jueves, 17 de julio de 2014

La confesión (Taller Bremen)



Don Pedro, que nunca fue manco aunque tenía la costumbre de esconder la mano derecha en el bolsillo de la sotana,  sabía apreciar los tobillos de las mujeres, si estaban bien cincelados, y los buñuelos de bacalao de Doña Remedios, su peor vecina. No era el más vivaz ni el más alegre pero sí el mayor de nueve hermanos, a los que le gustaba mencionar por orden de altura. Si su hermana Pilar iba descalza él era el cuarto, si llevaba zapatos con un poco de tacón el quinto. Al morirse Juan Luis, que medía tres centímetros más que él, le quedó para siempre la duda si considerarlo, a partir de ese instante, más alto o más bajo. Su madre, siempre de luto sin que nadie en el pueblo supiese a ciencia cierta por quién lo llevaba, los parió a todos sobre un colchón de paja, el mismo sobre el que decidió morirse la noche en que a la Blanca, la mejor vaca lechera que nunca habían tenido, le dio por ponerse de parto. Don Pascual, el médico que atendía a todos los puebluchos de alrededor y al que las viejas despellejaban por el vicio de pedirles que se levantaran camisa y refajo para auscultarlas, ayudó al pobre animal y cerró los ojos de la mujer a cambio de una hogaza de pan y un par de gallinas. 

A partir de esa noche Don Pedro  empezó a visitar con regularidad el cementerio donde reposaban los restos de su madre. A ese entrañable desorden de huesos les explicaba, con todo detalle, lo que iba sucediendo en su mundo de cercanías así como las minucias de su cotidianidad sacerdotal. Incansable, demostrando una severa insensibilidad ante el ajeno descanso eterno, el hombre contaba y contaba lo suyo a las tibias, rótulas y peronés que, en evidente desuso, allí reposaban. Era de esperar que en el sepulcral vecindario se desatase un malestar óseo, una inquietud calcárea ante tamaño incordio. De bien seguro que alguno mal nacido y peor muerto de los que por allí se confundían pensó, de la manera en que lo hacen los que nada piensan, que tal vez se trataba de un preámbulo luciferino al futuro que se cernía sobre sus despojos; esos que en tenaz silencio, en ese no lugar aguardaban quién sabe qué. Según parece, algún ciprés se dejó secar.

Del cementerio a la mesa; de la mesa a la nada; de la nada a la sacristía. Así transcurrían los días de Don Pedro, que no recordaba cuando sintió la llamada de la fe, y no sólo eso, sino que ni siquiera estaba seguro de si llegó a sentirla o su vocación fue algo que sucedió por eliminación, es decir, que le llegó por descarte de todas las demás cosas que no quiso o no supo ser. Cuando alguien insistía en saber la verdadera razón por la cual se hizo sacerdote, él se escabullía argumentando que, al igual que los accidentes de aviación -ni decir tiene que jamás había volado- nunca hay un sólo motivo. Y es que para Don Pedro, que no era malo en la medida en que no hay nadie malo, pero que tampoco era bueno, en la medida en que sí hay gente buena, Dios era como la Guardia Civil del más allá, y a él, desde muy pequeño, le encantaba disfrazarse. Prueba de ello es que uno de sus secretos mejor guardado era la manía de usar bragas en lugar de calzoncillos. 

Costumbre que lo distanció mucho de Don Pascual desde el día en que, justo en el instante que levantaba el cáliz y pronunciaba el consabido "cuerpo de Cristo", le dio una lipotímia y el galeno lo tuvo que atender y desvestir.

Nada de todo esto sería digno de ser contado, nada merecería ese anexo fugaz del recuerdo, nada hubiese rescatado a Don Pedro del prematuro e inconmensurable olvido, ese que sobreviene cuando no hay nada que olvidar, de no ser porqué una tarde se vino Él a confesar.

No le busquen razones ni sentido, en realidad nada hay que lo tenga, pero Dios se arrodilló al otro lado de la rejilla del destartalado habitáculo y le dijo, al estupefacto párroco, que necesitaba el perdón a un gran pecado. Don Pedro, sin sangre en ningún lado para darle color, sólo atinó a balbucear ¿cuál?.  Dios le dijo: -padre, no creo en Mí.  

En el psiquiátrico de Mondragón el horario de visitas es de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, pero a Don Pedro eso le da igual. 








jueves, 10 de julio de 2014

Una tozudez que no cesa



La muerte es una tozudez que no cesa;
un enojo, un berrinche, 
el gran enfado de un niño 
castigado sin los postres del vivir.
Pero préstenle un poco más de atención,
no vaya a ser que tanta nada
nos suceda por apenas un descuido;
no vaya a ser que la solución 
no consista en hacerla llorar, 
sino en levantarle el castigo.

sábado, 28 de junio de 2014

Un tomate en el A.V.E. (Taller Bremen)



Allí estaba el tomate, tenaz en lo suyo, estableciendo un centro a partir del cual se iba acomodando el universo; y allí estaban ellos, inquietos sin saber aún el motivo, creyendo asistir a un curso de cocina; y es que diez minutos pueden parecer una eternidad cuando nadie dice nada, pero de buena gana hubiesen continuado así un poco más antes de tener que escuchar del innombrable, y a modo de bienvenida, lo siguiente:
- Dejen de mirar el tomate, hagan ustedes el puto favor de intentar ser este tomate, o si lo prefieren, de follarse este precioso tomate.

Dos hombres muy parecidos, casi indistintos, una mujer y tres señoras quisieron irse y se fueron. Enseguida se escucharon murmullos y algún portazo. Las palabras increíble y vergüenza se entendieron, las otras no. De los que decidieron no levantarse, sólo los que habían viajado más sonreían aunque, a decir verdad, nadie conseguía sentirse cómodo en esas sillas ya de por si angulosas y antipáticas. Algunos carraspeos y un "yesterday", rápidamente silenciado, que emergió del fondo de ese malestar, no mejoraron para nada la situación. 

Cuando todo parecía venirse abajo, un hombre parco en carnes, pelirrojo, tasador de inmuebles y separado de su segunda mujer, preguntó sin previo aviso:
- ¿Nos podría explicar como se hace un buen sofrito?
La respuesta de quien ya saben cruzó la sala en perpendicular, no sin antes esquivar de forma ágil y no exenta de gracia una columna, hasta clavarse como cuchillo jamonero enloquecido en el entrecejo del esmirriado périto.
- Lo primero que hay que hacer para conseguir un buen sofrito es morirse, y así, en el improbable caso de una resurrección, intentar no nacer de nuevo idiota.

Esta vez fueron cuatro señoras, dos mujeres, un hombre y un nacionalista que debido a las complicaciones provocadas por una fallida operación de próstata no conseguía recordar a que país quería pertenecer, los que se levantaron. Una de las señoras, sin duda la más teñida, al maniobrar de forma precipitada entre las sillas se enganchó una media. Era de esas caras, de seda, con una costurita detrás. En el vecindario se rumoreaba que las compró para coquetear con el vecino del segundo B, pero al pobre lo desahuciaron hace un par de meses y ahora se las ponía sin saber para qué. En la sala, el mierda pronunciado por la señora y el disculpe  pronunciado por el pelirrojo coincidieron en la misma esquina/espacio/ tiempo, creando alguna confusión sobre quién dijo qué y a quien.

Es normal que los que quedaban, menos de la mitad de los que, previo pago de los trescientos euros, se habían inscrito al curso, se miraran de reojo no tanto por ver lo que hacían los otros, sino más bien por ver lo que decidían no hacer. 
Sin apenas darles respiro, quien ya se pueden imaginar sacó una cesta de tomates de la misma variedad del que estaba situado justo en el epicentro del Universo y en un tono de voz neutro, sin inflexiones, les dijo:
-Ahora harán ustedes el favor de desnudarse; en el armario del fondo pueden dejar colgada la ropa.

La verdad, no sabría precisar con exactitud cuantas mujeres ni cuantas señoras se fueron, pero sin duda lo hicieron casi todas las que quedaban. Por el contrario, ningún hombre se movió de su silla, aunque sí lo hicieron dos concejales, uno de urbanismo y otro de cultura, un dentista y un escritor al que le faltaba un ojo debido  a un accidente que había padecido en la pasada edición de la Feria del Libro. 

Según contaba con desparpajo a todos los que querían oírle, la desgracia le sobrevino justo en el instante en que procedía a firmar una dedicatoria en la contra portada de su primer libro a una hermosa mujer. Todo fue preguntarle, con una lentitud que merodeaba el deseo, cómo te llamas, y liberarse el muelle del bolígrafo con tan mala fortuna que le incrustó en la zona de diez puntos del ojo izquierdo el capuchón. Alegre por naturaleza, insistía en que las únicas secuelas que le han quedado son, en lo político un leve escoramiento a la derecha, y en lo artístico el hecho de que ahora sólo le apetezca escribir haikús y recetas de cocina rápida.

Pero volvamos a lo que no nos incumbe. Cinco personas desnudas, a saber: tres mujeres, ninguna señora, un hombre con el pelo recogido en una coleta y el pelirrojo flaco, andaban ya metidos en una nueva consigna:
- Cojan ustedes un tomate cada uno, córtenlo por la mitad y úntense los unos a los otros. 

Con gran determinación, una de las mujeres procedió a rozarle el pezón de la que tenía a su derecha con su medio tomate, mientras esta la correspondía deslizando el suyo por la curvatura de su hombro. A la tercera mujer, con un medio tomate en cada mano y sin que nadie se acercara a ella ni para untarla ni para nada, le dio por llorar y por correr. Sólo al abrir la puerta del taxi se percató de que iba desnuda.

Faltaban pocos minutos para las ocho, hora en que finalizaban los sesenta que duraba la clase, cuando el que ya se imaginan hizo aparecer el aceite y la sal. En ese momento las dos mujeres ya se daban la mano y el de la coleta  le untaba al incandescente y descarnado pelirrojo los alrededores de una nada despreciable erección. 

-Para terminar, les dijo esbozando su primera sonrisa, échense aceite, ni mucho ni poco, sólo lo suficiente, y un poco de sal evitando, si es posible, las zonas blandas. Como habrán podido constatar, el objetivo de la clase de hoy era profundizar en la génesis del pan con tomate; el próximo jueves, a la misma hora, les explicaré, con las prácticas necesarias para facilitar el aprendizaje, todo lo relativo a la mística del jamón.

Las duchas las tienen ustedes en el pasillo, saliendo a la derecha. 

jueves, 12 de junio de 2014

Noche de espejos (Taller Bremen)



Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría los que vieron voluntad en ello y apenas unos pocos los que optaron por descuido. Aquí y allá las cervezas se desperezaban entre efímeras alegrías. Nadie se oponía a que ese abrazo de sillas, esa familia instante, ese altar irreverente, engulliera una a una, muy despacio, sus levísimas biografías.

A su manera los calamares a la romana prestaban atención. Ignorada por los cristales, la ciudad retrocedía, se retiraba desordenadamente, abandonando la noche a su suerte.  Un frágil ecosistema en el que todo se sabía en peligro de extinción se acomodaba bajo la enorme pantalla del televisor. Si llovía no mojaba la calle, por lo que se acordó llamarle amistad.

Juan, que no era alto desde muy pequeño, manoteaba dos o tres folios como si posara desnudo en un parvulario; la libretita de tapas negras de Elena asomaba por el bolsillo de sus jeans como una pistola en un western ambientado en Ibiza; el resplandor de la tableta de Pedro, que él acariciaba como a una amante frígida, destacaba las pequeñas lianas que salían de su nariz. Ni que decir tiene que la hermosa sonrisa de María dibujaba una T con su escote, mientras todos especulaban, sin apenas malicia, sobre el lugar donde escondía su relato. Poco a poco una burbuja de reparo los fue separando de los que sólo bebían; a su alrededor quiso el tiempo enredarse un poco en la felicidad del sin después.

Nadie conocía a Candela y al entrar en el bar amaneció un poco entre las mesas de mármol. Dijo hola y todos quisieron quererla; con su primera sonrisa a todos les gustó lo que aún no había leído. "¿Sois vosotros los del taller, no?" Pedro, que nació de una broma y seguía en ello,  le dijo que no, que los del taller se reunían tres calles más abajo, en la Sauna Venus,  y que ellos eran los integrantes de la Coral de Pequeños y Medianos Cantores Bremen, un grupo de post románticos que se reunían cada miércoles para ensayar y perfeccionar un gospel albino, a medio camino de la jota y los campos de algodón.

Elena, que era la más dulce y la más todo, le dijo entre dos besos que sí, añadiendo un no le hagas caso, escribir forma parte de su terapia y a nosotros nos tiene a nómina su psiquiatra. Su segunda sonrisa instauró el consenso y convirtió las dudas que nadie tenía en azucarillos de un café americano.

La timidez de Juan se sorprendió al escucharle decir: si quieres lee tú primero. Candela dejó sobre la mesa la cerveza que todos quisieron ofrecerle y que sólo uno acertó a dejarle en su mano. Levantó dos veces la mirada de un papel que nadie vio de donde había salido y empezó a leer:

"Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría…..".

Sin apenas inquietud, pero con la certeza de que del bucle de esa noche ninguno de ellos saldría indemne, el más instintivo de los que se apoyaban en la barra pidió otra ginebra con hielo. Era evidente que no amanecería y a pesar de ello el instante venía hermoso.

martes, 27 de mayo de 2014

Julia, Luisito y el Minotauro (Taller Bremen)



"Mi pequeña Pasífae, mi preciosa luna que brilla para todos, esta noche llegaré tarde, no me esperes levantada".  Julia tenía los ojos verdes y se alimentaba de fruta, ensaladas y algo de poesía (al acostarse masticaba despacito a la Pizarnik hasta que conseguía dormirse de pura tristeza). Ningún guión hubiese dado acogida a lo que  quiso suceder cuando ya nada sucedía entre ella y Pedro, su marido, hombre avezado en lecturas, amores y engaños. 

Un torito blanco y sin fisuras que se musculaba tres veces por semana frente a un espejo enorme que a duras penas podía contener la perplejidad y la risa. Bíceps, tríceps y pectorales en pleno esplendor sin que ni una sola inquietud ni idea les hiciera la más mínima compañía. Así era Luisito, un hombre sin apenas matices, ese ser que se ciñe a la perfección al diseño original y siempre fallido de cualquier dios.

Como no podía ser de otra forma, se conocieron en zona neutral. Ni en la biblioteca del barrio ni en el gimnasio del club de halterofilia, sino que fue en la parada de autobuses de las lineas 27 y 32 donde se acordó el inicio de lo que no fue amor ni deseo, sino algo parecido a una cruel venganza cuyo origen tal vez habría que buscar en el inabarcable tedio de los ociosos inmortales.

En el café de Matías diez minutos fueron suficientes para dejar claras dos cosas: sea lo que aquello fuera era inevitable y sin duda imposible. A su manera él dijo que no; en silencio ella insistía en que sí. Era de esperar si tenemos en cuenta que él embestía la vida ignorando la muleta, el torero, la plaza y la puntilla y que ella, al contrario, hacía equilibrios en la cuerda floja de todos los abismos. Luisito era una estúpida respuesta a la que las preguntas ni siquiera rozaban; Julia era una pregunta cuya nítida fragilidad propiciaba cualquier respuesta.

Sin la ayuda de Dédalo, su amigo peluquero, no hubiese sido posible un segundo encuentro. Dicharachero, astuto y al corriente de lo que los libros ignoran, ideo un plan, según él infalible, para que ese semental le prestará atención y cópula. "Cómo vas a conseguir enloquecerlo con ese aire de pajarillo sin nido; esas medias de florecillas; ese jersey de lectora de alemán de tercer curso; ese peinado de bibliotecaria con juanetes", le decía entre rulos y risas.

Cuando Pedro la vio supo que la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve mas bien frío. No dijo nada pero lo supo todo. Su pelo del mismo rubio platino que acabó con Marilyn Monroe; su cinturón de piel negra que pretendía ser una falda; sus medias que indicaban la dirección correcta de todas las miradas; sus labios de un rojo perdición. Todo estaba expuesto, todo preparado, para el burdo enredo. Esa noche fue Julia la que le dijo: "Rey mío, no me esperes levantado y recuerda que mañana has de llevar a Fedra al dentista, Ariadna tiene la fiesta de cumpleaños y a las diez el tutor de Androgeo quiere hablar contigo.

Como era de prever, esa misma noche a Luisito, cuya escasez de luces propiciaba cualquier engaño, le entusiasmó la imagen de esa mujer trampa a la que apenas reconocía. 

Por no alargarme les diré que no hubo suerte en el juego de posibles y que al cabo de unos meses, los necesarios, Julia dio a luz un minotauro, mitad hombre mitad lerdo -pura poesía sólo de cintura para abajo; de cintura para arriba apenas una nada musculada- que con el tiempo acabó enredado en un laberinto de días iguales y devorando, sin ganas, vírgenes casquivanas. Ni siquiera un mal libro quiso contarlo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Podía haber sido tiempo de comuniones (Taller Bremen)



Juanito lleva un traje de marinero, casi de almirante si tenemos en cuenta las tres medallitas que las manos temblorosas de su madre le van colgando en la pechera:  redonda y de plata la de la Virgen de Lourdes; chiquitina y casi ridícula la de San Francisco de Asís; distinta, simpática y levemente desconcertante la del grupo sanguíneo. Podía haber sido tiempo de comuniones y de almendros en flor, pero en la pantalla HD de 24 pulgadas el Rey, con esa dicción inconfundible que nace no de unas cuerdas sino más bien de unas maromas vocales,  desea un feliz año nuevo a casi todos los españoles, a un buen número de españolas e incluso, añade, a otras personas. 

En el epicentro del comedor, sobre el hule gastado que cubre la mesa, yacen los cuerpos de una rosa con síntomas de fatiga y de un libro de cocina rápida envuelto en papel de regalo. En ese instante, si alguien se hubiese asomado a la ventana habría visto como agazapados en el portal del n º47 dos jóvenes se intercambian besos y regalos, algo muy frecuente entre enamorados el día de San Valentín. También en ese mismo instante, los que suben por Vía Laietana a la altura de la calle Manresa, se encuentran metidos de lleno en los serios altercados que se están produciendo al cruzarse la manifestación que celebra el Día de la Hispanidad, con la que acoge al fervoroso séquito que se dirige al Fossar de las Moreres para depositar las tradicionales coronas de flores.

Si las cosas ya son de por si desconcertantes, la llamada de teléfono las convierte en angustiosas. La abuelita Pilar lloriquea como un pajarillo sin pico por el inexcusable olvido. Siete hijos -seis varones y uno que se dedica a la política-, dieciséis nueras si sumamos las que están en primera linea, las colaterales de un claro perfil sexual, y las que nutren la retaguardia; veintidós nietos y el calzonazos de Pedro, su tercer marido, y nadie se ha acordado de felicitarla hoy, el Día de la madre. Inconsolable, hipando sin dignidad alguna, asegura, un poco antes -es un decir- de colgar bruscamente, haber incinerado los canalones y regalado el pollo con ciruelas a la Bernarda, diabética, casi amiga y vecina del 3º segunda.

Sin un antes ni un después que nos permitan ordenar la secuencia, suenan las tradicionales campanadas que por primera vez nadie sabe cuantas serán ni a que año anteceden. Al unísono Soraya de Santamaría intenta tranquilizar a la población, cosa que como de costumbre provoca una gran inquietud, asegurando que las leyes están para cumplirlas y que el tiempo deberá atenerse a las consecuencias de sus absurdas e irresponsables indecisiones. Afirma, con la seguridad que da llevar los pantys subidos más arriba de una cintura cercana al suelo, que se están llevando a cabo los reajustes necesarios para que la Navidad caiga de nuevo en Diciembre y los asmáticos padezcan sus molestias como Dios manda, en abril. 

Informa, con la debida serenidad y a pesar de que un temblor en el párpado del ojo derecho podría hacernos pensar en alguna inquietud, que hasta que la crisis temporal no esté del todo resuelta no se tendrán en cuenta los parados de larga duración, por lo que el gobierno en pleno ha tomado la decisión de agruparlos todos en una sola categoría que técnicamente se denominará: Parados Carpe Diem. Añade, con un levísimo esbozo de satisfacción, que no hay bien que por mal no venga ya que gracias al buen hacer de este gobierno puede considerarse el paro como tema resuelto, dado que nadie estuvo parado ayer ni nadie lo estará mañana. Luego viene una risita, una tos y unas simpáticas disculpas por lo que quiso ser una broma y no pudo.


Como es natural, con el paso del tiempo -perdón, quise decir que sin el paso del tiempo- todo volvió a ser como nunca había sido y como nunca más será. Las rutinas y los tedios se comprimieron hasta convertirse en algo parecido a un agujero negro. Un sólo y tozudo instante en el que todo quería ser ahora. El discurso del Rey no cedía, en la Barceloneta rompía siempre la misma ola y las funerarias hubiesen cerrado si les hubiese dado tiempo para ello. Según parece, y a pesar de no ser miércoles ni ningún otro día, en un taller literario de Malasaña unos amigos dejaron todo escrito y para siempre en unas pocas lineas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Ese estúpido orgullo



Ese estúpido orgullo de no ser el otro nos permite compartimentar la ignorancia; algo del todo imprescindible si queremos prosperar adecuadamente en miserias y  ruindades.