jueves, 30 de octubre de 2014

Costillas flotantes (Taller Bremen)



El doctor Demetrio Cienfuegos, casado en segundas nupcias y a pesar de ello regularmente infeliz, les afeó la conducta al camillero y a las dos enfermeras que en ese momento atendían al paciente en la sala de urgencias del Hospital Reina Leonor. Aunque los testículos triplicaban su tamaño habitual y el color que presentaban era un verde fosforescente, las risitas estaban fuera de lugar. El hombre había ingresado a eso de las diez de la noche con la hinchazón ya descrita, un hipo intratable y una leve febrícula. Al cabo de un par de horas, y dada su aparente estabilización, se decidió su trasladado a una habitación de la planta de infecciosos. 
En apenas dos semanas eran ciento dieciséis las personas ingresadas, setenta y dos hombres y cuarenta y cuatro mujeres, con una sintomatología parecida, a excepción de que en las mujeres la fosforescencia y la aparatosa inflamación se presentaban en los labios, dándoles una apariencia grotesca -algo parecido al culo de una gallina gigante y radioactiva-. Ni que decir tiene que las risitas continuaron aquí y allá, incidiendo mucho más en el turno de noche, dada la curiosa luminiscencia, casi discotequera, que se podía observar en todas las habitaciones. 
La Unidad de Microbiología consiguió aislar el virus, catalogado como mortal dado que ninguno de los enfermos conseguía superar con vida el primer mes, aunque seguía siendo un absoluto misterio de qué forma se propagaba. Curiosamente tuvo que ser Herminia Sánchez, una mujer que trabajaba limpiando la Unidad de Paliativos, la que dio, de forma totalmente involuntaria, la primera y desconcertante pista. Estaba tomando un chocolate con su amiga Jesusa del Buen Corazón en la cafetería del hospital, cuando le preguntó, sin pensárselo dos veces, si se había dado cuenta de que todos los enfermos eran gente muy importante. Fermín Callo, podólogo por tristeza e imposición y que en ese momento estaba a su lado intentando paliar su acidez de estómago, la escuchó e informó al director médico del hallazgo, ni que decir tiene que sin mencionar la fuente.
Efectivamente, en la ya larguísima lista de afectados había de todo menos un pobre. Presidentes y vicepresidentes, tanto entrantes como salientes, consejeros delegados, condesas, futbolistas, secretarios generales, marqueses, narcotraficantes, obispos, ministros e incluso dos cantantes y una tonadillera. El Ministerio de Sanidad, conjuntamente con el de Hacienda, elaboraron un informe en el que se podía constatar, sin ningún género de dudas, que todos enfermos pertenecían a la clase acumulativa,  no siendo saberes sino fortunas su especialidad.
En consecuencia con dicho hallazgo, las primeras medidas tomadas por el gabinete de crisis se encaminaron a intentar determinar las posibles fuentes de contagio. Se analizaron detenidamente, y sin éxito alguno, las gambas de playa frescas, los filtros del aire de los coches de gama alta, los despachos de dirección de casi todas las empresas multinacionales, los burdeles de alto standing, el parlamento y las sedes de la mayoría de los partidos, los tapones de todas las botellas de vino de más de 60 euros, las latitas de caviar, los palacios episcopales e incluso los billetes de quinientos euros.
Al mismo tiempo, un grupo de científicos, financiados por la patronal del sector bancario, fletó un avión medicalizado para trasladar a Pitita Godoy, una enferma que voluntariamente accedió a ello, a Ethiopía. Allí, convenientemente disfrazada de pobre, se instaló en una humilde choza de un poblado del norte del país llamado Kambaata, donde  con gran generosidad y buen talante, se dedicó a repartir besos, abrazos y todo tipo de fluidos con sus habitantes, llegando incluso a copular en repetidas ocasiones con el jefe del poblado, Babatunde Eze, gran aficionado a las cosas lúbricas.
Pitita murió en el viaje de vuelta, pero en el seguimiento posterior a su estancia se pudo constatar que en el poblado nadie resultó contagiado y que la gente se siguía muriendo tan tranquilamente, según tradición y costumbre, de lo que siempre se habían muerto.
Ya sin control, la epidemia se extendió en todas las direcciones, cruzando fronteras y océanos y azotando enclaves recónditos en los que nadie se podía explicar la forma en que el virus había llegado hasta allí. En todos los rincones del planeta los ricos caían como moscas dejando a las riquezas si no pobres, sí que huérfanas y desamparadas. 
Los países integrantes del G-7 convocaron -por cuestiones de prevención y seguridad esta vez en Somalia- una reunión de urgencia en la que se acordó por unanimidad lo único que parecía razonable: prohibir la riqueza, instando a todos los demás países a ordenar de forma inmediata lo mismo.

Justo en el momento en que el presentador del telediario de las nueve iba a dar la noticia, un codazo en las costillas flotantes del flanco derecho sacó a Juan Pacheco Aranda de la noche y del sueño. Una voz que acallaba los indicios de ternura con un manotazo de indiferencia le impelía a levantarse. Si Manuela, su mujer y autora del codazo, no hubiese sordeado del oído izquierdo, hubiese oído murmurar a Juan algunas palabras gruesas. Por la hora podría haber cantado el gallo, pero ni se acordaban del tiempo que hacía que se lo habían comido. Como cada mañana, las cosas que les esperaban sin ganas ni sentido habían descartado el malentendido de la humildad para apostar decididamente por la pobreza. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Porqué me dio por conducir magdalenas (Taller Bremen)




No es cualquier cosa un corazón de trece metros y seis ruedas deslizándose suavemente a esa hora en que la luz aun es algo de la noche (tal vez los restos de una incipiente curiosidad sin opiniones). 
- Buenos días, Sacha. Esa bufanda que llevas es preciosa.
Con solo alzar un poco la mirada puedo observar como los retrovisores van configurando un pasado sin nostalgia, un pasado circular que mañana de nuevo cruzaran; con solo prestar un poco mas de atención, puedo percibir la tristeza de los intermitentes al parpadear sus fugaces adioses, el coraje de un motor que sabe latir sin necesidad de mentiras, la precisa generosidad de un volante que me permite trazar cualquier dirección.
- Buenos días, Dani. Me parece que hoy, en esa maleta, llevas un montón de piedras del río.
Vestido con su camisa de aire, observado por la nieve y por algunos pájaros insomnes, iluminado como un árbol de Navidad caído que no buscara el cielo sino el asfalto, mi querido autobús instaura una precisa democracia de chapa y tornillos en la que todo sustenta a todo. Solo él  se permite ser una cosa siendo otras muchas; ese hacer lo que se sabe sin preguntarse por lo que se es; esa sencilla utilidad en la que se pueden sentar confortablemente los sueños; una nota que no se deja atrapar, explicándose en un pentagrama distinto.
- Buenos días, Violeta. Ayer te dejaste tus guantes. En ese cabecilla deben de revolotear cientos de mariposas.
Casi feliz, me da por pensar en ese alguien que quiso dar forma a este desorden metálico; ese pequeño dios, probablemente con hipoteca y el colesterol por las nubes, que lo empujó desde la nada a morirse al revés; esa voluntad que consiguió meterlo en la vida desde la no vida. Poco se pensaba él que diseñaba un mundo en el que cabían todas las cosas de la noche y del día (no cabe duda que, de saberlo, hubiese exigido inmediatamente un merecido aumento de sueldo).
- Buenos días, Pol. Veo por tu nariz que como mínimo estamos a seis grados bajo cero. Subiré un poco la calefacción.
La carretera es sinuosa y estrecha pero no lo daña, no lo hiere, sino que le agradece que la nombre con su pasar. Amantes sin el peligro del después, se buscan y se esperan, a su precisa manera se quieren, sin más preguntas ni respuestas que no sean las propias del viajar.
- Buenos días, Begoñita. Con tanta nieve y vestida de blanco me pensaba que aun no habías llegado a la parada.
Sucio de risas y esperanzas, un poco tiznado el parabrisas de rutinas bajitas y escolares cansancios, no delimitando, como los automóviles, el absurdo país de lo nuestro, sino haciendo posible el reconocimiento de los otros,  siendo, sin saberlo, lo más parecido a un destino, así lo siento ahora y por ese extraño motivo así ahora debe de ser. 


(Háganme un favor,  si le llaman autobús que sólo sea por cansancio o por el hecho de no saber cuántas cosas puede ser).

jueves, 2 de octubre de 2014

La entrevista (Taller Bremen)



Las moscas suelen dejar las habitaciones exhaustas y el cansancio que esa tarde desprendían quiso acumularse en las sábanas y en los algodones. Un dedo amnistiado de cualquier trascendencia cruzó ese no instante para apretar el botón REC de la grabadora.
- ¿Cómo se encuentra Sra. Murray? 
- ¿Se refiere a antes o a después de que usted llegara?
- Veo que aún está en plena forma ¿Cuántos años tiene?
- Los suficientes para arrepentirme de haber aceptado esta entrevista.
- Bien, vayamos al grano. Usted fue durante muchos años el ama de llaves de Marylin Monroe y me gustaría hacerle algunas preguntas.
- Le ruego encarecidamente la mayor brevedad posible y le suplico utilice toda la inteligencia que sea capaz de convocar en ellas, joven.
- Lo intentaré. ¿Cuándo conoció a Marylin?
- Afortunadamente nunca llegué a conocer del todo a esa pobre tonta teñida y con nombre de perrito tedioso. Yo conocí y empecé a trabajar para Norma Jean en1953, el mismo año en que Playboy la puso en portada y le dio el primer empujón que la precipitaría pendiente abajo hasta la tumba.
- Tiene usted una excelente memoria, Sra. Murray.
- Y usted un futuro alejado de cualquier posible reedición.
- Disculpe, sólo intentaba ser un poco cortés.
- Deje eso para el día de Acción de Gracias, por favor.
- Bien. Usted no creo que llegara a conocer a su primer marido, un tal James no se qué…
- James Dougherty, mi querido indocumentado.
- Exacto. Pero sí que conocería al mítico Joe Dimaggio, con el que Marylin se casó el año 1954. ¿Cómo era ese hombre?
- Fuerte, escasamente leído y con grandes y hermosas manos. En la cama amasaba con ellas grandes cantidades de olvido y ternura . Aún me estremezco cuando pienso en aquellos pocos meses en que estuvieron casados.
- ¿Está insinuando, Sra. Murray, que usted y Joe Dimaggio ….?
- Dios le ha dado el don de la clarividencia y su obligación es conservarlo  por si algún día alguien  comete el error de preguntarle cualquier cosa.
- Pero si Marylin siempre dijo que fue el único hombre que llegó a amarla. 
- Intuyo que la tirada de la publicación que le acoge coincide exactamente con el número de peluquerías del estado. Entérese de una vez, si puede: a Norma Jean sólo la amó la tristeza.
- No estoy de acuerdo con usted, Sra. Murray. El año 1995 la revista Empire la consideró como la mujer más sexy de todos los tiempos y cuatro años después otra revista, People Magazine, la mujer más sexy del siglo. Todo el mundo quiere y quería a Marylin.
- No descarte que esas revistas, que gracias a Dios y a mis cataratas no leo ni leeré, lleguen a considerarlo algún día el periodista más prescindible desde Cleopatra hasta mi operación de vesícula.
- No le voy a tener en cuenta sus comentarios, Sra. Murray. Me debo a mis lectores. ¿Conoció usted al último marido de Marylin, el famoso escritor Arthur Miller?
- Estoy convencida que la deuda que usted ha contraído con sus lectores es impagable, dada la elevadísima suma de sus ignorancias. En lo de si llegué a conocer al Sr. Miller, pues claro que lo conocí.
- ¿Cree usted que fueron felices los años que duró su matrimonio?
- Su pregunta es acerada como un donut. El Sr. Miller era una elegante suma de respuestas y Norma la cifra imposible de todas las preguntas sin esperanza. Tenían las mismas posibilidades de ser felices que Billie Holiday con Jorge Luis Borges.
- Hablemos de sus películas, ¿cuál le gustó más?
- Me gustaron todas las películas que no hizo y todos los guiones en los que no participó. 
- Creo entender lo que dice, pero insisto en preguntarle cuál de sus películas escogería.
- Si usted entiende lo que le digo, debo admitir que he dicho una estupidez, pero ya que insiste le diré que Vidas Rebeldes fue algo parecido a tres cometas cruzando el cielo en una noche oscura. Un momento de fugacidad, de levedad, hermosísimo.
- No quiero molestarla más, pero antes de terminar me gustaría preguntarle sobre los Kennedy y lo que sucedió esa noche de verano de 1962 en la que usted la encontró muerta en la cama.
- No se preocupe, no puede molestarme más. Miré usted, acabo de decidir llevar a cabo mi última y más perfecta maldad. Le voy a regalar el horror de la fama sin inteligencia; van a construir con su nombre, mi querido plumífero, un rascacielos sin cimientos;  le voy a contar a usted por primera vez toda la verdad. Esa noche de verano a la que hace referencia Marylin Monroe murió agarrada al teléfono. Mi ama de llaves, la Sra. Eunice Murray, estuvo como siempre perfecta en la forma de cumplir con su trabajo, tan es así que su cuerpo yace desde hace treinta años en una tumba siempre llena de flores del Westood Village Memorial Park Cementery. En lo que se refiere a Norma Jean, nunca le han gustado las entrevistas y entenderá que esta no iba a ser menos. Por cierto, no le he contado que durante el rodaje de Amor en Conserva, Groucho me perseguía continuamente. Creo que ese debería haber sido realmente el amor de mi vida.


jueves, 18 de septiembre de 2014

El general menguante (Taller Bremen)



La mañana del cuatro de Junio, a eso de la siete y media, el general Benjamín Himmler cagaba mientras, como era habitual en él, procedía a repasar los informes facilitados por los servicios de inteligencia. Los objetivos acordados conjuntamente con su estado mayor para el bombardeo del día anterior habían sido plenamente alcanzados, siendo los inevitables daños colaterales perfectamente asumibles. Su ayudante esperaba justo detrás de la puerta entreabierta del baño para recibir las órdenes, y previsiblemente las felicitaciones, que debería transmitir urgentemente a los responsables de la operación. La costumbre no conseguía impedir que al teniente le siguieran incomodando, y más estando en ayunas, el chapoteo de la mierda al precipitarse en el fondo de la taza y el siseo, como el lengüetazo de una vaca en una pared recién encalada, del papel al deslizarse por el culo del general. Tampoco le provocaba nada parecido a un bienestar el cordial apretón de manos que solía preceder a la inexcusable salutación marcial, dado que nunca escuchó ningún grifo abierto, ni nada que hiciese sospechar la más mínima higiene.

El despacho era amplio y a esa hora la luz, nítida y hermosa, se enredaba entre juguetones destellos en la condecorada pechera, y es que Benjamín Himmler era el actual estandarte de una generación, la tercera, de militares sin máculas ni vacilaciones conocidas que pudieran ensombrecer sus prestigiosas carreras. Legendariamente eficaces, habían aprendido a no retroceder, a no mirar atrás y ni siquiera a los lados, a golpear con precisión sin el más mínimo remordimiento. Para todos ellos ser militar era su forma de tener razón, y el inevitable contratiempo de la muerte y el dolor ajenos, apenas el guiño que su Dios, cómplice siempre comprensivo, les hacía.

Esa mañana, sobre la mesa repleta de papeles, al general le llamó la atención una carpeta azul con el sello del servicio médico. Al abrirla vio que se trataba del resultado de las pruebas y analíticas que, mensualmente, solían hacer a los altos mandos. Todo en orden y acorde con su herencia genética, fuerte y rotunda; todo excepto una pequeñez que le inquietó un poco: había perdido tres quilos y, lo que era más curioso, dos centímetros. Su imponente metro ochenta y siete era ahora un desconcertante metro ochenta y cinco. La tentación de atribuirlo a un error no prosperó, al constatar que los pantalones le rozaban un poco por el suelo. 

Dos semanas, siete bombardeos y ochocientos muertos más tarde, decidió acudir a su médico de confianza. Ya eran diez los kilos perdidos y aunque parezca increíble ocho los centímetros de menos. Tres veces lo midió el doctor y tres veces se detuvo la cifra luminosa en el metro setenta y nueve. Casi innecesario era dada la forma en que las mangas le colgaban y el evidente bajón que las medallas habían dado, pasando de coronar su orgullosa pechera a casi reposar en su flácido abdomen. Estaba empequeñeciendo y eso era de una evidencia incuestionable.

Desconcertado, como es natural, quiso el doctor saber si últimamente había notado algún cambio, algo en su rutina de hombre que dicta y ejecuta, que pudiera aportar alguna pista a su extraña dolencia. El general reflexionó unos segundos y le dijo que no, a excepción tal vez de una sensación, a medio camino de la melancolía y la inquietud, que le sobrevenía cuando cagaba. De un natural poco dado a las metáforas, se esforzó y le dijo que era algo parecido a lo que se siente cuando despedimos a un ser querido en una estación de tren. Tentado a una salida fácil y airosa, a punto estuvo de decirle el doctor que las causas más probables eran la presión a la que últimamente estaba sometido, pero optó por la prudencia y le dijo que para establecer un diagnóstico más ajustado era mejor esperar a la realización de más pruebas.

Al llegar a un metro cincuenta y seis el tema se convirtió en una cuestión de estado. Se barajaron distintas hipótesis. Entre las mejor posicionadas estaba una depresión con efectos menguantes. Su mujer y su ayudante se sumaban a los que así opinaban ya que cada mañana lo escuchaban sollozar amargamente mientras cagaba. Es algo desgarrador, decía el teniente, como si con cada apretón trocitos de  mi general se desprendieran de él -a su favor hay que decir que dejó de darle la mano tras el saludo marcial-. Algunos miembros de la más alta cúpula militar, los más belicosos, optaron por culpabilizar al servicio secreto enemigo. Afirmaban que alguna sustancia, virus o plutonio enriquecido estaba consumiendo a su general en jefe. En consecuencia, proponían redoblar los ataques para castigar a los culpables. 

La conclusión del informe realizado por los mejores especialistas del país era desoladora: "…ningún indicador ni señal, en las múltiples analíticas realizadas, permite relacionar el caso con cualquiera de las enfermedades conocidas; nada explica el porqué el paciente se hace mierda, el motivo por el cual es defecado por su propio ano, el desequilibrio que ha llevado a sus propios intestinos a expulsarlo sin ningún miramiento". Razonablemente camuflado en algún párrafo del desesperanzado informe, alguien, tal vez con alguna malicia, se atrevió a bautizar el mal como Síndrome del Hombre Excremento (como era de prever, ese párrafo y algunos pormenores de la dolencia, no figuraban en el posterior comunicado oficial facilitado a la prensa).

Cinco meses más tarde, enmarcada la escena en las primeras contracciones de un frío y poco acogedor amanecer de noviembre, el Alto Estado Mayor del Ejercito, con sus uniformes de gala, rodea en posición de firmes la taza del water. El teniente, con los ojos visiblemente enrojecidos, sostiene por las axilas el diminuto cuerpo del general. Algo parecido a la agonía de un colibrí antecede a la última expulsión. El ruido de la mierda al caer es apenas el de una gota de lluvia al golpear en una ventana. Su sucesor, recién designado, tira de la cadena y con la gravedad que el momento requiere pronuncia despacio la frase que todos esperan: señores, nuestro General en Jefe nos ha dejado. Un silencio sobrecogedor repta por las baldosas.   Al unísono, los tacones golpean el suelo y las manos se dirigen a las respectivas gorras con una precisión y marcialidad exquisita. En ese momento nadie quiere ver lo evidente: a todos les sobran tres dedos de manga.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una pequeña maldad sin apenas malicia




En Andorra, como en otros países donde hay montañas y costumbre,  se practica el esquí. Propios y extraños se aplican en subir cuestas, a poder ser nevadas, de muy distintas formas y maneras para después bajarlas según criterio y determinación de cada uno. Hasta aquí la cuestión podría parecer sencilla, otra cosa muy distinta es que lo sea. Que un león dedique la tarde, y sus correspondientes esfuerzos, a cazar una cebra, no debería provocar excesiva controversia, aunque tal vez sí la genere en abundancia que un pingüino se empeñe en tal captura. De ahí nace la bendita risa y no descarto que algunas molestias y espantos. Intentaré ceñir un poco más la cintura de la cuestión y proponerles el ejemplo de un perfil frecuente: mamífero de mediana edad -es decir, si nadie le ve severo inconveniente situaré a nuestro ejemplo entre el nacimiento y la correspondiente muerte-; generoso en carnes y cremas protectoras; no enano pero muy alejado del difícil consenso de la esbeltez; aconsejado en vestimenta y accesorios por algún mortal y despiadado enemigo. Un ser nacido entre cereales, los años buenos, y rastrojos los malos y abundantes. Imaginemos, crueldad benigna, una incomprensible determinación, un brillo mate, emanando de un rostro cuya armonía sigue a la espera de un acuerdo de mínimos.  Con un último esfuerzo, visualicemos a nuestro ejemplo encajado en sendos esquís y salpimentemos el plato con un gorrito embellecido con alegres cascabeles. Un empujón y el resto espero coincidan ver generoso y necesario dejarlo en el umbral del más inabarcable olvido.



viernes, 22 de agosto de 2014

Cinco jóvenes pollas



Son cinco, cada uno con su nombre, aunque en realidad eso nada explica y poco importa.  Son cinco en los gestos torpes de un patético coraje, algo parecido al que escupe al cielo y espera. Son cinco, la cifra resultante de una larga suma de violencias, los retales de innumerables sotanas con olor a macho cabrío, el primer premio extraído de un bombo en cuyo interior giran diez mil cojones y ninguna idea.

Ahí los tienen, siendo sin saberlo un resumen perfecto, una tesis bien escrita de historia contemporánea, deslizándose por la feria (zafia diversión, caspa de colores, olor a fritangas cuyos vapores envuelven un todo vale, sin duda un marco perfecto para cualquier ignominia…¿les recuerda algo?) en busca de una mujer en la que poder ejercer su parcelita de fuerza y poder.

Pero no vayan ustedes a inquietarse, ya verán como la tormenta queda en aguacero y sus cinco jóvenes pollas, eficaces portavoces de la Gran Polla Nacional, son explicadas y matizadas, casi excusadas, en algún que otro rinconcillo intelectual, ya verán como la bestia que todo lo engulle lo convierte pronto en debate de media tarde y chascarrillo. Al tiempo.

lunes, 18 de agosto de 2014

Te recuerdo siempre en la otra orilla



Te recuerdo siempre en la otra orilla, siendo lo que eras sin llegar nunca a serlo, borrando día a día la vida con tu goma incomprensible, dejando los recuerdos sin nada que recordar, siendo el lugar donde la inercia ni siquiera se mueve. Ni brisa ni hoja que se estremece con ella, sino apenas el espacio que ambas no ocupan y en el que sólo suceden las cosas que no suceden. 

Sigues, más que nunca, en la otra orilla, tal vez la única diferencia es que ahora ya no hay río.