jueves, 9 de abril de 2015

La breve mala vida de Ramón Juneda -Taller Bremen-



Para tutear a la mala vida, para afianzarse en ella, no hay más secreto que la práctica y el tesón. Con ese firme convencimiento se ponía despacio los calcetines Ramón Juneda, al tiempo que activaba, de forma espontánea, los recursos necesarios para minimizar la tristeza, breve pero punzante, que le producía el rotundo agujero en uno de ellos. Ese dedo que ahora le miraba a los  ojos -pensó sin pensar- era una sinopsis precisa de su vida, el corre ve y dile de un mensaje, el suyo, sin remitente conocido. Pero no era momento de dejarse caer en esos precipicios bajitos, en esos abatimientos de pitimini; la decisión estaba tomada, y eso que a Ramón Juneda decidir cualquier cosa le solía provocar generosas flatulencias y no menos vigorosas diarreas. 
Un fin de semana crápula, el primero y probablemente el último de su vida, para poder encarar con precisión y conocimiento de causa el texto que, desde el Taller de Escritura en el que participaba desde hacía algún tiempo, les habían propuesto.
La mala vida, ese era el tema sobre el tenía que girar su escrito, en contraposición -pensaba él- no a la buena vida, sino a esas aguas sin orilla ni cielo, sin peces ni puentes,  sin fondo ni cauce, en las que hacía tanto tiempo que braceaba.
Con una determinación que tintineaba como una cucharilla de café, y sin saber muy bien en qué consistía exactamente, quiso vestirse informal, siendo el bostezo de su armario el encargado de desbaratar semejante despropósito. Si una camisa era previsible, la otra era deprimente; si unos pantalones eran un esbozo de la indiferencia, los otros eran un tratado del tedio, y eso por no hablar de la ropa interior que aguardaba, con el corazón encogido, el turno para cumplir su horrible destino.  Hombre pragmático y cabal, decidió vestirse como siempre y depositar en los claroscuros de la noche las leves esperanzas de la informalidad.
Un estremecimiento que no se decidía a ser escalofrío lo empujó a la humedad y al cansancio de una tarde ya vencida pero con luna y estrellas. Algunos árboles andaban ya en la rabia del florecer y en general todo parecía un poco más indiferente que de costumbre.
En el prostíbulo pidió una clara y por unos instantes le pareció que el silencio escondía algunas risas. Aún no había dado el primer sorbo cuando una mano que colgaba de un perfume hiriente se le posó aleteando sobre la bragueta. Ella dijo un hola húmedo y a él se le emancipó un cacahuete, que mantenía seriamente asfixiado entre el índice y el pulgar, para instalarse con increíble pericia en el fondo de un escote alpino. Dieciocho minutos de monosílabos fueron más que suficientes para alejar al perfume hiriente y también para convocar de nuevo algunos cuchicheos sucios de risas distintas. La mala vida requiere un prólogo, se sorprendió diciendo en voz alta, y pidió otra clara que pago a precio de escocés añejo.  
Con el vaso en la mano y una sonrisa de cadalso, se acercó a un sofá en el que bostezaban tres señoras que parecían estar esperando la inminente llegada de sus vestidos. Sin creerse lo que él mismo acabada de decirles, le pareció que su pregunta quedaba colgando de las tres bocas abiertas, generosamente enmarcadas de rojo carmín.
-¿Cuánto me cobrarían por acostarme con las tres?
Pasaron unos segundos gruesos, muy parecidos a minutos, hasta que la que tenía más estudios atinó a decirle si se refería a una detrás de otra, o con las tres a la vez.
- Si a ustedes no les importa, con las tres a la vez.
La superficie de que disponen estas letras para emplazar su disparatado campamento, no permite el necesario matiz ni la imprescindible reflexión, pero para que se hagan cargo les diré lo que ustedes tal vez ya sospechan: que nada consiguió levantar Ramón Juneda a no ser algunas sospechas; que les enseñó algunas fotografías de pequeño, frente a la iglesia de su pueblo, de la mano de su madre y sujetando el palmón de Pascua, gesto que fue correspondido mostrándole ellas otras en las que aparecían con sus hijos, sobrinos, novios e incluso una en que la más bajita de las tres le hacía una felación a un primo suyo nacido en Segovia que, según le contó con gran generosidad de detalles, no era ni feo ni guapo, pero siempre olía a caramelos de eucaliptos;  que volvieron las risas, pero esta vez tiznadas con algo más de ternura, al percatarse ellas que el preservativo colgaba, como pendón de la Santa Cofradía  de las Erecciones Imposibles, de su apéndice asustado; que quedaron en algo parecido a una amistad, breve pero hermosa;  que lo despidieron en la puerta, bajo una tenue caricia de luces de neón y con los zapatones de la noche pisoteando ya las aceras. Luego, con la satisfacción del que regresa de una pequeña e inofensiva maldad, quiso callejear para saborear un poco lo incorrecto, pero el juanete no quiso colaborar. Un taxi lo llevó hasta el portal de su casa, o si lo prefieren, hasta el puerto sin mar en el que anclaba su rutina. Lo primero que hizo al entrar fue quitarse los zapatos y prepararse una manzanilla para pedirle perdón a su estomago; luego, y pesar de lo escandalizado que estaba el reloj al verse marcar las tres de la madrugada, se sentó en la mesa de la cocina, cogió un par de folios y con letra menuda escribió en uno de ellos: "La mala vida" y a continuación, esta vez todo con mayúsculas, su nombre: "RAMON JUNEDA".

jueves, 19 de marzo de 2015

¿Alguien sabe qué cosa es Lisboa? (Taller Bremen)



Que yo sepa, hasta ese día nadie había conseguido hacer aterrizar un Airbus A380 en una idea. Ni a los comandantes más experimentados se les hubiese ocurrido intentar semejante maniobra en un espacio y en unas condiciones tan extrañas y alejadas de cualquier normativa internacional

El primer indicio de que ese vuelo iba a ser distinto, y probablemente irrepetible, lo dieron las pantallas de los monitores incrustados en los asientos. Los que más pendientes estaban de la información, que suelen ser los que más miedo les produce volar, vieron, no sin cierta inquietud, que el tiempo previsto para la llegada al punto de destino, Lisboa, oscilaba sin lógica ni control alguno. De las dos horas, que era lo esperado y normal, pasaba a siete para de pronto, y sin nada que lo justificara, indicar que apenas quedaban quince minutos para el aterrizaje.

También el personal de a bordo había ido abandonando lentamente los vértices de sus miradas complacientes para mostrar, aquí y allá, tristeza, nerviosismo, cansancio y tal vez algo muy parecido a la melancolía. Incluso el cielo que enmarcaban las ventanillas dudaba entre colores imposibles y texturas improbables.

"Si me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha existido -se escuchó de pronto por los altavoces- respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera que sea".  Ni que decir tiene que en ese contexto nadie entendió a lo que se refería el mensaje, creyendo los más soñolientos que se avisaba de la llegada de algunas turbulencias y procediendo por ello a abrocharse los cinturones de seguridad. 

El inmediato acuerdo de la alarma se dio cuando a continuación, una voz pausada, como de hombre que regresa de muy lejos sin haberse molestado en partir jamás,  informó de que tarde o temprano se iniciarían las maniobras para aterrizar en distintos lugares a la vez, y que por razones técnicas no sería Lisboa, sino la idea que cada uno de los señores pasajeros tenga de Lisboa, el lugar previsto. También, añadía la voz, y en nombre del comandante Alberto Caeiro y de toda la tripulación, les agradecemos su desconfianza y les deseamos una feliz estancia en ese no lugar al que ustedes han decidido llegar.

Murmullos, voces y algunos gritos dieron la bienvenida a uno de esos instantes en que a la realidad le flaquean las rodillas. Nadie estaba de acuerdo, aunque tampoco nadie sabía a ciencia cierta sobre qué. Las azafatas correteaban por los pasillos atendiendo leves desmayos y airadas protestas, mientras el sobrecargo, guitarra en mano y con más voluntad que acierto, improvisaba un fado que, como era de prever dada la situación, casi nadie decidió escuchar. 

Sólo la clara sensación de descenso y el pronunciado giro del avión, consiguió aplacar un poco los ánimos, pudiéndose escuchar como iba en aumento el golpeteo metálico de los cierres de los cinturones y en disminución la algarabía reinante.

Sin más contratiempos ni incidentes dignos de ser mencionados, el enorme pájaro hierático, sin otro templo ni fe que le diera cobijo que su metálica soledad, consiguió aterrizar a la vez en dieciocho ciudades distintas y del todo ajenas las unas de las otras. Según lo que ha trascendido del informe que acompañaba al expediente abierto al comandante, de los ciento dieciséis pasajeros, ochenta y siete consiguieron pasar unos agradables días en una ciudad que parecía Lisboa, diecinueve no sabían decir con exactitud en que ciudad estuvieron, uno aseguró haber estado, sin coste adicional alguno, en tres ciudades distintas y de forma simultánea y sólo de nueve no se ha sabido nunca más nada, por lo que se supone que deben de andar perdidos por cualquier ciudad, tal vez Lisboa.



jueves, 5 de marzo de 2015

Los pájaros llenos de cabeza (Taller Bremen)



Como decía el imprescindible Bergamín, tengo algunas ideas liebres, y ella que se reía  con toda la felicidad que cabe en una risa y le decía que lo que él tenía era los pájaros llenos de cabeza, y luego se sentaban en cualquier sitio y jugaban un rato a maldecir y, sin apenas darse cuenta, el tiempo y las esperanzas les dejaban de joder con su insoportable canción de una sola nota.
- Malditos sean todos los linces ciegos a los que les da por gobernar.
Y él que miraba de reojo el botoncillo rojo que prometía verdades de las buenas.
- Así revienten los minutos que sólo tienen sesenta segundos.
Y ella que inventaba mariposas y las ponía a volar como si nada.
- Me cago en todos los martes que no saben reír.
Y él que hacía funambulismo en la cuerda azul de su mirada.
- Que les den por el culo a todos los que sin tener culo no paran de cagarla.
Y ella que, de haber existido, no le hubiese dejado otra salida que amarla.
Pero las cosas son como son, y en su cabeza jamás revoloteó otra cosa que no fuese el infinito cansancio de no estar cansado, ese tedio de lo correcto que no pesa ni huele, y así, claro está, sólo te pueden amar los ascensores y los lunes -no todos- de algunos meses de Febrero. 
A su favor hay que decir que de todo ello, y con el paso de los años, quiso pedir perdón pero ya no supo ni a quién ni de qué. 

Si esta mínima historia les ha parecido triste, cabe la posibilidad de que lo sea.


domingo, 1 de marzo de 2015

La historia que ustedes no sabrán (Taller Bremen)



Yo hubiese querido contarles la historia de Luis y Teresa; las manos cogidas, sin guantes, en una noche que podía haber sido un poco más fría pero no más hermosa. Me hubiese encantado explicarles que a su alrededor se esperaban las cosas que Paris dice ser, esas mentiras encantadoras que vagamente evocan lo que tal vez en otros tiempos fue. Pero el miedo a hacer el ridículo con todo lo que escribo me atenaza de tal forma que las historias, o se me caen de las manos, o hago ver que se me olvidan en cualquier lugar mucho antes de decidirme a escribirlas.
Y es una lástima, créanme, porque lo que les sucedió la noche de fin de año, hace ya mucho tiempo, cuando eran un par de jóvenes recién casados en el que era su primer -y último- viaje lejos de las calles desholladas y polvorientas de Cantarranas -que así se llama su pueblo-, sin ser nada del otro mundo, si que pincela con cierta precisión el triste paisaje en el que se confunden todas las esperanzas frustradas.
Nada les podré contar, por mi estúpida vergüenza del que dirán, de la forma en que sus ojos escudriñaban en la oscuridad ese amasijo de hierros -animal estático, casi un insulto- de la Torre Eiffel. Nada les podré decir de la emoción con que, junto con otras miles de personas, esperaban a que dieran las doce campanadas para que,  según les habían comentado en la agencia de viajes, la Torre se iluminará con luces de todos los colores en un espectáculo único y maravilloso. 
Me sabe mal que no puedan ustedes llegar a saber que sobre ese instante, sobre esa apoteosis lumínica, Luis y Teresa se habían propuesto cimentar su felicidad. Un punto de inflexión con el que pretendían dejar atrás las tardes sin apenas horizonte en las que las coordenadas del mundo las daba el futbolín del bar de Paco el tuerto  -innecesario decir que el único del pueblo-. Les doy mi palabra que he hecho todo lo posible -que para ser sincero, y tratándose de mí, no puede ser mucho- para hacer el acopio de valor necesario y narrarles como ambos se regalaron dos sonrisas tristísimas al ver que, pasados diez minutos de las doce, la Torre seguía a oscuras y sumida en la más absoluta indiferencia; para contarles como regresaron al hotel añadiendo un poco de silencio al silencio de unas calles que, sin ellos saberlo, habían llegado al consenso de ignorarlos con precisión.
Me gustaría pensar que sabrán perdonarme este absurdo pánico, ese miedo atávico e irracional, a que mis palabras me abochornen, a que tropiece en lo que escribo y caiga de bruces justo en medio de lo que ustedes leen. 
En lo que a Luis y Teresa se refiere, sólo decirles que espero que alguien se atreva a contarles que los años los fueron amueblando con los trastos del cansancio y del olvido, que jamás volvieron a celebrar el fin de año y que, sin llegar a ser nunca felices, consiguieron desvanecerse poco a poco en algo parecido a la calma y el sinsentido.  

Discúlpenme, no les digo más porque estoy temblando. 


!Qué cruz la mía, por Dios!

jueves, 29 de enero de 2015

Los suspiros del hipopótamo (Taller Bremen)



No era la primera vez que le daba una segunda oportunidad; en realidad era la tercera y eso sin tener en cuenta otra que le había dado hacía un par de meses y que decidí no numerarla. Ni que decir tiene que al principio, en ese cielo de sobremesa, revoloteaban todas las esperanzas como golondrinas esnifadas, y  que los primeros versos se me presentaban recién duchados y con la carita de inolvidables: 

Hay mariposas locuaces 
posadas en el mar; 
hay colibrís que opinan 
que falta cielo en cada flor.

Me confié, quise creerle -tal vez por cansancio o porque el invierno venía largo- y le dejé meterse entre las sábanas de lo que escribo. Pasaron los días, algunos de ellos incluso con sus tardes,  y el arrebato de lo reciente se esforzaba en ocultar cualquier mal presagio. Sobre la mesa, entre un desbarajuste de papeles, iban apareciendo las palabras que yo esperaba ilusionado: 

Hay sirenas inquietas 
por un clamor de sardinas; 
hay leones que padecen 
de alopecia irreversible. 

Recuerdo que el espejo me mentía con piadosas verdades: ¡soy poeta, soy poema! y mi cepillo de dientes, como el arco de un higiénico violín, salpicaba el aire de alegre música. Pero es sabido que las sombras nada saben de educación ni modales, y que se suelen presentar, sin previo aviso y con los zapatos embarrados, para ensuciar  todas las cuartillas: 

Hay elefantes que sueñan 
con posarse en una rama; 
hay cebras que recitan 
línea a línea su poema. 

Se acabó de pronto la altura; ya no quedaba nada parecido a una cima que alcanzar; lo que se hacía llamar montaña apenas era digno de nombrarse montículo. Como era de prever, durante algún tiempo se instaló en casa el disimulo, también me visitaron las suspicacias y algunas acusaciones; los dos bailamos sin ganas la patética danza de las reconciliaciones: 

Hay hipopótamos que suspiran 
por un beso de gacela; 
hay mulas deprimidas 
por su excéntrico linaje; 
hay enormes osos blancos 
en cualquier congelador. 

Vanos esfuerzos por mantener con vida lo que a todas luces ya era un cuerpo insepulto. Nos dejamos no sin antes regalarnos, a modo de despedida, una sonrisa que quiso ser hermosa. Luego volvieron los huecos y las burlas de las horas sin nada, el bofetón de la página en blanco, el invierno cobijándose en las manos, los innumerables lunes enquistados en cualquier viernes, la espesa música sin notas ni silencios, sin baile. Fue justo un poco antes de que la bestia del olvido le diera su última y más feroz dentellada que encontré la nota en que, con letra menuda y clara, se podía leer: 
- ¿Crees que merezco una cuarta sin quinta ni sexta oportunidad?
Nací fácil y crecí absurdo, siendo muchas las noches que crucé decididamente idiota, por lo que le dije que sí. Se presentó vestido de domingo,  con un gran ramo de rosas color perdón y escrita, en un papel azul, su muy particular idea de un final feliz: 

Y luego están también los bosques,
y el desierto,
y las hormigas, 
y mi nombre,
y otras muchas ficciones 
que fatigan día a día
la sustancia de la nada.

De todo esto han pasado ya algunos meses y, afortunadamente, muy pronto vino la risa a socorrernos. Con el rodar cuesta abajo del tiempo hemos aprendido a querernos precisamente por fallidos e incompletos, a respetarnos por errados, a perdonarnos por el reiterado incumplimiento de todas nuestras segundas oportunidades. Con el paso del tiempo hemos aprendido, mi poema y yo, a desaprendernos eficaz y felizmente.


jueves, 15 de enero de 2015

Conversaciones improbables (Taller Bremen)



WOODY ALLEN.  Fíjense, no hay más que mirarlo para constatar que ese hombre es como un toro muleta en una plaza sin nadie.

SCHOPENHAUER. No entiendo absolutamente nada de toros, pero si de representaciones y lo que pueden hacer con ellas las voluntades. Es evidente que ese pobre diablo anda en busca de su idea de la felicidad y pone en ello todas sus confusas energías.

WOODY ALLEN. A los toros, mi querido Messi del razonamiento tristón, se les suele relacionar con el toreo, que es una actividad que consiste en matar sin prisas a esos pobres animales astados, mientras que otros animales, algunos también profusamente revestidos de cuernos, abuchean, aplauden o zarandean pañuelos según la habilidad mostrada por el personaje encargado del asunto, vulgarmente conocido como torero. 

KANT. Permítanme que discrepe. La felicidad no es una idea ni una representación, como tampoco lo son las coles. Ese hombre gira despacio la cerradura a las tres de la madrugada para que no le oigan llegar de su infructuosa búsqueda de la "cosa" felicidad. Existir existe, pero es evidente que el muy imbécil no sabe dónde encontrarla.

WOODY ALLEN. Tal vez no la ha encontrado, pero por la cara que trae yo juraría que ha podido hablar un rato con ella. 

SCHOPENHAUER. Es ese empeño, esa tozudez en perseguir sombras la que mueve el mundo. Si a ese cretino le diera por pedalear, cruzaría el Universo y seguiría un poco más allá. No es infiel, sino mortalmente inquieto.

WOODY ALLEN. Permítanme aconsejarles que pierdan ustedes un poco de altura. Situemos de nuevo al personaje en cuestión en un contexto más entrañable, más próximo, es decir, reptando como una babosa por el pasillo para no ser oído, con los zapatos en la mano y un aliento a carmín y ginebra barata que descorazonaría a Dios si le diera por existir. Prosigan.

SCHOPENHAUER- Es evidente que ese hombre es todos los hombres, y que de su infinita variedad de representaciones nacen la desesperanza y sus correspondientes horrores.

KANT. Eso es creer a un ciego cuando afirma que el sol no existe; confundir la torpeza con la nada, el no encontrar con el no hay. 

SCHOPENHAUER. Eso es ser honesto y admitir la derrota; casi una forma de salir victorioso de este despropósito. Por lo demás, es sabido que la historia de este absurdo teatro  llamado humanidad está repleta de personajes que regresan de madrugada a casa después de escenificar la patética obra que propiciará de nuevo el   burdo engaño. Pésimos actores, sucios de culpa, masticando excusas y justificaciones, y anhelando la ducha caliente de una redención que confían les aliviará de la insolencia de ese horrible perfume con olor a fracaso. 

KANT. Insisto en que nuestra noche da acogida a la verdad, lo que sucede es que al no saber encontrarla, nos emborrachamos y nos confundimos, nos tambaleamos y al final amanecemos en algún callejón pestilente.

SCHOPENHAUER. Ignora, o se fuerza usted en olvidar, que no anhelamos una cosa porque sea buena, sino que nos parece buena porque la anhelamos. Ese hombre utiliza al inquilino de su bragueta para mentirse, y lo cierto es que cualquier anhelo es una burla provocada por la representación de algo inexistente.

WOODY ALLEN. Ni que decir tiene que ustedes dos son los amigos perfectos para aliviar una indigestión. Uno con el no se puede porque no hay, y el otro con el no se puede porque no se sabe, empujarían al suicidio, de no ser porque ya está muerto, al mismísimo Nelson Mandela.

SCHOPENHAUER. Usted hace broma porque tiene miedo; admítalo.

WOODY ALLEN. Y ustedes hacen miedo porque apenas tienen broma; reconózcanlo. Si toda vida humana oscila entre el dolor y el aburrimiento, yo intento paliar lo segundo para hacer más llevadero lo primero, mientras que ustedes escarban en la herida para que no haya forma de olvidarlos, ni a ustedes ni a la tenaz herida.

KANT. Señores, un poco de calma por favor. Bajen la voz que nuestro cretino infiel parece que ya duerme plácidamente. Por esta vez mi "cosa en sí" tendrá que esperar, como también tendrán que hacerlo sus "voluntades" y "representaciones", así como cualquier cosa que guarde algún parecido con su sentido del humor hipocondriaco. 

WOODY ALLEN. Por cierto, me gustaría advertirles, por si la altura de sus vuelos  no les ha permitido percatarse de ello, que ese hombre que ha propiciado esta improbable conversación vive solo desde hace más de treinta años, y que por lo tanto estamos ante un caso de infidelidad absolutamente creativa y genial. Si han prestado la debida atención, lo habrán visto tomar todas las precauciones del mundo para no sorprenderse a si mismo en su autoengaño; entrar de puntillas en su casa para no despertarse; mentirse con descaro cuando ya en la cama, completamente solo y al preguntarse de donde vienes, se ha contestado, con voz trémula, de una reunión de trabajo para luego murmurar, muy flojito y justo antes de dormirse, un "no te creo".

SCHOPENHAUER. Pura representación.


KANT. Un "idiota en sí".

jueves, 25 de diciembre de 2014

Peces de colores (Taller Bremen)




Tal vez porque era bajito, conmigo siempre quiso ser original y eso, como decía Pilar -una prima segunda por parte de madre- es una fórmula infalible para no acertar nunca con aquello que una necesita o desea. Año tras año, y ya eran muchas las Navidades juntos, Pedro se afanaba en sorprenderme y yo aceptaba el juego de hacerle creer que él era alguien sorprendente. 
- ¿Qué demonios es esto?
- Un sobre. Anda cariño, ábrelo y lee lo que dice la tarjeta.
"Vale por un masaje completo de una hora", eso decía la tarjeta y ahora era el momento de escenificar admiración y gratitud y, lo que era un poco más complejo,  súbito e irrefrenable deseo. Ni que decir tiene que desde hacía mucho tiempo los dos habitábamos en ese espacio, cada vez más holgado e irrespirable, que nos quedaba entre espasmo y espasmo. Follábamos como quien monta un armario de Ikea: primero se desembalan todas las piezas y se separan y ordenan los diferentes tornillos y herramientas que se tendrán que utilizar; luego, con torpeza no exenta de falsas expectativas, se procede al correspondiente ensamblaje y, una vez montado y percatados de que el armatoste se tambalea de forma alarmante, va una y sonríe como quién entiende de qué va la vida. 
Después de la función, y al salir de la ducha, vi a Pedro que dormía medio desnudo en el sofá. Las luces intermitentes del árbol le daban un aire de anuncio, algo parecido a una parpadeante publicidad de la rutina ubicada justo en la encrucijada en la que se confunden el cansancio y la tristeza. Cogí la tarjeta y llamé sin ganas. Una voz que ya parecía formar parte del masaje me dijo que perfecto, que mañana a las seis de la tarde me esperaba.
Era la primera vez y para evitar los envites de un nerviosismo de proximidad, me dediqué ha hacer lista de los idiotas del día. Justo en el momento en que punteaba mentalmente al encargado de la sección de perfumería en la que yo trabajaba, aparecieron su sonrisa, sus ojos azules y un poco después ella.
- Por favor, puedes quitarte la ropa y dejarla colgada detrás de la puerta. Estírate boca abajo en la camilla y ponte cómoda. Yo ahora vengo.
Las bragas siempre han sido para mi una cuestión. "Con" o "sin" suele ser el punto de inflexión, la linea que, de cruzarla cuando me hallo en territorios desconocidos, me  suele provocar una inquietud muy parecida a la excitación. Decidí "con", pero todo fue entrar ella en la habitación y quedar claro que la cosa era "sin". 
- Dámelas, las dejaré con tu ropa.
Me pareció observar una levísima demora en su forma de cogerlas; admito que al girarse me sorprendió mucho ver de qué forma mis ojos la miraban. Me volví a tender boca abajo en la camilla esperando que, de un momento a otro, empezaría a sonar esa enervante musiquilla de olas interminables, salpimentada con toques de piano asmático, pero esa tarde todo insistía en desmentirme y ella empezó a tararear muy flojito una canción que sólo semanas después supe que se trataba de "Le prochain amour", de Jacques Brel. Coreografiando la letra apenas susurrada, sus dedos  se movían por mi espalda exactamente igual que los pececillos de colores que, sólo con girar un poco la cabeza, podía ver en la enorme pecera que revestía de extrañeza y lentitud el instante.
Sin apenas darme cuenta el abismo ya estaba allí, esperándome. Milímetro a milímetro, y procurando que la sábana que las cubría no me delatara, empecé a abrir las piernas mientras me esforzaba en recordar si en la tarjeta decía en algún lugar "masaje de cuerpo entero". Temía y deseaba que me pidiera darme la vuelta. De pronto, como si ella fuera capaz de ver el torbellino en el que yo braceaba, hizo lo que en ese momento nunca pensé que haría: detenerse, parar, no moverse, dejar de cantar. Dejó los dedos allí, quietos, quemándome la columna, a una distancia que me pareció infinita y a la vez inexistente de donde yo deseaba atrozmente que se introdujeran. Noté como muy despacio me quitaba la sábana que cubría mis piernas, pero a pesar de ello decidí seguir con mi precisa maniobra de separarlas. El tiempo que utilizó para dibujar entre mi columna y mis tobillos lo que quiso, fue distinto a cualquier otro tiempo. Admito que al pasar muy cerca de la  mía, estuve a punto de cogerle la mano y ponérmela en la boca.
- Tienes unos pies preciosos.
Y lo que deseaba y temía llegó.
-  Por favor, date la vuelta.
Gracias, tú también, le dije balbuceando torpemente como si los zuecos que llevaba fueran trasparentes. Su sonrisa deshizo mi estupidez al tiempo que se descalzaba y apoyaba su pie en la silla.
- ¿De verdad te gustan?
No pude decir nada, sólo asentir con un leve movimiento de cabeza. Me tumbé boca arriba azorada por la más que evidente humedad que había tomado posesión de mi sexo.
Sus dedos recorrieron mi cara como jamás nadie lo había hecho. Al pasar por mis labios los entreabrí y estoy segura que ella notó el levísimo contacto con mi lengua. En ese momento abrí los ojos y me encontré con el azul de los suyos. No sonreía, sólo me miraba. Fue justo en ese instante que ella decidió hacer añicos cualquier guión, apartar de un manotazo cualquier razonamiento, silenciar a Dios para hablar en su nombre. Mientras con una mano seguía perfilando con una maravillosa precisión el paisaje de mi rostro, con la otra me empujó a un abismo al que yo, desde hacía mucho rato, ardía en deseos de saltar. Las sacudidas fueron de tal magnitud que me pareció que los peces se convulsionaban al mismo ritmo que mis espasmos, incluso me pareció ver como uno de ellos saltaba fuera de la pecera. 
- Si me permites un segundo, voy a llamar para anular la visita de las siete y también la de las ocho.
Eso fue lo que me dijo después de besarla. Yo aproveché para llamar a Pedro y decirle que su regalo me había parecido, como siempre, sorprendente y genial, y que esa noche tal vez llegaría un poco tarde. La verdad es que ya han pasado dos Navidades desde esa llamada y todavía no he regresado.