miércoles, 28 de febrero de 2024

La fatiga de los materiales (Taller Bremen)

 


  En casi todas las cosas que suceden se diría que subyace una geometría, más o menos evidente, que parece obedecer a una misteriosa voluntad de ordenar el absurdo; de darle al sinsentido la posibilidad de aliviarse -de algún que otro modo- con un orden incomprensible y fugaz. Tal vez ese fue el motivo por el cual los tres (Mercedes, la taza del váter y él) formaban en ese instante un casi perfecto triángulo equilátero.  La mañana (una cualquiera de un mes que ni siquiera merece ser recordado) no era distinta de las que, con una cadencia sin apenas fisuras, ambos compartían desde hacía más de treinta años (un compás de espera del que, a decir verdad, ya ninguno de ellos esperaba gran cosa). Pedro llevaba puestas sus pantuflas azules que le daban un cierto aire de derrota sin batalla; Mercedes iba descalza y miraba fijamente la tapa de la taza del váter. A pesar de no ser la oratoria una de sus facultades más desarrolladas, Pedro atinó con una frase aparentemente sencilla pero que, a él, en ese extraño momento, le pareció suficiente.


  - ¿Se puede saber qué te pasa, Mercedes? 


  La respuesta de Mercedes (harta, sin que ella ni nadie lo supiera, de que no le pasará absolutamente nada desde hacía mucho tiempo) tampoco se podría considerar muy elaborada, aunque quiso acompañarla con una sonrisa extraña e inquietante, tanto que parecía no ser de ella; algo así como una sonrisa prestada por alguien para esa ocasión.


  - La tapa está abierta.


  Dijo eso Mercedes, sólo eso. Luego se puso el abrigo y sin más equipaje que ese préstamo en sus labios, abrió la puerta y se fue. Eso es todo lo que dio de sí la escena; el breve epílogo de esa perseverante inercia que cualquiera hubiese identificado como un matrimonio. 


  Pedro aún se quedó un buen rato absorto ante la dichosa tapa, como buscándole los ojos quién sabe si para hallar en ellos alguna explicación a lo sucedido; tiró varias veces de la cadena y, en un gesto equidistante de la perplejidad y la severa estulticia, incluso le dio -esta vez sí- por bajarla lentamente. 


  Discretos, apoyados tiernamente el uno en el otro, los dos cepillos de dientes parecía que se hacían cargo de todo ese súbito desamparo; tal vez intuyendo la inevitable separación y, a su manera, sabedores de que también para ellos habría un antes y un después de lo sucedido.


  Como era de prever, en apenas dos semanas tuvo Pedro configurada su lista de agravios y recriminaciones para poderla exponer a todos los espejos y también a los cuatro amigotes con los que, cada sábado por la tarde, sostenía la barra del bar antes del correspondiente partido.


  - Ni un San Valentín de los cojones sin su correspondiente caja de bombones; un precioso anillo de oro con un diamante incrustado (hay que decir que, tan bien acabado estaba, que ni siquiera Mercedes advirtió que era falso); dos hijos como Dios manda, digamos que más o menos parecidos a cualquier otro hijo; y ni un puto agosto sin sus correspondientes quince días en el camping “Ballena Alegre”, y a pesar de todo ello, coge y la muy zorra se larga sin darme ni una explicación.


  Esa era, con alguna que otra variante, la letanía que Pedro iba rezongando ante sus pocos y no excesivamente receptivos feligreses. Como suele ser habitual en estos casos, el tiempo no le añadió a ese hombre ni matices ni comprensión alguna, sino que más bien le fue dejando la vida en los puros huesos. Seis ideas preconcebidas; cuatro medias verdades deshilachadas; los rencores suficientes para mantenerse siempre un poco alejado de cualquier bondad; la persistente ignorancia de que se ignora; la rutina de vivir sin que apenas se sepa el motivo y -por qué no decirlo- esa leve e infinita ternura que desprende todo lo malogrado.


  De Mercedes nada se sabe, aunque nos gustaría pensar que mantiene la hermosa costumbre de comprarse calcetines de colores en los mercados; que tal vez se gastó lo que no tenía en un viaje a la India, donde vete a saber si un gaditano barbudo, pizpireto y hablador que conoció mientras veía navegar plácidamente a los muertos en el río Ganges, le quita la ropa algunas noches con inusitadas ganas; que mañana es una palabra que ha decidido olvidar; que ante el espejo se coge las arrugas con dos pinzas de colgar la ropa para que parezcan una sonrisa; que se morirá cualquier día de estos de la forma en que lo suelen hacer todas esas mujeres que, justo un momento antes, andaban aún empecinadas en la hermosa tozudez del vivir.  



 

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