Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos.../ -¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!- / que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, / ¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír.
Estúpidas palomas circundan este lugar completo de preguntas. En la calle las sirenas abastecen de angustia la tarde mientras un hombre insiste en contar su historia como si en realidad fuese suya. Apenas lo escucho; me distraigo viendo a la gente en el parque apurar la última luz como un vaso de agua fresca. Tal vez ahora no piensen en ello, pero es evidente que sólo mastican tiempo mientras esperan sin ganas a la visita, última e inconcebible, con su ramo de absoluta perplejidad.
Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios / este más vivo que aquél) es un hombre / (tan fácilmente uno se esconde en otro; / y no obstante, cada uno, siendo todos, no escapa de ninguno) / tumulto tan vasto es el deseo más simple: / tan despiadada mortandad la esperanza / más inocente (tan profundo es el espíritu del cuerpo, / tan lúcido eso que la vigilia llama sueño) / tan solitario y tan nunca el hombre solo / su más breve latido dura un año terrestre / sus más largos años el latido de un sol; / su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven / ¿Cómo podría ese que tanto se llama a sí mismo Yo / atreverse a comprender su innumerable Quién?
El que cree que conducir un autocar es algo muy distinto a tocar el violonchelo sin duda es un pésimo cirujano (sólo en el oficio de la muerte -obreros de la nada sin mercado conocido que absorba su enorme producción- no es imprescindible un nivel medio de inglés, pero sí es aconsejable, casi exigible, una cierta exclusividad).