jueves, 28 de enero de 2016

El inhabitable reflejo de lo mismo (Taller Bremen)



Como es sabido, las muertes sin modales, como los portazos, amilanan entendimientos y razones. No es improbable que el río, que acogiéndolos zanjó para siempre la cuestión, sepa ahora de los motivos mucho más de lo que nadie les pueda contar. Tal vez no sea necesario insistir en que el sinuoso olvido de sus aguas sabrá guardar para siempre su secreto. De todas formas, y aunque solo sea para aliviar la curiosidad y el tedio de algunos, puede mentirse que la historia comenzó con acritud y disputas. Este correo electrónico, enviado por Narciso tres meses antes del fatídico salto, así lo atestigua:

- Con gran sorpresa y mayor estupefacción, al entrar ayer por casualidad en el blog en el que usted suele colgar algunas de sus supuestas fotografías, me percaté de que ha tenido la desfachatez de apropiarse de una que hice recientemente en el Rastro de Madrid, y que en su día publiqué en mi propia página. No solo la ha colgado sin mi permiso, sino que la firma como suya. Espero que la retire inmediatamente, sin que eso deba eximirle de las necesarias disculpas.

Como era de esperar, no tardó Pedro en armar razones e improperios para devolver el golpe: 

- No le conozco, ni tengo en mis prioridades intentarlo, pero a raíz de lo que miente en su correo he visitado su blog y el que ha quedado consternado he sido yo. Esa fotografía a la que usted se refiere, no sólo no la hizo usted, sino que por motivos que desconozco, pero que no deben de andar muy lejos del trastorno mental, se atreve a recriminarme que me la haya apropiado. Le podría decir día, hora y forma en que la tomé, pero no considero que el despropósito que ha construido merezca el esfuerzo. Si su médico y el tratamiento se lo permiten, discúlpese usted.   

No añadiría nada de interés lo que se dijeron en los mensajes siguientes, tal vez algo más el que por curiosidad y cansancio ambos decidieran concertar una cita en un bar pálido, sucio y enfermizo de la Barceloneta. Para adecuar la escenografía los dos acudieron al encuentro cargados con cámaras, trípodes y toda la artillería que el vicio de la luz suele requerir. Era evidente que Narciso andaba en tratos con el descaro y la ternura; curiosamente, Pedro se codeaba con idéntica desenvoltura con la ternura  y el descaro. Nada compartían los dos  con  las distintas propuestas que la fealdad suele defender. 
Dos cafés fueron testigos de lo que ustedes tal vez no creerán y tampoco importa. No una, sino muchas de las imágenes que ambos se iban mostrando eran idénticas en luces y encuadre, en lineas y perspectivas, en intención y belleza. Antes de ni tan solo intentar comprender lo que sucedía, acordaron citarse de nuevo, siete días más tarde y en el mismo lugar, y traer los dos algunas fotografías con el único requisito de que fueran tomadas en las Ramblas y a cualquier hora del día.
Esta vez fueron dos cervezas las que establecieron el marco necesario para dar cabida a la perplejidad. Imágenes casi idénticas a excepción de levísimos matices que solo serían apreciables para aquellos que gustan de lo polémica y el incordio.
Luego, con el paso de los días, se percataron de que esa incomprensible duplicidad, esa absoluta coincidencia, esa idéntica mirada atrapada en sus cuatro ojos, no solo se daba en sus fotografías, sino que se hacía extensible a sus miedos y a sus palabras, a sus silencios  y a sus lecturas, a su cansancio y a su forma de sonreír.
Todo era igual entre ellos, y amontonaron fracasos en el intento de encontrar el resquicio de alguna diferencia que les permitiera despertar de esa horrible pesadilla. El azar de lo peor hizo que no tardaran en caer en el engaño de quererse. Luego, el hermoso e inhabitable reflejo de lo mismo los dejó para siempre sin tiempo y sin orillas. Un titular estúpido, y diez lineas precipitadas en el apartado de sucesos del diario, fue todo lo que la historia quiso depararles.



viernes, 15 de enero de 2016

Ciento volando (Taller Bremen)


LUNES 
Según parece, las locomotoras no dudan y los vagones no saben; tal vez sea por eso que a lo único que presto atención de los trenes es a su paisaje.
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Los días de lluvia perdemos identidad, consistencia, nos desdibujamos bajo una luz que no necesita exactitud ni permanencia (necesaria distorsión de los contornos que erróneamente reconocemos como nuestros). Se abre entonces, como una flor de cristalina nada, un hueco esencial en el que es posible refugiarse de los nombres de las cosas. Los días de lluvia no mienten.
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Picotea el pájaro nocturno muy cerca de los apellidos. Es un juego sin risa para poner a prueba el miedo de todos aquellos que no quieren jugar al todo y olvido.
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Palabras que desconoce un pez: Neptuno; esperanza; humedad; submarino; trompeta;  pecera;  fe;  compasión; pez.
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Habrá que andarse con cuidado; caminamos descalzos por los cristales rotos del alma.
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Kevin Carter. Premio Photo Press 1994.
Dios creó al buitre y permitió el hambre. Enflaqueció al niño y engordó al tirano. Inventó las imágenes y nos condenó a verlas. Impuso un orden y nos dejó opinar. Hizo estallar el Universo y nos dio un idioma para poder contarlo.
Si Dios fuera nuestro padre, deberíamos abandonar inmediatamente su hogar.
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La necesidad inaplazable de ti, de mi idea de ti, que eres tú sin serlo.
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La chica del restaurante. Ningún misterio es más profundo que el pequeño agujero de tus medias. Nada más triste ni más alegre, nada más cierto e incomprensible, que esa pequeña herida sin sangre que te reviste de infinita soledad y ternura.

MARTES
Escribir la historia de dos hombres sin el menor rasgo de egoísmo que coinciden ante una puerta. Pasan los años y no consiguen cruzarla.
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Obviedad: la vida se cura con reposo absoluto.
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Se puede hablar por hablar; hablar para no estar solo; hablar por miedo al prójimo e incluso hablar para poder tener una opinión.
Se puede callar por callar; callar para no estar solo; callar por miedo al prójimo e incluso callar para poder tener una opinión.
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Un perro en la autopista es una metáfora precisa.
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Escribir es barnizar una y otra vez la carcoma para protegerla de la insaciable vida.
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Las palabras van llenando los espacios, se van acomodando en los rincones hasta conseguir que el filo de la noche no nos preste atención.
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Tema para una reflexión trascendental. ¿Por qué no solemos pedir pies de cerdo en el restaurante cuando se trata de nuestra primera cita?
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Navidad. Cuelgan sus abrigos en mi nariz y siguen parloteando.
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De las cosas de la muerte me ocuparé cuando esté muerto; de los sueños, cuando sueñe; cuando os preste atención, del infierno; cuando te vayas, del olvido; cuando llegue el cansancio, del tiempo; pero ahora sólo quiero ocuparme de ser la lluvia que está lloviendo y de llevar los niños al colegio.
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Es harto difícil follarse una cuestión.
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Propósito. Escribir con los ojos lo que otras manos tal vez lean.

MIÉRCOLES
Me gusta comerme la geografía; beberme los paisajes.
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Si se atrapa una mosca en un vaso se consigue una bella metáfora del hombre y su destino: cielo aparente; soledad absoluta.
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Música para una boda. Bob Marley se fue a la ermita y de nuevo aparecieron lobos bipolares aullándole a una luna poblada de notarios. A partir de ese instante Buñuel se hizo previsible, Max Aub funcionario y la noche un largo y preciso calvario. 
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Alejandra Pizarnik. Dijo poema // Se comió sus vísceras. // Luego ya no supo quien cantaba // ni de que mar huía su ola. //  Saltó a la nada // triste de sonrisas.
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Recuerdo la fábula del cazador que quería cazar la luna y aunque nunca lo consiguió logró convertirse en el mejor arquero del mundo (no puedo dejar de preguntarme por la luna y su previsible risa; por el cansancio del arco; por la opinión de la flecha; también por la extraña tozudez de lo excelso).
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Tus pies descalzos, // bajo la mesa, // y en tu risa // todo el olvido que deseo. 

JUEVES
El calamar, como el escritor, suelta tinta para escapar de sus feroces depredadores.
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Como un mago sin chistera, saco los conejos de mi mismo (intentar no inquirir el sentido, sino dárselo).
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Por la callecita sube el dinosaurio con la tranquilidad del que se sabe extinguido.
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Constatación: la idiotez es transcultural,  transnacional, transoceánica y transportable, pero en absoluto debe considerarse transitoria.
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La flecha sabe más que la estupidez: si no llega, cede.
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Pánico en el supermercado. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses hubiesen desertado. Regurgita palabras sin digerir; emite sonidos altamente contaminantes; no sabe lo que dice pero insiste, immisericorde, en decirlo. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses nos hubiesen abandonado.

VIERNES
El único que sabe de amor es el rebeco; el hombre, como la mosca, interroga el cristal.
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El verano se le subía despacio por los muslos. Breves y tristes suicidas merodeaban su instante. No había más tiempo que su piel.
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No existe límite alguno en lo que a sanar al prójimo se refiere. Tanto es el bien que algunos te desean que serían capaces de cualquier cosa, incluso de eliminarte a pedradas, para ayudarte a conseguirlo. Habrá que protegerse de la bondad, esa monja atómica lanzada sobre Hiroshima.
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Patentar. Para incontinentes verbales, compresas todo plumas pero con nada de alas. Evitan manchas y desagradables olores en las conciencias ajenas.
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Las ventanas, con su mirar pausado, saben de todo lo innecesario. Prueba de ello  es que en cualquier bar hay gente que les da la razón mientras beben cerveza y se enredan, sin ganas, en el oscuro ovillo de lo que no puede ser nombrado.
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Buscaba un modelo, una guía, una verdad, una fe; tal vez tenía miedo. La nieve, sin prestarle la más mínima atención, oficiaba su silenciosa liturgia.

SÁBADO
La mentira es el origen de todas las cosas. Alguien tuvo que mentir, es decir, no ajustarse a ninguna verdad, para crear el mundo.
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Militaba en la verdad. Esperaba un premio sólo por esperar. Algunos domingos negociaba con Dios un intercambio de dudas por eternidad.
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Postal de Bilbao. Cada chapela lleva puesto su hombre y la suma de esos hombres, desde ese instante suyo noble y pausado, configura de forma incomprensible la ría y el verde sucio con que el tiempo la nombra. Oxido, vino y una espera de sal y orgullo, algo parecido a un pacto de reciedumbre. Luego están la lluvia y sus cosas; las sombras atrapadas en algunas miradas; ese cielo que sólo quiere ser de allí;  los vozarrones que se alzan por encima del destino para luego volver al mar; las barcazas arrastrándose entre esto y lo otro, casi obscenas, deliberadamente indiferentes al olvido y sus quehaceres; y los peces, que a pesar de lo que digan los ávidos y los necios, ni son ni quieren ser otra cosa que peces. 
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En el país de los mentirosos, una mentira es verdad (menos x menos = más).
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Fe de erratas: el pájaro no goza de libertad, sino de alas.
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Aviso. Cualquier día de estos me desobedezco, me acoso, me denuncio, me despido de una forma tan completa y absoluta que de mi actividad mal remunerada sólo quedará el hueco de una risa a las puertas de la nada.
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Hechas las pruebas pertinentes, y a pesar de los patéticos esfuerzos de príncipes innumerables, se ha podido constatar que la rana era sólo rana y a Dios gracias.  
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Somos un curioso invento en busca del para qué.
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No debería fiarme de todo lo que me dicen; en la boca pueden prosperar más de 400 variedades de bacterias. 
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Se da en Galicia una cierta confusión de elementos entre lo mineral y lo vegetal. Que yo recuerde: un farol árbol con su floración de luz; una piedra musgo, húmeda, esponjosa, triste por no recordar nada a pesar de que desconocía el olvido; un río de metal inquieto; un bosque cuchillo buscando el cielo para saldar alguna deuda antigua de sombras y silencios. También una calle en la que ardía la noche, un perro quieto y herrumbroso y un pueblucho que no sabía donde ir.
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Escucharía de buen grado sólo a los nacionalistas que no saben que lo son por idéntico motivo que gusto de contemplar a los pájaros porque desconocen su aérea condición (dicho de otra manera: me gusta el pulpo gallego porque no sabe que es un pulpo y mucho menos que es gallego).

DOMINGO
Miles de personas mueren cada año por picaduras de serpientes. Miles de serpientes mueren cada año sin haberme picado.
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París. Criadas negras pasean niños blancos por los verdes parques en una tarde gris (orden social cromático).
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Según se mire, todo es igual. Si prescindimos de la esperanza, de cualquier esperanza, una mula y un jarrón de porcelana son exactamente lo mismo.
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Escribir es una compleja forma de eyacular. Soltamos algunas palabras con un leve estremecimiento; luego viene la tristeza a amargarnos el polvo literario (tal vez si Kafka hubiese follado a discreción no habría escrito ninguno de sus libros).
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Me sé de memoria todos los tobillos.
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Diría que ha pasado un día, pero lo cierto es que no tengo la más mínima idea de dónde venía y hacia dónde se ha ido.
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Os voy a decir palabras para que vosotros me expliquéis lo que no significan. Os diré luna y bizcocho para ver si sois capaces de no saber qué es luna y bizcocho; de comeros la luna y dejar que la luz del bizcocho se pose en vuestras sábanas. A ver quién es el listo de no saber todo lo que sabe.
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Duda metafísica. Si Él es el impulso y yo la bicicleta, quién cojones toca el timbre.
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No hay manera de ser algo durante un buen rato. Apenas me descuido, y ahí estoy de nuevo siendo nada entre nada.
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Amo tu inteligencia, agazapada entre el silencio de los cañizos de la muerte.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Un color se puede habitar (Taller Bremen)



   Un color se puede habitar, prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede al negro cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza. 
   Recuerdo esas mujeres sin edad a la que acogerse, descalzas, pidiendo limosna en la puerta de la iglesia; también los mocos de los que colgaban unos niños que jugaban a esconderse entre la miseria; o el sonido que hacía la sotana del cura al rozar por los adoquines de la plaza; y los perros, que eran un solo perro multiforme y sarnoso merodeando por las cuatro esquinas sin calle que sostenían el pueblo. 
   Grises eran también los goznes de las horas que dejaban pasar el tiempo, y del mismo no color eran los silencios espesos, y las miradas que injuriaban tras las ventanas. Sólo algo de azul se atrevía a cobijarse en los rincones de mi incipiente deseo, dos trocitos de cielo que se asomaban desde los ojos de Candela, la hija de la panadera. El olor del pan recién hecho, como un fugaz hogar, casi triste de tantas cosas que no iban a suceder, se pegaba a sus manos y a su bata descosida. Una mínima victoria que solo conseguía hacer más devastadora la derrota de los días iguales.
   En ese descolorido guión, después del pan venía la escuela de la que Don Ramón era el maestro. De él recuerdo el humo que la destartalada estufa de leña esparcía generosamente por la clase. Es probable que hablara muy despacio, como sentándose entre frase y frase, y que al llegar el invierno se dejase acompañar por una tos que, a fuerza de persistir, parecía formar parte de los textos que nos leía, pero lo cierto es que sólo ese humo ácido que impregnada la piel y las paredes ha salvaguardado en mi memoria su voluble presencia. Dos ventanas, doce pupitres, un crucifijo, un mapamundi y cien mil piojos. Preciso inventario de ese almacén en el que se amontonaban desordenadas nuestras perplejidades e ignorancias.
   "España, una grande y libre" podían leer, los pocos que sabían hacerlo, en la descascarillada pared del cementerio que esperaba, detrás de la Iglesia, a sus muertos pobres, a sus pobres muertos. Algunas tardes al salir de la escuela, correteando de aquí para allá como  trazos dispersos de una tela inacabada de suciedad y niñez, salíamos al encuentro de la patrulla de la guardia civil que solía venir, un par de veces por semana, a husmear por el pueblo. Enjutos y sin afeitar,  ese último y patético eslabón, esa macabra broma sin risa, esa ignorancia armada, vigilaba la absurda posibilidad de que alguna grandeza o libertad escogiera esa desolación para echar raíces. Luego, como sombras entre sombras, sin pagar las dos copas de anís que solían apurar en silencio, arrastrando un cansancio que ya no era suyo, sino de todo y de todos, desaparecían dejando su rutinaria advertencia, su velada amenaza, al resguardo de la noche y de los chinches.
   Y con la noche y con los chinches compadreaba la muerte. Pero no era una muerte de  muertos, la que las mujeres dibujaban lloriqueando en los velatorios, ya que para ello hubiese sido necesario que se diera lo distinto. En esa tiranía de lo gris era todo tan lo mismo, tan parecidos eran sus instantes, tan iguales los tedios y las miradas, que la muerte a nadie mataba. Apenas conseguía ser una costumbre, un contratiempo, como capas de nada adheriéndose, año tras año, a un único cuerpo incomprensiblemente tenaz e insepulto. 
   Si Yves Klein hizo del azul un lugar donde poder estar, dándole la razón el mar, el cielo y no pocas esperanzas ("Una nada encantadora" decía de ese color Goethe), sin duda cualquier color se puede habitar. Prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede a la vida cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza.


martes, 1 de diciembre de 2015

Amebas sin escolarizar (Taller Bremen)



   Las tostadas doradas, en su punto; las metáforas alienadas, sumisas y a la espera de sus instrucciones. Lo difícil es cuando lo fácil quiere llamar la atención, murmura Francisco Resuelto mientras ajusta sus movimientos con precisión a lo que el levantarse y desayunar requieren. Al unísono, corta una naranja por la mitad, esboza una sonrisa y reclama la presencia de unos pocos adjetivos que andan jugueteando por los alrededores de lo que pronto se configurará en un texto impecable. Estos acuden solícitos y sin rechistar. El zumo, precipitándose en una humilde cascada desde el exprimidor, sólo hace que reforzarle su absoluta convicción de que la vida no presenta ninguna dificultad. 
   Ni que decir tiene que para Francisco Resuelto abrir una ventana para que entre la luz del sol es algo que participa de lo fácil,  pero lo cierto es que esta mañana una niebla sucia y tediosa sólo permite la entrada a una luz color bostezo. Contrariado, pero en alegre revuelo de palabras y sin café, dado que se le terminó hace un par de días y no pensó en comprar de nuevo, se dirige con toda la facilidad del mundo bajo el sobaco derecho hacia su ordenador. El texto, piensa sin pensar en lo que está pensando, me espera para que en un santiamén coloque cada pieza en su lugar y lo deje, sin ningún esfuerzo ni pesar, perfectamente resuelto. Que por razones que desconoce corten la luz en ese momento, y en lógica consecuencia que el ordenador le esté observando con su ojo negro, rectangular e indiferente, le hará dudar apenas unos pocos segundos, los suficientes para dar cabida al presentimiento de que la vida a veces presenta algunas dificultades, pero únicamente para aquellos que nacieron difíciles o con problemas de tiroides.  Con la seguridad que le proporciona su excelente memoria, decide transcribir  a una hoja de papel los párrafos que esbozó ayer en el documento electrónico. 
   Por desgracia, lo que sucede a continuación lo alejará vigorosamente de lo que tiene previsto. Cuando la primera frase parecía que iba a romper la aridez de la página en blanco, suena el teléfono y al descolgar un vendedor de algo que no consigue entender le ensucia, aturde y confunde su fácil discurrir. Al colgar constata que la frase ya se ha ido, dejando abandonadas sobre la cuartilla apenas tres o cuatro palabras balbuceantes, asustadas y sin sentido. Ser humano de grandes convicciones, pero ser humano al fin y al cabo, se sorprende pensando que la vida tal vez sea fácil, pero no necesariamente de forma continuada. Con la agilidad mental que le caracteriza, decide postergar para más tarde el cuentito y dar un paseo para recobrar de nuevo equilibrio y certezas. Por suerte la niebla ha levantado y ahora sólo llueve con rabia. Algunas dificultades y no pocas molestias deciden acompañarlo en su recorrido. A destacar,  el fraternal abrazo de las aguas encharcadas cuando un imbécil las propulsa con los neumáticos de su coche hasta sus pantalones; el incomprensible rencor y agresividad de las varillas de los paraguas ajenos; la tristísima humedad de los calcetines que incomoda los pies e imposibilita cualquier esperanza; la torpeza generalizada que aleja todo lo que se pretenda armónico y deseable. 
   Un par de horas mas tarde regresa a casa un poco más solo y sin rastro del aplomo y de la sensación de facilidad que le habían acompañado desde muy temprano. La vida sólo es fácil para los caracoles nacidos en Escocia, para las amebas sin escolarizar y a lo sumo para algún que otro coleccionista de sellos, se repite mientras constata que se ha dejado la llave dentro y que podría ser primavera y no tener frío, pero que todo indica que nada ni nadie calentará este raquítico día del mes de Enero, y que los pies húmedos han esparcido el malestar de forma generosa por todo su cuerpo.
   En el portal, intentando esbozar algo parecido a un plan para paliar tanta dificultad, suena el teléfono móvil. El "hola Juan" de Teresa, parece un tímido regreso a la facilidad; el "no estoy en la ciudad, sólo te llamo para decirte que no puedo mas, que lo nuestro se acabó…"  es para Francisco Resuelto la irrefutable constatación de que lo fácil sólo es una momentánea distracción, un breve descuido, de la enorme bestia compleja e insomne que atiende por dificultad.
   La lluvia cesa; la niebla vuelve; el tiempo pasa; la nariz gotea; como era de prever, no lleva pañuelo.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Monólogo sobre lo que no importa (Taller Bremen)



Ojalá no hubiese dejado de fumar, aunque sólo fuera por añadirle un poco más de pendiente al abismo, o como mínimo para propiciar una escenografía algo más adecuada a esta absurda obra de estar tirado encima de la cama mirándola. Y pensar que hace apenas unas horas yo era algo muy parecido a lo que todos esperaban que fuera; un guante de todas las tallas, un libro para todos los públicos, un estúpido condón para todos los tamaños de pollas. 
Lo cierto es que no recuerdo muy bien cuando empecé a mover la cola esperando que cualquier idiota me lanzara el hueso, pero sin duda no era más que un niño reciente, un chiquillo de ojos complacientes y sonrisa de cordero, cuando me especialicé en ello. Lo que sí recuerdo es que con el tiempo la cifra de los complacidos fue aumentando de forma progresiva y alarmante. De los que configuraban esa masa de satisfechos, algunos ni siquiera se llegaron a conocer, otros se fusionaron con entusiasmo, no fueron pocos los que ocuparon altos cargos en la administración pública, incluso los hubo que les dio por morirse, pero sólo yo seguí inamovible haciendo exactamente lo mismo que cuando mi primer pelo púbico ni siquiera se había planteado asomarse: contentarlos.
El que yo fuera tan bueno en lo mío propiciaba que toda esa gente, a la que yo ajustaba mi paso hasta conseguir que apenas percibieran que estaba andando a su lado, oscilara alegremente de la más fervorosa admiración hacia mi persona, al más acerado desprecio, y sin que ello les provocase la más mínima sospecha de contradicción. Confieso que hasta hace apenas unas horas, tenía la absoluta certeza de que seguiría así hasta convertirme en un muerto ejemplar, un fiambre cuya forma de no ser se valoraría, en las sobremesas de Navidad y en las conversaciones desganadas que el amor gastado propicia, de impecable. 
Lo que ha sucedido para que todo este castillo de "muchas gracias, ha sido un placer" se venga abajo, importa lo mismo que todas las demás cosas: nada. Pero como de pronto el tiempo se me ha ausentado, dejándome huérfano de ayer y de mañana, y en un paro sin subsidio de cualquier hacer, creo disponer del espacio suficiente para poder contárselo en unas pocas palabras.
Siempre obedecí, de la forma en que sólo yo sé hacerlo, sus precisas indicaciones, hasta que ayer por la noche, cuando regresaba a casa después de interpretar mi función (ya saben, esa que lleva por título "El empleado perfecto") de pronto escuché que ella me decía: "en la rotonda, gire a la derecha, segunda salida". Pues bien, recuerdo que di seis vueltas a esa rotonda hasta que me decidí a salir por la cuarta salida. Ese fue el principio del fin. Puse el volumen al máximo para escuchar atentamente las indicaciones de esa voz que de pronto parecía conocerme. Si me informaba de que eran doscientos los metros que faltaban para girar a la izquierda, yo giraba en la primera calle que encontraba a la derecha; si ella me rogaba, desconcertada, que más adelante cogiera la autopista, yo me adentraba en el primer camino sin asfaltar que me salía al encuentro. Al amanecer, casi agotados pero por primera vez sin gravedad alguna bajo los pies,  paramos en este motel de carretera y follamos -dejo a sus respectivas fantasías todos los "cómos" posibles- hasta que su hermosa voz se durmió.  Ni que decir tiene que por fin, sin señal de satélite alguno y sin cargador, me siento felizmente perdido.

viernes, 23 de octubre de 2015

El duelo (Taller Bremen)



El pueblo es apenas una insolencia incrustada en el piel del desierto; la única calle que acepta ese nombre, una herida infectada de polvo y silencio. De pronto voces, ruido de cristales rotos y algunos ladridos de perro sin duda flaco. Dos hombres salen a trompicones de la cantina; a su alrededor ya se van situando los que siempre miran. El desacuerdo parece firme y se configura rápidamente en duelo. Los más cobardes corren las cortinas para mirar sin ser vistos, los otros escupen y esperan en las pocas sombras que el lugar permite.
Hasta aquí todo andaría en costumbre, siguiendo sin desviarse el guión de muerte y hombría que el whyski y el tedio suelen propiciar. El primer indicio de lo distinto llega pronto. Los dos hombres ya usan la calle para las cosas del desafío, pero en lugar de buscarse los ojos por si el miedo asiste y decide, uno los fija en el poste de telégrafos y el otro, dándole la espalda, en el cartel de la barbería de Sylver el Casi Tuerto. Cómo era de esperar, los rumores, aún sin risas, irrumpen antes que los disparos. En ningún momento el viento se ha dejado de escuchar. 
El de comunicaciones desenfunda el primero y el perro flaco de pronto deja de ladrar, no sin antes colgar en el instante un desgarrador quejido. Casi de inmediato responde el que anda en lociones y afeitados y la bala, antes de irse para siempre del pueblo, casi deja sin opiniones a James Trago Largo. Viendo el cariz que toman los acontecimientos, algunos de los que escupen deciden cambiar de opinión y se precipitan tras las cortinas; no pocos de los que ya andaban tras ellas, deciden guarecerse debajo de las camas o en los fondos de los armarios.
Nada indica que el tema vaya a resolverse pronto. Los disparos se suceden maltratando los porches, la tarde y el improbable sueño. Un poco antes de que el pánico deje en ninguno a los valientes, ya son siete los heridos de distinta consideración, trece las ventanas sin consuelo y dos caballos aliviados para siempre del cansancio y abuso de ser montados. Llegada la noche persiste el duelo.
Amanece ya el quinto día cuando los más inquietos exigen que alguna justicia intervenga para zanjar la cuestión. Ni que decir tiene que el comercio y el descanso ya se resienten de semejante balacera. En lo que a los dos pistoleros se refiere, ya en calles distintas, casi en distintos duelos, se siguen matando sin matarse y sin que ninguna señal indique que el ridículo o el desánimo vayan a dar por finalizado en breve semejante despropósito.
El azar, que siempre sabe lo que se debe hacer, acierta con la solución. Una bala que decide regresar a su casa tras rebotar en el yunque del herrero, acaba con uno; el rigor del desierto en el que tiene la torpeza de adentrase entre disparo y disparo, acaba con el otro. Para evitar que se repita el desagradable suceso, los que gestionan la soga e improvisan la ley, deciden prohibir para siempre, y so pena de distintas muertes, todas lentas e incómodas, los duelos de pistoleros miopes, tuertos, estrábicos y sobre todo ciegos. 

domingo, 11 de octubre de 2015

Una lavadora de blanco (Taller Bremen)



La luz que sin ganas de serlo ensuciaba el sofá parecía darle la razón. Ramón Juneda -una ficción como cualquier otra- se confundía con el minutero de su reloj haciéndose tiempo y espera mientras distraía su inquietud acariciando con una mano el mando a distancia del televisor y pulsando con la otra el gato.  
Sería difícil no comprender que esa mañana, tan parecida y a la vez tan distinta de las otras que lo iban fatigando, le sobraban motivos para el desasosiego; y es que a pesar de que su nada chiquita y cotidiana siempre anduvo un poco encariñada con las cosas de esa otra nada grande y sin fisuras, la que no alberga hastío ni repetición, esa nada mucho más eficaz y contundente, más resabiada que la suya, hecha de levedad y algo muy parecido a la ternura, nunca sintió curiosidad ni añoranza, ni la más mínima prisa, por ir a su encuentro.
Justo en la esquina de la calle  Virgen de los Desamparados con Martín Fierro, a pocos metros del hospital, se dio cuenta de que aun llevaba cogido en su mano izquierda el mando a distancia, atreviéndose con el esbozo de una sonrisa al pensar que mucho peor hubiese sido el gato. Aprovechando el empuje de ese atisbo de coraje, sacó de su bolsillo un papel en el que se podía leer: Oncología. Quinta planta. Hora de visita: once de la mañana. Palabras indiferentes que ya parecían albergar alguna forma leve del olvido; posibilidad cierta, parecía decir su forma de andar, de una rotunda victoria sobre lo que desde siempre anduvo en fragilidad y derrota.
La sala de espera estaba pintada de un color que no lo era debido a que nadie lo miraba. Todo parecía corroborar un consenso de aséptica indiferencia, un pacto de nada con nadie que dejaba ese instante tiznado de desesperación. Luego su nombre; y un sudor frío;  y una torpe confusión de palabras; y unos ojos que parecían un lugar al que se vuelve; y un eco que ya en la calle seguía escuchando mezclado con las cosas del mareo: el tumor es benigno y operable.
El mando a distancia, fiel testigo de todo lo que iba sucediendo, seguía aferrado a su mano izquierda , pero se dio cuenta que en la otra alguien había dejado un palo en el que ondeaba una pequeña bandera. A su alrededor, una multitud parecía gozar de la alegría del acuerdo, del éxtasis de la unanimidad. De pronto una corriente de complicidad arrastró, entre  abrazos y consignas, a Ramón Juneda, que se sentía feliz de añadir su pequeña cifra a esa enorme cantidad de comunión y destino; y eso a pesar de no tener ni la más mínima idea de qué cosa reivindicaba esa multitud que lo acogía. Saltó, gritó y sin duda le hubiese gustado pertenecer un rato más a ese uno para todos y todos para uno, pero la tiranía de lo que tiene que ser quiso recordarle que, en pleno desconcierto, había dejado puesta una lavadora de blanco. 
Discretamente torció por Jovellanos, no infeliz aunque sí algo cansado. Sólo al intentar buscar la llave en el bolsillo del pantalón, se percató de que tenía las dos manos ocupadas. Para Ramón Juneda, tres sonrisas en una misma mañana era algo inusual y digno de recordar.