De alguna forma, en ese lugar ubicado justo al fondo a la derecha de ningún sitio, el desorden no evita el desconcierto ni este explica la inquietud, y es que todo se halla bajo la sospecha de un significado que aún no sabe ni puede significar. Es natural que en ese contexto todas se observen con recelo temiendo el instante en que las otras se confabularan para configurarse en la seria amenaza de un decir.
Así están, confundidas en esa espera de posibles, aturdidas por la infinita densidad de todos los tal vez, tropezando torpemente con todos los muebles del sinsentido, esperando, en realidad sin saber qué cosa es esperar, que de alguna inconcebible quimera, de algún desasosiego, llegue por fin el impulso, la imperiosa orden que las permita abandonar el caos de todo lo que puede ser dicho.
Muy cerca, es decir, en una no distancia imposible de recorrer, ignorándolas y a la vez presintiéndolas, aguardan como desiertos de arena generosa, como espacios aún inhabitables donde la esperanza de un encuentro fuera posible, las páginas en blanco.
El café sabe escribir si la luz es propicia. En el silencio contiguo caben las impertinencias de la lluvia en la ventana. También permite ese silencio el vértigo y todo lo demás. Ni sus manos ni su cerebro saben aún de qué hablar, sólo una confusa arritmia de palabras asedian su corazón. La penúltima duda repite una y otra vez, entre burlas, su ¿por qué?
Justo en el epicentro de ese torbellino instante ese extraño atleta espera el pistoletazo sin que de momento se vea pista alguna por la que salir corriendo (si lo prefieren: justo en el epicentro de ese torbellino instante mueve la cola ese perro verde entre facturas del gas, platos sucios, acidez de estómago y telediarios; se comprime ese personaje muelle para superar su abismo en dos saltos; se enciende un cigarrillo una historia que quiere desdoblarse en historias).
Nadie sabe nada, ni siquiera él, pero el libro se publicará a finales de cualquier mes de abril.






