jueves, 25 de diciembre de 2014

Peces de colores (Taller Bremen)




Tal vez porque era bajito, conmigo siempre quiso ser original y eso, como decía Pilar -una prima segunda por parte de madre- es una fórmula infalible para no acertar nunca con aquello que una necesita o desea. Año tras año, y ya eran muchas las Navidades juntos, Pedro se afanaba en sorprenderme y yo aceptaba el juego de hacerle creer que él era alguien sorprendente. 
- ¿Qué demonios es esto?
- Un sobre. Anda cariño, ábrelo y lee lo que dice la tarjeta.
"Vale por un masaje completo de una hora", eso decía la tarjeta y ahora era el momento de escenificar admiración y gratitud y, lo que era un poco más complejo,  súbito e irrefrenable deseo. Ni que decir tiene que desde hacía mucho tiempo los dos habitábamos en ese espacio, cada vez más holgado e irrespirable, que nos quedaba entre espasmo y espasmo. Follábamos como quien monta un armario de Ikea: primero se desembalan todas las piezas y se separan y ordenan los diferentes tornillos y herramientas que se tendrán que utilizar; luego, con torpeza no exenta de falsas expectativas, se procede al correspondiente ensamblaje y, una vez montado y percatados de que el armatoste se tambalea de forma alarmante, va una y sonríe como quién entiende de qué va la vida. 
Después de la función, y al salir de la ducha, vi a Pedro que dormía medio desnudo en el sofá. Las luces intermitentes del árbol le daban un aire de anuncio, algo parecido a una parpadeante publicidad de la rutina ubicada justo en la encrucijada en la que se confunden el cansancio y la tristeza. Cogí la tarjeta y llamé sin ganas. Una voz que ya parecía formar parte del masaje me dijo que perfecto, que mañana a las seis de la tarde me esperaba.
Era la primera vez y para evitar los envites de un nerviosismo de proximidad, me dediqué ha hacer lista de los idiotas del día. Justo en el momento en que punteaba mentalmente al encargado de la sección de perfumería en la que yo trabajaba, aparecieron su sonrisa, sus ojos azules y un poco después ella.
- Por favor, puedes quitarte la ropa y dejarla colgada detrás de la puerta. Estírate boca abajo en la camilla y ponte cómoda. Yo ahora vengo.
Las bragas siempre han sido para mi una cuestión. "Con" o "sin" suele ser el punto de inflexión, la linea que, de cruzarla cuando me hallo en territorios desconocidos, me  suele provocar una inquietud muy parecida a la excitación. Decidí "con", pero todo fue entrar ella en la habitación y quedar claro que la cosa era "sin". 
- Dámelas, las dejaré con tu ropa.
Me pareció observar una levísima demora en su forma de cogerlas; admito que al girarse me sorprendió mucho ver de qué forma mis ojos la miraban. Me volví a tender boca abajo en la camilla esperando que, de un momento a otro, empezaría a sonar esa enervante musiquilla de olas interminables, salpimentada con toques de piano asmático, pero esa tarde todo insistía en desmentirme y ella empezó a tararear muy flojito una canción que sólo semanas después supe que se trataba de "Le prochain amour", de Jacques Brel. Coreografiando la letra apenas susurrada, sus dedos  se movían por mi espalda exactamente igual que los pececillos de colores que, sólo con girar un poco la cabeza, podía ver en la enorme pecera que revestía de extrañeza y lentitud el instante.
Sin apenas darme cuenta el abismo ya estaba allí, esperándome. Milímetro a milímetro, y procurando que la sábana que las cubría no me delatara, empecé a abrir las piernas mientras me esforzaba en recordar si en la tarjeta decía en algún lugar "masaje de cuerpo entero". Temía y deseaba que me pidiera darme la vuelta. De pronto, como si ella fuera capaz de ver el torbellino en el que yo braceaba, hizo lo que en ese momento nunca pensé que haría: detenerse, parar, no moverse, dejar de cantar. Dejó los dedos allí, quietos, quemándome la columna, a una distancia que me pareció infinita y a la vez inexistente de donde yo deseaba atrozmente que se introdujeran. Noté como muy despacio me quitaba la sábana que cubría mis piernas, pero a pesar de ello decidí seguir con mi precisa maniobra de separarlas. El tiempo que utilizó para dibujar entre mi columna y mis tobillos lo que quiso, fue distinto a cualquier otro tiempo. Admito que al pasar muy cerca de la  mía, estuve a punto de cogerle la mano y ponérmela en la boca.
- Tienes unos pies preciosos.
Y lo que deseaba y temía llegó.
-  Por favor, date la vuelta.
Gracias, tú también, le dije balbuceando torpemente como si los zuecos que llevaba fueran trasparentes. Su sonrisa deshizo mi estupidez al tiempo que se descalzaba y apoyaba su pie en la silla.
- ¿De verdad te gustan?
No pude decir nada, sólo asentir con un leve movimiento de cabeza. Me tumbé boca arriba azorada por la más que evidente humedad que había tomado posesión de mi sexo.
Sus dedos recorrieron mi cara como jamás nadie lo había hecho. Al pasar por mis labios los entreabrí y estoy segura que ella notó el levísimo contacto con mi lengua. En ese momento abrí los ojos y me encontré con el azul de los suyos. No sonreía, sólo me miraba. Fue justo en ese instante que ella decidió hacer añicos cualquier guión, apartar de un manotazo cualquier razonamiento, silenciar a Dios para hablar en su nombre. Mientras con una mano seguía perfilando con una maravillosa precisión el paisaje de mi rostro, con la otra me empujó a un abismo al que yo, desde hacía mucho rato, ardía en deseos de saltar. Las sacudidas fueron de tal magnitud que me pareció que los peces se convulsionaban al mismo ritmo que mis espasmos, incluso me pareció ver como uno de ellos saltaba fuera de la pecera. 
- Si me permites un segundo, voy a llamar para anular la visita de las siete y también la de las ocho.
Eso fue lo que me dijo después de besarla. Yo aproveché para llamar a Pedro y decirle que su regalo me había parecido, como siempre, sorprendente y genial, y que esa noche tal vez llegaría un poco tarde. La verdad es que ya han pasado dos Navidades desde esa llamada y todavía no he regresado. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

No es poco, pero tampoco es tanto




Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los  ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni  pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones  ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas. 
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor;  que  no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen  al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más,  es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.

De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.


jueves, 11 de diciembre de 2014

El delincuente verbal (Taller Bremen)



Todos los esfuerzos para estabilizarlo fueron en vano. Su cuerpo yacía inerte sobre un gran charco de palabras.Según el informe pericial que el forense dictó posteriormente, presentaba siete impactos de frase corta y dos cortes profundos de palabra suelta, siendo una de ellas: aerostático, mortal de necesidad. Un portavoz de la policía declaró que, probablemente, se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas de narradores. Por lo demás, a nadie en el Taller de Escritura pilló por sorpresa lo sucedido. Desde que era un chaval que consumía y traficaba con cuentitos de tapa blanda, eso y algunos pequeños hurtos conceptuales, le llevaron a ingresar por primera vez, y con apenas cincuenta y seis años, en un reformatorio para poetas menores, consiguiendo, en poco tiempo, hacerse un nombre en el mundillo de la delincuencia verbal. Sólo por ver si  otro les daba mejor vida, dejó dicho que sus textos fueran incinerados y esparcidos en un diccionario. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Navegantes del desamparo (Taller Bremen)



   En realidad ya no recuerda cuánto tiempo hace que inició la travesía; en ese no lugar las palabras del tiempo son confusas. Es cierto que en la cadencia de luces y sombras que observa y apenas entiende podría encajarse un día, pero ese día no estaría hecho de las mismas  cosas, del mismo cansancio, del mismo aturdimiento, que los que dan cabida a la mayoría de la gente. Para él las horas son un solo instante que, a pesar de sus esfuerzos, no avanza ni va a ninguna parte.
   Nunca pensó, cuando eso aún era posible, que llegaría a embarcarse en ese absurdo e incomprensible viaje en solitario, un viaje sin más gloria que el olvido. Una aventura sin épica ni esperanza a la que ningún puerto espera -a lo sumo un lugar de maderas podridas sin un tal vez que permita llamarle destino-.
   Con las velas hechas jirones, rodeado de un océano inhabitable donde las devastadoras tormentas son de calma;  alejándose de nada con una extraña determinación; sin miedo, ya que eso exigiría algo parecido a un después; escuchando obsesivamente el silencio y la soledad en la que tal vez se agazapan todas las presencias en las que algún día habitó.
   A veces, sucias de neblina y sueño, desarboladas, chapoteando sin rumbo en esas aguas densas como fango, en esa tela viscosa e inmensa que él percibe como una permanente amenaza, le parece entrever otras embarcaciones. Es una burla húmeda, una risa hueca, la que desbaratará una y otra vez el espejismo alejando cualquier posibilidad de auxilio. Nadie en ese rincón hermético y completo. Eso es todo.
    Pero de nuevo sucede lo que él ya no sabe que sucede y, sin previo aviso, todo a su alrededor se comprime y pierde inmensidad. La soledad ahora no flota, sino que es blanca y aséptica. De pronto el mar tiene esquinas y paredes pintadas de color verde claro, con desconchados que parecen heridas. Un revuelo de batas blancas, como gaviotas sin cielo, le podrían haber hecho sonreír pero tampoco recuerda cómo hacerlo.
   Torpemente, las sillas de ruedas perfilan la duda, el absoluto desconcierto, de no saber qué rumbo tomar. Ahí van, uno a uno, sin otra cifra que pueda añadir algo a esa tristísima unidad. Navegantes del desamparo, intrépidos marineros del último mar amarrando las naves, ahora sí, ante un plato de puré de verduras.
   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Siempre de acuerdo con nada (Taller Bremen)


Ser una mula es estar siempre de acuerdo con nada y muy a menudo en total desacuerdo con todo; también es la curiosa forma que adopta una opinión nacida para desbaratar todas las opiniones. Ser una mula es una balanza vertical en la que las cosas pierden peso hasta quedarse en risa; un puñetazo de cuatro patas en la boca de los que se acuestan con certezas de mala vida.
Pero no teman, mi intención no es seguir zarandeando la palabra mula hasta despojarla, como en realidad se merece, de su sentido habitual. Si hay gente que les mejora el ánimo y les facilita las digestiones pensar que define a un animal híbrido y estéril, nacido, como tantos otros que conducen automóviles y llenan los estadios, del cruce de una yegua y un burro, pues no seré yo quien les joda la tarde. Soy una mula, si esa es la convención que ustedes necesitan, y soy lo que ustedes quieran si la vida los ha favorecido con las cosas de la duda, la alegría y el juego.
Acotado un poco lo que parezco, y para evitar que estas letras que él me escribe acaben levitando de pura nimiedad, me forzaré a mentirles una historia del todo cierta que comienza en la esquina de azares en la que nos conocimos. Recuerdo que caían copos obesos cargados de silencio, nada extraordinario en este trópico confuso y enloquecido en el que me dio por transcurrir, y que tenía el morro adormecido de buscar en vano un poco de hierba bajo la nieve. De pronto percibí que algo merodeaba por mis cuartos traseros, por lo que preparé la coz y, dado mi carácter poco rencoroso, también el olvido. Podía haber sido un perro, o un jabalí, o un remolino de sombras, pero era él. Con una media sonrisa colgada de su cara, algo que no pronosticaba nada bueno -nadie sin graves alteraciones le sonríe a una mula cuando está solo-, me miraba como si yo fuera un misterio desvelado. En una mano llevaba tres zanahorias y en la otra, aunque parezca extraño, algo parecido a un saludo. No era un gran comienzo, pero no cabe duda que podía haber sido mucho peor.
En poco tiempo, nuestra relación -si me permiten que llame así a lo que ningún diccionario daría cabida- ha pasado de una recelosa practicidad a la más cordial complicidad, no siendo de entre todas ellas la menor, nuestra acerada animadversión hacia las moscas y su tenaz e incomprensible estupidez. A menudo, a esa hora en que la noche parece que anda en dudas de lo que quiere ser de mayor, yo mastico zanahorias, que es mi peculiar forma de pensar, y él me lee poemas de una tal Pizarnik. Es normal que, dado mi natural desinterés por los adjetivos -eso por no mencionar mi absoluta indiferencia por los sustantivos- haya cristalizado entre nosotros algo parecido a una nueva forma de comunicarnos. Él descifra con gran precisión lo que mi cola, mis orejas, mis párpados, mis pestañas, mis patas e incluso el brillo de mis ojos expresan; yo, no me pregunten cómo, simplemente entiendo todo lo que dice y gran parte de lo que silencia.  Me piensa y me aprecia, me deja ser lo que yo quiera y también me facilita barra libre de hierba fresca.  Una relación que, sin ser perfecta, merodea los alrededores de la perfección.
Entenderán que de momento no me plantee ni el engaño, cosa harto difícil dada mi escasa predisposición a las ansiedades genitales, ni mucho menos la definitiva separación. 
Por lo demás, y a diferencia de los taxidermistas y del ministro de educación, las mulas no necesitamos futuro, por lo que no me inquieta en absoluto qué nos depara, a ese entrañable desorden de ideas y a mí, esa ficción temporal. En alguna ocasión hemos hablado -es un decir- de ello, y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor será insistir hasta confundirnos en un ahora perfecto, desdibujarnos de  tal forma que cada vez sea más difícil establecer donde empieza la mula -es decir, yo- y donde acaba él.
También es cierto que a veces jugamos a ser lo que algunos esperan que seamos y entonces, por unas horas,  él conduce autocares, indaga luces y enreda textos, cualquier cosa menos quedarse quieto; y en lo que a mí se refiere, arraso enormes y verdes campos a bocados, espanto moscas con el rabo y hago todo lo que se espera de lo que no soy y parezco: una mula.

(He aceptado que de nuevo él escriba por mí pensando en esa mayoritaria y gozosa minoría que saben ubicar el Olimpo en los diccionarios, pero a la vez son conscientes de que es el lugar donde se suelen construir los cementerios).




jueves, 30 de octubre de 2014

Costillas flotantes (Taller Bremen)



El doctor Demetrio Cienfuegos, casado en segundas nupcias y a pesar de ello regularmente infeliz, les afeó la conducta al camillero y a las dos enfermeras que en ese momento atendían al paciente en la sala de urgencias del Hospital Reina Leonor. Aunque los testículos triplicaban su tamaño habitual y el color que presentaban era un verde fosforescente, las risitas estaban fuera de lugar. El hombre había ingresado a eso de las diez de la noche con la hinchazón ya descrita, un hipo intratable y una leve febrícula. Al cabo de un par de horas, y dada su aparente estabilización, se decidió su trasladado a una habitación de la planta de infecciosos. 
En apenas dos semanas eran ciento dieciséis las personas ingresadas, setenta y dos hombres y cuarenta y cuatro mujeres, con una sintomatología parecida, a excepción de que en las mujeres la fosforescencia y la aparatosa inflamación se presentaban en los labios, dándoles una apariencia grotesca -algo parecido al culo de una gallina gigante y radioactiva-. Ni que decir tiene que las risitas continuaron aquí y allá, incidiendo mucho más en el turno de noche, dada la curiosa luminiscencia, casi discotequera, que se podía observar en todas las habitaciones. 
La Unidad de Microbiología consiguió aislar el virus, catalogado como mortal dado que ninguno de los enfermos conseguía superar con vida el primer mes, aunque seguía siendo un absoluto misterio de qué forma se propagaba. Curiosamente tuvo que ser Herminia Sánchez, una mujer que trabajaba limpiando la Unidad de Paliativos, la que dio, de forma totalmente involuntaria, la primera y desconcertante pista. Estaba tomando un chocolate con su amiga Jesusa del Buen Corazón en la cafetería del hospital, cuando le preguntó, sin pensárselo dos veces, si se había dado cuenta de que todos los enfermos eran gente muy importante. Fermín Callo, podólogo por tristeza e imposición y que en ese momento estaba a su lado intentando paliar su acidez de estómago, la escuchó e informó al director médico del hallazgo, ni que decir tiene que sin mencionar la fuente.
Efectivamente, en la ya larguísima lista de afectados había de todo menos un pobre. Presidentes y vicepresidentes, tanto entrantes como salientes, consejeros delegados, condesas, futbolistas, secretarios generales, marqueses, narcotraficantes, obispos, ministros e incluso dos cantantes y una tonadillera. El Ministerio de Sanidad, conjuntamente con el de Hacienda, elaboraron un informe en el que se podía constatar, sin ningún género de dudas, que todos enfermos pertenecían a la clase acumulativa,  no siendo saberes sino fortunas su especialidad.
En consecuencia con dicho hallazgo, las primeras medidas tomadas por el gabinete de crisis se encaminaron a intentar determinar las posibles fuentes de contagio. Se analizaron detenidamente, y sin éxito alguno, las gambas de playa frescas, los filtros del aire de los coches de gama alta, los despachos de dirección de casi todas las empresas multinacionales, los burdeles de alto standing, el parlamento y las sedes de la mayoría de los partidos, los tapones de todas las botellas de vino de más de 60 euros, las latitas de caviar, los palacios episcopales e incluso los billetes de quinientos euros.
Al mismo tiempo, un grupo de científicos, financiados por la patronal del sector bancario, fletó un avión medicalizado para trasladar a Pitita Godoy, una enferma que voluntariamente accedió a ello, a Ethiopía. Allí, convenientemente disfrazada de pobre, se instaló en una humilde choza de un poblado del norte del país llamado Kambaata, donde  con gran generosidad y buen talante, se dedicó a repartir besos, abrazos y todo tipo de fluidos con sus habitantes, llegando incluso a copular en repetidas ocasiones con el jefe del poblado, Babatunde Eze, gran aficionado a las cosas lúbricas.
Pitita murió en el viaje de vuelta, pero en el seguimiento posterior a su estancia se pudo constatar que en el poblado nadie resultó contagiado y que la gente se siguía muriendo tan tranquilamente, según tradición y costumbre, de lo que siempre se habían muerto.
Ya sin control, la epidemia se extendió en todas las direcciones, cruzando fronteras y océanos y azotando enclaves recónditos en los que nadie se podía explicar la forma en que el virus había llegado hasta allí. En todos los rincones del planeta los ricos caían como moscas dejando a las riquezas si no pobres, sí que huérfanas y desamparadas. 
Los países integrantes del G-7 convocaron -por cuestiones de prevención y seguridad esta vez en Somalia- una reunión de urgencia en la que se acordó por unanimidad lo único que parecía razonable: prohibir la riqueza, instando a todos los demás países a ordenar de forma inmediata lo mismo.

Justo en el momento en que el presentador del telediario de las nueve iba a dar la noticia, un codazo en las costillas flotantes del flanco derecho sacó a Juan Pacheco Aranda de la noche y del sueño. Una voz que acallaba los indicios de ternura con un manotazo de indiferencia le impelía a levantarse. Si Manuela, su mujer y autora del codazo, no hubiese sordeado del oído izquierdo, hubiese oído murmurar a Juan algunas palabras gruesas. Por la hora podría haber cantado el gallo, pero ni se acordaban del tiempo que hacía que se lo habían comido. Como cada mañana, las cosas que les esperaban sin ganas ni sentido habían descartado el malentendido de la humildad para apostar decididamente por la pobreza. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Porqué me dio por conducir magdalenas (Taller Bremen)




No es cualquier cosa un corazón de trece metros y seis ruedas deslizándose suavemente a esa hora en que la luz aun es algo de la noche (tal vez los restos de una incipiente curiosidad sin opiniones). 
- Buenos días, Sacha. Esa bufanda que llevas es preciosa.
Con solo alzar un poco la mirada puedo observar como los retrovisores van configurando un pasado sin nostalgia, un pasado circular que mañana de nuevo cruzaran; con solo prestar un poco mas de atención, puedo percibir la tristeza de los intermitentes al parpadear sus fugaces adioses, el coraje de un motor que sabe latir sin necesidad de mentiras, la precisa generosidad de un volante que me permite trazar cualquier dirección.
- Buenos días, Dani. Me parece que hoy, en esa maleta, llevas un montón de piedras del río.
Vestido con su camisa de aire, observado por la nieve y por algunos pájaros insomnes, iluminado como un árbol de Navidad caído que no buscara el cielo sino el asfalto, mi querido autobús instaura una precisa democracia de chapa y tornillos en la que todo sustenta a todo. Solo él  se permite ser una cosa siendo otras muchas; ese hacer lo que se sabe sin preguntarse por lo que se es; esa sencilla utilidad en la que se pueden sentar confortablemente los sueños; una nota que no se deja atrapar, explicándose en un pentagrama distinto.
- Buenos días, Violeta. Ayer te dejaste tus guantes. En ese cabecilla deben de revolotear cientos de mariposas.
Casi feliz, me da por pensar en ese alguien que quiso dar forma a este desorden metálico; ese pequeño dios, probablemente con hipoteca y el colesterol por las nubes, que lo empujó desde la nada a morirse al revés; esa voluntad que consiguió meterlo en la vida desde la no vida. Poco se pensaba él que diseñaba un mundo en el que cabían todas las cosas de la noche y del día (no cabe duda que, de saberlo, hubiese exigido inmediatamente un merecido aumento de sueldo).
- Buenos días, Pol. Veo por tu nariz que como mínimo estamos a seis grados bajo cero. Subiré un poco la calefacción.
La carretera es sinuosa y estrecha pero no lo daña, no lo hiere, sino que le agradece que la nombre con su pasar. Amantes sin el peligro del después, se buscan y se esperan, a su precisa manera se quieren, sin más preguntas ni respuestas que no sean las propias del viajar.
- Buenos días, Begoñita. Con tanta nieve y vestida de blanco me pensaba que aun no habías llegado a la parada.
Sucio de risas y esperanzas, un poco tiznado el parabrisas de rutinas bajitas y escolares cansancios, no delimitando, como los automóviles, el absurdo país de lo nuestro, sino haciendo posible el reconocimiento de los otros,  siendo, sin saberlo, lo más parecido a un destino, así lo siento ahora y por ese extraño motivo así ahora debe de ser. 


(Háganme un favor,  si le llaman autobús que sólo sea por cansancio o por el hecho de no saber cuántas cosas puede ser).