Miro a mi padre y los recuerdos se esperan, pacientes, a que les haga la señal convenida para entrar en escena. La sala está vacía aunque la expectación es enorme; el silencio murmura las cosas que ya nunca se dirán. Luego, con un poco de suerte, quedará algo de ternura y un par de sonrisas cruzadas en el momento justo. Mientras todo esto es apenas un tal vez casi hermoso, él anda a pasitos muy pequeños por un comedor infinito, un comedor con cuatro horizontes y la sombra de un viaje vulgar y fascinante, quieto y circular, agazapada bajo la mesa.
(Para mi amigo Nán, que me empujó con cariño y amistad desde su precisa y querida bitácora)