domingo, 31 de mayo de 2015

Por favor sonrían -Taller Bremen-


Espero que me sabrán disculpar las molestias que les pueda provocar el atender un rato a quien no existe. Aquí me tienen, debajo de esta mesa sin ser nadie y sin saber tampoco cómo llegué a convertirme en esta extraña conciencia sin caries ni uñeros; aquí estoy, ignorando por completo qué fue lo que sucedió para que me quedara atrapado en esta forma de sentir sin nada tangible que le diera cabida. Dada la situación, entenderán que poca cosa les puedo decir de mí, en realidad nada. Apenas matizar que no soy un escarabajo ni un sueño, tampoco una idea para un cuento; que no tengo ni ojos ni oídos -aunque les oigo y les veo- y que tampoco soy Dios, o por lo menos eso creo. No me afeito pero puedo explicarles lo que es la barba; nadie se aburre en mí, pero sé perfectamente lo que es el aburrimiento; ni que me lo proponga puedo hacer ningún ruido, pero aprecio el repiqueteo de la lluvia en los cristales. De igual forma, si alguno de ustedes se empecinara en saber el porqué estoy debajo de esta mesa, pues lo cierto es que no sabría qué contestarle. A veces, sólo para consolarme un poco, me da por pensar que mi extraña situación no difiere en exceso de la de todos, a no ser por el hecho de que en mi peculiar carrera hacia la nada les he tomado a todos ustedes algunos metros de ventaja. Por lo demás, reconozco que aquí debajo las cosas suceden distinto, pero igualmente suceden. Sin ir más lejos, hace un rato pude escuchar como alguien decía que el sábado estaban invitados a la comunión de Mari Cruz, a lo que otra voz, un poco más gruesa, se afanaba en contestarle que estaba hasta los cojones de las comuniones. Luego, durante un buen rato, nadie dijo nada hasta que la voz más bajita de las dos pidió que les trajeran la cuenta. 
La mesa sobre la cual suceden estas cosas tiene cuatro patas -hasta aquí no cabe sorpresa alguna- y cada una de ellas está pintada de un color distinto -eso ya es un poco más sorprendente-. Alrededor hay otras mesas, todas con sus patas de colores, y en una de ellas, justo en este instante, un pie ha abandonado su zapato, como si de un barco zozobrando se tratara, para subir y bajar por unas piernas que se dejan hacer tan quietas como todas estas patas de colores. No puedo escuchar lo que dicen, pero juraría que no están hablando de la comunión de Mari Cruz, ni de ninguna otra comunión. Casi seguro que todo lo que se dicen les parece inédito, sorprendente, como un sol recién puesto; es más que probable que nunca se les haya ocurrido pensar la posibilidad de estar debajo de una mesa sin ser nada.
Tampoco a los cuatro idiotas que se acaban de sentar, los mismos que cada tarde, entre risotadas y cervezas, vienen a ignorar de todo un poco en voz alta, se les habrá pasado nunca por las respectivas cabezas esa posibilidad. Hablan como si fueran reales y el mundo los conociera. Alejados de cualquier sentir, estas elegantes amebas con calcetines de ejecutivo tienen de lo que yo carezco y carecen de lo que yo tengo, por lo que no es un despropósito considerarlos tan extraños como yo. 
Ya me imagino que a estas alturas de este contar por contar, a los más inquietos, a todos aquellos que no permiten que un árbol sea otra cosa que un árbol y que confían plenamente en los espejos considerándolos gente de su total confianza, les estará mordiendo los tobillos el perro de lo inverosímil. Puedo escuchar perfectamente su queja, vestida con los harapos de la burla y el escepticismo: 

-¿Quién demonios relata todas estas nimiedades, y cómo puede contármelas si su decir no tiene a nadie que diga?

Hay preguntas cuya respuesta, de haberla, sólo cabe buscarla en los campos yermos donde fueron concebidas. Preguntas que no pretenden abandonar una ignorancia, sino fortalecerla hasta convertirla en refugio y razón. Piensen lo que quieran, sólo les pido que se acostumbren a mirar debajo de la mesa y si las patas son de colores, que por favor sonrían. 


viernes, 15 de mayo de 2015

Apenas corría el aire -Taller Bremen-



El jurado popular estaba compuesto por siete hombres y dos mujeres. De todos ellos, sólo a tres hombres y a una mujer les faltaba bien poco para ser buenos y algo más para ser razonables, muy al contrario de los otros cinco miembros que carecían por completo de ambas virtudes. Frente a ellos, sentado al lado de su abogado defensor, estaba Hipólito mirando el suelo sin ver nada -si en ese momento le hubiese dado por levantar la cabeza, habría visto al Juez  observando el techo de la sala  y viendo exactamente lo mismo que él-. Las acusaciones eran muy graves y nadie albergaba la más mínima esperanza de que el veredicto fuera favorable. En la tercera fila una mujer lloraba por encima de un murmullo que manchaba el momento de distintas maldades. El desconsuelo provenía de la mujer de Hipólito, que se sabía tan perdida como sus tres hijos con mocos crónicos a los que, previsiblemente, ningún futuro se molestaría lo más mínimo en darles acogida.
El martillazo desganado del Juez, que por un momento había abandonado el techo para ubicar discretamente la mirada en las piernas cruzadas de Rosario, la hermosa ujier por la que suspiraba casi todo el Juzgado de Instrucción Número Tres, dio paso a una letanía protocolaria en la que se informaba, al poco respetable público asistente, de que el jurado se retiraba a deliberar durante treinta minutos y que no estaba permitido comer ni beber en la sala.
Algunas toses, un par de risas del todo improcedentes y el crujir de los bancos al ser liberados momentáneamente de su ingrato destino, configuraron la banda sonora de la distensión.
Como suele suceder, en los corros de la espera la gente se esmeraba en la malicia, al tiempo que perfeccionaba sus mejores crueldades. Acicalados buitres volando en círculos sobre el inminente cadáver del pobre Hipólito, que empecinado en su particular forma de no estar, seguía mirando atentamente el suelo.
Quién hubiese dicho, cuarenta años atrás, que ese niño que fue rubio y ahora era un hombre incoloro y calvo, que esa saludable y encantadora criatura que correteaba de aquí para allá entre sencillas alegrías, acabaría cometiendo el horrible acto por el que se le estaba juzgando. Ni la más atenta y perspicaz de las personas que le habían conocido hubiese sido capaz de prever lo que ese hombre haría con increíble premeditación y constancia. En fin, sigo con el relato de lo que sucedió y dejo para peor ocasión las innecesarias incursiones en el feliz pasado de ese pobre infeliz.
Justo cuando sonaba la alarma en el móvil del fiscal para avisarle de que era la hora del colirio para el orzuelo, se abrieron las puertas del salón donde habían estado deliberando los que sin ser buenos, tampoco eran razonables. No fue necesario disfrutar de una inteligencia múltiple para constatar cómo en los ojos de casi todos ya se leía la condena; tampoco se necesitaron estudios universitarios  para percibir el peculiar brillo que suele acompañar la mirada de los que chapotean gustosos en el lodazal del bien y de la verdad. Todos se sentaron al unísono, todos menos un hombre de labios gruesos, orejas de soplillo y seriamente alejado de cualquier belleza conocida, que se quedó de pie con un sobre en una mano y nada en la otra.
Otro martillazo, tan desganado como el anterior, antecedió a las palabras necesarias para ordenar al acusado que se pusiera en pie. Por fin el silencio se hizo un hueco entre el remolino de comadrejas y se dejó escuchar. El portavoz carraspeó y procedió a la apertura del sobre que sostenía en la mano en la que había algo -si recuerdan, en la otra no había nada-. La lectura se resintió del no saber leer, aunque fue suficiente para que se supiera lo que nadie ponía en duda.
- El Jurado Popular aquí reunido considera al acusado, Sr. Hipólito Expósito Explícito, culpable de los siguientes delitos: Glusoca basal 124 mgr; Trigliceridos 193 mgr -aquí los labios gruesos se aquietaron por un instante para enfatizar el horror del más grave de todos ellos - y Colesterol LDL 189 mgr.  
- Leída la sentencia -apuntilló el Juez como resucitado de pronto de una muerte sin importancia- se condena al acusado a una dieta perpetua en la que se verá privado de cualquier tipo de grasas, azúcares, sean estos refinados o no, excitantes de cualquier tipo y bebidas alcohólicas que contengan alcohol, aunque sólo sea un poco.
De nuevo alzaron el vuelo, en forma de murmullo, los sucios pájaros que hasta ese momento picoteaban el frágil silencio. De nuevo la mujer de Hipólito lloró sobre su propio llanto. De nuevo Hipólito Expósito Explícito perdió sin ni siquiera saber en qué consistía el juego.

Es probable que nadie lo percibiera, pero al salir desordenados a la tarde de Julio ya no era verano, sino algo muy parecido a una tristeza en la que hacía calor y apenas corría el aire.

viernes, 1 de mayo de 2015

Matemáticas del desaliento -Taller Bremen-



Hacía ya más de cuatro años que no sucedía nada cuando a media tarde, sentada al lado de un montón de silencio, Lisa rompió a llorar. 
-¿Qué te pasa?- le preguntó Ernesto mientras sostenía en su mirada la sorpresa y en la mano derecha, agarrada por el cuello, una gallina quejosa y sucia.- ¿Por qué lloras, acaso te ha sucedido algo?
La pregunta, que ya de por sí no venía oportuna ni tampoco inteligente, se mereció el puñetazo respuesta que ella tanto necesitaba en ese momento para dejar de golpear al vacío.
-En este culo de mundo nunca sucede nada. ¿Cómo se te ocurre preguntarme si me ha sucedido algo?
Tal vez porque la escena le llamó la atención -o quizás sólo fue por el cansancio del vigoroso desacuerdo con quien la había sacado de su impecable rutina de gallo y gallinero-, el grotesco animal dejó de aletear y observaba a Lisa como si en su plumado ser cobijara un alma de bolsillo; algo parecido a una conciencia inestable, chiquitina y de tapa blanda. El bueno de Ernesto le conmutó momentáneamente la pena de muerte a la gallina y se puso a rebuscar algo de ternura en los bolsillos de su pantalón de trabajo.
-Lo se, amor, ha sido un invierno muy largo y frío y….
Pero ella siempre había sido mucho más rápida que él, y justo cuando Ernesto estaba a punto de construir, con las normales carencias de la improvisación, una frase en la que aparecían, entre otras, las palabras primavera, paciencia, paz y confianza, Lisa le espetó otra ya del todo terminada, precisa y angulosa, en la que figuraban las palabras mierda, harta, reseca  y adiós.
Ernesto se instaló en el no entender -aunque eso tampoco suponía una novedad dada su jovial, animosa y precaria forma de ser- y esa noche los dos cenaron escuchando la lenta conversación de las cucharas y el crepitar cansino del fuego en la chimenea. Luego, un poco más temprano que de costumbre, se acostaron con un par de frases almohadilla, esas que amortiguan un poco el accidente del otro; Lisa buscando en la cama el lugar más alejado posible de Ernesto, y él esperando en vano que el pie o la mano de ella le diera el aviso de que la tormenta había amainado.
El canto innecesario del gallo, dado que las horas previstas para el sueño las utilizaron ambos para girar una y otra vez sobre su propio eje, levantó una mañana en la que previsiblemente tampoco sucedería nada. Aunque a primera vista las dos preguntas construidas durante el mutuo desvelo podrían provocar alguna confusión por ser muy parecidas, en realidad nada tenían en común. Ernesto la dejó limpia y acabada en estos términos: ¿qué puedo hacer para que suceda algo sin que nada suceda?, y Lisa la dio por lista y terminada en estos otros: ¿qué puedo dejar de hacer para evitar que de nuevo suceda algo sin que nada suceda?
Matemáticas del desaliento, ecuaciones del cansancio, utopías boomerang lanzadas sin la debida protección; y es que un mal día Lisa y Ernesto dejaron de buscar la felicidad y cometieron el vulgar error de instalarse en ella. Abandonaron su ruidoso y contracturado pisito de la calle Comercio, número tres, segundo derecha, buscando el abrazo respuesta de la más hermosa e indiferente de las madres. 
Luego, y a pesar de que no hay constancia de lo sucedido, es más que probable que la  naturaleza hiciera lo que siempre suele hacer en estos casos: ignorarlos. A la nieve y a los caracoles, a la menta y a los atardeceres, les importaba un bledo que se hubieran instalado allí. Con el paso del tiempo, los caracoles y la menta  no cambiaron un ápice su actitud, y en lo que se refiere a la nieve y a los atardeceres, pues a decir verdad, tampoco. Ilusionados y eficazmente innecesarios, ambos se afanaron en darle forma a su idea, pero la falta de costumbre y el material tan inestable del que suelen estar configuradas estas, hicieron casi irreconocible el objeto resultante de su empeño.
Después de esa noche esquina vinieron algunas más, no muchas, pero en la superficie que ocuparon todas ellas siguió sin suceder absolutamente nada. Una mañana, aún con la nieve dormida y el frío buscando en vano cobijo de si mismo, el gallo sólo cantó para Ernesto y para las siete incondicionales gallinas que le hacían compañía. Un lacónico, y tal vez excesivamente escueto, "lo siento" escrito en el reverso de un comprobante de pago de la tarjeta de crédito de Ernesto y sujetado a la puerta de la nevera con un imán en forma de vaca lechera, y un café con leche que se había quedado frío y al que sólo le faltaba un sorbo, fue todo lo que dio de sí la despedida.
Ahora Lisa vive en el número veintidós, tercero primera, de la calle Arrabal y a veces, mientras alguien duerme a su lado, se levanta y telefonea a Ernesto sólo para oírle decir que por allí, desde que se fue, todo sigue igual, y que prueba de ello es que la semana pasada un par de conejos se suicidaron con una sobredosis de aburrimiento; y Lisa llora y ríe y de buena gana, si no fuera porque nunca le gustó ver dos veces la misma película, cogería y se iría al campo, con Ernesto, que aunque parece feliz no lo es, ni puñetera falta que le hace.

jueves, 9 de abril de 2015

La breve mala vida de Ramón Juneda -Taller Bremen-



Para tutear a la mala vida, para afianzarse en ella, no hay más secreto que la práctica y el tesón. Con ese firme convencimiento se ponía despacio los calcetines Ramón Juneda, al tiempo que activaba, de forma espontánea, los recursos necesarios para minimizar la tristeza, breve pero punzante, que le producía el rotundo agujero en uno de ellos. Ese dedo que ahora le miraba a los  ojos -pensó sin pensar- era una sinopsis precisa de su vida, el corre ve y dile de un mensaje, el suyo, sin remitente conocido. Pero no era momento de dejarse caer en esos precipicios bajitos, en esos abatimientos de pitimini; la decisión estaba tomada, y eso que a Ramón Juneda decidir cualquier cosa le solía provocar generosas flatulencias y no menos vigorosas diarreas. 
Un fin de semana crápula, el primero y probablemente el último de su vida, para poder encarar con precisión y conocimiento de causa el texto que, desde el Taller de Escritura en el que participaba desde hacía algún tiempo, les habían propuesto.
La mala vida, ese era el tema sobre el tenía que girar su escrito, en contraposición -pensaba él- no a la buena vida, sino a esas aguas sin orilla ni cielo, sin peces ni puentes,  sin fondo ni cauce, en las que hacía tanto tiempo que braceaba.
Con una determinación que tintineaba como una cucharilla de café, y sin saber muy bien en qué consistía exactamente, quiso vestirse informal, siendo el bostezo de su armario el encargado de desbaratar semejante despropósito. Si una camisa era previsible, la otra era deprimente; si unos pantalones eran un esbozo de la indiferencia, los otros eran un tratado del tedio, y eso por no hablar de la ropa interior que aguardaba, con el corazón encogido, el turno para cumplir su horrible destino.  Hombre pragmático y cabal, decidió vestirse como siempre y depositar en los claroscuros de la noche las leves esperanzas de la informalidad.
Un estremecimiento que no se decidía a ser escalofrío lo empujó a la humedad y al cansancio de una tarde ya vencida pero con luna y estrellas. Algunos árboles andaban ya en la rabia del florecer y en general todo parecía un poco más indiferente que de costumbre.
En el prostíbulo pidió una clara y por unos instantes le pareció que el silencio escondía algunas risas. Aún no había dado el primer sorbo cuando una mano que colgaba de un perfume hiriente se le posó aleteando sobre la bragueta. Ella dijo un hola húmedo y a él se le emancipó un cacahuete, que mantenía seriamente asfixiado entre el índice y el pulgar, para instalarse con increíble pericia en el fondo de un escote alpino. Dieciocho minutos de monosílabos fueron más que suficientes para alejar al perfume hiriente y también para convocar de nuevo algunos cuchicheos sucios de risas distintas. La mala vida requiere un prólogo, se sorprendió diciendo en voz alta, y pidió otra clara que pago a precio de escocés añejo.  
Con el vaso en la mano y una sonrisa de cadalso, se acercó a un sofá en el que bostezaban tres señoras que parecían estar esperando la inminente llegada de sus vestidos. Sin creerse lo que él mismo acabada de decirles, le pareció que su pregunta quedaba colgando de las tres bocas abiertas, generosamente enmarcadas de rojo carmín.
-¿Cuánto me cobrarían por acostarme con las tres?
Pasaron unos segundos gruesos, muy parecidos a minutos, hasta que la que tenía más estudios atinó a decirle si se refería a una detrás de otra, o con las tres a la vez.
- Si a ustedes no les importa, con las tres a la vez.
La superficie de que disponen estas letras para emplazar su disparatado campamento, no permite el necesario matiz ni la imprescindible reflexión, pero para que se hagan cargo les diré lo que ustedes tal vez ya sospechan: que nada consiguió levantar Ramón Juneda a no ser algunas sospechas; que les enseñó algunas fotografías de pequeño, frente a la iglesia de su pueblo, de la mano de su madre y sujetando el palmón de Pascua, gesto que fue correspondido mostrándole ellas otras en las que aparecían con sus hijos, sobrinos, novios e incluso una en que la más bajita de las tres le hacía una felación a un primo suyo nacido en Segovia que, según le contó con gran generosidad de detalles, no era ni feo ni guapo, pero siempre olía a caramelos de eucaliptos;  que volvieron las risas, pero esta vez tiznadas con algo más de ternura, al percatarse ellas que el preservativo colgaba, como pendón de la Santa Cofradía  de las Erecciones Imposibles, de su apéndice asustado; que quedaron en algo parecido a una amistad, breve pero hermosa;  que lo despidieron en la puerta, bajo una tenue caricia de luces de neón y con los zapatones de la noche pisoteando ya las aceras. Luego, con la satisfacción del que regresa de una pequeña e inofensiva maldad, quiso callejear para saborear un poco lo incorrecto, pero el juanete no quiso colaborar. Un taxi lo llevó hasta el portal de su casa, o si lo prefieren, hasta el puerto sin mar en el que anclaba su rutina. Lo primero que hizo al entrar fue quitarse los zapatos y prepararse una manzanilla para pedirle perdón a su estomago; luego, y pesar de lo escandalizado que estaba el reloj al verse marcar las tres de la madrugada, se sentó en la mesa de la cocina, cogió un par de folios y con letra menuda escribió en uno de ellos: "La mala vida" y a continuación, esta vez todo con mayúsculas, su nombre: "RAMON JUNEDA".

jueves, 19 de marzo de 2015

¿Alguien sabe qué cosa es Lisboa? (Taller Bremen)



Que yo sepa, hasta ese día nadie había conseguido hacer aterrizar un Airbus A380 en una idea. Ni a los comandantes más experimentados se les hubiese ocurrido intentar semejante maniobra en un espacio y en unas condiciones tan extrañas y alejadas de cualquier normativa internacional

El primer indicio de que ese vuelo iba a ser distinto, y probablemente irrepetible, lo dieron las pantallas de los monitores incrustados en los asientos. Los que más pendientes estaban de la información, que suelen ser los que más miedo les produce volar, vieron, no sin cierta inquietud, que el tiempo previsto para la llegada al punto de destino, Lisboa, oscilaba sin lógica ni control alguno. De las dos horas, que era lo esperado y normal, pasaba a siete para de pronto, y sin nada que lo justificara, indicar que apenas quedaban quince minutos para el aterrizaje.

También el personal de a bordo había ido abandonando lentamente los vértices de sus miradas complacientes para mostrar, aquí y allá, tristeza, nerviosismo, cansancio y tal vez algo muy parecido a la melancolía. Incluso el cielo que enmarcaban las ventanillas dudaba entre colores imposibles y texturas improbables.

"Si me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha existido -se escuchó de pronto por los altavoces- respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera que sea".  Ni que decir tiene que en ese contexto nadie entendió a lo que se refería el mensaje, creyendo los más soñolientos que se avisaba de la llegada de algunas turbulencias y procediendo por ello a abrocharse los cinturones de seguridad. 

El inmediato acuerdo de la alarma se dio cuando a continuación, una voz pausada, como de hombre que regresa de muy lejos sin haberse molestado en partir jamás,  informó de que tarde o temprano se iniciarían las maniobras para aterrizar en distintos lugares a la vez, y que por razones técnicas no sería Lisboa, sino la idea que cada uno de los señores pasajeros tenga de Lisboa, el lugar previsto. También, añadía la voz, y en nombre del comandante Alberto Caeiro y de toda la tripulación, les agradecemos su desconfianza y les deseamos una feliz estancia en ese no lugar al que ustedes han decidido llegar.

Murmullos, voces y algunos gritos dieron la bienvenida a uno de esos instantes en que a la realidad le flaquean las rodillas. Nadie estaba de acuerdo, aunque tampoco nadie sabía a ciencia cierta sobre qué. Las azafatas correteaban por los pasillos atendiendo leves desmayos y airadas protestas, mientras el sobrecargo, guitarra en mano y con más voluntad que acierto, improvisaba un fado que, como era de prever dada la situación, casi nadie decidió escuchar. 

Sólo la clara sensación de descenso y el pronunciado giro del avión, consiguió aplacar un poco los ánimos, pudiéndose escuchar como iba en aumento el golpeteo metálico de los cierres de los cinturones y en disminución la algarabía reinante.

Sin más contratiempos ni incidentes dignos de ser mencionados, el enorme pájaro hierático, sin otro templo ni fe que le diera cobijo que su metálica soledad, consiguió aterrizar a la vez en dieciocho ciudades distintas y del todo ajenas las unas de las otras. Según lo que ha trascendido del informe que acompañaba al expediente abierto al comandante, de los ciento dieciséis pasajeros, ochenta y siete consiguieron pasar unos agradables días en una ciudad que parecía Lisboa, diecinueve no sabían decir con exactitud en que ciudad estuvieron, uno aseguró haber estado, sin coste adicional alguno, en tres ciudades distintas y de forma simultánea y sólo de nueve no se ha sabido nunca más nada, por lo que se supone que deben de andar perdidos por cualquier ciudad, tal vez Lisboa.



jueves, 5 de marzo de 2015

Los pájaros llenos de cabeza (Taller Bremen)



Como decía el imprescindible Bergamín, tengo algunas ideas liebres, y ella que se reía  con toda la felicidad que cabe en una risa y le decía que lo que él tenía era los pájaros llenos de cabeza, y luego se sentaban en cualquier sitio y jugaban un rato a maldecir y, sin apenas darse cuenta, el tiempo y las esperanzas les dejaban de joder con su insoportable canción de una sola nota.
- Malditos sean todos los linces ciegos a los que les da por gobernar.
Y él que miraba de reojo el botoncillo rojo que prometía verdades de las buenas.
- Así revienten los minutos que sólo tienen sesenta segundos.
Y ella que inventaba mariposas y las ponía a volar como si nada.
- Me cago en todos los martes que no saben reír.
Y él que hacía funambulismo en la cuerda azul de su mirada.
- Que les den por el culo a todos los que sin tener culo no paran de cagarla.
Y ella que, de haber existido, no le hubiese dejado otra salida que amarla.
Pero las cosas son como son, y en su cabeza jamás revoloteó otra cosa que no fuese el infinito cansancio de no estar cansado, ese tedio de lo correcto que no pesa ni huele, y así, claro está, sólo te pueden amar los ascensores y los lunes -no todos- de algunos meses de Febrero. 
A su favor hay que decir que de todo ello, y con el paso de los años, quiso pedir perdón pero ya no supo ni a quién ni de qué. 

Si esta mínima historia les ha parecido triste, cabe la posibilidad de que lo sea.


domingo, 1 de marzo de 2015

La historia que ustedes no sabrán (Taller Bremen)



Yo hubiese querido contarles la historia de Luis y Teresa; las manos cogidas, sin guantes, en una noche que podía haber sido un poco más fría pero no más hermosa. Me hubiese encantado explicarles que a su alrededor se esperaban las cosas que Paris dice ser, esas mentiras encantadoras que vagamente evocan lo que tal vez en otros tiempos fue. Pero el miedo a hacer el ridículo con todo lo que escribo me atenaza de tal forma que las historias, o se me caen de las manos, o hago ver que se me olvidan en cualquier lugar mucho antes de decidirme a escribirlas.
Y es una lástima, créanme, porque lo que les sucedió la noche de fin de año, hace ya mucho tiempo, cuando eran un par de jóvenes recién casados en el que era su primer -y último- viaje lejos de las calles desholladas y polvorientas de Cantarranas -que así se llama su pueblo-, sin ser nada del otro mundo, si que pincela con cierta precisión el triste paisaje en el que se confunden todas las esperanzas frustradas.
Nada les podré contar, por mi estúpida vergüenza del que dirán, de la forma en que sus ojos escudriñaban en la oscuridad ese amasijo de hierros -animal estático, casi un insulto- de la Torre Eiffel. Nada les podré decir de la emoción con que, junto con otras miles de personas, esperaban a que dieran las doce campanadas para que,  según les habían comentado en la agencia de viajes, la Torre se iluminará con luces de todos los colores en un espectáculo único y maravilloso. 
Me sabe mal que no puedan ustedes llegar a saber que sobre ese instante, sobre esa apoteosis lumínica, Luis y Teresa se habían propuesto cimentar su felicidad. Un punto de inflexión con el que pretendían dejar atrás las tardes sin apenas horizonte en las que las coordenadas del mundo las daba el futbolín del bar de Paco el tuerto  -innecesario decir que el único del pueblo-. Les doy mi palabra que he hecho todo lo posible -que para ser sincero, y tratándose de mí, no puede ser mucho- para hacer el acopio de valor necesario y narrarles como ambos se regalaron dos sonrisas tristísimas al ver que, pasados diez minutos de las doce, la Torre seguía a oscuras y sumida en la más absoluta indiferencia; para contarles como regresaron al hotel añadiendo un poco de silencio al silencio de unas calles que, sin ellos saberlo, habían llegado al consenso de ignorarlos con precisión.
Me gustaría pensar que sabrán perdonarme este absurdo pánico, ese miedo atávico e irracional, a que mis palabras me abochornen, a que tropiece en lo que escribo y caiga de bruces justo en medio de lo que ustedes leen. 
En lo que a Luis y Teresa se refiere, sólo decirles que espero que alguien se atreva a contarles que los años los fueron amueblando con los trastos del cansancio y del olvido, que jamás volvieron a celebrar el fin de año y que, sin llegar a ser nunca felices, consiguieron desvanecerse poco a poco en algo parecido a la calma y el sinsentido.  

Discúlpenme, no les digo más porque estoy temblando. 


!Qué cruz la mía, por Dios!