jueves, 28 de marzo de 2019

Entre los peces, tampoco existe la natación (Taller Bremen)



  Tumbado en la cama, una leve vibración en el testículo derecho le avisa de que ya le han sido enviadas, debidamente actualizadas, las opiniones que mantendrá. Las paredes de la habitación lo miran con cierta curiosidad, sin que se pueda descartar en las manchas de humedad alguna que otra burla. No es martes por la mañana porque ya no existen los martes y, de alguna forma, tampoco las mañanas. El tiempo lo estructuran desde la Central en función de lo que ellos consideran necesario. Digamos que es una jornada catalogada como tipo 3B, técnicamente conocidas como Jornadas de Pasividad Receptiva. Tiene los pulgares adormecidos de la fiesta on-line de la noche pasada. Una nueva vibración, esta vez ubicada en el párpado derecho, le avisa de que en breve recibirá los productos que se ha determinado que necesita en función de su tipología. El hombre que estaba tumbado en la cama justo enfrente de las uñas de sus pies es un modelo DXT equipado con todo lo necesario para ser uno más entre los muchos. Podría decirse que es el modelo democrático por excelencia, alguien que se puede añadir a cualquier suma sin que se llegue a cuestionar jamás el uso que se le va a dar a la cifra total. Mucho tiempo atrás tal vez se hubiese podido afirmar que estábamos ante un perfecto idiota, pero ahora dicha afirmación es absurda dado que tampoco existen los idiotas por idéntica razón por la cual, entre los peces, tampoco existe la natación.
  Dios, el deseo, cualquier esperanza y una dieta saludable, entre otras muchas cosas, quedan convenientemente resueltas y acogidas en el implante de última generación que lleva en el sobaco izquierdo. Sin el incordio de la felicidad, inútil preciso y de gran utilidad, ese ser ahistórico está diseñado de tal forma que siendo él puede ser perfectamente cualquier otro.
  Con todos estos prodigios tumbados en la cama se encuentra ella cuando abre la puerta de la habitación. Las jornadas 3B son las programadas para las cópulas no reproductivas. Dado que el implante que lleva ella en una de las dos nalgas (considero de escasa importancia para el relato determinar cual) no es de última generación y provoca algunos errores, se desnuda como si de un bostezo se tratase. 
  Tres minutos dieciséis segundos son más que suficientes para dar cabida a unos tímidos espasmos y a unas moderadas contracciones, e incluso le permiten a él exponer con cierto énfasis un par o tres de las opiniones recibidas hace un rato. Como es habitual, esa breve actividad amatoria genera el correspondiente informe que, enviado de forma automática a la Central, permite actualizar la estadística de calidad de vida y goce carnal de los modelos DXT.


¡Vaya por Dios! Me tendrán que perdonar que detenga aquí todo este no suceder. De forma totalmente inoportuna, justo cuando iba a contarles algo de verdad increíble, me ha empezado a vibrar el testículo derecho. Cuando haya leído lo que debo opinar sobre este texto se lo comunicaré encantado. Les ruego me disculpen. Un abrazo.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Si yo me contara -11-



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"Arqueología inversa" es una propuesta de mi querido amigo Xuan, malabarista preciso de luces y palabras, que aplaudo hasta que las manos me suplican un respiro. Tal vez la fotografía tenga que ver con esa forma de "arqueología", algo parecido a indagar, a excavar minuciosamente los restos de un instante, justo antes de que decidan suceder.
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Nosotros, absurdos batracios anestesiados, manejamos la firme convicción de que el príncipe  sentido ya nos ha besado y por ello no logramos entender la injustificable demora de nuestro ansiado despertar. No es de extrañar que todas las “realezas”, coronadas y coronarias, celebren, noche tras noche, la excelente cosecha de la idiotez con suculentas cenas y alegres e interminables congas.
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Siendo algo del todo pesonal, espero que me sabran disculpar, pero es que a menudo los otros, cuando confluyen en lo aparentemente tuyo, suelen tomar como modelo a las moscas en algunas calurosas tardes de verano (afortunadamente, la considerable diferencia de tamaño de los integrantes de ambos colectivos, así como las claras especificaciones del código penal, hacen inviable aplicar los mismas contundentes soluciones para procurarse con ello algún mínimo alivio).

sábado, 2 de marzo de 2019

Si yo me contara -10-



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De algun modo, en Lisboa el pasado es lo que sucederá mañana. Su indolente forma de dejarse ser, algo parecido a un hermoso cansancio, permite recordar con cierta añoranza cualquier porvenir.
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Sigue sin publicar un diccionario en el que se pidan disculpas por los diccionarios; un diccionario sin la arrogancia inherente a todos los puntos finales; un diccionario que sepa sonreír.
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Cualquier posicionamiento, cuando anda mal ventilado y se quiere radical e inamobible, suele compartir vivienda y ascensor con su contrario. Incluso no es improbable que, con el paso del tiempo, su parecido sea tan asombroso que llegue a ser muy difícil direferenciarlos.


viernes, 15 de febrero de 2019

Si yo me contara -9-



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Andar despacio por las calles de Lisboa es una hermosa forma de perder, una derrota sin enemigo de la que, de alguna forma, casi siempre se sale vencedor. Esquinas que al doblarlas dan paso a instantes que ya fueron, a cosas que se resisten a ser desalojadas; sutiles restos de un naufragio de luz esparcidos por callejones de los que el tiempo no sabe, o no quiere, salir.
-19-
A veces uno se instala en lo peor para evitar que algo malo pueda ya sucederle. Algo parecido a tirarse a las vías del metro para no padecer, de ese modo, las severas molestias que suelen prodigarse en horas punta.
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Muerte es una palabra errónea que se presta a grandes equívocos, ya que no designa lo que pretende nombrar -a decir verdad, solo dice absolutamente nada-. Viene a ser como decir lluvia  cuando señalamos un conejo.

jueves, 14 de febrero de 2019

Entender una cereza (Taller Bremen)



  No se sabe si por cansancio o por tristeza, o vete a saber si fue por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que esa mañana tan parecida a todas las otras, esas que le permitían transitar por ellas a condición de poder ignorarlo con saña, esas mañanas en las que indolente dejaba caer las pequeñas cosas que querían suceder, Ceferino alzó la mirada y se sintió arrastrado por la acuciante necesidad de darles a entender una cereza. 
La tarea no era menor si tenemos en cuenta que delante de él, marcialmente alineados y armados hasta los dientes con sus díscolas indiferencias, tenía el viejo profesor a treinta alumnos a la espera de su cucharada semanal de ricino filosófico.
-A la mierda los apuntes-, fue la frase que el buen profesor utilizó para sustituir al protocolario buenos días.
Por un momento cesó el rumor como de enjambre y una cierta expectación buscó las gafas sucias de Ceferino.
-A la mierda los apuntes y todo lo que ustedes están seguros de haber aprendido-, insistió Ceferino, sacándose un puñado de cerezas que había traído para desayunar y dejándolo sobre la mesa.
-No quiero que nadie me diga qué es esto, esta mañana espero algo más de ustedes.
Algunas sonrisas revolotearon por el aula, también algunos tersos culos cambiaron de posición no por aliviarse, sino por el lógico subidón de curiosidad y desconcierto.
-A ver en quién de ustedes es posible depositar alguna esperanza; quiero saber quién es capaz no de describir, sino de ser, de crear, de nombrar por primera vez lo que he dejado sobre la mesa. Todo vale, a excepción de aquello que creían saber hace un rato.
Las mandíbulas levemente caídas de algunos  -aproximadamente más de la mitad- anunciaban el primer descarte. Una mano levantada quiso aflojar un poco la situación.
-Para crear una cereza tendríamos que ser colegas de Dios.
-Yo no creo en Dios-, dijo sin levantar la mano un joven en cuya cara habían quedado para reunirse mil y una pecas. Y creo, insistió, que por razones parecidas hace tiempo que Él tampoco cree en mí. 
Afirmación que provocó la primera tenue sonrisa de Ceferino. 
-Esto no sirve para nada-, se le oyó decir al que todos sabían que, tarde o temprano, diría exactamente eso. Es como hacerse una paja en la cabeza. Alborozo, risas y la musiquita de un teléfono quisieron coincidir en el mismo instante.
-Pues yo colecciono cosas inútiles-, dijo una sonrisa tras la cual se parapetaba una joven de ojos verdes peinada con dos trenzas. Me gusta guardar y observar las cosas que no sirven, mi padre dice que soy como una científica para nada. 
Una sonrisa réplica, esta vez de Ceferino, lo suficientemente amplia como para dejar ver las numerosas batallas perdidas de su dentadura, cruzó el aula, rebotó en una esquina y se fue a perder por la ventana que daba al patio.  
-Una cereza es una cereza-, dijo probablemente el más robusto de la clase, y sin apenas darse cuenta, pasó a engrosar tan tranquilamente el ya numeroso y mayoritario grupo de los "mandíbulas caídas".
-Mis queridos rumiantes, dejen de masticar tiempo y regurgitar obviedades, espero de alguno de ustedes alguna cosa más que considerar que una cereza es una cereza. Espero que alguien se atreva a desmentir al diccionario, es más, que alguien haga dudar al diccionario, que lo inquiete, que consiga ruborizarle al destapar sus rígidas mentiras ordenadas alfabéticamente.
Esta vez al silencio le dio por parecerse al aceite, extendiéndose viscoso por el aula y pringando los pupitres y las miradas. Cuando todo indicaba que algo se iba a romper irremediablemente, justo en el instante en que mayor era el consenso de que esa mañana el fracaso y el ridículo serían los últimos en abandonar el aula, ella se levantó. Todos los cuellos rotaron sobre sus ejes hasta conseguir dejarla en el mejor encuadre posible. Se descalzó, y definiendo a su precisa manera la levedad se fue acercando a la mesa de Ceferino, que expectante repartía la mirada entre los ojos y los pies de la muchacha. Al llegar delante de la mesa, y sin mediar palabra alguna, cogió uno de los rojos desafíos cuyo humilde destino inicial fue ser desayuno y se lo puso en la boca, masticándolo muy despacio. 
Antes de girar sobre sí misma, aún le dio tiempo a musitar algo que solo pudo escuchar el viejo profesor y a lo sumo los más atentos de la primera fila:
-Debería tener usted un poco más de cuidado, Sr. Ceferino. Ha estado a punto de desayunarme. 
Un timbre estrepitoso, casi un insulto, dio por finalizada la clase. Ceferino se puso el abrigo, se despidió cortésmente de sus alumnos, y salió a las cosas que querían suceder un poco más tieso, un poco más concreto, digamos que un poco más pistolero vencedor en medio de callejón soleado, casi sabiendo que en ese ajuste de cuentas lo que se había dirimido era algo parecido a la esperanza.



lunes, 21 de enero de 2019

Si yo me contara -8-



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No nos engañemos, los “Trump” que padecemos, los que se avecinan,  son absolutamente necesarios para todos aquellos que desean que todo cambie con la única condición de que nada cambie. Los gestores de la estupidez -la mía, la de ustedes- saben perfectamente que alimentar esos falsos antagonismos, los de lo “políticamente correcto/más de lo mismo” con lo “esperpénticamente inaceptable/más de lo mismo”, es lo que permite a cualquier idiota “tener razón” sin que eso suponga peligro alguno para el sistema. Trump, un mal chiste reído y aplaudido por unos y cínicamente denigrado por otros, que refleja a la perfección una de las dos caras de la misma moneda, esa que acuña con impecable determinación el sistema capitalista y que de forma tan precisa se refleja en la respuesta que Charles Foster Kane (Ciudadano Kane-1941-) da cuando es atacado por Thatcher, representante del gran capital bancario, por utilizar su dinero para financiar un periódico que habla en nombre de los desfavorecidos.
“La lástima, Sr.Thatcher, es que usted no se da cuenta de que está hablando con dos personas. Como Chales Foster Kane, poseedor de 82.631 acciones de la Public Transfer (verá que tengo una noción exacta de lo que poseo) estoy completamente de acuerdo con usted. Charles Foster Kane es un bribón, su periódico debería ser prohibido y debería formarse un comité para boicotearlo. Si consigue formar ese comité, inscríbame con una aportación de mil dólares. Por otro lado, soy también director del Enquirer. Como tal, considero un deber -y le voy a confiar un pequeño secreto, es también un placer para mí- velar para que los honrados trabajadores del país no sean devorados por una banda de tiburones, simplemente porque ellos no tienen a nadie para defender sus intereses. Le voy a confiar otro secreto, señor Thatcher. Creo que soy el indicado para ello. Tengo dinero y propiedades. Si no me ocupo yo de los intereses de los desheredados, podría ser que algún otro se encargara de ello, alguien sin dinero ni propiedades. Y eso sería muy molesto.”
En esa cínica y genial respuesta queda perfectamente trazada la cuestión: crear una falsa solución para perpetuar el problema; convertirse en los falsos buenos para así poder salvarnos de los verdaderos malos; distraernos con un enemigo para que podamos sentarnos tranquilamente en nuestro sofá con el enemigo; alimentar el miedo a lo peor para imposibilitar que seamos capaces de pensar en algo verdaderamente mejor.
Absurdamente obligados a escoger entre dos opciones, un servidor procura optar por la tercera: dudar, descreer, no secundar, aprender. Tal vez pueda servir de ejemplo un viejo chiste -sin duda políticamente incorrecto- que solía circular por los países socialistas y que recuerdo haber leído en un libro de Slavoj Zizek.
Es sabido que un consejo de Lenin a los jóvenes era “aprended, aprended, aprended” (se exhibía en las paredes de las aulas). En una ocasión, a Marx, Engels y Lenin les preguntaron si preferirían tener una esposa o una amante. Marx, hombre mas bien conservador, contestó sin dudar que una esposa; Engels, un declarado "bon vivant", afirmó que una amante y Lenin dijo que le gustaría tener las  dos cosas. Cuando se le preguntó el por qué, contestó que para poder decirle a mi esposa que voy a estar con mi amante, y a mi amante que voy a estar con mi esposa. ¿ Y qué haría entonces?, a lo que Lenin contestó: “me iría a un lugar solitario a aprender, aprender, aprender”.



sábado, 12 de enero de 2019

Si yo me contara -7-


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Como el rio, que esboza su inaprensible yo en un único instante de alegre y eterna fugacidad.
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Cobijarse en la intemperie, protegerse de la noche, de la obscuridad, instalándose serenamente entre sus cosas.
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A menudo los pensamientos son golpes que se dan prescindiendo del clavo y del martillo (es curioso que, a pesar de ello, no consigamos evitar el ruido).