miércoles, 28 de febrero de 2024

El texto perfecto (Taller Bremen)

 



  Sería difícil establecer si es Ernesto el que observa, a través de la ventana, esas nubes azarosas (un poco torpes y casi alegres; juegan y se empujan unas a otras como niños en un patio sin duda desmesurado e inconcebible) o son ellas las que contemplan, más por tedio que por curiosidad, todo ese cansancio de un color gris verdoso que, con el paso del tiempo, se ha ido arrebujando en sus ojos. 

 

  Noventa y seis años; las manos pulcramente aradas y aún hermosas; el cabello, recio y abundante, resuelto a desmentir el general descalabro; y tras los cristales gruesos y empañados, una mirada obstinada en acechar todo aquello que, desde hace mucho tiempo, ya no alcanza a ver.


  Como cada mañana, sentado frente a la mesa de su escritorio y ante esa ventana a la que se aferran sus recuerdos, Ernesto intenta abstraerse de todas esas cosas que, con el consenso sin fisuras de la vejez, se obstinan en suceder. Y es que a su alrededor todo parece resuelto a querer desdecirse; se diría que a todo le urge llegar primero al olvido; que a nada ni a nadie le es posible quedarse, ni siquiera un rato, a su lado. 


  Sus amigos, ya definitivamente desatentos, confundidos entre las noticias sin suceso de mármoles y epitafios; la que fue su mujer enzarzada en el entrañable desorden de fotografías de una vieja caja de zapatos; la vecina del segundo tercera, con su sonrisita de conejo y sus buenos días siempre equidistantes de la pena y el parvulario; su médico de cabecera, inexplicablemente decidido a mantenerlo vivo aunque para ello lo tenga que matar una y otra vez; y por si todos esos despropósitos y abandonos  fueran insuficientes, el corazón, la próstata y los riñones siempre mirándole de reojo, esperando el momento oportuno para amotinarse y, precipitándolo por la borda, descansar ellos también de tan largo viaje. Enjambre de avispas alimentadas exclusivamente con anfetaminas, así percibiría Ernesto (si eso le fuera posible) todas esas presencias que revolotean alrededor de su desconcierto, de su perplejidad.


  De todo lo dicho cabría deducir (tal vez sin excesivo esfuerzo) que, aún habiendo mantenido la tenaz costumbre de la lectura (también el antiguo gusto por poner, una tras otra, algunas palabras y esperar a ver qué es lo que estas acertaban a contarle), no era en absoluto previsible que Ernesto atinara a crear el cuento más hermoso que jamás se haya escrito; que frente a esa ventana, y en apenas unas horas, ese hombre casi centenario consiguiera verter el texto perfecto.


  Lo que en ese prodigio se leía señalaba, sin nombrarlo, todo suceder; en él, cualquier tristeza podía escuchar el eco de todas las tristezas; la más pequeña alegría (también la más injustificable esperanza) cabía hallarlas entre sus párrafos inauditos. Todos los personajes parecían solazarse en el espejo de los afortunados -y sin duda improbables- lectores; nada de lo que en él se contaba podía ser contado de otra forma sin perjudicar con ello esa maravillosa historia.


  Los cuatro o cinco folios esparcidos por su escritorio acogían toda esa perfección; ese insólito mandato en el que los dioses habían acordado dictarle a Ernesto esas palabras precisas, ciertas e irrefutables.


  Cabe decir que un observador cualquiera, alguien distraído de lo esencial, un personaje previsible, de luces y entendimientos avaros en favorecerle (ese lector abundante e incompleto que sólo cree leer si hay algo escrito) se apresuraría a decir que todo esto es una burda patraña, una mera estupidez; que esos folios esparcidos por la mesa es obvio que están en blanco; que ningún texto figura en ellos; que ni siquiera una palabra reclama nuestra atención desde sus silenciosos renglones. 


  Sin depositar mucha confianza en ello, debería ser suficiente, para atenuar ni que sea un poco semejante ignorancia, señalar que, a ese inmejorable texto, a esa historia de historias tan maravillosamente hilvanada, la grosería de la pluma y el papel le son sino prescindibles, si que del todo innecesarias. Cada una de sus pacientes palabras sabe aguardar en ese lugar perfecto en el que los grandes libros han esperado su tal vez para ser contados; ese vertiginoso limbo en el que el ingenioso e inmortal hidalgo manchego, el inquieto rey de Ítaca, o el enloquecido capitán, aguardaron innumerables siglos a que algún Homero, Cervantes o Melville cualquiera se obstinara en la humana utopía de narrarlos. 


  Créanme si les digo que Ernesto ha concebido el cuento más hermoso que pueda imaginarse, sin que trascendencia o pedantería alguna le hayan impelido a la vana tarea de escribirlo. 


  Por lo demás, pronto anochecerá, y alguien que él ya no reconoce, bajará la persiana.



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