntades. Es evidente que ese pobre diablo anda en busca de su idea de la felicidad y pone en ello todas sus confusas energías.

WOODY ALLEN. A los toros, mi querido Messi del razonamiento tristón, se les suele relacionar con el toreo, que es una actividad que consiste en matar sin prisas a esos pobres animales astados, mientras que otros animales, algunos también profusamente revestidos de cuernos, abuchean, aplauden o zarandean pañuelos según la habilidad mostrada por el personaje encargado del asunto, vulgarmente conocido como torero. 

KANT. Permítanme que discrepe. La felicidad no es una idea ni una representación, como tampoco lo son las coles. Ese hombre gira despacio la cerradura a las tres de la madrugada para que no le oigan llegar de su infructuosa búsqueda de la "cosa" felicidad. Existir existe, pero es evidente que el muy imbécil no sabe dónde encontrarla.

WOODY ALLEN. Tal vez no la ha encontrado, pero por la cara que trae yo juraría que ha podido hablar un rato con ella. 

SCHOPENHAUER. Es ese empeño, esa tozudez en perseguir sombras la que mueve el mundo. Si a ese cretino le diera por pedalear, cruzaría el Universo y seguiría un poco más allá. No es infiel, sino mortalmente inquieto.

WOODY ALLEN. Permítanme aconsejarles que pierdan ustedes un poco de altura. Situemos de nuevo al personaje en cuestión en un contexto más entrañable, más próximo, es decir, reptando como una babosa por el pasillo para no ser oído, con los zapatos en la mano y un aliento a carmín y ginebra barata que descorazonaría a Dios si le diera por existir. Prosigan.

SCHOPENHAUER- Es evidente que ese hombre es todos los hombres, y que de su infinita variedad de representaciones nacen la desesperanza y sus correspondientes horrores.

KANT. Eso es creer a un ciego cuando afirma que el sol no existe; confundir la torpeza con la nada, el no encontrar con el no hay. 

SCHOPENHAUER. Eso es ser honesto y admitir la derrota; casi una forma de salir victorioso de este despropósito. Por lo demás, es sabido que la historia de este absurdo teatro  llamado humanidad está repleta de personajes que regresan de madrugada a casa después de escenificar la patética obra que propiciará de nuevo el   burdo engaño. Pésimos actores, sucios de culpa, masticando excusas y justificaciones, y anhelando la ducha caliente de una redención que confían les aliviará de la insolencia de ese horrible perfume con olor a fracaso. 

KANT. Insisto en que nuestra noche da acogida a la verdad, lo que sucede es que al no saber encontrarla, nos emborrachamos y nos confundimos, nos tambaleamos y al final amanecemos en algún callejón pestilente.

SCHOPENHAUER. Ignora, o se fuerza usted en olvidar, que no anhelamos una cosa porque sea buena, sino que nos parece buena porque la anhelamos. Ese hombre utiliza al inquilino de su bragueta para mentirse, y lo cierto es que cualquier anhelo es una burla provocada por la representación de algo inexistente.

WOODY ALLEN. Ni que decir tiene que ustedes dos son los amigos perfectos para aliviar una indigestión. Uno con el no se puede porque no hay, y el otro con el no se puede porque no se sabe, empujarían al suicidio, de no ser porque ya está muerto, al mismísimo Nelson Mandela.

SCHOPENHAUER. Usted hace broma porque tiene miedo; admítalo.

WOODY ALLEN. Y ustedes hacen miedo porque apenas tienen broma; reconózcanlo. Si toda vida humana oscila entre el dolor y el aburrimiento, yo intento paliar lo segundo para hacer más llevadero lo primero, mientras que ustedes escarban en la herida para que no haya forma de olvidarlos, ni a ustedes ni a la tenaz herida.

KANT. Señores, un poco de calma por favor. Bajen la voz que nuestro cretino infiel parece que ya duerme plácidamente. Por esta vez mi "cosa en sí" tendrá que esperar, como también tendrán que hacerlo sus "voluntades" y "representaciones", así como cualquier cosa que guarde algún parecido con su sentido del humor hipocondriaco. 

WOODY ALLEN. Por cierto, me gustaría advertirles, por si la altura de sus vuelos  no les ha permitido percatarse de ello, que ese hombre que ha propiciado esta improbable conversación vive solo desde hace más de treinta años, y que por lo tanto estamos ante un caso de infidelidad absolutamente creativa y genial. Si han prestado la debida atención, lo habrán visto tomar todas las precauciones del mundo para no sorprenderse a si mismo en su autoengaño; entrar de puntillas en su casa para no despertarse; mentirse con descaro cuando ya en la cama, completamente solo y al preguntarse de donde vienes, se ha contestado, con voz trémula, de una reunión de trabajo para luego murmurar, muy flojito y justo antes de dormirse, un "no te creo".

SCHOPENHAUER. Pura representación.


KANT. Un "idiota en sí".

jueves, 25 de diciembre de 2014

Peces de colores (Taller Bremen)




Tal vez porque era bajito, conmigo siempre quiso ser original y eso, como decía Pilar -una prima segunda por parte de madre- es una fórmula infalible para no acertar nunca con aquello que una necesita o desea. Año tras año, y ya eran muchas las Navidades juntos, Pedro se afanaba en sorprenderme y yo aceptaba el juego de hacerle creer que él era alguien sorprendente. 
- ¿Qué demonios es esto?
- Un sobre. Anda cariño, ábrelo y lee lo que dice la tarjeta.
"Vale por un masaje completo de una hora", eso decía la tarjeta y ahora era el momento de escenificar admiración y gratitud y, lo que era un poco más complejo,  súbito e irrefrenable deseo. Ni que decir tiene que desde hacía mucho tiempo los dos habitábamos en ese espacio, cada vez más holgado e irrespirable, que nos quedaba entre espasmo y espasmo. Follábamos como quien monta un armario de Ikea: primero se desembalan todas las piezas y se separan y ordenan los diferentes tornillos y herramientas que se tendrán que utilizar; luego, con torpeza no exenta de falsas expectativas, se procede al correspondiente ensamblaje y, una vez montado y percatados de que el armatoste se tambalea de forma alarmante, va una y sonríe como quién entiende de qué va la vida. 
Después de la función, y al salir de la ducha, vi a Pedro que dormía medio desnudo en el sofá. Las luces intermitentes del árbol le daban un aire de anuncio, algo parecido a una parpadeante publicidad de la rutina ubicada justo en la encrucijada en la que se confunden el cansancio y la tristeza. Cogí la tarjeta y llamé sin ganas. Una voz que ya parecía formar parte del masaje me dijo que perfecto, que mañana a las seis de la tarde me esperaba.
Era la primera vez y para evitar los envites de un nerviosismo de proximidad, me dediqué ha hacer lista de los idiotas del día. Justo en el momento en que punteaba mentalmente al encargado de la sección de perfumería en la que yo trabajaba, aparecieron su sonrisa, sus ojos azules y un poco después ella.
- Por favor, puedes quitarte la ropa y dejarla colgada detrás de la puerta. Estírate boca abajo en la camilla y ponte cómoda. Yo ahora vengo.
Las bragas siempre han sido para mi una cuestión. "Con" o "sin" suele ser el punto de inflexión, la linea que, de cruzarla cuando me hallo en territorios desconocidos, me  suele provocar una inquietud muy parecida a la excitación. Decidí "con", pero todo fue entrar ella en la habitación y quedar claro que la cosa era "sin". 
- Dámelas, las dejaré con tu ropa.
Me pareció observar una levísima demora en su forma de cogerlas; admito que al girarse me sorprendió mucho ver de qué forma mis ojos la miraban. Me volví a tender boca abajo en la camilla esperando que, de un momento a otro, empezaría a sonar esa enervante musiquilla de olas interminables, salpimentada con toques de piano asmático, pero esa tarde todo insistía en desmentirme y ella empezó a tararear muy flojito una canción que sólo semanas después supe que se trataba de "Le prochain amour", de Jacques Brel. Coreografiando la letra apenas susurrada, sus dedos  se movían por mi espalda exactamente igual que los pececillos de colores que, sólo con girar un poco la cabeza, podía ver en la enorme pecera que revestía de extrañeza y lentitud el instante.
Sin apenas darme cuenta el abismo ya estaba allí, esperándome. Milímetro a milímetro, y procurando que la sábana que las cubría no me delatara, empecé a abrir las piernas mientras me esforzaba en recordar si en la tarjeta decía en algún lugar "masaje de cuerpo entero". Temía y deseaba que me pidiera darme la vuelta. De pronto, como si ella fuera capaz de ver el torbellino en el que yo braceaba, hizo lo que en ese momento nunca pensé que haría: detenerse, parar, no moverse, dejar de cantar. Dejó los dedos allí, quietos, quemándome la columna, a una distancia que me pareció infinita y a la vez inexistente de donde yo deseaba atrozmente que se introdujeran. Noté como muy despacio me quitaba la sábana que cubría mis piernas, pero a pesar de ello decidí seguir con mi precisa maniobra de separarlas. El tiempo que utilizó para dibujar entre mi columna y mis tobillos lo que quiso, fue distinto a cualquier otro tiempo. Admito que al pasar muy cerca de la  mía, estuve a punto de cogerle la mano y ponérmela en la boca.
- Tienes unos pies preciosos.
Y lo que deseaba y temía llegó.
-  Por favor, date la vuelta.
Gracias, tú también, le dije balbuceando torpemente como si los zuecos que llevaba fueran trasparentes. Su sonrisa deshizo mi estupidez al tiempo que se descalzaba y apoyaba su pie en la silla.
- ¿De verdad te gustan?
No pude decir nada, sólo asentir con un leve movimiento de cabeza. Me tumbé boca arriba azorada por la más que evidente humedad que había tomado posesión de mi sexo.
Sus dedos recorrieron mi cara como jamás nadie lo había hecho. Al pasar por mis labios los entreabrí y estoy segura que ella notó el levísimo contacto con mi lengua. En ese momento abrí los ojos y me encontré con el azul de los suyos. No sonreía, sólo me miraba. Fue justo en ese instante que ella decidió hacer añicos cualquier guión, apartar de un manotazo cualquier razonamiento, silenciar a Dios para hablar en su nombre. Mientras con una mano seguía perfilando con una maravillosa precisión el paisaje de mi rostro, con la otra me empujó a un abismo al que yo, desde hacía mucho rato, ardía en deseos de saltar. Las sacudidas fueron de tal magnitud que me pareció que los peces se convulsionaban al mismo ritmo que mis espasmos, incluso me pareció ver como uno de ellos saltaba fuera de la pecera. 
- Si me permites un segundo, voy a llamar para anular la visita de las siete y también la de las ocho.
Eso fue lo que me dijo después de besarla. Yo aproveché para llamar a Pedro y decirle que su regalo me había parecido, como siempre, sorprendente y genial, y que esa noche tal vez llegaría un poco tarde. La verdad es que ya han pasado dos Navidades desde esa llamada y todavía no he regresado. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

No es poco, pero tampoco es tanto




Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los  ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni  pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones  ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas. 
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor;  que  no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen  al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más,  es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.

De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.


jueves, 11 de diciembre de 2014

El delincuente verbal (Taller Bremen)



Todos los esfuerzos para estabilizarlo fueron en vano. Su cuerpo yacía inerte sobre un gran charco de palabras.Según el informe pericial que el forense dictó posteriormente, presentaba siete impactos de frase corta y dos cortes profundos de palabra suelta, siendo una de ellas: aerostático, mortal de necesidad. Un portavoz de la policía declaró que, probablemente, se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas de narradores. Por lo demás, a nadie en el Taller de Escritura pilló por sorpresa lo sucedido. Desde que era un chaval que consumía y traficaba con cuentitos de tapa blanda, eso y algunos pequeños hurtos conceptuales, le llevaron a ingresar por primera vez, y con apenas cincuenta y seis años, en un reformatorio para poetas menores, consiguiendo, en poco tiempo, hacerse un nombre en el mundillo de la delincuencia verbal. Sólo por ver si  otro les daba mejor vida, dejó dicho que sus textos fueran incinerados y esparcidos en un diccionario. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Navegantes del desamparo (Taller Bremen)



   En realidad ya no recuerda cuánto tiempo hace que inició la travesía; en ese no lugar las palabras del tiempo son confusas. Es cierto que en la cadencia de luces y sombras que observa y apenas entiende podría encajarse un día, pero ese día no estaría hecho de las mismas  cosas, del mismo cansancio, del mismo aturdimiento, que los que dan cabida a la mayoría de la gente. Para él las horas son un solo instante que, a pesar de sus esfuerzos, no avanza ni va a ninguna parte.
   Nunca pensó, cuando eso aún era posible, que llegaría a embarcarse en ese absurdo e incomprensible viaje en solitario, un viaje sin más gloria que el olvido. Una aventura sin épica ni esperanza a la que ningún puerto espera -a lo sumo un lugar de maderas podridas sin un tal vez que permita llamarle destino-.
   Con las velas hechas jirones, rodeado de un océano inhabitable donde las devastadoras tormentas son de calma;  alejándose de nada con una extraña determinación; sin miedo, ya que eso exigiría algo parecido a un después; escuchando obsesivamente el silencio y la soledad en la que tal vez se agazapan todas las presencias en las que algún día habitó.
   A veces, sucias de neblina y sueño, desarboladas, chapoteando sin rumbo en esas aguas densas como fango, en esa tela viscosa e inmensa que él percibe como una permanente amenaza, le parece entrever otras embarcaciones. Es una burla húmeda, una risa hueca, la que desbaratará una y otra vez el espejismo alejando cualquier posibilidad de auxilio. Nadie en ese rincón hermético y completo. Eso es todo.
    Pero de nuevo sucede lo que él ya no sabe que sucede y, sin previo aviso, todo a su alrededor se comprime y pierde inmensidad. La soledad ahora no flota, sino que es blanca y aséptica. De pronto el mar tiene esquinas y paredes pintadas de color verde claro, con desconchados que parecen heridas. Un revuelo de batas blancas, como gaviotas sin cielo, le podrían haber hecho sonreír pero tampoco recuerda cómo hacerlo.
   Torpemente, las sillas de ruedas perfilan la duda, el absoluto desconcierto, de no saber qué rumbo tomar. Ahí van, uno a uno, sin otra cifra que pueda añadir algo a esa tristísima unidad. Navegantes del desamparo, intrépidos marineros del último mar amarrando las naves, ahora sí, ante un plato de puré de verduras.
   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Siempre de acuerdo con nada (Taller Bremen)


Ser una mula es estar siempre de acuerdo con nada y muy a menudo en total desacuerdo con todo; también es la curiosa forma que adopta una opinión nacida para desbaratar todas las opiniones. Ser una mula es una balanza vertical en la que las cosas pierden peso hasta quedarse en risa; un puñetazo de cuatro patas en la boca de los que se acuestan con certezas de mala vida.
Pero no teman, mi intención no es seguir zarandeando la palabra mula hasta despojarla, como en realidad se merece, de su sentido habitual. Si hay gente que les mejora el ánimo y les facilita las digestiones pensar que define a un animal híbrido y estéril, nacido, como tantos otros que conducen automóviles y llenan los estadios, del cruce de una yegua y un burro, pues no seré yo quien les joda la tarde. Soy una mula, si esa es la convención que ustedes necesitan, y soy lo que ustedes quieran si la vida los ha favorecido con las cosas de la duda, la alegría y el juego.
Acotado un poco lo que parezco, y para evitar que estas letras que él me escribe acaben levitando de pura nimiedad, me forzaré a mentirles una historia del todo cierta que comienza en la esquina de azares en la que nos conocimos. Recuerdo que caían copos obesos cargados de silencio, nada extraordinario en este trópico confuso y enloquecido en el que me dio por transcurrir, y que tenía el morro adormecido de buscar en vano un poco de hierba bajo la nieve. De pronto percibí que algo merodeaba por mis cuartos traseros, por lo que preparé la coz y, dado mi carácter poco rencoroso, también el olvido. Podía haber sido un perro, o un jabalí, o un remolino de sombras, pero era él. Con una media sonrisa colgada de su cara, algo que no pronosticaba nada bueno -nadie sin graves alteraciones le sonríe a una mula cuando está solo-, me miraba como si yo fuera un misterio desvelado. En una mano llevaba tres zanahorias y en la otra, aunque parezca extraño, algo parecido a un saludo. No era un gran comienzo, pero no cabe duda que podía haber sido mucho peor.
En poco tiempo, nuestra relación -si me permiten que llame así a lo que ningún diccionario daría cabida- ha pasado de una recelosa practicidad a la más cordial complicidad, no siendo de entre todas ellas la menor, nuestra acerada animadversión hacia las moscas y su tenaz e incomprensible estupidez. A menudo, a esa hora en que la noche parece que anda en dudas de lo que quiere ser de mayor, yo mastico zanahorias, que es mi peculiar forma de pensar, y él me lee poemas de una tal Pizarnik. Es normal que, dado mi natural desinterés por los adjetivos -eso por no mencionar mi absoluta indiferencia por los sustantivos- haya cristalizado entre nosotros algo parecido a una nueva forma de comunicarnos. Él descifra con gran precisión lo que mi cola, mis orejas, mis párpados, mis pestañas, mis patas e incluso el brillo de mis ojos expresan; yo, no me pregunten cómo, simplemente entiendo todo lo que dice y gran parte de lo que silencia.  Me piensa y me aprecia, me deja ser lo que yo quiera y también me facilita barra libre de hierba fresca.  Una relación que, sin ser perfecta, merodea los alrededores de la perfección.
Entenderán que de momento no me plantee ni el engaño, cosa harto difícil dada mi escasa predisposición a las ansiedades genitales, ni mucho menos la definitiva separación. 
Por lo demás, y a diferencia de los taxidermistas y del ministro de educación, las mulas no necesitamos futuro, por lo que no me inquieta en absoluto qué nos depara, a ese entrañable desorden de ideas y a mí, esa ficción temporal. En alguna ocasión hemos hablado -es un decir- de ello, y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor será insistir hasta confundirnos en un ahora perfecto, desdibujarnos de  tal forma que cada vez sea más difícil establecer donde empieza la mula -es decir, yo- y donde acaba él.
También es cierto que a veces jugamos a ser lo que algunos esperan que seamos y entonces, por unas horas,  él conduce autocares, indaga luces y enreda textos, cualquier cosa menos quedarse quieto; y en lo que a mí se refiere, arraso enormes y verdes campos a bocados, espanto moscas con el rabo y hago todo lo que se espera de lo que no soy y parezco: una mula.

(He aceptado que de nuevo él escriba por mí pensando en esa mayoritaria y gozosa minoría que saben ubicar el Olimpo en los diccionarios, pero a la vez son conscientes de que es el lugar donde se suelen construir los cementerios).